Las derechas enemistadas

PP y Vox están en pleno conflicto porque Santiago Abascal ha sido declarado persona non grata en la Asamblea de Ceuta con la abstención del Partido Popular, lo cual ha desencadenado una secuencia de acusaciones mutuas y ha abierto la posibilidad de una ruptura de los acuerdos que PP y Vox mantienen para gobernar algunas instituciones. Lo más interesante es que en este incidente se ven los rasgos significativos de ambos partidos, rasgos que, curiosamente, los partidarios de cada una de las formaciones consideran como grandes virtudes y sus adversarios en el otro partido ven como graves defectos.

Todo empezó el pasado 19 de mayo, cuando Abascal, de visita en la ciudad autónoma, llamó “quintacolumnistas” y “promarroquíes” a los ceutíes musulmanes, así, en general, un colectivo que, según informa el diario El País, está formado por cerca de la mitad de los 85.000 habitantes de la ciudad. Días después, la Delegación del Gobierno vetó la celebración de un mitin que el líder de Vox pretendía dar en una de las plazas principales, suspensión que provocó que cientos de personas se concentraran en la calle en dos manifestaciones opuestas, a favor y en contra de la presencia de Abascal, con el consiguiente buen ambiente. A finales de junio, la Asamblea de la ciudad autónoma se reunió para votar la declaración oficial de antipatía ceutí con respecto al líder de Vox, pero aquel pleno se suspendió después de que el representante de ese partido, señor Verdejo, extendiera sus acusaciones de promarroquismo a todos los partidos allí presentes, incluyendo el PP.

En esta sucesión de incidentes, Vox ha tenido la oportunidad de mostrar algunas de las cualidades que tanto gustan a sus partidarios. De entrada, el partido ha puesto de manifiesto su preocupación por la unidad nacional y su beligerancia hacia todo aquello que sea considerado como enemigo o simplemente como un disolvente de su concepto patriótico, y en este caso concreto introduciendo además el factor religioso, que es un elemento de debate que tanta paz da a tanta gente cuando se menciona, y que tan pocos muertos ha provocado en la historia de la humanidad. Como se sabe en Madrid, en Barcelona y en todos los sitios, el recurso a cualquier patriotismo es uno de los elementos sentimentales que encienden al electorado acérrimo; en este caso, el patriotismo emociona a las personas que votan a Abascal, y, por lo tanto, en Vox no se ven razones para dejar de usarlo. Además, la discusión ha expuesto otro punto importante de apoyo que Vox usa con gran asiduidad y que consiste en acusar al PP de ser un partido tibio, bienqueda, contemporizador con los enemigos de España, endeble y, en definitiva, acusarles de ser lo que ya se conoce como la derechita cobarde.

Por su parte, el PP ha podido aprovechar la refriega retórica para señalar la intransigencia de Vox y el carácter corrosivo de las proclamaciones del partido de Abascal, y además ha podido poner de relieve el temperamento centrista, abierto y conciliador de los postulados defendidos por los populares. Lo que unos lanzan como un insulto es recogido por los otros como un elogio.

A pesar de la aparente tormenta, ante este conflicto algunos analistas consideran que al final no se va a romper ningún pacto institucional entre Vox y PP porque el instinto de conservación del poder es mucho más resistente que cualquier otra cosa. Por tanto, estos analistas creen que el espectáculo dialéctico que tenemos ante nuestros ojos es un pequeño teatrillo que sirve para mantener la atención de los votantes de ambos partidos, no sea que se relajen con la llegada del verano y se les ocurra empezar a pensar que la situación general está mejorando. Para estos partidos es importantísimo conseguir que la franja de derechas del electorado no caiga en el embrujo de los enemigos de España y no empiece a creer que, en el fondo, aquí no se está tan mal; para el PP —y por supuesto para Vox— es esencial que sus correligionarios nunca olviden que España se desintegra y que está convirtiéndose en una dictadura comunista y bolivariana (y desintegrada, claro). Indudablemente, una relajación de los elementos musculares más iracundos y con más capacidad de tracción exaltada podría suponer un refuerzo del gobierno de Sánchez. En el lado gubernamental pasa lo mismo, pero al revés: las izquierdas que ahora gobiernan nunca querrán dar la impresión de que algo va mal, no sea que los votantes se pasen a la derecha. Por supuesto, el minué se baila sin fin y la cosa da tantas vueltas como sea necesario, y, así, veremos a las izquierdas siendo catastrofistas en cuanto pasen a la oposición. Lo sabemos no porque seamos adivinos sino porque lo hemos visto antes.

Este juego tan burdo y poco sofisticado es el que preside la política en España.

Una cosa extremadamente curiosa del caso PP-Vox es que los dos partidos de la derecha se encuentren siempre subrayando sonoramente sus diferencias en contra de sus criterios más elevados. Creemos que los dirigentes políticos son muy inteligentes y seguro que saben que la coexistencia de PP y Vox en el mismo espacio temporal es una garantía para que Sánchez siga capitaneando la coalición multipartita que aglutina a todos los no derechistas que, en virtud de la Ley D’Hont y de los votos emitidos, tiene ahora mismo la mayoría de escaños en el Congreso. La mencionada ensaladilla rusa de partidos separatistas y comunistas provoca urticaria a los votantes de la derecha, pero, a pesar de ello, y a pesar de las proclamaciones de sus dirigentes, los dos partidos de derechas continúan separados y, en consecuencia, siguen perdiendo los votos del redondeo y dispersándose en las circunscripciones, y siguen con muchas posibilidades de perpetuarse en los escaños de la oposición, impidiendo así que España se salve de caer en el abismo separatista, comunista, etc.

En consecuencia, cabe pensar que los anunciados peligros que acechan a España son menos importantes que la diferenciación partisana, las ráfagas escandalosas de Twitter, la matización de los detalles propagandísticos, el suministro al público de mensajes poco sofisticados y la ubicación de cada cual en los confortabilísimos asientos de las instituciones, cosas que a priori podrían parecer de naturaleza prosaica, sobre todo si las comparamos con las terroríficas amenazas que sufre la patria.

Usted se asustará cuando le cuenten lo cerca que estamos del fin, pero quédese tranquilo porque enseguida verá que los que se lo han contado aceptarán muy tranquilamente un destino en la Administración, una Administración que, ¡oh, sorpresa!, sobrevive igual de tranquilamente, y no desaparece, ni se desintegra, ni termina de ser invadida por las fuerzas demoníacas.

Por tanto, quédese usted tranquilo. Al menos, tan tranquilo como ellos cuando se incorporen al cargo institucional. Porque está clarísimo que, a partir de ese momento, todo empezará a ir mejor.

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