La inflación y el morro

El aeropuerto es un laboratorio en el que se puede observar la verdadera esencia del ser humano, y es donde una persona ofrece su verdadero carácter. Las autoridades aeroportuarias, con sus retrasos, cambios de puerta de embarque, y con el tratamiento de pasajeros como si fueran ganado vacuno arrinconan la psicología del viajero y la decantan hasta dar con la concentración pura de la personalidad de cada uno. El impaciente es mucho más impaciente en un aeropuerto, igual que el resignado o el nervioso nunca lo son tanto ni tan puramente como cuando están en el aeropuerto.
Además, el aeropuerto es un lugar cerrado a cal y canto en el que la vida se rige por parámetros diferentes a los que se manejan justo antes de entrar allí. Uno pasa esos controles de seguridad masificados y en los que al turista le obligan a desnudarse, abrir la maleta y, en definitiva, convertirse en un becerro, y entramos en esa zona cerrada, la zona del embarque, en la que la realidad cambia. La zona de embarque es un lugar sin salida y en el que el consumo es la única actividad que puede ponerse en práctica (dejando de lado otras ocupaciones absurdas como leer o pensar). La importancia que el consumo tiene en nuestras vidas y en la buena marcha de la economía moderna puede calibrarse con gran precisión en los interiores del área de Salidas de un aeropuerto. La emboscada comercial es perfecta. El viajero no puede salir de allí y tiene todo tipo de bienes sumamente atractivos a tiro de tarjeta de crédito. Y además, si uno hila un poco fino y es observador, verá que uno de los fenómenos más asombrosos que uno experimenta allí es la hiperinflación.

Alguno de ustedes estará familiarizado con las tasas de crecimiento de precios que publican las agencias estadísticas, e incluso varios de nuestros lectores podrían explicarnos la diferencia entre la inflación general y la inflación subyacente. Pero casi todos los lectores tienen una idea perfectamente concreta del precio de las cosas, de cuánto cuestan en el mercado. Pues bien: la zona de embarque de un aeropuerto es un lugar en el que los precios de los productos de consumo físico experimentan una subida absolutamente descabellada y que no responde a otra lógica económica que a la cuquería.

Expliquémoslo con más detalle: en un aeropuerto, uno podría resistir la tentación de comprarse ropa, libros o revistas, y por eso, por esa posibilidad de resistirse, los precios de estos artículos están en rangos más o menos lógicos: si estos productos fuesen carísimos, nadie los compraría porque no hay ninguna necesidad de hacerlo. Sin embargo, uno a veces se pasa muchas horas en estas zonas de embarque y el cuerpo humano tiene unas necesidades elementales que hay que cubrir, entre las que está la alimentación. En la zona de Salidas del aeropuerto hay muchas posibilidades de que tengamos que comprar algo para comer. Y en este segmento comercial de la venta de alimentos es en el que de pronto nos enfrentamos con la hiperinflación desorejada y loca. Uno pide un sándwich vegetal incomestible, un refresco carbonatado de extractos (por pura comodidad lo llamaremos Coca-Cola, arriesgándonos a hacer publicidad gratuita) y un café asqueroso, y lo pide en cualquiera de los comercios habilitados para ello en el aeropuerto, y el dependiente nos comunica que el coste de tales mercancías es de 12,35 euros, cosa que, a puro ojo, supone aproximadamente el doble de la cantidad que habríamos pagado a unos doscientos metros de distancia, fuera de la zona de embarque.

En la economía normal, los precios de los bienes de consumo van sufriendo unos ajustes de acuerdo con la oferta y demanda. Si un precio es mucho mayor que lo que la clientela está dispuesta a pagar, ese precio tendrá que bajar. En algunos lugares exclusivos, únicos, el precio es altísimo porque hay una demanda suficiente para que eso se sostenga. Todo esto forma parte de la normalidad comercial y lo mejor que uno puede hacer es asumirlo, dado que cualquier intento por manejar estas variables suele acabar como el rosario de la aurora y desemboca en situaciones más o menos dictatoriales. Sin embargo, en la zona de embarque de un aeropuerto las leyes económicas valen un verdadero pimiento, y el factor imperante es el secuestro del consumidor. El consumidor está secuestrado en una zona acordonada y es la víctima idónea del experimento económico al que nos estamos refiriendo. Apliquémosle sin ninguna vergüenza una escala de precios más propia del Hotel du Palais de Biarritz, aunque no disfrute de ninguna vista maravillosa del Cantábrico, y aunque el café se lo sirvan no en una taza de porcelana de Transilvania sino en un vaso de cartón, y aunque el café no se lo sirva un camarero profesional con vocación de servicio sino un adolescente detrás de una caja registradora, adolescente que, por otra parte, no quiere hacer ese trabajo, y se le nota.

Por tanto, pongamos de manifiesto que al entrar en el redil de Salidas del aeropuerto uno ha pasado a otra dimensión galáctica en la que los precios se multiplican por dos. En este fenómeno, las leyes generales del comercio no intervienen bajo ningún concepto y solamente actúan el hipermorro y la dureza de rostro de los responsables de estas zonas aeroportuarias, quienes, basándose en la realidad hermética y carcelaria de estas zonas, aplican unos precios que le transportan a uno a los grandes centros del lujo mundial pero solo por el lado del coste.

Esta situación que estamos describiendo es una realidad indiscutible y que no tiene solución porque no vemos la posibilidad de que alguna cafetería justiciera se introduzca en el muy lucrativo universo de los aeropuertos para instaurar precios normales y quedarse con buena parte de la sufriente clientela. Es más sencillo mantener precios despendolados y ganar el cuádruple vendiendo un sándwich árido e intratable. Los abusos inflacionarios están garantizados. Vayan ustedes al aeropuerto ya merendados o con la cartera llena.

Charo

Como en este blog hablamos de lo que nos da la gana, es un momento tan bueno como cualquier otro para señalar un hecho insólito protagonizado por un cantante y compositor español que se llama Quique González. Este buen señor lleva veinte años haciendo canciones a un ritmo alto y cantando por ahí con un éxito relativo pero muy consistente. Cada vez que saca un disco, hace una promoción más o menos silente y, pese a ello, vende discos, dentro de las paupérrimas cifras que se manejan en esta era de la música gratis. Nos consta que este cantante tiene una escudería de fieles que le siguen como un solo hombre. Este señor González vive buena parte del año en Cantabria, y eso es un síntoma inequívoco de que sabe lo que se trae entre manos y de que conoce un poco los mecanismos del funcionamiento de la vida tranquila, cosa que parece una estupidez banal pero que a nuestro juicio es una de las dos o tres cosas importantes en la vida. La música de Quique González refleja estos conocimientos y es un pop-rock con cierta pausa, con cierta monotonía y con un alto contenido en dylanianismo (si alguien entiende el concepto), y sus letras son a veces algo abstrusas y opacas, aunque siempre muy musicales.
Pues bien: Quique González editó un disco el año pasado bajo el rimbombante título de Me Mata Si Me Necesitas, y en ese disco hay una canción que se llama Charo. Y lo que debemos decir aquí es que esta canción es de las dos o tres mejores canciones que hemos podido escuchar en castellano desde hace tanto tiempo que uno ya no se acuerda.

La canción es un diálogo entre un camionero y una camarera que, como uno va notando cuando se escucha, mantienen una relación más o menos difusa y más o menos intermitente. En la canción intervienen dos personajes: el camionero, interpretado por González, y la camarera, a la que interpreta una joven cantante que se llama Carolina de Juan, que por lo visto tiene un grupo de soul sedativo y elegante llamado Morgan y sobre el cual mi ignorancia es completa y definitiva.

Como ya he dicho, las canciones de González tienen un tono homogéneo y unas letras ligeramente impenetrables, pero esta canción, Charo, es única. La música tiene un aire a la de otras treinta o cuarenta canciones de González y se parece también a cosas de Pereza y de algún otro grupo español que anda por esta onda. Ahora bien; la música en esta canción coge un vuelo único porque va ensamblada a la letra, que es un prodigio de sencillez, gracia y elocuencia, y que se funde con la música formando un ungüento de calibre superior. El camionero, que circula habitualmente por la Autovía del Cantábrico, le cuenta varias cosas a la camarera: 1) que piensa en ella aunque se vean de Pascuas a Ramos (“he pensado en llamarte al pasar / la Asturiana de Zinc”); 2) que sabe que ella siente un interés por él, cosa que le alucina (“no sé lo que viste en mí”) y 3), que a pesar de que él está muy interesado en ella, su personalidad presenta una tendencia hacia la confusión y hacia la pasividad que impide el movimiento de aproximación. La camarera le contesta con reproches, pero son reproches que vienen envueltos en un aire de cariño y cercanía tan ostensible que uno sabe que no hay gran cosa que reprochar. Charo es una mujer zumbona pero cálida, y las frases que González pone en su boca nos la presentan con gran economía expresiva (“Claro / te acuerdas de mí por fin / Trabajo en el Shadows, ahuyento a los gallos, escucho a los Kinks”). La camarera tiene un momento breve en el que sube el tono de voz ( y, muy inteligentemente, esa subida coincide con la intensidad de la música), pero nuestro camionero lo contrarresta con más proximidad desvergonzada y dando por hecho que algo muy interesante hay entre ellos, dejando la canción rematada en un punto de intimidad susurrada (“Charo, / no sé lo que viste en mí;/ he pensado en llamarte mil veces, / ya sabes que sí”).

Para los espíritus que no escuchan o que tienen una sensibilidad de cemento armado, está canción es una bobada que no dice gran cosa y que no tiene nada que hacer frente al reguetón o el heavy metal. Sin embargo, algunas personas tienen la suerte de estar dotadas con un mínimo de perspicacia y tienen alguna experiencia sentimental que probablemente les haya proporcionado más tristeza que alegría; estas personas saben que hay momentos espectaculares en las relaciones afectivas en los que se mezclan la complicidad, la vergüenza, el enfado y la sintonía máxima con otro ser humano, y todo ello presidido por la felicidad por sentirse querido de alguna forma y por querer de esa misma manera. A estas personas que entienden de qué va esto yo les digo que resumir con precisión expresiva este mejunje amoroso es dificilísimo. El oyente se acuerda de su pareja actual, de la pareja que ya no tiene y de infinidad de situaciones de las que convierten a la vida en una cosa transitable. Y Quique González lo ha conseguido. Misión cumplida. Y además nos ha descubierto a Carolina de Juan, una cantante de un gusto magnífico y con una voz insólitamente cercana, de una afectividad que le deja a uno paralizado. Ojo con esta chica.

A veces se da algún milagro de conjunción de factores y sale una canción como ésta. Ocurre pocas veces. Escúchenla, y vuelvan a escucharla. Aquí la tienen.

La sociedad imbécil (y III): la desinformación

Contra lo que puede parecer a primera vista, la tercera consecuencia de la revolución digital es la desinformación. Se dirá que estamos en una época en la que nos llega información continuamente y que en nuestros dispositivos tenemos una lluvia de noticias, chascarrillos y actualizaciones, lluvia que no cesa a ninguna hora del día o de la noche. Eso es así y no puede ser discutido, pero esta acumulación de noticias ha tenido dos consecuencias muy importantes: la primera es una crisis descomunal en el sector periodístico, sector inmerso en una agonía tenebrosa y que se encamina hacia su deceso. La gente se siente perfectamente informada a través de sus dispositivos y ha dejado de lado a los medios de información tradicionales, y no estamos hablando solamente de los periódicos de papel (válgame Dios) sino que también hablamos de los informativos de televisión, de radio e incluso de los periódicos digitales. Fuentes directas de los periódicos de información general nos confiesan su preocupación porque A) existe muy poca gente dispuesta a pagar por leer el periódico en cualquier formato, y B) las noticias que más se leen en los periódicos digitales son las más ridículas que uno pueda imaginar, esas que no requieren la presencia de ningún redactor cualificado (por ejemplo, las noticias relacionadas con los famosos o las que consisten en un vídeo de una inundación arrastrando coches por un terraplén, un toro que pilla a algún viejo las fiestas de un pueblo o un gato que toca el piano). Los periódicos solamente necesitan en plantilla a alguien capaz de recolocar todos estos vídeos absurdos o esos tuits de gente famosa en la página del periódico, y, en consecuencia, no hace ninguna falta tener redactores, reporteros o investigadores, porque estos profesionales cuestan un buen dinero y porque las noticias que todas estas personas elaboran con mucho esfuerzo sintáctico y pateándose la calle no son leídas por nadie (la ventaja del mundo digital es que hay un recuento actualizado de cuántos usuarios leen cada noticia).

Este panorama nos lleva al abandono y a la paulatina clausura de los medios de comunicación tradicionales. Además, y como el mundo moderno requiere actualizaciones inmediatas, se ha abandonado la idea del periódico como una estructura jerarquizada de noticias que encajan y que se presentan como un todo, rematado y compensado. Las personas que todavía leen periódicos de papel saben que una de las funciones de la prensa escrita era la presentación diaria de un panorama informativo completo, un orden, un mapa que elaboran unos señores que potencian algunas noticias, discriminan otras y que, en definitiva, confeccionan el periódico. Los periódicos nos traían el resumen decantado del día y el lector sabía interpretar la importancia de cada cosa según la ubicación de las noticias y el tamaño de las mismas; al terminar de leer un periódico, el lector tenía una idea más o menos completa de lo que había pasado el día anterior, y si el periódico en cuestión era muy tendencioso, la solución era leer dos periódicos más o menos opuestos.

Y la ausencia de ese periódico rematado y organizado como un compendio perfecto de noticias en jerarquía es lo que nos lleva a la segunda consecuencia de la revolución digital: no tenemos un orden. Tenemos noticias, opiniones, tuits sueltos, actualizaciones, scoops, chascarrillos afirmados categóricamente, desmentidos de esos mismos chascarrillos y rumores puramente fantásticos, y los tenemos en franco aluvión y sin freno, pero no tenemos muy claro qué es lo que está pasando en el mundo, o al menos no somos capaces de hacernos una idea concreta de cuáles son las cosas importantes que están teniendo lugar a nuestro alrededor. Cuando uno se va a la cama, no es capaz de decirse a sí mismo qué asuntos tienen importancia. Hay un vago recuerdo de muchas cosas completamente chorras, relacionadas normalmente con lo audiovisual (los vídeos de vaquillas o de gatos tocando el piano), pero no tenemos la capacidad de organizar todo lo que hemos visto u oído.

En definitiva, tengo la impresión de que no sabemos exactamente qué es lo que es una noticia y qué importancia tiene; incluso no sabemos si una noticia puede tener consecuencias para nosotros, dado que el método fragmentario y chapucero mediante el cual nos llegan las cosas no aclara nada de nada. La mayor parte de lo que vamos sabiendo nos es entregado en formato breve, mal redactado y escondido entre la maraña de banalidades endebles que nos llega. Hay que desbrozar esa maraña y, en el caso en que uno sea un loco absurdo y quiera investigar un poco sobre la noticia que podría parecer importante, uno debe empezar a dar pasos por internet, pasos que quedarán interrumpidos por nuevos vídeos de gatos o por declaraciones espectaculares de algún concursante de Gran Hermano.

Y el flujo de noticias (o como queramos llamarlas) tiene una continuidad tan irrompible que contribuye a esa creciente desinformación. Las noticias de hace diez minutos ya son viejas. Las noticias graves e importantes se volatilizan al cabo de media hora y son sustituidas por otras noticias igualmente graves e importantes o por un chiste o un vídeo de dos personas obesas bailando el vals en una boda y cayendo sobre la tarta.

Se me dirá que estoy exagerando, pero a mí me gustaría que se viera lo que ha pasado hace dos meses en Estados Unidos: Trump ha ganado las elecciones presidenciales por varios motivos, y uno de ellos es la dinámica informativa que tenemos en nuestro mundo. Trump ha entendido perfectamente que la acumulación de tuits medianamente chistosos tapa cualquier noticia de calado que pueda perjudicar a uno mismo en el largo plazo. Trump ha descubierto que nada deja poso y que nadie tiene en cuenta ninguna noticia que tenga una antigüedad superior a una semana (y cuando digo una semana estoy pasándome por lo alto).

Todo esto suena a exageración, pero no lo es. Y si ustedes creen que lo que acaban de leer es un disparate que no tiene ni pies ni cabeza, no se preocupen porque dentro de veinte minutos lo habrán olvidado. Que disfruten del gato que toca el piano.

La sociedad imbécil (II): la incomunicación

Sigamos con nuestro cochambroso análisis de la situación creada a raíz de la revolución digital. Un día tendremos que explicar a nuestros hijos que hubo un tiempo en el que circulábamos por ahí sin dispositivos electrónicos portátiles y no pasaba nada. Es más: llegará el día en el que tendremos que explicárnoslo a nosotros mismos porque, en estos momentos, no puede contemplarse la posibilidad de no llevar en el bolsillo un cacharro con conexión a internet. La supervivencia sin internet no existe. La época en la que salíamos a la calle sin dispositivos, a pelo, ya no es ni un recuerdo: no nos cabe en la cabeza. Parece ser que quedábamos con gente a una hora en algún sitio y, si había un retraso, no había manera de poder comunicárselo a quien nos esperaba.  Estas situaciones son ya inconcebibles. Ahora mandamos unos cuantos mensajes antes de llegar, incluso en las ocasiones en las que llegamos con puntualidad. En el año 2017, estar desprovisto del móvil o de la tablet es una situación intolerable que hay que remediar de manera inmediata.

Y no solamente debemos llevar encima un cacharro, sino que tendemos a mirarlo, a consultarlo. El mundo moderno es una maravilla porque hemos conseguido mirar la pantalla del móvil cada diecinueve segundos, y muchos lo hacemos mientras hablamos con alguien en persona, cosa que es altamente grosera. Me detengo un momento para analizar el gesto. Ese gesto, el de consultar la pantalla, parece un acto reflejo que ya forma parte de nuestra gama de movimientos automáticos, pero ese carácter automático no puede ser una justificación, porque mirar el teléfono mientras tenemos a alguien delante es una falta de educación de tomo y lomo. Bajamos la mirada a la pantallita mientras hablamos con alguien en persona. Y lo hago yo, sí, y también lo hace usted, señora. Todos lo hacemos. Y cada vez es más frecuente entrar en una reunión familiar y encontrarse con todos los miembros de una familia enfrascados en sus respectivos teléfonos y chateando sin prestar ninguna atención a nadie. El silencio es total. Es verdad que así se evitan las discusiones, pero entre la incomunicación completa y la discusión a bofetadas existe un arco enorme de términos grises, intermedios y correctos.

Está muy mal que los adultos no prestemos atención a lo que nos rodea, pero eso tiene una consecuencia todavía peor, que es el ejemplo que damos a nuestros hijos. Ya sé que mencionar que todo lo que hacemos es un ejemplo para nuestros hijos suena a tópico relamido y sobradamente periclitado (y ya el uso del término periclitado es caer en la cursilería), pero lo que digo es cierto y además me he ahorrado mencionar cursiladas más chirriantes como que nuestros hijos son “auténticas esponjas” y que todo lo asimilan con una velocidad asombrosa. Nuestros hijos han nacido en un mundo táctil, extrafino y actualizado, y solamente conocen este mundo. La facilidad que tienen para acceder a cualquier lugar cibernético es algo que van a darlo por hecho. La consecuencia de todo ello se ve cuando el móvil se atasca y nuestros hijos pierden muy rápidamente la paciencia. Evidentemente, lo hacen porque han visto que también lo hacemos nosotros. Y la industria tecnológica afina cada vez más y quiere que el esfuerzo sea cada vez menor. Los smartwatches, que son unos relojes enormes y grotescos, de una estética absurda y que parecen pensados para ser vistos desde el espacio sideral, son unos cacharros que funcionan como una extensión del móvil, con lo cual ya no hay que hacer ni el esfuerzo de sacar el teléfono del bolsillo. Esto puede parecer un avance pero es un paso más en la atrofia muscular de los habitantes de la Tierra. Somos cada vez más fofos y esponjosos, y nuestros hijos pueden empezar a rezar para que nunca se caiga la red ni se acabe la batería porque el mundo que les espera es el de la confortabilidad inerte, y cualquier interrupción del sistema puede provocar su muerte por inanición. Nosotros ya éramos unos inútiles completos y nuestros hijos serán unos seres invertebrados, unos moluscos de secano.

Por último debemos señalar que la palabra hablada está en extinción. Nadie habla ya por teléfono. Todo se dice por el WhatsApp o por similares plataformas de mensajería, puesto que a través de estos medios uno está más suelto y dice cosas que no se atrevería a decirle a nadie a la cara. Eso provoca el enrarecimiento del ambiente y la proliferación del malentendido, porque todo el mundo sabe que el manejo de la ironía y del sarcasmo por WhatsApp es dificilísimo y solo está al alcance de unos pocos. La mayoría de las personas necesita ver la cara del interlocutor, o escuchar las inflexiones de su voz, para captar la ironía. Si no vemos una cara o escuchamos el tono de una voz, no cogemos el chiste y deducimos inmediatamente que el mensaje no tiene ninguna gracia y que el emisor de ese mensaje merece una buena tunda. Las broncas que se generan a diario por haber reducido la conversación a caracteres tipográficos son colosales y acaban en enemistades eternas.

Yo no sé si todo esto es bueno o malo pero es un hecho. Seguiremos hablando del asunto.

La sociedad imbécil (I): el exhibicionismo

Iniciamos hoy una serie dedicada a contemplar las consecuencias negativas de la revolución tecnológica que hemos experimentado durante las primeras décadas del siglo XXI, siglo que, desde muchos otros puntos de vista, está siendo muy positivo, sobre todo si lo comparamos con el siglo inmediatamente anterior. El siglo XX tiene sus cosas buenas pero es el siglo de la instauración del asesinato global, sistemático y burocratizado. Las barbaridades mecanizadas que se llevaron a cabo durante las dictaduras y las guerras mundiales no tienen comparación histórica posible y nos pusieron ante la desagradable visión de la maldad humana organizada, que es inconmensurable.

En este sentido, el siglo XXI que llevamos es una balsa de aceite. Sin embargo, en este siglo se ha producido la llamada revolución de la conectividad, que es un avance tecnológico formidable con unas consecuencias muy peligrosas. La primera de esas consecuencias es el exhibicionismo. Todos los ciudadanos tienen voz inmediata y todos emiten no solamente una opinión sino también cualquier cosa que se les ocurra emitir, como, por ejemplo, vídeos caseros bobos y fotos sin interés. Incluso un ciudadano tan indocumentado como yo puede publicar exabruptos como éstos en la red, y algunos cibernautas con muy mala suerte pueden acceder aquí por casualidad y leerle a uno. Esto se produce sin filtro previo y sin costes de publicación, dos factores que garantizan la baja calidad del material. El material que se lanza a la red es generalmente infumable porque no existe un control de calidad, una edición. Los idiotas más rematados podemos ser leídos y/o contemplados aún cuando no tenemos nada que ofrecer. Que Dios nos perdone por ello.

Este exhibicionismo lleva a que algunas personas publiciten y documenten sus deplorables vidas con un grado de detalle totalmente demencial. Hay gente que tiene cuentas en Instagram y pública fotos cada diez minutos. Hay internautas que funcionan en Twitter con un frenesí loco y que comentan cualquier asunto de actualidad con esa desfachatez que da el no saber nada de nada. Cuando la ignorancia y el exhibicionismo se confunden en una misma persona aparece el bochorno ajeno y el tierra, trágame.

Y hay personas que van más allá y se apuntan a salir por la tele en programas como Mujeres y Hombres y Viceversa o First Dates, que más que programas son plantas transformadoras de residuos orgánicos y que convierten el material humano más degradado en dinero contante y sonante. Estos programas son entretenidísimos y existen en una relación de simbiosis perfecta con las redes sociales, y sus contenidos saltan de la tele a la red y de la red a la tele. La red da una continuidad imparable al tráfico exhibicionista de personas absurdas. Hay incluso gente que llega a vivir muy bien siendo creador de tendencias, bloguero influyente y experto en cosas que lo petan. Estos expertos pertenecen a un mundo íntegramente audiovisual y, en consecuencia, no han leído un libro jamás.

El mayor problema de este circuito es la propia velocidad de reposición que tiene la red: la red es voraz en la exigencia de nuevas insustancialidades. Los indocumentados deben actualizar su estado todo el rato o serán sustituidos por nuevos cretinos. El perfil debe estar constantemente alerta por si hay que retuitear alguna chorrada o enviar una foto de las deposiciones que uno acaba de evacuar.

Es lógico pensar que todo esto podría hacer mella en la salud mental de cualquiera, aunque parece que esta dinámica ha creado su propia clase de seres humanos, invulnerables, imbatibles, que afrontan este movimiento con ánimos acorazados. ¿Y el público? ¿No se cansa? Pues parece que no, quizá porque el público es también emisor. Por decirlo en un lenguaje de experto petulante, el magma comunicacional es multidireccional y se expande sin control. Los que reciben las actualizaciones no pueden resistirse a actualizarlo todo inmediatamente.

La sociedad conectada se dedica a publicar bobadas, y el primero que lo hace soy yo mismo. Si el distinguido lector ha llegado hasta aquí, eso significa que le he pegado el palo. He demostrado empíricamente que es posible emitir un mensaje sobre cualquier asunto sin más respaldo profesional que la observación, y que es posible conseguir que ese mensaje llegue a personas desprevenidas. Seguiremos hablando de los efectos nocivos de la tecnologia digital; ahora pueden ustedes refrendar esta realidad retuiteando todas las necedades que acabo de escribir.

El caso Nadia

Tengo un problema con las noticias que se catalogan como de interés humano, que generalmente son las que tratan sobre barbaridades tremendas y que se perpetúan en el tiempo a la manera folletinesca. Cuando se publican noticias de aberraciones domésticas, asesinatos múltiples y crímenes pasionales, mi sistema cognitivo tiende a ponerse en modo de bajo consumo (como se dice en el lenguaje de la informática) y no escucho ni retengo. Pero parece que soy de los pocos a los que les ocurre esto. El tratamiento periodístico de estos sucesos ha tenido una gran relevancia desde el origen de la prensa, y está visto que a la gente le gusta paladear cualquier historia que conlleve una cierta concentración de escabrosidad social.

La cosa es que, cuando surge una de estas noticias, el tratamiento informativo se prolonga durante mucho tiempo y, si uno se pierde el principio, no se entera de nada. Se le pone un nombre al suceso (generalmente, el nombre de la víctima) y se da por hecho que el público ha seguido todos los detalles. Tuvimos el caso Asunta, y ahora tenemos sobre la mesa el caso Nadia, en el que por lo que se ve hay una niña enferma de tricotiodistrofia (enfermedad rarísima) y hay unos padres que piden públicamente ayuda económica para poder combatir este mal. Según van pasando los días, empieza a notarse que hay gato encerrado y que los padres de la criatura han utilizado para uso particular 600.000 euros de los recaudados para el tratamiento de la niña. Y ahora parece que estos señores tenían fotos de carácter pornográfico de la niña en un pendrive.

Como pueden ver todos ustedes, el caso tiene unas connotaciones atroces y que provocan el reflujo gástrico de cualquier persona convencional. Estoy convencido de que en todas las tertulias televisivas matutinas se han analizado estos detalles con la minuciosidad que podemos intuir. Sin embargo, lo que yo quiero señalar es el hecho periodístico inicial, que es la publicación en la prensa de las mentiras del padre, que sale a finales de noviembre en todos los medios pidiendo ayuda y al que los medios le ofrecen todas las plataformas de las que disponen. En concreto, es digno de mención el caso del diario El Mundo, que envía a hablar con el padre a su periodista Pedro Simón, un hombre especializado en estas crónicas. El señor Simón es el responsable para este periódico de la decantación licuada de la escabrosidad, y acude allí donde hay alguna barbaridad tremebunda. Este señor Simón ve enseguida que el caso tiene miga sentimental y elabora una crónica de altos vuelos literarios en la que se tocan todas las teclas para que el lector eche sus buenas lagrimillas. El periodista alterna en su reportaje la reivindicación social, el diálogo trascendental y la crudeza desgarradora, y utiliza para ello todos los instrumentos estilísticos que tiene a su alcance (que no son pocos). El reportaje tiene tanta potencia que provoca un incremento inmediato en el número y la cuantía de las donaciones que reciben los padres de la niña.

Varios días después, empieza a desvelarse que el padre de esta pobre niña es un pájaro de cuidado y entonces el periódico El Mundo publica un editorial en el que pide disculpas por haber dado veracidad a este señor, aunque también añade que son gajes del oficio y que el periódico sigue dando muestras de independencia, rigor, etc. Simultáneamente, el periodista Simón publica un artículo pidiendo perdón aunque justificando que mucho de lo publicado es cierto y que quizá la propia pasión con la que escribe le ha jugado una mala pasada (Simón nos dice que tiene un hijo de la misma edad que Nadia y que eso le ha hecho ver el caso de forma muy apasionada). Todo lo que yo he leído del señor Simón me ha parecido apasionado, desgarrador y muy literario, cualidades muy convenientes para la novela pero no tanto para la descripción informativa de acontecimientos aberrantes. O quizá sí.

Porque nosotros pensamos que este suceso periodístico es más importante que el propio suceso tremebundo del fraude los padres de Nadia, y creemos que este suceso periodístico no es un gaje del oficio. Esta presunta metedura de pata parece una consecuencia de la dinámica que se fundamenta en el manejo reporteril de la escabrosidad como mercancía informativa. Insisto en que el fenómeno es más viejo que la pana y que el público compra este tipo de historias con una avidez tremenda desde los tiempos de Jack el Destripador, cosa que provoca que los medios se orienten hacia el suceso como girasoles y, una vez en el ajo, amasen y embadurnen la historia con la literatura más impactante, y todo ello sin ser excesivamente escrupulosos con la veracidad de las fuentes, siempre que la información que proporcionen tenga un contenido embadurnable y amasable, apto para la delectación humana. Porque seguimos llamando a estas informaciones noticias de interés humano.

Salir del armario

Ha muerto el cantante George Michael. Suponemos que la gente joven no sabe quién era este señor, pero los que ya tenemos una edad hemos vivido el éxito que tuvo Michael, primero como líder del grupo Wham! y después en solitario. En concreto, el disco Faith, de 1988, fue un bombazo bailado en todo el mundo. George Michael fue un ídolo juvenil que provocaba delirios entre las chicas hasta que en 1998 fue sorprendido teniendo relaciones con un hombre en un aseo público de Beverly Hills, suceso que desencadenó el declive de su figura.

Los escándalos de carácter sexual pueden hacer mella en la carrera de un personaje famoso, pero algunos se recuperan y sobreviven, como, por ejemplo, Hugh Grant, que tuvo un incidente rocambolesco que no dañó su trayectoria. ¿Por qué unas celebridades son absueltas por la opinión pública y otros no? ¿Cuál es el factor diferenciador? En el caso de Michael, pensamos que la clave está en que este cantante había cimentado su carrera sobre las bases de la seducción femenina: el núcleo central de los fans de Michael estaba compuesto por chicas que se volvían locas al oír y ver a este señor, y, cuando Michael sale del armario de una manera tan accidentada, su publico pudo sentirse estafado.

Cuando un artista mantiene su sexualidad como un elemento ajeno a su propuesta artística, la salida del armario no tiene ninguna importancia, y es un hecho completamente superfluo. Ningún seguidor de Elton John se ha llevado las manos a la cabeza cuando ha sabido que era homosexual porque la homosexualidad de Elton John era una circunstancia que no condicionaba su relación con el público. En cambio, el mencionado disco Faith de George Michael estaba construido alrededor de la seducción inequívocamente heterosexual (el single más famoso de ese disco, “I Want Your Sex”, era una oda altamente calentorra en cuyo videoclip se veían imágenes de Michael rondando a una modelo con muy poca ropa). Es decir, que Michael utilizó su aspecto físico para envolver su propuesta musical de tal manera que las adolescentes de todo el mundo sufrieran licuefacciones y consumiesen su música. Esta estrategia está dictada por la ley del máximo rendimiento económico y tiene toda la lógica empresarial.

A otra escala, tenemos el caso de Ricky Martin, cantante caribeño que hasta hace bien poco era uno de los grandes agentes de derretimiento del público femenino y cuyas canciones se lanzaban directamente a las caderas de las mujeres, y daban siempre en el blanco. Ricky Martin convertía a las mujeres de medio mundo en estufas de queroseno. Un buen día, este señor Martin salió del armario y proclamó que tenía un novio, y la decepción de su multitudinaria parroquia femenina fue morroctuda. Ricky Martin llevaba una década contoneándose ante las chavalas y sugiriéndoles un mundo de frotamiento termodinámico de altos vuelos, cuando resulta que a este señor le gustaban los hombres.

Se me dirá que todo esto es algo que no tiene importancia y que los artistas buscan tener un público amplísimo, cosa que es perfectamente lícita. Sin embargo, uno puede hacer su pequeña encuesta entre las fans de Martin y de Michael y verá que en ambos casos el chasco fue comparable con el que se llevaron las fans de Rock Hudson, famoso actor hollywoodiense que sedujo durante tres décadas a las mujeres de medio mundo y que, en la madurez, salió del armario y falleció víctima del SIDA. Hudson representaba el paradigma de la testosterona y sus espectadoras se enfadaron muchísimo con su outing. Las señoras más tradicionalistas siguieron negando la realidad e incluso consideraron como un burdo rumor esta salida del armario, salida que se produjo con gran trompetería pública y sin intermediarios.

Todavía existen artistas que sacan un gran rendimiento entre un determinado tipo de público jugando a tocar todos los palos y potenciando la imaginación de las espectadoras. Esos artistas saben que una salida del armario, cosa deseable y lógica, puede suponer, en sus casos particulares, una merma de sus ingresos, y por tanto se mantienen en una ambigüedad muy conveniente. Esto que digo suena a machista o a interesado, pero es una realidad concreta, inequívoca.

Insisto en que las decepciones solo se producen si el armariosaliente se ha construido una carrera en base a una mentira publicitaria, puesto que la sexualidad de cualquier persona no debería importar a nadie. Ejemplos como los de Elton John o Freddie Mercury son muy reveladores: su música no iba sujeta a un entorno de seducción sectorial, sino que era música, a secas, y por eso sus carreras nunca tuvieron altibajos y su música sigue escuchándose con veneración religiosa.

George Michael era un gran cantante cuya carrera como ídolo de masas terminó en aquel urinario de Los Angeles. El público se sintió estafado y le dio la espalda cuando él no llegaba a los cuarenta años de edad. Desde entonces vivía en el revival y no encontró nunca un camino artístico.

La moraleja de este caso es difícil de extraer porque salir del armario parece una cosa ya de por sí dificilísima y que se convierte en casi imposible cuando puede provocar una interrupción radical de los ingresos multimillonarios que uno percibe. Lo lógico sería ir cambiando poco a poco el formato con el que uno se dirige al público e ir abandonando la seducción como ingrediente musical, para llegar a un punto en el que, si uno sale del armario, el asunto tenga la importancia que en realidad tiene, que es ninguna.

Las cenas de empresa

Llegó la hora de las cenas navideñas de empresa. Las personas pueden segmentarse en función de la forma en la que se enfrentan a este fenómeno fatídico que se produce cada año. En primer lugar tenemos a aquellos empleados más o menos tóxicos que se pasan todo el año quejándose de sus circunstancias laborales o que maldicen en silencio su suerte; estos empleados optan por no ir a la cena o como mucho van y permanecen en un sigilo hostil e impracticable. Cuando termina la cena, estas personas se largan a la francesa y nadie les echa de menos.

En segundo lugar están los tóxicos engañosos, que son aquellas personas que durante el año manifiestan un talante aparentemente amistoso y manso pero que en la cena de empresa se agarran una borrachera rotunda y dedican las horas posteriores a la cena, las horas de las copas, a intrigar, a malmeter y a decir enormidades a los compañeros y, sobre todo, a los jefes. Es habitual que este tipo de intrigantes aísle a algún jefe y le comunique cualquier secreto tenebroso de otro empleado de la oficina, o que le diga inconveniencias en el más diverso grado, y que haga todo ello a gritos, acercándose mucho a su oreja, escupiéndole levemente y provocándole una incomodidad evidente. El empleado intrigante tiene la suerte de que muy probablemente el jefe está tan borracho como él o incluso más, y es posible que las barbaridades que diga ante las jefaturas queden en el olvido.

En tercer lugar tenemos a los empleados pacíficos que, por circunstancias de la vida, han dejado de salir por la noche o que nunca lo han hecho. Algunos de estos empleados aprovechan la cena de empresa para pasar el mejor día del año, y toman mucho vino en la cena y después se toman dos o tres chupitos de Jägermeister, que es un brebaje alemán de 35 grados de alcohol que parece que ha sustituido al tequila como instrumento favorecedor de una embriaguez rápida y de consecuencias horripilantes. Estos empleados se ríen inofensivamente, bailan como locos de manera ridícula y, en un momento dado, la intoxicación etílica les convierte en verdaderas bayetas humanas y hay que meterlos en un taxi para que lleguen a casa sanos y salvos. La resaca que estos empleados suelen tener al día siguiente es de una intensidad insoportable y está llena de lagunas de la memoria.

En cuarto lugar están los empleados que suelen salir habitualmente por la noche y que tienen una vida más o menos disoluta durante los doce meses del año. Muchos de estos empleados, ya sean solteros, casados, divorciados, jóvenes o viejos, dedican la cena de empresa a ligotear con compañeros del sexo opuesto (o del mismo, según los casos). Generalmente estas personas disparan con posta en todas direcciones y tienen un criterio muy laxo a la hora de realizar sus abordajes; empiezan entrando a la gente más guapa e inaccesible de la oficina y acaban enredando con las personas que, a nivel afectivo, se encuentran en franco periodo de saldo y liquidación, personas propicias a aceptar cualquier propuesta y que por su situación podríamos denominar como gacelas cojas. Este recorrido cinegético se basa pura y simplemente en los rechazos que estos cazadores van recibiendo a lo largo de la noche. Cualquier empleado nuevo que llegue a la empresa se sorprenderá durante su primera cena navideña con el comportamiento nocturno de estos compañeros, que en la oficina no dan muestras de esta tendencia a la depredación sexual, pero esa sorpresa dura lo que dura la primera cena, porque a partir de la segunda uno ya sabe que este compañero es un pulpo y un besucón, o que esta otra compañera quiere lío, etc. Hay que decir que la reiteración anual quita bastante hierro a este comportamiento nocturno; generalmente, estos pulpos besucones no sufren ninguna represalia a lo largo del año y su actitud acalorada en Navidad se considera como un fenómeno atmosférico relativamente inofensivo que no tiene consecuencias.

Por último, hay un grupo reducido que podríamos denominar como el grupo de los cajas negras: estas personas mantienen una actitud participativa durante la cena, pero, cuando empiezan las hostilidades, se dedican a escuchar y a ver. Normalmente son personas con buenos niveles de autocontrol y que inspiran confianza a sus compañeros, y esas cualidades les llevan a ser los receptores idóneos de las revelaciones íntimas de todos los empleados, y además estos cajas negras son espectadores de las escaramuzas que se producen durante las copas. Los cajas negras ven, escuchan y callan, y al día siguiente lo recuerdan todo con gran detalle, con lo cual son elementos que manejan una información de lo más interesante, información que no utilizan a lo largo del año pero que podrían llegar a utilizar. La diferencia entre un intrigante burdo y un caja negra de talento radica en que el intrigante es un bocazas y, en cambio, el caja negra es un ser inteligentísimo que maneja la omisión y el silencio con gran maestría. Normalmente un buen caja negra es ya jefe o llegará a serlo.

Naturalmente, la segmentación de todos estos grupos humanos no es estanca ni impermeable, y se ven casos de empleados que durante algunas cenas se adscriben a uno de los grupos y en otras se comportan como los miembros de un grupo distinto. Incluso durante la misma jarana hay personas que pasan de una fase a otra. Los únicos grupos invariables son el primero (los tóxicos) y el último (los cajas negras). El tóxico es un emisor recalcitrante de ondas negativas del cual conviene alejarse todo lo posible (no sólo durante la cena navideña sino durante todo el año), mientras que el caja negra de raza lo será siempre y llegará lejos.

Hechas estas descripciones, sólo nos queda desear que el distinguido lector pueda sobrevivir a estas cenas de las que, por otra parte, y desde un punto de vista profesional, nunca se saca nada bueno. Lo mejor que puede pasarle a uno en esas cenas es salir sin mucha resaca y sin ponerse en ridículo, cosa dificilísima. Para ello, nuestro consejo es evitar de manera estricta la ingestión del infecto Jägermeister, ingestión que suele producirse gracias a la insistencia de algún aficionado a los brindis fraternales. Huyan ustedes del que saca los chupitos.

Buena suerte a todos.

La comida japonesa

Acabo de estar cenando en el restaurante japonés Kuma, de Bilbao. Desde hace unos años, la gastronomía internacional está a disposición de cualquier ciudadano. Existen muchas alternativas para probar platos paquistaníes, bolivianos o armenios, y estas alternativas se presentan en toda la gama de calidades y precios. No hay excusa para no ser un experto en comida de lugares remotos sin tener que viajar. Dentro de este catálogo, podemos destacar la presencia de la gastronomía japonesa, que no solamente tenemos a mano en sus formatos más estrictos sino que ha colonizado la cocina más tradicional. Cualquier restaurante provisto de las suficientes dosis de petulancia cosmopolita ofrece alguna elaboración basada en el sushi o el tataki. Esta invasión nipona es importantísima porque la cocina japonesa parte de unas premisas muy alejadas de los protocolos gastronómicos occidentales, ya que es una cocina en la que la combustión tiene una importancia minúscula. En Occidente el fuego es el punto de partida del proceso de transformación, mientras que lo japonés propende a presentarse tras un proceso de marinado, adobo o inmersión en algún ungüento, que es el que provoca en los alimentos las reacciones suficientes para que la comida pueda tomarse y digerirse.

Sin embargo, para los que somos de ideas fijas, este proceso del marinado es, en general, insuficiente. La cocina japonesa está condicionada por unos niveles de crudeza y de viscosidad que me ponen en guardia. En el caso de la carne, sabemos que la crudeza se tolera con más facilidad, sobre todo si esa carne es de alta calidad; pero en el caso del pescado, la cosa es más complicada. El pescado es un producto que, cuando está vivo, es literalmente espeluznante. En mi opinión, los peces son animales siniestros, que respiran por las agallas, que sobreviven bajo el mar y que tienen un aspecto horripilante, con unos ojos enormes, ojos separados y orientados hacia afuera con el aparente propósito de que ver algo con ellos sea anatómicamente imposible. Los peces tienen un cuerpo blandurrio, cubierto de escamas y soportado por un esqueleto punzante. Cuando ya están muertos, los peces desprenden un olor muy concreto, olor que al principio es neutro pero que enseguida va cogiendo vuelo y convirtiéndose en un pestazo inenarrable. Algunas personas tienen una tolerancia amplísima con respecto al pescado, y en cambio a mí el pescado solamente me gusta cocinado. No me gusta verlo, ni tocarlo con las manos, ni, por supuesto, comérmelo crudo.
En un restaurante japonés, el pescado crudo es un elemento importantísimo, y muchas veces está muy bien preparado. Pero para mí un pescado sometido al tratamiento tradicional de Occidente, con un golpe justo de calor (bien al horno, bien en la sartén o en la brasa), es un pescado en su cénit. Repito que estuve en el restaurante Kuma, que es magnífico, y allí tomé un salmonete que estaba muy bien, aunque mi imaginación solamente se ocupaba de representarse ese mismo salmonete cocinado al horno o a la plancha (cualquier aficionado al pescado sabe que un buen salmonete es un pescado con una fuerza y un poderío que no tienen rival).

Esa sensación de oportunidad perdida es la que tuve continuamente en el restaurante Kuma, que por otra parte es un gran restaurante en el que la viscosidad de la comida no es excesiva y en el que los niveles de acidez cítrica de los mejunjes es tolerable. El rastro de sustancias tan absolutamente demenciales como el jengibre, el cilantro o el aloe vera es muy leve en Kuma y está bajo control, lo cual es plausible y digno de elogio. El sabor a detergente de algunos platos es absurdo pero muy poco acusado. En Kuma se sorprende al comensal mezclando las texturas con esa maestría sorprendente que tienen ya casi todos los restaurantes del mundo.

Por otra parte, Kuma es un restaurante en el que, cuando uno se sienta a comer, solamente encuentra a su disposición unos palillos, que parecen ser la única herramienta de administración de la comida. Los palillos tienen su gracia prehistórica pero no tienen comparación posible con el cuchillo y el tenedor, que son unos utensilios muchísimo más avanzados tecnológicamente y que proporcionan al comensal un servicio infinitamente más completo. La persona más habilidosa con los palillos puede esgrimirlos como un espadachín pero nunca llegará a hacer las cosas que pueden hacerse con cuchillo y tenedor. Comer con palillos hoy en día es igual que irse de vacaciones por autopista montado en un burro.

En Kuma hay que pedir cubiertos, y además cuando uno los pide el personal le mira como si uno fuera un asesino. Otro problema que tenemos ante Kuma es la prolijidad de la carta, que está llena de términos nipones absurdos y que es un acicate para no tomar ninguna decisión y para solicitar al camarero que nos traiga “un poquito lo que tú veas”, lo que, traducido al castellano, significa “trae lo más caro de la carta”. La factura del Kuma es elevada, sobre todo si tenemos en cuenta que en la elaboración de sus platos no se ha empleado ni un solo kilovatio calorífico. El ahorro de costes es formidable.

Por último, debo añadir que, tras cenar maravillosamente en el Kuma, mi mujer pasó una noche de perros, víctima de un número incalculable de vomitonas sucesivas. No quiero relacionar la crudeza y untuosidad de la comida japonesa con la indigestión, pero la realidad es que la comida del Kuma no llegó a su destino sino que a mitad de camino se dio la vuelta y salió por donde había entrado. Es lo que ocurre cuando un alimento no está cocinado ni tal vez completamente muerto, sino un poco inconsciente: que quiere volver a su hábitat.

Las claves de la seducción

Casi todos los habitantes de la Tierra somos unas personas de una mediocridad completa y definitiva. Tenemos la desgracia de no tener ninguna gracia. Aunque hay excepciones, evidentemente. No hemos hablado lo suficiente de Leonard Cohen, que ha muerto y que, además de ser un gran escritor de canciones, fue un personaje, un hombre singular. Cohen es conocido por el esplendor lírico de sus letras y por la parsimonia íntima de su música, que es de un recogimiento sublime (“sublime” es una de las palabras favoritas de Cohen). Las necrológicas escritas a propósito de este señor canadiense han descrito la calidad de sus discos, su llegada a la música casi por accidente, su internamiento voluntario en un monasterio budista, su ruina económica a manos de un manager de mal agüero y su triunfo final, con giras multitudinarias y con premios por todo el mundo. Desde este blog consideramos que hay un aspecto de la vida de Cohen que se ha mencionado muy tangencialmente y que tiene una importancia indudable: su personalidad, su mirada, su forma de ver las cosas.

Cohen fue siempre un hombre perfectamente incorporado en la estructura del mundo. Cuando era joven, Cohen no sabía hacia dónde dirigirse, pero incluso entonces no manifestó ningún síntoma de inadaptabilidad o beligerancia. Cohen siempre ha mirado con cuidado los mecanismos de la realidad y ha representado una especie de practicidad pasiva, una predisposición a la espera, y una tendencia al uso del humor. A Cohen le invitaron un día a cantar en público, con su voz de persona que no canta, y él se encogió de hombros, sonrió, subió al escenario e hizo lo que después ha hecho siempre, que es llegar a una intimidad humorística y lírica con el espectador. A partir de ahí, Cohen se ha expresado en público y en privado en estos términos: Cohen fue un hombre susurrante, que daba la impresión de saber más de lo que parecía; y todo lo que Cohen decía o cantaba tenía una capa de ironía inocua, sin vinagre, de una suavidad ligera. La acumulación de todos estos rasgos personales tuvo una consecuencia que se ha documentado a través de muchísimas fuentes: Leonard Cohen fue un seductor morrocotudo, formidable. Existen testimonios que aseguran que a principios de la década de los setenta Cohen aparecía en cualquier lugar, se sentaba con alguien, le miraba, le escuchaba, entablaba una conversación cadenciosa y derretía literalmente a su interlocutora (o interlocutor). Durante toda su vida, sobre el escenario o en una entrevista, en una tertulia o en el hall de un hotel, Cohen provocaba la licuefacción de todas las mujeres. Este fenómeno se veía incluso en las últimas giras de un Cohen ya octogenario: Cohen seguía seduciendo a sus coristas y a todo el público femenino. Estos superpoderes seductivos iban acompañados por una habilidad lingüística fuera de lo normal, que facultaba a Cohen para dibujar las ideas sexuales más crudas con la elegancia de la metáfora lírica.

No podemos olvidar que la seducción de Cohen quizá no podría darse a la inversa. Es muy difícil que una mujer interesantísima seduzca de forma infalible a un número tan amplio de hombres, porque existen muchísimos hombres que no tienen la capacidad de matizar con tanto detalle y que más bien están buscando unos ciertos parámetros estéticos, parámetros de un recauchutamiento grosero y exagerado. A muchos hombres les atraen las tías buenas, básicamente. En cambio, hay muchísimas mujeres a las que se les seduce con un conjunto armónico de cualidades y con un cierto aire interesante, cosa que a los hombres sigue dejándonos pasmados pero que a veces nos permite acceder a unos colectivos femeninos magníficos, absolutamente desproporcionados con relación al aspecto físico de cada hombre. El atractivo brumoso e indefinido es un factor que a los hombres nos puede dar mucho juego. Es evidente que en este asunto hay un desnivel en favor de los hombres no excesivamente guapos, siempre que parezcan interesantes, y ese desnivel se concreta en un hecho comprobable: se ven hombres feos acompañando a mujeres despampanantes, y, en cambio, se ve a pocos hombres apuestos junto a mujeres desagradables al ojo humano.

Sin embargo, en el caso de Cohen, la fuente de seducción no tiene trampa y está a la vista de todos. Cohen seducía con su manera de ver la vida, que era una manera jovial y que reducía al mínimo toda la faramalla depresiva que cada uno maneja. Escuchando a Cohen uno tiene la misma sensación que la que se experimenta ante un buen ilusionista: lo que vemos y escuchamos nos saca de nuestros problemas. Cohen tenía fama de buen oyente y además manejaba unos códigos textuales de evasión pura, que minimizaban los sinsabores de nuestra vida.

En el discurso de entrega del Premio Príncipe de Asturias, Cohen dijo: “si tenemos que expresar la gran derrota inevitable que nos espera a todos nosotros, hagámoslo desde los límites de la dignidad y la belleza”.

Lo trágico de todo esto es que no somos Leonard Cohen. No encontramos nuestro sitio en el mundo, no tenemos ningún interés por la dignidad, y nuestra búsqueda de la belleza se reduce a la superficialidad cromática, al cartón piedra. Nos expresamos con prisa, con chabacanería y sin ningún cuidado. No nos preocupan los asuntos de los demás. Queremos atraer y que nos quieran pero no buscamos eso como un accesorio a nuestra visión del mundo, sino como un fin. Somos mediocres.