Urkullu no bebe alcohol

Ayer hablábamos de la tableta de Basagoiti, que nos parece un elemento de acercamiento al electorado. Hoy, en otra entrevista informal, y a la pregunta de cuándo fue la última vez que se emborrachó, el candidato del PNV, Iñigo Urkullu, ha declarado que nunca se ha emborrachado y que es abstemio militante. Que una persona beba o no beba es un detalle de un interés muy relativo, pero que un político vasco sea un no bebedor sistemático constituye una noticia interesante. Como se sabe, en el País Vasco hay una afición considerable por las bebidas alcohólicas. El consumo de alcohol en Euskadi es una práctica multitudinaria, normalizada, que se realiza continuamente y a plena luz del día. La gente bebe en horario laboral, bebe en su casa, y, por supuesto, organiza sus momentos de ocio poniendo en el centro de cada actividad alguna botella de vino, txakolí o sidra. A la gente del País Vasco le gusta la sensación de embriaguez y el calorcillo del tinto en el pecho. Por decirlo de manera gráfica, los vascos que no beben son unas personas heroicas que luchan contra el arrasador medio ambiente del alcohol. Los vascos que no beben caben en un taxi.  

Y entre estas cuatro o cinco personas se encuentra el señor Urkullu. Electoralmente, la afición del candidato nacionalista por las naranjadas es un arma de doble filo; por un lado está la fortaleza mental, la voluntad durísima y el carácter del señor Urkullu, un hombre que trabaja en el mismo centro de Bilbao y que, pese a ello, no toma alcohol. Un hombre que es el presidente de un partido político que tiene en los bares de partido o batzokis una fuente de ingresos impresionante, y que, por lo tanto, conoce y participa de la demoledora maquinaria del consumo de tinto en el País Vasco. Urkullu, como hombre abstemio, demuestra una personalidad encomiable y representa un estado no alcohólico de clarividencia permanente: Urkullu no bebe y, por tanto, nunca será sorprendido “piripi” en cualquier momento de crisis o de urgencia nacional, lo cual es un mérito para cualquier servidor público. En una situación de emergencia, Urkullu podría conducir la ambulancia.

Sin embargo, resulta que Urkullu no bebe. Urkullu va a visitar alguno de sus batzokis y se toma un agua con gas, con el natural disgusto de los parroquianos. Urkullu es invitado a una boda y pide una Fanta, y probablemente no baile, y seguramente se vaya a casa el primero, porque es muy difícil que una persona sobria se divierta rodeada de borrachos. Urkullu va a comer con su cuadrilla y es el hombre que lleva el bote, el que pone orden, el que no dice insensateces y que no rompe el mobiliario: el triste, vamos. Urkullu está en la barra de un bar y todo el mundo sabe que uno no puede ir a contarle ninguna confidencia, puesto que Urkullu siempre está sereno y, por tanto, siempre se acordará de las majaderías que uno va a contarle.

En este sentido, Urkullu, como hombre abstemio, puede ser considerado por cualquier vasco bebedor como una persona que no es de fiar. “¿Por qué no bebe?”, se preguntará cualquier lugareño. “Algo raro le pasa”, contestará otro.

 

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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