¿Por qué corren?

La gente se ha puesto a correr. Es un hecho que no admite discusión. Cada día, millones de hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo desarrollado se ponen ropa grotesca y se lanzan a correr por las calles: en cuanto tienen una hora libre, o media hora, o diez minutos, echan a correr por las aceras y por los paseos, por los parques y por los descampados. Correr, correr como locos, como si no hubiera mañana.

Estoy intentando descubrir los motivos últimos de tanta carrera. Entiendo que no es aconsejable generalizar nunca, y menos en un asunto tan multitudinario como éste: cada uno correrá por determinadas razones personales, y se acabó. Pero voy investigando y empiezo a poder hacer un breve esquema de esas razones; hay una pequeña parte de la gente que corre en base a unos fundamentos teóricos más o menos desarrollados: existe un libro del novelista Mukarami en el que se trata de explicar de manera vaga esos fundamentos. El asunto parece que va del castigo corporal como expiación filosófica: un argumentario viejísimo. Si se trata de sufrir, sería mucho más rápido coger un martillo y darse cuatro golpes en los muslos. Pero sospecho que los militantes de la filosofía del cuerpo sufriente son una minoría. Más numerosos son los que corren para “aliviar tensiones” o simplemente para “sentirse bien”. También hay otros que quieren perder peso, y que eligen correr porque es una actividad sin coste para el que la realiza; correr es gratis, y he ahí un argumento que comprendo.

No obstante, en general, correr es una práctica física que no tiene el menor sentido. Desde mi punto de vista, casi todas las cosas que uno puede llevar a cabo en esta vida son más interesantes, entretenidas, provechosas, sanas y atractivas que ponerse a correr. No hay un solo motivo defendible para emprender esta actividad atlética. Si uno quiere encontrarse físicamente bien, uno puede caminar, pero una de las cosas que no debe hacer nunca es correr; quien corre se desgasta, se erosiona, y lleva a su cuerpo a unos extremos físicos demenciales. Las rodillas chirrían, las caderas crujen y los tobillos se salen de sus ejes. El corazón, los pulmones y el cerebro son conducidos al abismo. El acto de la carrera es una agresión ejercida de forma cruel contra el propio cuerpo, una experiencia traumática indiscutible. El corredor que uno ve por la calle va desencajado, sin fuelle, tambaleándose: está más muerto que vivo.

Lo trágico es que, dicho y sabido todo esto, todavía hay una cantidad impresionante de personas adultas (y, a veces, muy adultas) que dedican a este sinsentido de la carrera gran parte de su tiempo. Estas personas están completamente abducidas por la maligna práctica atlética del correr: necesitan correr a diario, y si no obtienen su dosis cotidiana de carrera se convierten en energúmenos irascibles e intransigentes. Está demostrado que un corredor adicto que por el motivo que sea no haya podido correr durante el día se comporta como un imbécil, trata mal a los demás y se mete en la cama sintiéndose un deshecho humano y un vago redomado. Un corredor lesionado durante mucho tiempo es ya un lunático imprevisible. Los corredores son personas inestables y peligrosas. Además, en muchos casos son padres de familia, con lo que se convierten en unos egoístas e insensatos de primera categoría: no sólo transmiten su perniciosa afición a sus hijos, sino que, gracias al peligro de su propia actividad corredora, pueden dejar a esos hijos huérfanos en cualquier momento.

Por si esto fuera poco, parece evidente que correr es aburridísimo (a diferencia, por ejemplo, de los deportes que se practican con un balón o una pelota, que también son juegos nocivos para el físico de un adulto, pero de indudable entretenimiento). Correr es un coñazo, un rollo insufrible. Y además, aunque éste sea un asunto quizá menor, hay que decir que las personas que corren habitualmente y con cierta militancia suelen disfrazarse con ropas reflectantes, prendas absurdas intergalácticas que entiendo que se ponen por si son abducidos de pronto por la nave nodriza. Tratándose de semejantes marcianos, sería lo lógico.

Tenemos poco tiempo. La vida se acaba. No tiene sentido dedicarse a correr y perder los días que nos quedan buscando la manera de destrozarnos el cuerpo y adelantar aún más nuestro final. Dedíquense ustedes a pasear con sus mujeres, con sus amigos, charlen con ellos, trátenlos con respeto y tómense con esta buena gente, en un momento dado, una cerveza fría, sanísima.

Anuncios

Los escritores somos unos tarados

Leo en un blog de un periodista reputado este canto espiritual a favor del libro y de los libreros. El canto concluye con la declaración del autor en la que se cree en un futuro mejor para el sector, y en la que se dice que ese futuro mejor para los libreros llegará indefectiblemente, así que todo el mundo debe creer en el porvenir. Estas manifestaciones son de una candidez impresionante.

Yo soy de ésos que quieren que las librerías tengan un futuro espléndido, pero no sé si puedo confiar en ese deseo sin apoyarme en ningún argumento plausible. Las librerías están en una situación pésima: la gran mayoría de ellas ha cerrado sus puertas, las cierra ahora o las cerrará enseguida. El negocio de los libros camina como un zombie y se sustenta en el romanticismo mísero de estos comerciantes de libros, admirables ilusos, gente de honor que camina firmemente hacia el precipicio. Los escritores escribimos libros con ese mismo romanticismo absurdo; los editores, salvo excepciones, los publican en el umbral del mínimo rendimiento, o pierden dinero directamente. A todos nos falta un ingrediente fundamental para que el guiso esté en su punto: ese ingrediente es el lector.

El lector ha sufrido dos transformaciones básicas: en primer lugar, hay un decrecimiento vegetativo evidente; el lector tradicional va muriéndose de viejo y es sustituido por un público joven que a partir de los 140 caracteres que tiene un sms sufre un déficit de atención, y es un ser que no siente ninguna necesidad de leer nada. En segundo lugar, el lector tradicional, que sigue leyendo, va cambiando de formato. Ahora lee en la pantalla de un cacharro electrónico; eso ha aumentado exponencialmente el riesgo de copia ilegal de libros, y ha provocado que el almacenaje de muchos volúmenes en esos dispositivos de lectura se haga de forma ajena a la legalidad. O sea, que hay menos gente que lee y, al mismo tiempo, hay más gente dispuesta a no volver a pagar dinero jamás por un libro.

Ésta es la realidad, y esta realidad es un obstáculo para poder creer que el futuro de los libros sea bueno. Para cualquiera que no sea una novicia arrebatada, el futuro parece negro. Dicho lo cual, sospecho que siempre habrá personajes estrafalarios que escriban con la aspiración descabellada de ser leídos por alguien. Hay un futuro del libro, un futuro precario y desnutrido, que no depende de la lógica mercantil, sino que está en el sinsentido de los que escribimos, en nuestra vanidad, en nuestra voluntad incorregible, en nuestra dislocada ubicación en el mundo.

La marroquinería humana

Aparece la noticia de que un camionero se ha pasado la tira de años haciendo a diario una misma ruta, y ahora tiene el lado izquierdo de la cara completamente envejecido por el sol, mientras que su lado derecho se mantiene lozano y terso. El contraste entre ambas mitades de la cara es impresionante. Se comprueba, por tanto, que el sol, fuente de energía y de vida vegetal, es un agente devastador para la piel; en principio no parece una noticia verdaderamente sorprendente. Esto se sabía.

 Los rayos del sol duelen, acartonan, depauperan y provocan cáncer. Ante el excesivo sol, cualquier animal de sangre caliente tiende a buscar cobijo. Este comportamiento natural, que es de una obviedad clara, está hoy por hoy neutralizado por la preocupación por el bronceado. Durante siglos se ha buscado una blancura de piel total, pero ahora la gente se ha ido al otro extremo y huye de la palidez: en el mundo moderno, y salvo que uno sea un gótico tenebroso y militante, todos queremos estar morenos. Hay personas que llevan esto al límite y pagan dinero para poder meterse un rato en féretros de rayos uva; esas mismas personas suelen pasarse de rosca con la gradación del tono de su piel, que acaba teniendo las propiedades de los artículos de marroquinería. La obsesión fotofílica le convierte a uno en una especie de bolso de cuero, con cremallera y todo.

 El aspecto que presentan los amantes del bronceado es indudablemente una de las cimas de la ridiculez contemporánea. Y la vejez que tienen los rostros de todos estos seres morenos es pésima, con un deterioro vertiginoso, demostrado ahora en la mitad de la cara del camionero bifronte. El tostado epidérmico es una cosa que no es saludable y que además ni siquiera es atractiva, y aún así, prolifera. El fenómeno se parece al de la delgadez extrema: ambas son actividades nocivas, y eso es lo de menos (la vida tiene muchas cosas espléndidas que son malas para la salud); el problema está en que esa estética es absurda, y sólo gusta al fanático que está metido hasta el cuello en esa vida de sugestión bronceada y aislamiento. Los retostados tienen una percepción de la realidad completamente chamuscada.

 Puestos a realizar actividades malas para el organismo, se me ocurren docenas de cosas mucho más divertidas y de mayor rendimiento lúdico y social que abrasarse el cuerpo como un lagarto.

La gran liada de don Mariano Rajoy

Ante un hijo recién nacido uno se da cuenta de dos cosas: en primer lugar, que la vida humana es una cosa de tal fragilidad que da miedo; y, en segundo lugar, que un niño tan pequeño es un elemento indiscernible, oscurísimo, que no entendemos y que tenemos que descifrar. El niño llora como un loco en mitad de la noche y nosotros no sabemos por qué.

Probablemente, Mariano Rajoy está experimentando a diario esta sensación frente a la fatídica realidad coyuntural. Es probable que don Mariano no comprenda nada. Don Mariano está vencido por las circunstancias económicas, que le aplastan. Un problema añadido a la bancarrota general es la desorientación perfecta de los dirigentes políticos, atropellados por la deuda. Nada tiene importancia frente a un préstamo impagado: todo queda arrasado por la gélida ventisca crediticia (por decirlo de una manera excesivamente literaria).

Mariano Rajoy es un señor gallego que es Registrador de la Propiedad; digo yo que, dentro de su sistema particular de pensamiento, las leyes y los decretos deben de tener una presencia definitiva, de una nitidez total, y la mayoría parlamentaria que Rajoy posee debería ser el salvoconducto de la gobernabilidad tradicional y reglamentaria. Sin embargo, la deuda ha demolido toda esa estructura; se debe tanto dinero que no puede legislarse sobre ningún asunto, salvo que uno vaya en la dirección que marcan los implacables acreedores (habría que decir que, independientemente de la crueldad de esos acreedores, está claro que durante los últimos años nadie nos ha obligado a pedir las toneladas de dinero que les hemos ido solicitando).

El señor Rajoy se ha despertado en un mundo que no es el suyo, un mundo en el que el orden y la urbanidad están desactivados y en el que la deuda ocupa todos los espacios legislativos. La política, la administración de lo público, no puede practicarse por ahora; la situación de escombrera económica es indiscutible y lo cubre todo. Claro que tampoco la oposición puede pronunciarse sobre ningún asunto, en vista de la gestión que los señores socialistas llevaron a cabo cuando iban al volante: una gestión caracterizada por la ignorancia sobre los problemas existentes y por la generación deliberada y sistemática de problemas nuevos.

Así que tenemos a la nomenclatura política de todos los colores atrapada en este nubarrón. Todos llevan en esto muchos años y ninguno ha levantado la mano nunca para pedir u ofrecer una explicación. Ahora, los créditos impagados han suspendido las actividades regulares e irregulares de nuestros dirigentes, lo cual puede tener su parte buena, qué duda cabe.

Un abrazo, don Mariano

Pártele la pierna, hombre

Ya he dicho que soy seguidor del Athletic Club de Bilbao, y no me apetece mucho comentar la final de la Copa del Rey del pasado viernes. El Barcelona nos trituró, y la impresión que uno se lleva es la de que, si hubieran necesitado meternos nueve goles, lo habrían hecho con las manos en los bolsillos; mi abuela ya se adelantó al fracaso diciendo que no entendía la enorme celebración previa a un partido que aún no se había jugado (ella dice que antiguamente sólo se celebraban las victorias).

 De todas formas, sí quería comentar un fenómeno que observé durante el partido y que después he vuelto a leer o a escuchar en los más diversos ámbitos rojiblancos: se trata del reproche que se hace a la presunta poca sangre que tuvieron los jugadores del Athletic frente al Barça. “Te pueden ganar, pero, así, nunca”, dice el aficionado; “si llego a estar yo jugando le meto una patada a Messi que lo destrozo”, contesta otro hincha. La queja consiste en exigir una actitud más violenta. “Al Barça sólo se le puede ganar a leches, como hicieron el Madrid y el Chelsea”, dice otro seguidor rojiblanco. En definitiva, que se da por sentado que el Barça es mejor y por eso hay que ganarle a puñetazos, y, de hecho, aunque se pierda, hay que terminar el partido quebrando tibias y rompiendo cráneos.

Esta postura general a favor de la agresividad es la que puede detectar cualquiera que mire el fútbol con cierto temple y con frialdad; es una postura relativamente singular si la comparamos con otros deportes. Imaginemos que los aficionados al tenis exigieran a Nadal que tirase la raqueta, saltase la red y se liara a puñetazos con Federer sólo porque el suizo juega muy bien. En ese sentido, parece que perder sin usar la violencia es algo que enfada al mundo del fútbol. Por eso, el fútbol es un deporte de una brutalidad indudable, incluso cuando esa brutalidad se mantiene latente e implícita y no se concreta en los puñetazos y las patadas.

Yo soy un aficionado al fútbol al que no le gusta ese tipo de tensión bélica, con lo que podemos decir que seguramente soy un mal aficionado al fútbol. Y aupa Athletic.

Contengan a los cretinos

La polémica sobre el himno en la próxima final de Copa del Rey es una consecuencia natural del cretinismo en todos los órdenes de la vida, sintetizado y concentrado perfectamente en la figura del hincha del fútbol. El hincha futbolístico es un ser primario al cual el deporte y el juego sólo le importan como herramienta para el aplastamiento del enemigo. El hincha futbolístico quiere destrozar. El hincha nunca se aburre ni se divierte, sino que brama como un carnero durante noventa minutos y quiere ver representaciones de la humillación al adversario. Ya conté en otra entrada que, en mi opinión, el fútbol se enrosca en lo más elemental del sistema nervioso de la afición y le da una ventana para que elimine toxinas, y en ese sentido evita que esas toxinas se eliminen en la calle y que nos partamos la cara unos a otros en un atasco de tráfico, cosa que, bien mirado, es de agradecer.

Si observamos otros deportes, veremos que entre los aficionados al tenis o al balonmano, por ejemplo, hay más síntomas de urbanidad. No obstante, todo depende de las circunstancias. Pongamos el caso de la ciudad de Vitoria; la capital de Álava es uno de las poblaciones más civilizadas, tranquilas y mejor desarrolladas de Europa, y sus habitantes son gente de buen fondo y con gran sentido de la hospitalidad. Sin embargo, Vitoria es una ciudad que tiene su inevitable cuota de energúmenos, cuota que vive y que se desarrolla no en el fútbol, sino en el baloncesto, que salvo en Grecia y en Turquía es un deporte razonablemente tranquilo.

Pero no en Vitoria. En Vitoria, uno va por la calle respirando quietud, y entra tranquilamente en el majestuoso Buesa Arena, y en el momento en el que empieza el partido del Baskonia de baloncesto comienza el rugido brutal de la horda y uno ve que está de pronto en otro planeta. La afición vitoriana al baloncesto es un grupo ejecutivo impresionante, que canta y que muestra su energumenismo con una solidez de cemento armado, como un solo hombre. Es una afición cruel (yo les he oído cantar “Queremos la cabeza de Prigioni”, siendo Pablo Prigioni un ex jugador del Baskonia que curiosamente luego volvió al Baskonia); la afición vitoriana es una afición que todo lo protesta, que todo lo discute y que a todos amenaza y coacciona, y a la que no parece que le guste excesivamente el baloncesto. Pero repito que es que en Vitoria el baloncesto es un deporte de verdadera élite y el fútbol en cambio está en un momento bajísimo.

Es deseable que el cretinismo se ciña al fútbol y que no invada espacios deportivos de otra especie, siempre que eso sea posible. Como aficionados, no nos gustaría estar cambiando continuamente de deporte y tener que acabar siendo hinchas del deporte nórdico absurdo del disco que se desliza despacio sobre hielo con unos operarios fregando el terreno a su paso.

La idiotez colectiva

El número de personas que en estos momentos trata de funcionar con criterios de normalidad es sorprendente. Hay una mayoritaria cantidad de gente asalariada que sigue caminando para adelante con las orejeras de caballo colocadas en la cabeza, como si todo fuera normal, y eso pone la piel de gallina. Me encuentro con amigos, compañeros, colegas de la profesión que intentan recuperar las cuotas de bienestar de las que disfrutaron en el pasado reciente; son personas que entienden que sólo estamos ante una mala racha y que, con esfuerzo y con sacrificio, las cosas volverán a su ser.

Todo esto constituye un espectáculo sensacional. Esta gente no entiende nada, ni quiere entender nada. Esta gente tiene la creencia sincera de que el esfuerzo se recompensa siempre, y de que hay una verdadera justicia en el mundo que impedirá que cualquier persona provista de laboriosidad y honradez se hunda en el barro. Sin embargo, y tal y como puede comprobar cualquiera con un sentido de la realidad medianamente desarrollado, estas supersticiones no tienen fundamento, y lo peor es que las formulan personas con una evidente tendencia a la sensatez en muchos otros aspectos de la vida. La humanidad demuestra periódicamente que uno puede representar la quintaesencia de la bondad y del sacrificio y, aún así, ser aniquilado como un insecto en cuestión de segundos y sin ninguna explicación. La coyuntura actual es inaudita y va a mutilarnos y a convertidos en tullidos socioeconómicos, y curiosamente nadie habrá tenido la culpa, y no habrá ninguna ventanilla ante la que reclamar nada.

Ahora bien: yo intento observar esto con la cabeza fría y resulta que, contra toda lógica, me sumo de manera fatídica al grupo de los ilusos, puesto que acabo de tener un hijo, y ya llevo dos. Tener un hijo en mitad de la marejada actual es un síntoma de inconsciencia. Tener un hijo significa dar por sentado que hay algún futuro razonable, o, simplemente, significa que uno es una persona absurda que no piensa mucho en lo que hace. Por eso, me parece que todos tenemos un fondo de irreflexión y una buena cantidad de optimismo perfectamente injustificado; todos creemos que, de alguna manera mágica, las cosas van a arreglarse. Incluso los pesimistas más acabados y recalcitrantes confían en el futuro, digan lo que digan. Sin esa esperanza descabellada no habría nada que funcionase. El mundo ha llegado hasta nuestros días empujado por personas disparatadas que han creído en el porvenir y en el progreso, y que han olvidado aunque sea momentáneamente el hecho de que vamos a morirnos. Porque la lectura final es ésa: todos vemos casi a diario los signos de la muerte, pero de una forma idiota nos comportamos como si nosotros nunca fuésemos a morir.

Y, después de todo esto, miro a mi hijo recién nacido y, a pesar de todo, absurdamente, sonrío y me alegro.

Historia de un robo

La compañía es AXA, aunque supongo que pasará con casi todas.

Primer correo: 26 de abril, 9:27 h

De: P

A: J

Subject: Cancelación póliza

Hola, J:

Te escribo porque me gustaría que me dierais de baja la póliza número xxxxx referida al vehículo con matrícula xxxxxxx, vehículo que tengo asegurado con vosotros desde el año 2006. Resulta que he sustituido el vehículo por otro por necesidad imperiosa y he tenido que contratar la póliza del nuevo vehículo con la empresa en la que trabajo desde hace unos meses, por motivos que cualquiera podría entender. Como la póliza se renovó el pasado 27 de febrero, y es una póliza de 969,69 euros para doce meses cuyo pago anual se ha llevado a efecto en su totalidad en la fecha mencionada, creo lógico que, dado que sólo ha transcurrido poco más de mes y medio, me devolváis en la medida de lo posible la parte no consumida. Te agradecería que hicieras la solicitud de devolución porque realmente creo que es lo más justo, en vista de que, además, creo que durante estos años he sido un buen cliente que nunca os ha dado guerra y que, del mismo modo, puedo volver a serlo en el futuro.

Te adjunto la póliza. Tienes mis datos de contacto en la firma de este correo.

Muchas gracias por todo y un saludo

 

Segundo correo: 26 de abril, 11:05 h

De: J

A: P

Subject: RE: Fw: Cancelación póliza

Hola P:

Siento mucho pero, como verás a continuación, y a pesar de mi solicitud, no autorizan el extorno. Insisto, lo siento, pero yo no puedo hacer más.

Recibe un cordial saludo.

J

 

26 de abril, 10:10 h

De: J

A: BUZÓN

Apreciados compañeros:

 Os acompaño e.mail del cliente P, en el que como veis solicita cancelación con extorno. En la medida de lo posible y siempre a superior criterio de la compañía, creo que en este caso sería recomendable acceder a la petición del cliente, ateniéndonos a su explicación, obvia por otra parte. Quedo a la espera de vuestras noticias y aprovecho la ocasión para saludaros. Cordialmente,

J

 

De: BUZÓN

A J:

Buenos días,

No cumple requisitos de extorno salvo que el vehículo haya sido dado de baja en tráfico.

 

Tercer correo: 26 de abril, 12:30 h

De: P

A: J

Subject: RE: Fw: Cancelación póliza

 

Buenas tardes, J:

Muchas gracias por el intento. Me gustaría que transmitieras al famoso buzón (esté quien esté detrás de tan opaca ubicación) que si en estas circunstancias no se cumplen los requisitos del extorno, francamente no sé cuál puede ser la situación en la que se cumplan tales requisitos. De hecho, creo que esta situación no sé si es un extorno, pero seguro que puede considerarse un expolio, dado que la compañía se ha apropiado de una prima cuyas prestaciones y contingencias se han quedado sin contenido ni efectividad, con lo cual ha cobrado una cantidad muy importante sin tener que proporcionar ningún servicio de aseguramiento. Dicho todo esto, y en vista de lo ocurrido, lamento tener que decir que existen muchísimas posibilidades de que no vuelva a ser cliente de vuestra compañía, al menos de manera voluntaria, y te anuncio que trataré de explicar pública y minuciosamente la situación creada a cualquiera que quiera escucharme, de cara a que el mayor número de personas pueda conocer cuál es el sentido de la justicia y de la proporcionalidad que maneja la compañía aseguradora.

Te pido perdón por haberte causado alguna molestia y te agradezco el buen servicio que me has prestado durante todos estos años.

Gracias y un saludo

El hundimiento

La crisis va llenando poco a poco el aire y dentro de poco todos estaremos contagiados; en el caso concreto de esta crisis, además, tenemos el agravante tremendo de que en general no entendemos nada. Durante décadas se han visto episodios de recesión industrial, de empleos que se perdían, de inflaciones impresionantes, de bancarrotas  y de quiebras, pero en el caso de nuestra actual crisis hay varias circunstancias que la hacen única.

Para empezar, los expertos no son capaces de ponerse de acuerdo sobre cuál es la naturaleza y el origen de esta crisis. Algunos dicen que el origen está en los grandes capitales en la sombra, que han maniobrado desde el año 2008 para conseguir la especulación perfecta y que en ello siguen, por lo que, según estos expertos, la crisis no ha sido originada por el ciudadano corriente y por ello ese ciudadano corriente no debería pagar la factura de los excesos cometidos por los oscuros amos del mundo. En este sentido, las políticas de ajuste duro que están llevándose a cabo serían un tratamiento erróneo, injusto y fatídico que va a convertirse en la puntilla para la economía doméstica. Estos analistas dicen que hay que fomentar el crecimiento y para ello hay que inyectar más dinero en el circuito económico. Las autoridades, en resumidas cuentas, deben mantener el gasto e invertir para que esto siga en pie.

Por otro lado, existe un determinado grupo de personas que piensa que, independientemente de la gran especulación llevada a cabo por los señores de la chistera y los guantes blancos, hay un problema general de crédito. Por concretar, estos señores dicen que cada uno, en su ámbito de actuación, particular o colectivamente, en la empresa particular o en la Administración, desde un despacho o desde donde sea, cada uno de nosotros, digo, ha pedido demasiados préstamos y estos préstamos excesivos han sido concedidos y autorizados. No puede decirse que la gente haya vivido por encima de sus posibilidades (como tantas veces se dice) porque en realidad la gente ha tenido la posibilidad física de vivir como ha vivido, así que diremos que la gente ha vivido dentro de sus posibilidades, unas posibilidades que, no obstante, quizá estaban mal calculadas por parte de todos; es ejemplar en ese sentido esta cita de Arcadi Espada a Michael Lewis, quien ha descendido al detalle de la colosal macedonia económica griega para intentar ver la realidad glacial de las situaciones concretas y vecinales en ese país.

Este fenómeno inaudito nos ha llevado a ver cómo lo que antes considerábamos como activo libre de riesgo (el inmueble en el que vivimos, nuestro empleo, la Seguridad Social, la deuda pública de España o de Italia) ha pasado a ser un activo con riesgo, lo cual amplifica todavía más el fenomenal embrollo fiduciario global.

Resumiendo, podemos decir que, según algunos analistas, ha habido una deficiente evaluación del riesgo real de crédito a todos los niveles y en todos los ámbitos. Parece un análisis sensato. No creo que sea importante saber de quién es la culpa de todo esto; lo importante es saber qué puede hacerse para arreglarlo. Y la cosa no parece tener un arreglo fácil a corto plazo, puesto que, como digo, hay un número muy importante de agentes económicos que todavía no tiene claro qué es lo que está pasando.

El Registro y la españolidad

En un país con poca vocación de permanencia y con muchas ganas de estar continuamente rehaciendo las cosas, el Registro Civil es una de las pocas instituciones españolas duraderas, un artefacto magnífico de auténtica estabilidad, comparable al acueducto de Segovia o a los rodetes de la Dama de Elche. Inicialmente, el Registro es desarrollado por la Iglesia Católica, y desde 1870 por la Administración del Estado. Esas toneladas de legajos anotados y archivados en miles de tomos constituyen una obra monumental que ha resistido a repúblicas, monarquías, dictaduras, guerras civiles y demás fenómenos de la insensatez humana.

Pero la ineficacia es tan española y tiene tanta tradición como el fenómeno histórico del Registro Civil; ayer tuve que ir con mi mujer a inscribir a nuestro hijo en el Registro, y nos encontramos ante una cola larguísima, poblada por gente que venía a realizar las más singulares y diversas gestiones, y todos en fila hacia una sola ventanilla hábil. Detrás del cristal había dos funcionarias atendiendo a la cola y otros diez empleados públicos que no atendían a nadie. Se me dirá que la atención al público no formará parte del trabajo de esos funcionarios específicos, pero eso no lo sé ni creo que tenga importancia. Lo importante es la inmensa cola indefectible, formada por madres que acaban de dar a luz, o abueletes que vienen a por el certificado de defunción de su mujer,  todos sin una mala silla en la que sentarse y sin que hubiese por allí ni siquiera la máquina que expende papelitos con el turno que a uno le toca. Era una cola a la antigua, al estilo del subdesarrollo, tan vieja como el propio Registro; y cada ciudadano traía a la ventanilla una casuística inacabable de empadronamientos, fechas de inscripción, poderes y fotocopias compulsadas, una colección de detalles de tal complejidad que inmovilizaba la cola y que crispaba a los componentes de la misma. Y, mientras tanto, los funcionarios inertes nos miraban con la más pura de las indiferencias. Parecía como si la situación viniera produciéndose de manera fatal, como parte de la inmutable escenografía registral.

Hoy he tenido que volver allí porque resulta que nos faltaba un papel (otro día hablaré del drama de esperar dos horas en la cola para que luego, ya en la ventanilla, nos falte un papel). Hoy he vuelto, repito, y la cola, como el dinosaurio de Monterroso, seguía allí.

Cuando todo se haya destruído, y la crisis nos haya centrifugado y haya decantado nuestra pura esencia, sin aditivos, sin accidentes superficiales, lo que quedará de nosotros, nuestra naturaleza elemental, no será otra cosa que el Registro Civil y su cola parada por los siglos de los siglos.