Los niños toreros

Con el regreso del verano volvemos a tener a los niños en casa. Fundamentalmente se dedican a ver la tele y, en algunos casos más graves, están jugando a la consola. Incluso parece que hay niños que se ponen a ver un canal que hay en la tele en el que pueden ver a otras personas jugando a la consola, lo que constituye la más tenebrosa cuadratura del círculo y el no va más del parasitismo anonadante y de la trepanación de cerebros infantiles: ver por la tele videojuegos jugados por otros. Impresionante asunto, del que tan poco se habla. Debemos suponer que estos niños concretos tienen un futuro muy negro. Hay personas que consideran esta circunstancia como algo evitable y que podemos reconducir, pero la realidad nos muestra que dedicar esfuerzos a enderezar a unos niños es muy difícil, y mucho más cuando los videojuegos y la tele son herramientas que además permiten que estos niños nos dejen en paz. Que un padre corte la fuente de su tranquilidad inmediata es un movimiento suicida que requiere un heroísmo que mucha gente no tiene. Los dispositivos audiovisuales alienantes en manos de nuestros hijos posibilitan que podamos comer a gusto la paella y que luego tengamos la opción de echarnos esa cabezadita de verano. Renunciar a esto de forma voluntaria solamente está al alcance de auténticos semidioses, de hombres y mujeres con una fuerza de voluntad absolutamente sobrenatural.

Y con los años esto empeora, háganme caso. He aquí el ejemplo del bebé tardío cuyo padre es ya mayorcito. Una niña, en concreto. La niña tiene ocho meses y siempre le recibe a uno con una sonrisa imborrable y espléndida. Además, es una niña tolerante a los besos y achuchones, que se despierta de la siesta y se queda reposada en los brazos del adulto. La niña es muy lista, empieza a hacer chistes y está a las puertas ponerse a torear abiertamente a sus padres, y más concretamente a su padre, a quien esta situación le coge con una edad excesiva y con la guardia muy baja. Empieza a ser una niña torera.

De momento, en este caso de la niña no hay dispositivos electrónicos ni televisión alienante, pero la intuición más rudimentaria nos dice que en el futuro la niña y el padre van a tener una relación sencillísima, que consistirá en que la niña va a hacer lo que le dé la gana de manera estricta y literal. Cualquier permiso que la niña pida a su padre va ser concedido con suma facilidad. La niña jugará a los videojuegos, verá la tele, tendrá un teléfono móvil en propiedad al cumplir los siete años, hará bullying con el WhatsApp a los nueve, y, en definitiva, puede acabar en el arroyo y hasta arriba de crack. Es de esperar que la madre, que es más sensata y diligente, actúe de contrapeso en este escenario, dado que, si la cosa se queda en manos del padre, la barra libre está completamente garantizada.

Podría pensarse que este padre de esta niña es un caradura y un vago redomado que no quiere asumir la responsabilidad que su papel exige, y sería un diagnóstico muy atinado, pero en este caso coexisten la dejadez propia de todos los padres modernos y el reblandecimiento supino y específico de un padre ante su hija, reblandecimiento agravado por la vejez de ese padre que ya está en la etapa en la que se es más abuelo que padre. La experiencia nos dice que la paternidad óptima requiere un grado de vigor físico y psicológico que a determinadas edades ya no se tiene. En el caso de esta niña y este padre, la derrota psicológica del padre-abuelo es ineludible y se ve venir a kilómetros de distancia. El padre va a tratar de disimular todo lo que pueda, pero muy a menudo va a aparecer este reblandecimiento que no le permite mirar a su hija sin conmoverse o emocionarse. La caída de la baba es un hecho indefectible.

En vista de todo esto, los padres toman una postura pasiva que es muy española y que consiste en dejar que las cosas vayan marchando y que con el tiempo esa niña se convierta en una mujer sensata. Como en el caso de los niños idiotizados por las consolas, lo que se espera con una candidez increíble es que las criaturas sean de pronto unas personas ecuánimes y que mágicamente sean capaces de discernir con criterio, y esperamos que eso se consiga por arte de birlibirloque y sin que ningún padre intervenga.

Es muy positivo mantener ese grado de optimismo demencial.

Anuncios

El Gobierno promocional

Después de superar varias defenestraciones, algún castañazo electoral severo y determinadas emboscadas internas de diversa intensidad, Pedro Sánchez ha llegado a La Moncloa. Es verdad que su llegada no ha tenido la trompetería de las victorias electorales, y más bien se trata de una entrada por la puerta de servicio y aprovechando el jaleo que se ha formado en el descansillo de la escalera, pero lo importante es que ahí está Sánchez y que este señor ha aguantado las marejadas y ha conseguido desalojar a Rajoy, que era un presidente de una resistencia insólita.

Sánchez es el nuevo Jefe de Gobierno, y, debido a lo rocambolesco de su ascenso al poder, y precisamente por la clamorosa falta de apoyos parlamentarios que tiene, es el primer presidente del Gobierno desde 1978 cuyo fin único es el de la promoción publicitaria. Las posibilidades de realizar una tarea normal de Gobierno que tienen Sánchez y su equipo son muy reducidas debido a que solamente cuentan con 84 diputados propios. Como ejemplo, podemos ver cómo Sánchez ha tenido que poner sobre la mesa todas sus capacidades de prestidigitación para conseguir que los grupos políticos apoyen su nuevo consejo de RTVE, que ha resultado ser un conglomerado tan polimorfo como los mencionados grupos.

Pero ya decimos que el Gobierno actual solo ha de tener una vocación única, que es la promocional. Las posibilidades de concretar alguna reforma de calado quedan sepultadas bajo el peso del colorido de los grupos parlamentarios. La verdadera misión de Sánchez será utilizar las plataformas gubernamentales para la propaganda propia, de cara a ensanchar la base electoral socialista, que está en mínimos historicos. Esto convierte a este Gobierno en el primer Ejecutivo español cuyo cometido único se circunscribe al autobombo puro.

En este sentido, las medidas que va a proponer el Gobierno se encaminarán a tocar la fibra sensible del elector y por tanto supondrán el lanzamiento de una masa compacta de demagogia arrasadora, de un peso específico fenomenal. Los colectivos más perjudicados por el devenir socioeconómico recibirán ese impacto de ambrosía programática y escucharán unas músicas de gran poder seductivo. La ciudadanía sentirá la emoción del halago y se llenará de esperanza y de ilusión. Nadie sabrá cómo se financiará todo lo prometido, pero eso no será relevante porque lo prometido no se pondrá en marcha.

Con respecto a los demás grupos parlamentarios que van a tener que sostener al Gobierno y que conforman un grupo más bien poliédrico, es probable que el Ejecutivo ponga en marcha un plan de enredo similar al que veremos dirigido a los electores. Así, los partidos se reunirán con el Gobierno y saldrán muy satisfechos del clima positivo y cordial que supondrá el fin de tanta crispación y de tanto encono. Los grupos parlamentarios pondrán de relieve las espléndidas sensaciones que estos encuentros van a proporcionar a todos los intervinientes. El futuro va a presentarse con el mejor de los colores y las posibilidades serán amplísimas. Esta misma semana hemos sido testigos de una reunión llamada bilateral entre Sánchez y Torra, y pocas veces se ha visto a dos interlocutores tan desfondados encontrándose con una ocasión tan notable de vender un resultado tan seco. Ambos dirigentes han explicado que no están de acuerdo en nada y que no van a ceder en nada, pero dicen que han conseguido programar otra reunión que indudablemente lo arreglará todo.

El único límite que el Gobierno va a ponerse a la hora de reunirse con todos los grupos y de prometer cosas a los partidos que deben apoyarle lo va a marcar la mercadotecnia; si alguna promesa resulta contraria a lo que señalen los indicadores del sentir mayoritario y demoscópico, el Gobierno modificará inmediatamente esa promesa, y lo hará en defensa de la dignidad democrática y con la intención de proteger los intereses de todos (y todas).

Además, si de pronto el Gobierno optase por poner en marcha alguna iniciativa que pudiera desembocar en determinado gasto de dinero y que pusiese en riesgo la estabilidad presupuestaria, es de esperar que, a instancias de Bruselas, el Gobierno Sánchez retire esa iniciativa con el mismo vigor con el que la propuso y sin que a este Gobierno se le mueva un músculo de la cara. En este sentido, se cree que el Gobierno hará de la necesidad virtud y que promocionará esta sucesión de mutaciones como si fuese un prodigio de flexibilidad y comprensión. La coherencia gubernamental va a existir, sean cuales sean las iniciativas puestas en marcha, aunque sean contrapuestas.

¿Cuánto va a durar este Gobierno? Se cree que durará todo lo que tenga que durar, considerando siempre la maduración de los apoyos populares y siempre bajo la dictadura de las encuestas. El Gobierno tiene aprobados unos Presupuestos Generales del Estado que originariamente no le gustaban nada pero que ahora le parecen formidables, en virtud de la ley de la cuquería política y en base al instinto de conservación más estricto. Estos Presupuestos, que ideológicamente están en contra de casi todos los globos-sonda que lanzará el Gobierno a la opinión pública, son unos Presupuestos que en la práctica blindan al Gobierno hasta el año 2020.

Por tanto, Pedro Sánchez va a tratar de terminar la legislatura sin grandes reformas pero con una mano de barniz presidencial que pueda llevarle a un segundo mandato. Las cuestiones concretas del día a día se resolverán por inercia y en mitad de un bombardeo de propuestas irreprochables que se pondrán en conocimiento de la ciudadanía al ritmo que exija la situación y siempre desde la óptica de la solidaridad y con el corazón en la mano. Tendremos un clima mucho más positivo, un lenguaje perfectamente irreprochable y, por fin, se dará una situación enfocada a la posibilidad de lograr la implementación de reformas que nos lleven a la consecución de las metas de progreso que son esenciales para el bienestar sostenible de todos y todas.

La abolición del aburrimiento

La idea de la inactividad total es una idea que a muchas personas les da urticaria. Se dice que lo fácil es estar viendo la tele en calzoncillos y que en España somos muy partidarios de la horizontalidad, pero eso es inexacto. La inactividad física requiere una fortaleza mental que no todo el mundo tiene. Tarde o temprano, uno tiende a revolverse en su asiento y a ponerse a hacer alguna cosa.

El aburrimiento es un hecho funesto que, en la sociedad moderna de los móviles y de los chats frenéticos, no puede tolerarse. La necesidad inmediata de tener una experiencia a cada instante ha reducido las posibilidades de aburrirse, salvo que uno tuviera la mala suerte de ver el partido de los mil pases de la selección española y pudiera haber visto a Isco adobando lentamente el balón como si fuera un cazón de su tierra malagueña. Si exceptuamos el fútbol, que generalmente es de un aburrimiento completo y que a pesar de ello nos sigue teniendo en vilo, no queremos aburrirnos.

De ahí la proliferación de actividades como la práctica del deporte, que es de gran utilidad para aquellas personas que no son capaces de mantenerse en reposo haciendo una pequeña reflexión o leyendo un libro. Y de ahí también el éxito de los coach, entrenadores personales, motivadores más o menos caraduras y manoseadores de unos lugares comunes que se venden como aforismos revolucionarios que nos cambiarán la vida. El timo de los gurús se fundamenta en la persecución del aburrimiento.

Algunas personas, sin embargo, son capaces de permanecer en reposo. Vistas desde fuera, estas personas parecen unos vagos redomados, pero su movimiento interior es vigoroso y rico. Contemplan la realidad, la sintetizan, extraen su esencia y pueden transformarla en ideas nuevas. De vez en cuando, cogen un libro y leen un rato. Suelen leer libros alejados de la practicidad especializada, la aplicación directa a la problemática cotidiana y la resolución de conflictos. Son libros cuya lectura podría definirse como una pérdida de tiempo. La óptica de hoy en día nos coloca en la obligación de definir a estos señores y a sus lecturas como gente absurda que está echando su vida por la borda.

Sin embargo, señores lectores, eso no es así. Las personas capaces de encontrar mecanismos mentales activos bajo una apariencia de hibernación física son las que van a tener una vida mejor porque podrán disfrutar sin necesidad de hacer tirolina o viajar a la República Dominicana. Van a ahorrarse enormes cantidades de dinero en viajes, gimnasios, coaches, médiums, nutricionistas, nigromantes del yoga, expertos de la gestión de las oportunidades personales y acompañantes nocturnos de carácter oneroso. Las personas que se quedan reflexionando en solitario y leen libros de nula aplicación práctica no necesitan nada, no deben desconectar de nada y no estarán nunca en ningún atasco de tráfico. Las vacaciones de estas personas son baratísimas y no contribuyen de ninguna manera a engrosar el PIB del sector turístico.

Claro está que una sociedad no puede funcionar con una mayoría de estoicos o ascetas, y bienvenidos sean los hombres de ciencia o los creadores que establecen y desarrollan los patrones para que el mundo avance. Pero entre esos líderes y los hombres hibernados y reflexivos hay una inmensa mayoría de personas desnortadas, que buscan algo y no encuentran nada, gastándose por el camino colosales cantidades de dinero que acaba en manos de orientadores y superprofesionales de lo más cucos. Esta población desorientada es la que se embarca en cruceros y se apunta a las más disparatadas dietas para adelgazar.

Insisto: yo sospecho que la clave de todo esto está en el aburrimiento. El aburrimiento, que sin matiz alguno se identifica con el estatismo y la quietud. Es extraño ver a alguien que está sentado sin consultar su teléfono o sin poner la radio o la tele. Lo normal es buscar el ruido y tratar de rodearse de un cierto jaleo ambiental.

Las personas que pueden convivir con el silencio y la inactividad física son seres humanos de nivel superior y no requieren nada. Nunca se enfadan ni conocen la crispación. Nunca están que se suben por las paredes, ni sienten que les come la casa, ni tienen que halagarse a sí mismos por indicaciones de un coach de rostro de piedra. Nunca tienen la angustia de no haber aprovechado bien el día. En realidad, su día siempre es un día de gran provecho.

Todo esto no se quiere reconocer y mientras tanto la inmensa mayoría de la población lleva un mes viendo el Mundial de fútbol, que es una de las maneras más aburridas de no aprovechar el tiempo. Sobre todo, si juega Isco.

Los que no esquiamos

El calentamiento global es un hecho sin discusión y, por tanto, la cosa está tan recalentada que llevamos cerca de tres meses con viento, nieve y frío horripilante en España. Tenemos un tiempo de perros y estamos congelados. La situación es idílica para mi amigo Íñigo, que vende sal para poner en las carreteras, y también lo es para los dueños de estaciones de esquí, que están a tope. La gente acude en masa a esquiar. Los atascos para llegar a las pistas (o, como dicen los esquiadores, “a pistas”) son larguísimos, sobre todo hasta que llega la sal de mi amigo Íñigo, que está volviéndose multimillonario.

El esquí es hoy una actividad practicada por una parte muy importante de la población española. Existe un consenso amplio sobre las bondades del esquí como actividad deportiva y lúdica en comunión con la naturaleza. Esquiar tiene unos costes respetables y, en función de los ingresos de cada cual, hay personas que van a esquiar todos los fines de semana, y hay otras que acuden ocasionalmente, pero todos coinciden en que esquiar es divertidísimo.

Yo esquiaba con alguna frecuencia hasta que cumplí veinte años y descubrí que esquiar no me gustaba. Alguno pensará que tanto la tardanza en darme cuenta como el hecho de descubrirlo de golpe son dos fenómenos que demuestran poco tino y mucha inmadurez, y posiblemente tengan razón; pero el caso es que yo estaba sentando en uno de esos telesillas, en medio de una ventisca glacial, durante un día de invisibilidad completa, y al principio me di cuenta de que estar allí era una experiencia desagradable, pero casi inmediatamente descubrí que la cosa no iba a mejorar al llegar arriba, sino que más bien empeoraría al bajar esquiando. El hecho físico de la bajada, el fenómeno puro del esquí, era algo que no merecía la pena.

Porque esquiar es bajar una cuesta subido en unas tablas y ayudado por unos bastones. Se me dirá que señalar esto es innecesario pero creo que hay que hacerlo porque la bajada de la cuesta es el esquí. Bajar a determinada velocidad y disfrutar de este descenso. El hecho de la bajada es un acontecimiento con todas las características de las actividades infantiles. El fenómeno es el mismo que descender por una calle en patinete o que tirarse por un tobogán. Es indudable que hay millones de españoles que, a unas edades completamente decrépitas, están desarrollando una actividad infantil a un coste elevado y asumiendo con ello un riesgo para sus cuerpos. No hay una competición, no hay un juego con una normativa deportiva, ni un marcador: solo bajar la cuesta.

Se tiran por las cuestas, sienten el gustirrinín de la velocidad y todo ello les cuesta una pasta gansa. La combinación de factores es inequívoca y no admite discusión posible. Sin embargo, parece ser que los que no esquiamos tenemos que buscar motivos para saber por qué no nos gusta, mientras vemos cómo los esquiadores nos miran con extrañeza, atónitos. Está visto que los que preferimos no esquiar somos personas siniestras, amargadas y tenemos algo tenebroso que ocultar. Sin embargo, los que tienen cuarenta años y siguen disfrutando de las cuestas, los saltos y el descenso veloz no tienen que justificar nada porque esquiar es divertidísimo, y punto.

Yo no tengo nada contra este proceso mediante el cual hay millones de personas que salen en tropel cada fin de semana desafiando las inclemencias atmosféricas para gastarse millonadas en una actividad infantil que puede dejarles parapléjicos. No tengo nada en contra porque es una actividad que forma parte de la buena marcha del comercio y que además nos deja muchos espacios libres en otros lugares durante el fin de semana. Yo entiendo lo maravilloso del contacto con la alta montaña, contacto que por otra parte puede producirse sin la necesidad de tirarse por la cuesta disfrazado de astronauta. Es probable que en un momento determinado lleve a mis hijos a la nieve para que esquíen, pero porque estos niños tienen siete y cinco años y porque también les llevo de vez en cuando a que disfruten de otras actividades infantiles, como el tío vivo o los columpios. Pero no se me ocurre subir al tobogán.

En realidad, los que no queremos esquiar solo pedimos que nos dejen en paz. ¿Que por qué no esquiamos? Pues por el mismo motivo por el que no nos subimos en una cama elástica ni vemos Peppa Pig: porque tenemos más de ocho años de edad.

Arrimadas

Señalábamos a Trapero como el personaje más oscuro del procès, con su aire de jefe policial que sabe muchas cosas y que nos retrotrae a épocas poco edificantes como las de Amedo, Sancristóbal o Planchuelo, etapas en las que, cuando alguien llamaba a la puerta a las seis de la mañana, no tenía por qué ser el lechero sino que podría ser la última persona que uno fuese a ver en su vida. Pero resulta que ha pasado una semana de procès y la oscuridad lo ha envuelto todo. Por comparación con los personajes del proceso y su comportamiento reciente, Trapero tiene ahora un aspecto de integridad profesional irreprochable. Lo que ha ocurrido a su alrededor ha convertido al exjefe de los Mossos en la quintaesencia de la fiabilidad y el rigor.

Las cosas han degenerado y todo el mundo sale de esta aventura peor que como ha entrado, salvo Inés Arrimadas, que es la personalidad del momento. En mitad de la fiesta de las medias verdades, las cartas con trampa, la retórica de la cuquería y la apología de la imagen sobre la realidad, esta señora de Ciudadanos ha personificado un estilo muy otro, enlazando frases inteligibles a un ritmo de locomotora y con la cadencia y la inercia de la lógica, que, al ubicarse en medio de un mundo musical, de vivos y cucos, sorprende por contraste. Arrimadas sale a hablar en el Parlament y sus razonamientos impactan contra el grumo informe de la oratoria indiscernible, y destruye el grumo como una bola de demolición. Arrimadas va a La Sexta y se encuentra allí con la presentadora Ana Pastor armada hasta los dientes con las réplicas malintencionadas y los silogismos a prueba de bombas, lista para masticar a la invitada, y, contra todo pronóstico, Arrimadas da la vuelta a las preguntas incisivas y derriba a la presentadora. Arrimadas puede con todos los huesos y afronta todos los desafíos televisivos que le pongan delante.

No estoy hablando de razones, ni de teorías políticas. No entro en eso. Nadie se preocupa hoy de razonar en política, y no seré yo quien empiece a hacerlo. Las opiniones políticas de Inés Arrimadas con respecto a la economía, la organización administrativa, el gasto público, el aborto, la eutanasia, la educación o la política penitenciaria son asuntos que desconocemos pero que en este momento nadie considera importantes. Lo único que importa es el procès. Y en la dialéctica del procès, en la escenografía de la revolución sentimental y territorial más acalorada que uno recuerda, Arrimadas aparece como un refrigerante auditivo, un colirio para los ojos de los espectadores menos politizados. Arrimadas dice cosas que pueden entenderse y las enlaza con discreción y firmeza. Arrimadas hila un discurso que va desde el punto A hasta el punto B con una fluidez que esconde la fuerza hidráulica más arrasadora. En este sentido, es de lamentar la posición del líder catalán del Partido Popular, señor Albiol, que tiene un papelón tremendo cada vez que debe salir en el Parlament a hablar con su tosquedad corriente después de que hable Arrimadas. Salir a hablar después de Arrimadas es como interpretar al violín La Trucha de Schubert inmediatamente después de que la toque Itzhak Perlman.

Arrimadas ha aparecido en las vidas del público español y algunas personas, agotadas del chamarileo político, se han quedado patidifusas. Otros españoles se han enfadado porque, al no vivir en Cataluña, no pueden votar a Inés Arrimadas para ningún cargo. Evidentemente dentro de Cataluña la figura de Inés Arrimadas no tiene un éxito mayoritario, aunque electoralmente ha llegado a cotas que hasta hace poco se consideraban inauditas. Sin embargo, la densidad sentimental de la política catalana es casi indestructible, y ni siquiera un disolvente tan rotundo como la oratoria de la señora Arrimadas podrá con ella. La amalgama sebácea de los sentimientos lacrimógenos tiene unas cualidades corrosivas impresionantes. Ni veinte Arrimadas pueden con un solo suspiro del señor Junqueras.

Nosotros no nos posicionamos a favor o en contra de ninguna opción política porque la política actual se desenvuelve dentro de los decorados del teatro de Polichinela. Nosotros siempre hemos pensado que una política que no se base en la practicidad, el sentido común, el instinto de conservación plausible y el conocimiento profundo del temperamento general de los gobernados es una política que acarrea desbarajustes trágicos. La cosa está demostrada. El desastre está garantizado. Ante la política actual, observamos el guiñol con vocación de zoólogos. Y en este escenario se nos presenta Arrimadas, que pretende tomar parte en el teatrillo pero con un libreto diferente.

El libreto de Arrimadas se basa en la retórica de los hechos más o menos fríos. Es una retórica que genera malestar en los sectores partidarios de la prestidigitación oratoria y de los sentimientos a flor de piel. Es la retórica que tanto molesta, que genera tantos anticuerpos, que levanta tantas ampollas; es la retórica que utilizaba, salvando las distancias que haya que salvar, el concejal donostiarra Gregorio Ordóñez, del que muy probablemente ya nadie se acuerda.

Los protagonistas

El asunto catalán ha conquistado la parrilla informativa en todos los terrenos y es un asunto tan complejo y enrevesado que uno no tiene mucho que añadir, salvo señalar la preponderancia de la estrategia y de la planificación propagandística sobre los hechos y la realidad. Asistimos a una partida de cartas llena de faroles por ambos bandos y con columpiadas y derrapes que podrían ser divertidos si no fuera por la relevancia del asunto. Lo que sí que podemos hacer desde aquí es una descripción de los tipos y caracteres que esta situación está dejándonos: los protagonistas del enredo van perfilándose según pasan los días y alguno ha tomado ya unas proporciones considerables.

Ya hemos hablado en este blog del señor Rajoy, político al que todo el mundo menosprecia pero cuya resistencia granítica le convierte en un adversario de padre y muy señor mío. Rajoy se ha tomado este asunto tan peliagudo para su gobierno con la flema y la oleaginosidad propias de su carácter y está dándose tiempo y esperando hasta el último momento para aplicar las famosas medidas de corte excepcional. Como decimos, debajo de su aparente despiste se esconde un competidor formidable que flota casi siempre, aunque Rajoy siempre tendrá una contestación fortísima de parte de su parroquia, esa parte que considera que el presidente del Gobierno es un blando y un cachazas.

En este mismo bando digamos gubernamental está Albert Rivera, aunque de una manera mucho más beligerante que Rajoy, debido a que a) considera que hay que aplicar mano dura; b) quizás está considerando de forma desinteresada que esta dureza puede darle rendimiento electoral en determinadas zonas de España; y c) tiene la ventaja de no tener responsabilidades directas de gobierno, lo que le da una soltura y una locuacidad muy significativas.

Como tercer vértice está don Pedro Sánchez, líder socialista, que, tal vez por necesidad, está tomando una posición mucho más templada que muy probablemente le beneficie a nivel electoral en Cataluña, aunque no sabemos si le vendrá bien en otras zonas geográficas del electorado digamos español. En todo caso, el trabajo de este señor sigue siendo tratar de dar una configuración coherente a su partido, que es un cafarnaún deshilachado y mutable.

Por el lado nacionalista catalán han ido apareciendo una serie de personalidades más o menos nuevas, empezando por los señores Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, recién encarcelados, que no forman parte de ningún partido político pero que, al parecer, tienen una influencia extensísima. Estos líderes se envuelven con silogismos de gran fuerza, muy positivos, y sin necesidad de presentarse a ningunas elecciones están capitalizando toda la corriente multitudinaria de la movida o movimiento nacional, dicho sea esto con todo el respeto y sin ánimo de señalar. El encarcelamiento cautelar de estos dos señores, que en teoría se debe a un asunto más bien de orden público, se ha considerado desde algunos sectores como una maniobra sin fundamento, inoportuna e injusta y será aprovechado por algunas personas para realizar las manifestaciones propagandísticas que cualquiera puede adivinar.

También tenemos, un poco al fondo, al señor Romeva, conseller de recorrido internacional que acude a las televisiones más importantes del mundo para que los entrevistadores extranjeros le pregunten por las empresas que se marchan de Cataluña, por la inseguridad jurídica y, en definitiva, para que le pongan en un compromiso de muy difícil salida. Este señor tiene una templanza mayúscula y aguanta todos los bochornos que haya que aguantar en nombre del procès.

Sin embargo, los dos grandes coordinadores de todo este asunto son el señor Puigdemont y el señor Junqueras. Carles Puigdemont es el antiguo alcalde de Gerona que hoy es president sin haber sido cabeza de ninguna lista electoral autonómica. Este hecho, que puede no tener importancia, también podría haber sido el acicate para que este señor se haya puesto a la vanguardia del acaloramiento y de la ruptura, respondiendo así a la proverbial vehemencia de los que tienen que demostrar algo. Hay personas muy ponderadas y de buen juicio que consideran que Puigdemont es un hombre ecuánime, con gran sentido de la responsabilidad, y lleno de prudencia e intuición. Todas estas afirmaciones son perfectamente fiables y provienen de fuentes de toda solvencia: ahora hay que ver cómo casan con los actos e iniciativas del señor Puigdemont en el ejercicio de sus funciones como presidente autonómico. La cosa es que, con su política de los últimos días, Puigdemont está decepcionando a la CUP, a la oposición, a los manifestantes y a todo el mundo, y este señor puede acabar muy chamuscado y sumido en el ostracismo electoral completo y definitivo.

Como estrella del nuevo firmamento tenemos a don Oriol Junqueras, representante de Esquerra Republicana, que aparece detrás de Puigdemont por motivos de seguridad ignífuga. Este señor tiene un tono de voz suave y melifluo, y su oratoria es una maravilla de musicalidad. El señor Junqueras es un profesor muy reputado y habla con la lágrima puesta y el corazón en la mano. La oratoria del señor Junqueras está compuesta por proposiciones irrechazables y por una pedagogía emotiva de una fuerza expresiva máxima. Junqueras solo propone ideas razonables y parece verdaderamente sorprendido de que se arme tanto escándalo, y de que las empresas se vayan de Cataluña, y de que los países de Europa no reconozcan la independencia de Cataluña. Junqueras está muy triste por todo ello y solamente quiere el bien para todos y la concordia entre las personas que pueblan el mundo. Frente a tanto sinsabor, el consuelo que le queda al señor Junqueras es que en las próximas elecciones, constituyentes o no, el señor Junqueras va a sacar un enorme número de votos, votos que va a capturar a derecha y a izquierda, y probablemente deje para el arrastre y hecha unos zorros a la antigua Convergencia. Es un consuelo menor para Junqueras, sin duda, pero es un consuelo.

Porque resulta que, aunque no lo parezca, hay probabilidades altas de que todos los dirigentes a ambos lados del ring estén solamente pensando en el rendimiento electoral. Como lo oye, amigo lector.

(No me he olvidado del señor Trapero, jefe de los Mossos y elemento policial notoriamente oscuro que, por encima de su nacionalidad, pertenece a la estirpe de los policías que consiguen que las cosas se hagan y que resuelve cualquier entuerto con el sigilo de la autoridad. Trapero es un personaje literario de primera categoría y merece capítulo aparte).

 

La Hispanidad lingüística

Aprovechando la celebración del Día de la Hispanidad, mi admirado profesor Lílemus ha escrito en su blog una oda a la lengua castellana. En esta exaltación, el profesor explica con su erudición proverbial el devenir del idioma mediante sus hitos literarios y reivindica el derecho de los hispanohablantes a celebrar el fenómeno lingüístico del castellano, un “milagro” que ha pervivido mil años y que es canal de comunicación de 500 millones de personas en todo el mundo.

El insigne profesor dice que el reconocimiento del español es un hecho que no está de moda en una época como la actual, en la que más bien hay un ambiente de exaltación de los particularismos excluyentes y de enaltecimiento de la estupidez humana más decantada. Esto es así y puede ser causa de bochorno en las personas más razonables. Desde este punto de vista, la entrada del blog de Lílemus llega en un momento adecuado, y es una entrada pertinente y digna de aplauso.

Sin embargo, y conociendo el ánimo de discutir de Lílemus, debo hacerle a mi querido profesor dos reproches. El primero es un pequeño reproche estilístico: Lílemus nos cuenta la vida del idioma otorgando al castellano cualidades humanas y utilizando las herramientas de la prosopopeya para describir la juventud de la lengua, su madurez, etc, como si el idioma fuera una muchacha que crece, se desarrolla, “se mira en el espejo” y “se viste de fiesta” (textualmente). A mi entender, esta elección estética distrae (en el mal sentido) y el lirismo metafórico quita fuerza al argumento central de la entrada del blog, y que Dios me perdone por decir semejantes cosas a una eminencia como Lílemus.

El segundo reproche es conceptual y se basa en la idoneidad de celebrar el idioma como construcción colectiva y como estructura de la nación cultural. El profesor desarrolla un memorándum con los hitos de la construcción, como si la lengua española fuera un proyecto diseñado bajo determinados parámetros. Nosotros creemos, contra lo que insinúa nuestro autor, que un idioma es el resultado más o menos amorfo de un proceso histórico igualmente amorfo; la difusión de la lengua no se debe a un plan lingüístico, pese a que pueda formar parte natural de la dinámica expansiva del imperio, y su mantenimiento y conservación se produce espontáneamente pero bajo criterios de utilidad y de economía. En términos generales, el darwinismo y la selección natural funcionan en el ámbito lingüístico con la precisión de un reloj suizo, y los idiomas que no sirven para la comunicación se extinguen, salvo que alguien quiera mantenerlos con respiración asistida por motivos estéticos o políticos.

Y esto nos lleva al otro punto conflictivo de lo que dice nuestro maestro: la idea más o menos perfilada de la nación lingüística. Yo no soy la persona idónea para describir o ponderar estos conceptos porque no siento los efluvios nacionales ni se me pone la piel de gallina con los himnos o las banderas. Es probable que esto me convierta automáticamente en un hombre sin corazón, un sinvergüenza o un relativista tenebroso; incluso puede haber quien me acuse de ser partidario de Rodríguez Zapatero. Pero los logros históricos de una comunidad nacional a la que yo pertenezco no me enorgullecen excesivamente porque, si bien yo entendería el orgullo ante un logro personal, no se entiende tan bien el mérito de la pertenencia a un grupo humano o a otro. Esta pertenencia es accidental y no tiene nada que ver con los méritos de ninguno de nosotros. La pertenencia existe y el afán de negarla es grotesco, pero es casi igual de grotesco llevarla con pomposidad y suficiencia. En este sentido, creo que es muy conveniente no convertir al idioma en un elemento central de la pertenencia o no a un determinado colectivo y mezclarlo así en las trifulcas adyacentes que eso lleva acarreado, dado que tenemos ejemplos en este preciso instante de lo truculenta que puede ser esta asociación. En asuntos idiomáticos, el afán de destrucción de un idioma y el endiñamiento obligatorio de una lengua en detrimento de otra contra la lógica del uso y de la realidad son estrategias grotescas y surrealistas mediante las que solamente se consigue hacer el ridículo, porque pensamos que el idioma útil, el que sirve para comunicarse, subsistirá, por encima de coacciones mafiosas.

En realidad el idioma es solamente un instrumento de expresión. Hay idiomas más expresivos que otros, y hay idiomas con una mayor musicalidad que otros, y más o menos aptos para ser utilizados en distintos ámbitos. Pero el idioma no es parte de una unidad de destino, ni puede concebirse como una obra colectiva más que accidentalmente, ni responde a ninguna planificación de unos comisarios políticos. La lengua no es por sí sola un instrumento digno de elogio; se puede admirar una obra literaria creada en un idioma en concreto, y también podemos maravillarnos ante la permanencia del idioma o contemplar un conjunto creativo tan rico como el que conforma la literatura en castellano y tomarnos una cerveza en honor a tanta excelencia. Podemos incluso comer un chuletón conmemorativo durante el día del Pilar o dedicar cualquier otro día del calendario a ese chuletón.

Sin embargo, creo que el idioma es una realidad aséptica, un hecho físico. No sé si hay que atribuir a alguien en concreto el mérito de su perpetuación o de su uso masivo, pero desde luego el mérito no es mío ni de usted, señora. El castellano ha sido un idioma de ilustración y de cultura, pero es difícil saber cómo se llega a eso, más allá del hecho innegable del movimiento migratorio y del dinero. El dinero, a la larga, genera educación y cultura. Y el Imperio Español fue un ente de retroalimentación financiera cuyo alcance no se entiende sin dinero.

Por otra parte, uno tiene la sospecha de que un escritor de raza sería capaz de acabar escribiendo bien en cualquier idioma.

 

La película mala

Ante el jaleo que tenemos encima de la mesa, hay que destacar una cosa que todo el mundo sabe pero que de vez en cuando conviene recordar: la importancia de la practicidad y, en concreto, el peso que el dinero tiene en nuestras vidas. Los sectores más románticos de la sociedad tienden a desdeñar la relevancia del asunto crematístico, y consideran que existen otras cosas más importantes que lo que se conoce como el vil metal. Nosotros podemos reconocer que hay cosas más importantes que el dinero, pero debemos insistir en que el asunto del dinero es el primero que una persona debe resolver. Si alguno no es capaz de encarar esta problemática, no hay por qué pensar en otras cosas, dado que el dinero es aquello que, transformado en bienes y servicios, nos permite comer, lavarnos, vestirnos y dormir bajo techo.

Por tanto, hay que pensar cómo resolvemos la situación crematística. Hay que ver de qué forma podemos conseguir los garbanzos. Naturalmente, esto es importante a una escala extrafina y más bien básica: una vez se tienen cubiertas estas necesidades, el dinero ya no tiene gran importancia, y uno puede entregarse al romanticismo más denso y ahumado. Pero es esencial recordar la primera parte: la parte de la supervivencia.

Se diría que este razonamiento está al alcance incluso de cerebros rudimentarios, pero durante nuestra vida estamos encontrándonos casi a diario con personas altamente cualificadas que aparentemente se apuntan al bombardeo de turno sin tener en cuenta lo que puede perderse en el bombardeo concreto. En este sentido, el pasado siglo XX constituye la época histórica del delirio total y es el siglo en el que mejor se vio que el progreso material es compatible con la preponderancia de la mixtificación demagógica y suicida.

Y nosotros podemos entender que alguien se lance a por todas cuando ese alguien no tiene nada que perder. A ras de suelo, y sin nada en el bolsillo, el instinto de supervivencia actúa indefectiblemente. Pero cuando alguien tiene algo que perder, el instinto que prima debería ser el de conservación. Y el asombro del espectador aparece cuando ve que el instinto de conservación queda sustituido por la demagogia y la fantasía. Durante los últimos cien años hemos podido ver este fenómeno, en el que determinadas personas ofrecen a su público soluciones irrealizables a problemas leves o inexistentes en un procedimiento que, debido a sucesivos errores de cálculo, acaba como el rosario de la aurora, y con la mayor parte de los intervinientes aniquilados y en la quiebra. Los ejemplos de este mecanismo de destrucción humana son tan numerosos que nos negamos a citarlos. Esta dinámica es agotadora y tristísima, además de ser muy peligrosa, evidentemente. O no tan evidentemente, puesto que es una situación a la que se acaba volviendo tarde o temprano.

Sin embargo, tenemos la impresión de que el fenómeno vuelve un poco más tamizado y de que va pesando cada vez más la importancia del dinero y la sensibilidad a lo que cada uno puede perder. El bienestar existe y no conviene soslayarlo. La prosperidad cesante es un elemento de gran peso específico y puede proporcionar el sedimento necesario para que la condensación térmica encuentre alguna válvula por la que despresurizar.

Pero hace falta que alguien lo vea y lo comprenda. El gran crítico cinematográfico Roger Ebert decía que hay un tipo muy concreto de películas malas en el que todos los personajes son idiotas y que, si en la película hubiera un solo personaje inteligente, la trama se resolvería de manera inmediata y la película se acabaría. Pero ningún personaje razona y así la película puede seguir adelante con sus enredos.

El tiempo de calidad

Si uno tiene hijos pequeños, las vacaciones son un periodo de grandes trabajos, dicho sea sin ánimo de retruécanos y con todo el cariño que merecen estos jóvenes dictadores. Esos trabajos deben afrontarse con una sonrisa y sin remedio, salvo que uno cuente con los recursos suficientes para tener a su disposición a determinados profesionales encargados de llevarse por allí lejos y de sobrellevar en la lejanía a esos hijos que nunca vemos durante el año y que se han convertido en un engorro que nos perturba. En ese caso, si uno logra facturar a sus hijos, las vacaciones de los adultos son una maravilla de relajación y de descanso, y no debemos dejar que la conciencia nos fastidie el asueto: los niños están mucho más entretenidos con un profesional que con su padre, que no tiene ni idea de como tratarle. El asunto fundamental es que los diez minutos y medio que dediquemos diariamente a nuestros hijos sean diez minutos de calidad. Seguro que habrán oído ustedes esta expresión indescriptible: el tiempo dedicado a la familia no tiene por qué ser extenso, pero debe ser de calidad. Es muy difícil llevar a cabo una explicación satisfactoria de lo que significa esta expresión, ni sabemos quién es el árbitro que podría determinar la calidad del tiempo que pasamos con los hijos. ¿En qué consiste esta calidad? ¿Se nota al tacto, como el buen paño?

Las personas que dicen estas cosas no ven a sus hijos ni en foto pero han encontrado la manera mágica de insuflar más calidad a su tiempo, mucha más que la que ofrece el resto de los padres, que debemos ser unos inútiles redomados y que encima maltratamos a nuestros hijos dándoles no pocas sino muchísimas horas cochambrosas, de bajo nivel. Como sigamos dando a nuestros hijos tantas horas defectuosas, los servicios sociales acabarán llevándose a los niños, con lo que conseguiremos que estás criaturas gocen de una calidad máxima con sus educadores sociales y, además, que dejen de darnos la brasa para siempre. Todo el mundo gana.

En cualquier caso, siempre habrá algún rato de privacidad y tranquilidad que puede emplearse en ver Sálvame, subirse en una gran salchicha neumática sobre las olas o, que Dios me perdone, leer un poco. Por desgracia, la lectura es un pasatiempo que requiere un esfuerzo y un movimiento cerebral sin recompensa económica; hay mucha gente que piensa que cualquier esfuerzo intelectual debe circunscribirse al trabajo remunerado, y que, fuera del trabajo, que piense Rita.
Yo me permito hoy recomendar la literatura de humor como anticongelante, desengrasante y lubricante cerebral, que convierte el esfuerzo de leer en un flujo de bienestar plausible. Y nosotros queremos recomendar el humor en general, como manera de mirar, sin prejuicios ni tabúes. Y, para elegir, la recomendación debe ser leer lo mejor, aunque haya que retroceder cien años o más.

Y lo mejor, estimados lectores, es Dickens. Ya hemos hablado aquí de Charles Dickens y de sus cualidades benéficas. Es un autor que, como todos los verdaderos genios, hace las cosas con una sencillez y una falta de pomposidad que le dejan a uno atónito. Este verano hemos leído Vida y Aventuras de Martin Chuzzlewit, uno de sus novelones de humor puro, publicado originalmente como folletín por entregas. Este libro es una maravilla incomparable, sin gota de gravedad severa ni de oscuridad gótica. Dickens se ríe con cariño de ricos, poderosos, funcionarios, compañías de seguros, conseguidores, chupópteros, advenedizos, pícaros y dueñas, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, país al que dedica formidables adjetivos. La novela es un mamotreto de 900 páginas que pasan volando. Es demasiado corta.

Y aparte de Dickens, podemos recomendar alguna novela humorística española de la misma cuerda, y una de las mejores novelas dickensianas en castellano es el Silvestre Paradox, de Pío Baroja, que, además del humor que contiene, es el retrato de un escenario histórico (la bohemia desvencijada del Madrid de principios de siglo XX) que es de lo más sugestivo que uno puede encontrar. Baroja es un escritor aparentemente chapucero pero también es un retratista de primera, y da siempre el tono y el ambiente de una época que conoció a pie de buhardilla. Uno tiene la impresión de que Baroja empleó muchas horas conviviendo con la colección de sablistas, fanfarrones, gorrones profesionales, vivos de diferente pelaje y obsesos monográficos y especializados que aparecen en el Silvestre Paradox.

En la vida de las personas se dedica mucho tiempo a actividades irritantes y se pierden horas que nunca volverán. Muchas de estas actividades no pueden evitarse, pero otras sí. Nosotros recomendamos que estén ustedes con sus hijos más tiempo del que ya están (aunque sea un tiempo de muy mala calidad, qué le vamos a hacer) y que, cuando haya un momento de silencio y soledad, repriman las ganas de poner la tele y lean algún libro, preferiblemente de humor. De humor de calidad.

El sablista indirecto

Todos ustedes se han encontrado alguna vez con la figura del sablista, esa persona que de forma puntual o recurrente nos pega lo que se conoce como un sablazo. La RAE define el sablazo como “el acto de sacar dinero a alguien pidiéndoselo, por lo general, con habilidad o insistencia y sin intención de devolverlo”. La definición es ajustadísima. Incluso alguno de ustedes puede ser uno de esos famosos sablistas, en cuyo caso podrá disfrutar de esta entrada con la delectación de reconocerse en el texto, sobre todo si es usted un sablista irredento y ufano.

La primera distinción que debe hacerse es entre el sablista y el necesitado. Hay personas que piden dinero por necesidad y con intención de emplearlo en cubrir las necesidades básicas. Esto todavía existe y es un problema morrocotudo que la Administración trata de mitigar con todas las herramientas que tiene a mano. Pero entre los sablistas propiamente dichos podemos establecer dos categorías: la primera está formada por el sablista oculto, que pega los sablazos porque vive en una ficción económica que debe mantener a toda costa. Este sablista suele ser una persona con unos niveles de gasto completamente desproporcionados en relación con los ingresos; se trata de gente que en algún momento de su vida pudo sufragarse estos gastos pero que, por motivos dispares, ahora no puede, y, en lugar de coger el toro por los cuernos y plantear a pecho descubierto su problema ante los que le rodean, decide ir tirando a base de sablazos confidenciales, amparándose en los lazos de amistad que mantiene con los sableados y acompañando cada sablazo con un explícito propósito de afrontar de una vez por todas la tragedia en la que vive. Estos propósitos duran un suspiro y el sablista se dedica a esperar un golpe de suerte mientras continúa con su política pedigüeña. Este tipo de sablistas vive en una angustia continua y trata de plantear los sablazos de forma selectiva, no consecutiva, borrando sus huellas y dando muchos rodeos. Lo normal es que esta dinámica acabe de muy mala manera y que todo explote el día menos pensado con la deshonra familiar y la humillación que cualquiera puede imaginar.

El segundo tipo de sablista es el sablista indirecto. Este sablista no suele pedir dinero de forma explícita, sino que destina sus esfuerzos a no pagar nada jamás. Esta persona suele ser alguien que encuentra una satisfacción íntima en conseguir que los demás paguen y él se escaquee. El sablista indirecto se caracteriza por no tener ningún tipo de dificultad económica y por considerarse un listo, listo en cursiva: un hombre más listo que los demás. El sablista indirecto puede presentarse en distintos grados e intensidades, pero en todas sus versiones hay un denominador común: a este sablista le importa un carajo el prójimo. Ojo porque el sablista ufano tiene aparentemente muchos amigos y conocidos, y suele ser una persona muy agradable y educada con los demás, pero, a la hora de pagar, este ciudadano se evapora, se evade y no paga. Uno de los mejores lugares para detectar a un sablista es en la barra de un bar y rodeado de sus amigos. El sablista de raza siempre está a favor de hacer un bote para ir tomando las copas, bote que él se empeña en administrar personalmente para así conseguir dos objetivos: no aportar ni un solo duro al fondo común y apropiarse de los restos que puedan quedar después de una noche de peregrinación por las tabernas, momento en el que las circunstancias juegan a su favor puesto que a esas horas nadie es capaz de realizar un escrutinio fiscalizador de los gastos. En un restaurante, el sablista aboga por dividir la cuenta a partes iguales después de haberse pedido esas almejas a la marinera que costaban cincuenta y cuatro euros, y, si la mesa es lo suficientemente grande, se irá al cuarto de baño cuando toque poner el dinero y permanecerá allí el tiempo que sea necesario hasta conseguir que las cuentas no cuadren y que todo se solucione con una derrama alícuota entre los comensales para evitar el bochorno ante el camarero.

Este sablista es capaz de robar en las tiendas de chuches, gorronear el wifi del vecino, realizar cualquier cambalache que le beneficie a la hora de devolver algún artículo en los comercios y, en definitiva, cometer todo tipo de pequeñas estafas con el fin de demostrar que él es listísimo y los demás somos idiotas.

Para desempeñar estos trabajos, el sablista indirecto debe ser simpatiquísimo y no debe generar ninguna polémica con nadie, fuera del ámbito económico, claro está, ámbito en el que el sablista no ve a los semejantes como amigos sino como primos. En consecuencia, el sablista indirecto es una persona de lo más agradable y que despierta en sus semejantes una tendencia natural al convite. Un sablista indirecto encuentra su cénit cuando entabla amistad con alguien generoso y con dinero, momento en el que el sablista procede a dejarse invitar a todo durante el tiempo que sea preciso, un tiempo que pueden ser meses, años o décadas. El sablista indirecto puede irse de vacaciones con su benefactor y conseguir no sacar la cartera ni para pagar un café.

La única forma de desenmascarar a un buen sablista indirecto es la observación fría y zoológica de su comportamiento, cosa difícil porque el ámbito de funcionamiento del sablazo indirecto es un ámbito de camaradería descomprimida y de alegría de vivir, y, con los trabajos que uno ya tiene en su quehacer diario, cuesta mucho mantener una actitud de espionaje metódico en un entorno fraternal. Por tanto, el sablista indirecto puede perfectamente vivir una vida larga, satisfactoria y de gran éxito social sin que nadie le levante la voz.

Esto es un logro de mucho mérito, y, llegados a la vejez y al ocaso de nuestra existencia, quizá llegue el momento de brindar con el propio sablista por tan destacada trayectoria de escaqueos, sabiendo que esta ronda tampoco la paga él.