Se caen las cosas

En el puerto de Vigo se ha desplomado un muelle de madera mientras estaba produciéndose alguna celebración veraniega, es decir, justo cuando en ese muelle había una gran cantidad de gente festiva. Hay muchos heridos. Casi inmediatamente, y a otra escala, en Génova se ha derrumbado un puente de la autopista que recorre esa ciudad italiana. El desastre en este caso tiene unas proporciones horripilantes que aún deben evaluarse. Ambas catástrofes presentan dos elementos comunes: el primero es que los dos accidentes están sirviendo para desvelar la cara más putrefacta de la política. En Galicia y en Italia, los responsables de la administración pública han procedido a escurrir el bulto y a culpar a otros; en Vigo, la discusión entre el ayuntamiento, la autoridad portuaria, la oposición municipal y los grupos más oportunistas tiene unos aires de desvergüenza completa y provoca en el espectador una tristeza que da escalofríos; y en Italia, el gobierno, sin esperar a informe pericial alguno, ha dicho que la culpa es de a) o bien la empresa concesionaria, o b) de las medidas restrictivas del gasto público en pro del equilibrio presupuestario (lo que usted seguramente conoce ya como los recortes) y que los responsables del derrumbe son los Hombres de Negro de la UE.

Todo esto constituye un espectáculo desagradable. Dentro del plano puramente demagógico y populista, tenemos la mala suerte de vivir en un lugar en el que las catástrofes sirven para que unos y otros puedan abofetear al adversario electoral, cosa que en otros sitios no ocurre. Nos gustaría recordar ahora cómo Barack Obama ganó sus segundas elecciones literalmente porque le tocó vivir en plena campaña electoral el paso del famoso huracán Sandy, y en aquel momento el presidente, que iba por debajo en las encuestas, mostró su cuajo institucional, su consternación cercana y su mejor imagen de comandante en jefe, mientras que su adversario se dedicaba a quejarse de la imprevisión y la gestión del gobierno. Así, los electores americanos optaron por el gobierno y no se fiaron de la oposición. En España, sin embargo, todas las experiencias que tenemos en estos asuntos catastróficos/electorales acaban con la ciudadanía poniéndose del lado de los elementos más populistas y desestabilizadores, y abandonando al gobierno. Es de suponer que en Italia pasa algo parecido. El público ve su odio canalizado gracias a las técnicas más notorias y estupefacientes. Por tanto, después de estas experiencias, los políticos toman nota, y así las instituciones se olvidan de acompañar a las víctimas o de ofrecer dimisiones y no solamente no piden disculpas sino que además se pasan al apedreamiento del contrario, cosa que, mirada fríamente, es el colmo y la repanocha. Esto se parece a la actitud de algunas personas que llegan sistemáticamente tarde y que además se enfadan con aquellos que estaban esperándole.

El segundo aspecto común de estos dos desplomes consecutivos es el hecho tremendo de que se caigan las estructuras ingenieriles, o, por decirlo de otra forma, que la obra humana se venga abajo, y, por extensión, que las cosas de la naturaleza se rompan o se destruyan. La caída de estas estructuras públicas nos ha llevado a todos a revisar mentalmente el estado de los puentes que cruzamos a diario y a preguntarnos si estos mamotretos urbanísticos sobre los que solemos transitar están o no en buenas condiciones. Es verdad que el muelle de Vigo estaba ostensiblemente en las últimas y que se había alertado sobre su precariedad, y también es verdad que el puente de Génova debía de ser una obra polémica y revisable, pero la caducidad de las cosas del mundo es algo difícilmente soportable para cualquier ser humano que no albergue una fe religiosa acorazada. Las cosas se rompen, se caen, se desintegran, y lo hacen por motivos variados, y a veces sin motivo discernible. Lo que nos rodea es un escenario mutable, endeble, que se destruye. A veces se caen los puentes, y a veces se caen los edificios, y otras veces se estrellan los aviones, y de vez en cuando los coches no frenan. A veces uno va por la acera y, de la manera más tonta, le cae en la cabeza una trozo de balcón. Ante la casuística infinita no existe la previsión completa y, aunque creamos que lo tenemos todo preparado y a punto, algo puede fallar. Incluido el cuerpo humano, que es el mecanismo más asombroso que existe.

Todo esto reconforta poco, ésa es la verdad, y puede inducir al desasosiego y a la parálisis. Pero nosotros pensamos que, muy al contrario, la voluble condición de nuestra vida debe ser el elemento tractor que provoque que hagamos las cosas. Hoy es el día en el que hay que ponerse en marcha. Ahora mismo. Hoy hay que empezar el proyecto que no se concreta nunca. Hoy tenemos que escuchar a nuestros hijos, o hacerles chistes, o andar con ellos en bici. Hoy hay que abrazar a quienes nos rodean. Hoy debemos tomar una cerveza con alguien, urgentemente. Hoy es el día en el que hay que reírse.

Porque mañana igual resulta que se cae el puente y ya está.

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El viaje imposible

En verano, algunas personas pueden dedicar tiempo a leer. Otras se entregan a actividades sociales y organizadas, como irse de camping o de crucero. En el asunto de la lectura, no hay un patrón fijo, y algunos ciudadanos altamente concienciados y recalcitrantes aprovechan las vacaciones para leer obras orientadas a su mejoría profesional, a su perfeccionamiento laboral, si es que eso es posible, dado que estos señores suelen ser ya unos portentos en sus respectivos trabajos. Que Dios les guarde la salud. No es raro que estas personas tan destacadas sirvan de muy poco a la hora de cenar o de tomarse una cerveza con ellos durante las vacaciones, dado que jamás escuchan al interlocutor ni salen de su universo profesional, en el que se desenvuelven como pez en el agua. A estas personas importantísimas, lo que se cuenta en una cena de amigos no les interesa nada. Están deseando volver al trabajo y convocar alguna reunión para poder pontificar sin réplica alguna. El que no ha conocido a nadie así no sabe la suerte que tiene ni es consciente de la que se ha librado.

Hecha esta salvedad, y una vez identificados los superprofesionales más merluzos, diremos que los lectores estivales buscan libros de evasión, de recreo. En este ámbito no hay una norma fija, y algunos se inclinan por la novela histórica de tomo nutrido y contenido delirante; otros optan por la literatura policíaca; y también hay gente que lee novelas románticas que transcurren en escenarios lujosos. Dentro de la literatura de entretenimiento, yo estoy experimentando una tendencia completamente imparable hacia los libros de viajes, o más bien hacia los libros con viaje incorporado. La literatura itinerante suele tener la ventaja de la falta de pretensiones: hay un gran número de libros sobre viajes que están escritos por pura inercia y sin ninguna cuquería comercial o mercantil, lo que muchas veces es un síntoma de que el libro contiene unos mínimos de observación o humor que es lo que, después de muchos años, uno valora de manera espontánea.

En esta línea, para mí es más importante el enfoque que el escenario. En realidad, no me importa por dónde sea el viaje. En la literatura universal los viajes empiezan probablemente en La Odisea de Homero y desde entonces han dado infinidad de obras imponentes, a veces relatando peripecias que le dejan a uno atónito (como las crónicas de primera mano de los conquistadores de los nuevos mundos) y otras veces disimulando el viaje con el disfraz de la novela deslavazada, sin estructura clara (el Tom Jones de Fielding, el Pickwick de Dickens). A partir del siglo XIX hay un tipo de escritor más bien anglosajón que es viajero y que va a por todas sin molestarse en camuflar la literatura de viajes en otra cosa: Herman Mellville, Henry David Thoreau, o Jack London son unos señores que escriben magníficamente sus viajes sin filtro y sin maquillaje.

El género de libros de viajes por España tiene un embrión en el Cantar del Mío Cid y también tiene un tótem intocable y universal, que es el Quijote de Cervantes, libro que por supuesto no es solamente de viajes pero que puede abrirse por cualquier página y es una maravilla absoluta a la hora de dar el ambiente. Hay otros libros por España formidables, más pegados al género, libros de menor vuelo pero de gran profundidad y entretenimiento: La Biblia en España, de George Borrow; el Viaje a la Alcarria, de Cela; o el Viaje en Autobús, de Josep Pla, libros fenomenales, escritos desde la observación humorística y el respeto humano. Son libros que, sin petulancia, dan la impresión de una época y miran de frente al mundo que les rodea.

Una de las cosas de mayor atractivo para el lector es el viaje porque sí, el viaje como idea principal y como concreción de una inercia más o menos natural del hombre hacia el movimiento. Los libros en los que el viajero viaja sin saber muy bien por qué son los que más atraen a una persona tan sedentaria como yo, y, en este sentido, yo leo En La Carretera de Jack Kerouac o En los Mares del Sur, de Robert Louis Stevenson, con una delectación idéntica. Cuando la juventud va abandonándole a uno, y cuando además se está en una situación familiar y social en la que ninguna cosa puede emprenderse sin haberla planificado al milímetro, la marcha por los caminos, a la buena de Dios y a lo que vaya saliendo, es una idea de una fuerza sugestiva impresionante. El viaje que se anhela es el viaje sin concertación ni programa, desde luego: es lo contrario al crucero en un transatlántico. Errar por los mundos, vagar por ahí, pararse cuando uno tenga a bien hacerlo y comer lo que uno pueda son conceptos que, en mi caso, son hoy más sugerentes que nunca. Resulta que, cuando uno era joven y tenía el vigor y la libertad para hacer estas cosas, no las hizo. Por el contrario, hoy, que uno no puede hacer estas cosas, estas cosas tienen de pronto unas dimensiones espectaculares, gigantescas. Es el anhelo de lo inalcanzable, que además se idealiza, porque en esta estilización del viajar no aparecen ni la lluvia, ni el granizo, ni el hambre, ni las ampollas en los pies, ni el desvalijamiento por los caminos, ni las multas por dormir en un cajero.

El overbooking

La start up Volantio ha creado un sistema que mitiga los efectos del overbooking para las aerolíneas. Espero que los pocos lectores habituales de este blog no se asusten con la terminología empleada en nuestra frase inicial. Yo soy el primero que tiembla cuando escucha palabras como startup. Dentro de la faramalla moderna, las startup suelen formar parte de ese núcleo denso en el que hay una mayor concentración de caraduras, dicho sea haciendo las excepciones pertinentes. En términos generales, cuando uno oye la palabra startup debe proteger sus bolsillos del inmediato.

En el caso de Volantio, la startup en cuestión es norteamericana y cumple el tópico porque además tiene el consabido nombre que evoca en una sola palabra la posmodernidad interestelar y los aromas grecolatinos de carácter clásico, así que podemos temernos lo peor. Esta empresa, Volantio, radicada en Atlanta y gestionada por personas a las que no tengo el gusto de conocer pero que tal vez dispongan de un futbolín en la oficina, ha inventado un sistema basado en una encuesta que hacen a los pasajeros del avión y cuyas conclusiones se analizan y mastican para proporcionar a la línea aérea una lista ponderada de los clientes más dispuestos a ser eliminados del pasaje a cambio de una compensación. Así, la línea aérea puede realizar sus ajustes en relación al overbooking con más precisión y a mayor velocidad.

No quiero comentar las bondades del sistema de gestión del overbooking inventado por Volantio, porque no lo conozco en detalle, aunque de entrada no parece el no va más de la sofisticación; pero, como seguramente dirá algún directivo de Volantio en sus presentaciones deslumbrantes, “los grandes cambios parten de ideas sencillas”. Tampoco sabemos si este sistema está consiguiendo que las compañías aéreas sean más eficientes; lo que sí sabemos es que esta startup lo tiene todo para triunfar, y que sea en buena hora y con gran provecho para sus propietarios.

En cambio, sí que me gustaría detenerme en algo que para mí es el meollo de la cuestión, que es el overbooking en sí. Esta práctica empresarial se origina a raíz de la venta al público de más billetes de los que uno tiene en un avión, suponiendo que hay un número casi fijo de viajeros que va a cancelar su reserva. Cuando la estadística no se cumple y no se producen cancelaciones, se da el overbooking, y hay más pasajeros que billetes, por lo que se debe decidir quién se queda sin volar. Este fenómeno tan conocido, y que damos ya por sentado, es en realidad un verdadero escándalo, y su recurrencia debería provocar el bochorno de todos. ¿Qué broma es ésta del overbooking? Es el colmo que se vendan más billetes de los que existen y que uno pueda quedarse en tierra y perder enlaces, reservas de hoteles o cierres de tratos o de negocios cuando es propietario de un billete de avión comprado por medios legítimos. El overbooking es un sistema que es legal y que, por motivos ignotos y alucinantes, aceptamos sin rechistar; pese a ello, la prueba de que se trata de una locura es que no podemos imaginarnos la transposición del overbooking a muchos otros sectores. Imaginen ustedes que un restaurante como Arzak ofreciera nuestra mesa a varios comensales y que todos acudiésemos a nuestra cita, según lo previsto. O imaginen que un médico nos dijera que no hay sitio porque la hora de consulta estaba reservada para tres enfermos, con la esperanza de que alguno no pudiera acudir o se muriese por el camino. Llevándolo al extremo, podríamos compararlo con quedar con dos chicas simultáneamente en el mismo sitio por si alguna de las dos no aparece. En estos contextos, el overbooking no estaría permitido, pero parece que dentro de un aeropuerto la lógica ha desaparecido y las personas se convierten en ganado al que se puede conducir con la vara.

El overbooking es un concepto asombroso. Se entiende que es el resultado de la experiencia en la gestión de reservas y que proviene de años de observación de las bajas que se producen entre los viajeros y turistas. En ese sentido, se fundamenta en la volubilidad humana y en los problemas que todos tenemos para cumplir con nuestros compromisos. Sin embargo, el conocimiento de la naturaleza del pasajero no convierte a esta práctica en algo admisible. Quedarse en tierra por el overbooking es casi tan absurdo como aceptarlo de buena gana, como si fuera una realidad meteorológica fatídica, similar al granizo. “No he podido coger el vuelo porque había overbooking”, nos dicen algunas personas a las que respetamos o incluso admiramos, y nosotros nos hacemos cargo de esa pequeña desgracia poniendo cara de cierta consternación rutinaria.

Como hemos dicho, no sabemos si el sistema ideado por Volantio es o no efectivo, aunque seguro que se trata de un sistema convenientemente patentado y convertible en divisas. Por si no funcionara, desde este blog proponemos una solución alternativa a los problemas que el overbooking provoca a las aerolíneas. La solución consiste en dejar de vender el mismo billete a dos o más pasajeros. Esta rompedora medida solucionaría no solamente los efectos perniciosos del overbooking para las aerolíneas, sino que también eliminaría los daños colaterales que el overbooking provoca en los usuarios, si es que le importan a alguien. Repetimos que, contra todo pronóstico, una manera muy interesante de combatir al overbooking es eliminarlo. No sabemos si la eliminación del overbooking es algo descabellado, pero podría intentarse.

Puede que nuestro problema sea de credibilidad. No se puede proponer una idea sin presentarla en un contexto adecuado y, por qué no decirlo, disruptor. Igual montamos una startup, la llamamos algo así como Overoverbooking, nos ponemos una camisa blanca y unas zapatillas de deporte y presentamos nuestra idea en una sala de decoración minimalista ante un grupo de incautos ávidos de tirar su dinero por el retrete. El triunfo es posible si tú crees en él.

Los migrantes

La llegada a Europa de personas procedentes de otros lugares es un fenómeno periódico y ante el cual no se sabe muy bien qué hacer, dado que, por un lado, al foráneo se le identifica corrientemente con asuntos vidriosos y con perturbación en el ambiente, y, por otro lado, la pirámide demográfica de las zonas desarrolladas del mundo es una cosa invertida e insostenible y, en consecuencia, el foráneo debe seguir viniendo a trabajar para que podamos cobrar las pensiones. Ante tal dicotomía, las autoridades tratan de sobrellevar el asunto como pueden y buscan conjugar el humanitarismo perfumado con la demagogia de leves tintes xenófobos, que siempre da rendimiento electoral. Es, como decimos, una cosa que presenta dificultades y que obliga a que los políticos hagan el pino dialéctico. Mientras tanto, la gente sigue viniendo en embarcaciones paupérrimas y con gran riesgo de sus vidas, lo cual demuestra que son personas que vienen de lugares en los que la vida humana no vale un pimiento.

En relación a todo esto, los equilibrios que se hacen desde las tribunas públicas se reflejan muy bien en el lenguaje, que como todos ustedes saben es un termómetro formidable de la situación social. Ya conocíamos y usábamos términos tan esterilizados e inocuos como subsahariano; desde hace algunas semanas hemos visto cómo en los medios se ha producido la sustitución de los términos emigrante e inmigrante por una única expresión polivalente: migrante. La palabra migrante, que de repente parece ser el término único y obligatorio, es una de esas palabras mágicas que resuelven un montón de problemas. Hasta ahora sabíamos que el emigrante era aquél que, saliendo desde aquí, se iba a algún sitio; también sabíamos que los que venían hacia aquí y se quedaban eran los inmigrantes, legales, ilegales o, rozando el rizo, irregulares, una expresión que se las trae y que deberíamos analizar otro día. Ahora todos los que circulan son migrantes y punto. No sabemos de dónde vienen, pero esperamos que estén de paso. Migrante es una expresión mediante la cual insinuamos muy cuidadosamente que, en principio, estaría bien que estas personas que llegan no tuviesen la intención de quedarse con nosotros. Llamándoles migrantes hemos decidido que están de paso y que van a otros lugares como Francia, Alemania o el que sea, lo cual es muy conveniente desde el punto de vista inmediato, que es el nuestro de ahora mismo, de hoy por la tarde. Migrante es un término que coloca a estas personas en una migración literal, en tránsito, tal vez sin rumbo fijo, o más bien con un rumbo que, si todo va bien, no acabará en nuestra casa. Hemos decidido designar este movimiento humano como una traslación natural migratoria, y además hemos quitado el destino a esta migración. La terminología pasa a ser propia de un observador imparcial, como de un ornitólogo de la BBC. Llamando a alguien migrante estamos dando a entender que sólo puede quedarse aquí y pasar a a la categoría de inmigrante si no hay más remedio.

Por lo rápidamente que ha calado el término, se entiende que a todo el mundo le parece muy bien lo de migrante, y pocos casos se recuerdan de una erradicación tan expeditiva como el de las antiguas expresiones emigrante e inmigrante, que ya casi no existen. Los hombres que vienen en patera han dejado de tener punto de partida y destino. Estas personas están migrando. No podemos confirmar ni desmentir su punto de llegada, y desde luego no queremos sugerir que tal vez quieran quedarse en España. De hecho, estamos sugiriendo que no se queden.

Así que la nueva expresión se adopta entre nosotros a la primera y se consolida porque es amplia y porque nos conviene un poco. Con migrante no fallamos en la definición y además no acogemos a nadie en nuestras casas, que es una cosa muy poco simpática. Porque la solidaridad es indiscutible cuando permanece en el plano de la abstracción y de los ideales elevados. Incluso es pasable cuando es ejercida por el Estado. Pero no hay quien la encuentre cuando se busca en el plano particular, con nombres y apellidos. Salvo excepciones completamente fenomenales, solamente ejercemos la solidaridad por métodos virtuales, transferencia bancaria o giro postal; si hay que ceder nuestro tiempo o nuestro espacio, la cosa queda descartada.

Esta prevención más o menos velada choca contra la mayor parte de las cosas que decimos, pero además es incompatible con el problema más grave que tenemos en España, que ya hemos mencionado y que es el de las pensiones públicas. Algún lector de curiosidad amplia e insana sabrá que nuestro sistema de pensiones no es una caja con compartimentos estancos e intocables para cada uno de nosotros, sino que es una piscina en el que el dinero que entra ahora mismo sale de forma inmediata para pagar a los pensionistas de hoy, no a los del mañana. En este sentido, la piscina es más bien un arroyo sin remanso alguno. El agua no se queda quieta en ninguna poza; de hecho, pasa y sale a caño libre. Es un agua, por qué no decirlo, migrante. Esta realidad peliaguda requiere que, para no se caiga el tinglado, los ingresos se mantengan, y para eso hacen falta trabajadores presentes y futuros.

Sin embargo, los españoles no tenemos un número suficiente de hijos como para que el agua siga entrando con el caudal mínimo durante los próximos años. Ante lo tétrico del panorama, la solución es que convirtamos a los nuevos migrantes en inmigrantes clásicos, y no sabemos si hay que convertir a uno de esos que están de paso en patera o si hay que acoger a los de algún otro tipo más refulgente y bruñido, pero alguno debe quedarse a trabajar. No es probable que ningún político quiera plantear la cuestión en estos términos, pero, según los cálculos más realistas, o se acoge a currantes o se suspende el pago de las pensiones.

Necesitamos a algunos migrantes.

Los niños toreros

Con el regreso del verano volvemos a tener a los niños en casa. Fundamentalmente se dedican a ver la tele y, en algunos casos más graves, están jugando a la consola. Incluso parece que hay niños que se ponen a ver un canal que hay en la tele en el que pueden ver a otras personas jugando a la consola, lo que constituye la más tenebrosa cuadratura del círculo y el no va más del parasitismo anonadante y de la trepanación de cerebros infantiles: ver por la tele videojuegos jugados por otros. Impresionante asunto, del que tan poco se habla. Debemos suponer que estos niños concretos tienen un futuro muy negro. Hay personas que consideran esta circunstancia como algo evitable y que podemos reconducir, pero la realidad nos muestra que dedicar esfuerzos a enderezar a unos niños es muy difícil, y mucho más cuando los videojuegos y la tele son herramientas que además permiten que estos niños nos dejen en paz. Que un padre corte la fuente de su tranquilidad inmediata es un movimiento suicida que requiere un heroísmo que mucha gente no tiene. Los dispositivos audiovisuales alienantes en manos de nuestros hijos posibilitan que podamos comer a gusto la paella y que luego tengamos la opción de echarnos esa cabezadita de verano. Renunciar a esto de forma voluntaria solamente está al alcance de auténticos semidioses, de hombres y mujeres con una fuerza de voluntad absolutamente sobrenatural.

Y con los años esto empeora, háganme caso. He aquí el ejemplo del bebé tardío cuyo padre es ya mayorcito. Una niña, en concreto. La niña tiene ocho meses y siempre le recibe a uno con una sonrisa imborrable y espléndida. Además, es una niña tolerante a los besos y achuchones, que se despierta de la siesta y se queda reposada en los brazos del adulto. La niña es muy lista, empieza a hacer chistes y está a las puertas ponerse a torear abiertamente a sus padres, y más concretamente a su padre, a quien esta situación le coge con una edad excesiva y con la guardia muy baja. Empieza a ser una niña torera.

De momento, en este caso de la niña no hay dispositivos electrónicos ni televisión alienante, pero la intuición más rudimentaria nos dice que en el futuro la niña y el padre van a tener una relación sencillísima, que consistirá en que la niña va a hacer lo que le dé la gana de manera estricta y literal. Cualquier permiso que la niña pida a su padre va ser concedido con suma facilidad. La niña jugará a los videojuegos, verá la tele, tendrá un teléfono móvil en propiedad al cumplir los siete años, hará bullying con el WhatsApp a los nueve, y, en definitiva, puede acabar en el arroyo y hasta arriba de crack. Es de esperar que la madre, que es más sensata y diligente, actúe de contrapeso en este escenario, dado que, si la cosa se queda en manos del padre, la barra libre está completamente garantizada.

Podría pensarse que este padre de esta niña es un caradura y un vago redomado que no quiere asumir la responsabilidad que su papel exige, y sería un diagnóstico muy atinado, pero en este caso coexisten la dejadez propia de todos los padres modernos y el reblandecimiento supino y específico de un padre ante su hija, reblandecimiento agravado por la vejez de ese padre que ya está en la etapa en la que se es más abuelo que padre. La experiencia nos dice que la paternidad óptima requiere un grado de vigor físico y psicológico que a determinadas edades ya no se tiene. En el caso de esta niña y este padre, la derrota psicológica del padre-abuelo es ineludible y se ve venir a kilómetros de distancia. El padre va a tratar de disimular todo lo que pueda, pero muy a menudo va a aparecer este reblandecimiento que no le permite mirar a su hija sin conmoverse o emocionarse. La caída de la baba es un hecho indefectible.

En vista de todo esto, los padres toman una postura pasiva que es muy española y que consiste en dejar que las cosas vayan marchando y que con el tiempo esa niña se convierta en una mujer sensata. Como en el caso de los niños idiotizados por las consolas, lo que se espera con una candidez increíble es que las criaturas sean de pronto unas personas ecuánimes y que mágicamente sean capaces de discernir con criterio, y esperamos que eso se consiga por arte de birlibirloque y sin que ningún padre intervenga.

Es muy positivo mantener ese grado de optimismo demencial.

El Gobierno promocional

Después de superar varias defenestraciones, algún castañazo electoral severo y determinadas emboscadas internas de diversa intensidad, Pedro Sánchez ha llegado a La Moncloa. Es verdad que su llegada no ha tenido la trompetería de las victorias electorales, y más bien se trata de una entrada por la puerta de servicio y aprovechando el jaleo que se ha formado en el descansillo de la escalera, pero lo importante es que ahí está Sánchez y que este señor ha aguantado las marejadas y ha conseguido desalojar a Rajoy, que era un presidente de una resistencia insólita.

Sánchez es el nuevo Jefe de Gobierno, y, debido a lo rocambolesco de su ascenso al poder, y precisamente por la clamorosa falta de apoyos parlamentarios que tiene, es el primer presidente del Gobierno desde 1978 cuyo fin único es el de la promoción publicitaria. Las posibilidades de realizar una tarea normal de Gobierno que tienen Sánchez y su equipo son muy reducidas debido a que solamente cuentan con 84 diputados propios. Como ejemplo, podemos ver cómo Sánchez ha tenido que poner sobre la mesa todas sus capacidades de prestidigitación para conseguir que los grupos políticos apoyen su nuevo consejo de RTVE, que ha resultado ser un conglomerado tan polimorfo como los mencionados grupos.

Pero ya decimos que el Gobierno actual solo ha de tener una vocación única, que es la promocional. Las posibilidades de concretar alguna reforma de calado quedan sepultadas bajo el peso del colorido de los grupos parlamentarios. La verdadera misión de Sánchez será utilizar las plataformas gubernamentales para la propaganda propia, de cara a ensanchar la base electoral socialista, que está en mínimos historicos. Esto convierte a este Gobierno en el primer Ejecutivo español cuyo cometido único se circunscribe al autobombo puro.

En este sentido, las medidas que va a proponer el Gobierno se encaminarán a tocar la fibra sensible del elector y por tanto supondrán el lanzamiento de una masa compacta de demagogia arrasadora, de un peso específico fenomenal. Los colectivos más perjudicados por el devenir socioeconómico recibirán ese impacto de ambrosía programática y escucharán unas músicas de gran poder seductivo. La ciudadanía sentirá la emoción del halago y se llenará de esperanza y de ilusión. Nadie sabrá cómo se financiará todo lo prometido, pero eso no será relevante porque lo prometido no se pondrá en marcha.

Con respecto a los demás grupos parlamentarios que van a tener que sostener al Gobierno y que conforman un grupo más bien poliédrico, es probable que el Ejecutivo ponga en marcha un plan de enredo similar al que veremos dirigido a los electores. Así, los partidos se reunirán con el Gobierno y saldrán muy satisfechos del clima positivo y cordial que supondrá el fin de tanta crispación y de tanto encono. Los grupos parlamentarios pondrán de relieve las espléndidas sensaciones que estos encuentros van a proporcionar a todos los intervinientes. El futuro va a presentarse con el mejor de los colores y las posibilidades serán amplísimas. Esta misma semana hemos sido testigos de una reunión llamada bilateral entre Sánchez y Torra, y pocas veces se ha visto a dos interlocutores tan desfondados encontrándose con una ocasión tan notable de vender un resultado tan seco. Ambos dirigentes han explicado que no están de acuerdo en nada y que no van a ceder en nada, pero dicen que han conseguido programar otra reunión que indudablemente lo arreglará todo.

El único límite que el Gobierno va a ponerse a la hora de reunirse con todos los grupos y de prometer cosas a los partidos que deben apoyarle lo va a marcar la mercadotecnia; si alguna promesa resulta contraria a lo que señalen los indicadores del sentir mayoritario y demoscópico, el Gobierno modificará inmediatamente esa promesa, y lo hará en defensa de la dignidad democrática y con la intención de proteger los intereses de todos (y todas).

Además, si de pronto el Gobierno optase por poner en marcha alguna iniciativa que pudiera desembocar en determinado gasto de dinero y que pusiese en riesgo la estabilidad presupuestaria, es de esperar que, a instancias de Bruselas, el Gobierno Sánchez retire esa iniciativa con el mismo vigor con el que la propuso y sin que a este Gobierno se le mueva un músculo de la cara. En este sentido, se cree que el Gobierno hará de la necesidad virtud y que promocionará esta sucesión de mutaciones como si fuese un prodigio de flexibilidad y comprensión. La coherencia gubernamental va a existir, sean cuales sean las iniciativas puestas en marcha, aunque sean contrapuestas.

¿Cuánto va a durar este Gobierno? Se cree que durará todo lo que tenga que durar, considerando siempre la maduración de los apoyos populares y siempre bajo la dictadura de las encuestas. El Gobierno tiene aprobados unos Presupuestos Generales del Estado que originariamente no le gustaban nada pero que ahora le parecen formidables, en virtud de la ley de la cuquería política y en base al instinto de conservación más estricto. Estos Presupuestos, que ideológicamente están en contra de casi todos los globos-sonda que lanzará el Gobierno a la opinión pública, son unos Presupuestos que en la práctica blindan al Gobierno hasta el año 2020.

Por tanto, Pedro Sánchez va a tratar de terminar la legislatura sin grandes reformas pero con una mano de barniz presidencial que pueda llevarle a un segundo mandato. Las cuestiones concretas del día a día se resolverán por inercia y en mitad de un bombardeo de propuestas irreprochables que se pondrán en conocimiento de la ciudadanía al ritmo que exija la situación y siempre desde la óptica de la solidaridad y con el corazón en la mano. Tendremos un clima mucho más positivo, un lenguaje perfectamente irreprochable y, por fin, se dará una situación enfocada a la posibilidad de lograr la implementación de reformas que nos lleven a la consecución de las metas de progreso que son esenciales para el bienestar sostenible de todos y todas.

La abolición del aburrimiento

La idea de la inactividad total es una idea que a muchas personas les da urticaria. Se dice que lo fácil es estar viendo la tele en calzoncillos y que en España somos muy partidarios de la horizontalidad, pero eso es inexacto. La inactividad física requiere una fortaleza mental que no todo el mundo tiene. Tarde o temprano, uno tiende a revolverse en su asiento y a ponerse a hacer alguna cosa.

El aburrimiento es un hecho funesto que, en la sociedad moderna de los móviles y de los chats frenéticos, no puede tolerarse. La necesidad inmediata de tener una experiencia a cada instante ha reducido las posibilidades de aburrirse, salvo que uno tuviera la mala suerte de ver el partido de los mil pases de la selección española y pudiera haber visto a Isco adobando lentamente el balón como si fuera un cazón de su tierra malagueña. Si exceptuamos el fútbol, que generalmente es de un aburrimiento completo y que a pesar de ello nos sigue teniendo en vilo, no queremos aburrirnos.

De ahí la proliferación de actividades como la práctica del deporte, que es de gran utilidad para aquellas personas que no son capaces de mantenerse en reposo haciendo una pequeña reflexión o leyendo un libro. Y de ahí también el éxito de los coach, entrenadores personales, motivadores más o menos caraduras y manoseadores de unos lugares comunes que se venden como aforismos revolucionarios que nos cambiarán la vida. El timo de los gurús se fundamenta en la persecución del aburrimiento.

Algunas personas, sin embargo, son capaces de permanecer en reposo. Vistas desde fuera, estas personas parecen unos vagos redomados, pero su movimiento interior es vigoroso y rico. Contemplan la realidad, la sintetizan, extraen su esencia y pueden transformarla en ideas nuevas. De vez en cuando, cogen un libro y leen un rato. Suelen leer libros alejados de la practicidad especializada, la aplicación directa a la problemática cotidiana y la resolución de conflictos. Son libros cuya lectura podría definirse como una pérdida de tiempo. La óptica de hoy en día nos coloca en la obligación de definir a estos señores y a sus lecturas como gente absurda que está echando su vida por la borda.

Sin embargo, señores lectores, eso no es así. Las personas capaces de encontrar mecanismos mentales activos bajo una apariencia de hibernación física son las que van a tener una vida mejor porque podrán disfrutar sin necesidad de hacer tirolina o viajar a la República Dominicana. Van a ahorrarse enormes cantidades de dinero en viajes, gimnasios, coaches, médiums, nutricionistas, nigromantes del yoga, expertos de la gestión de las oportunidades personales y acompañantes nocturnos de carácter oneroso. Las personas que se quedan reflexionando en solitario y leen libros de nula aplicación práctica no necesitan nada, no deben desconectar de nada y no estarán nunca en ningún atasco de tráfico. Las vacaciones de estas personas son baratísimas y no contribuyen de ninguna manera a engrosar el PIB del sector turístico.

Claro está que una sociedad no puede funcionar con una mayoría de estoicos o ascetas, y bienvenidos sean los hombres de ciencia o los creadores que establecen y desarrollan los patrones para que el mundo avance. Pero entre esos líderes y los hombres hibernados y reflexivos hay una inmensa mayoría de personas desnortadas, que buscan algo y no encuentran nada, gastándose por el camino colosales cantidades de dinero que acaba en manos de orientadores y superprofesionales de lo más cucos. Esta población desorientada es la que se embarca en cruceros y se apunta a las más disparatadas dietas para adelgazar.

Insisto: yo sospecho que la clave de todo esto está en el aburrimiento. El aburrimiento, que sin matiz alguno se identifica con el estatismo y la quietud. Es extraño ver a alguien que está sentado sin consultar su teléfono o sin poner la radio o la tele. Lo normal es buscar el ruido y tratar de rodearse de un cierto jaleo ambiental.

Las personas que pueden convivir con el silencio y la inactividad física son seres humanos de nivel superior y no requieren nada. Nunca se enfadan ni conocen la crispación. Nunca están que se suben por las paredes, ni sienten que les come la casa, ni tienen que halagarse a sí mismos por indicaciones de un coach de rostro de piedra. Nunca tienen la angustia de no haber aprovechado bien el día. En realidad, su día siempre es un día de gran provecho.

Todo esto no se quiere reconocer y mientras tanto la inmensa mayoría de la población lleva un mes viendo el Mundial de fútbol, que es una de las maneras más aburridas de no aprovechar el tiempo. Sobre todo, si juega Isco.

Los que no esquiamos

El calentamiento global es un hecho sin discusión y, por tanto, la cosa está tan recalentada que llevamos cerca de tres meses con viento, nieve y frío horripilante en España. Tenemos un tiempo de perros y estamos congelados. La situación es idílica para mi amigo Íñigo, que vende sal para poner en las carreteras, y también lo es para los dueños de estaciones de esquí, que están a tope. La gente acude en masa a esquiar. Los atascos para llegar a las pistas (o, como dicen los esquiadores, “a pistas”) son larguísimos, sobre todo hasta que llega la sal de mi amigo Íñigo, que está volviéndose multimillonario.

El esquí es hoy una actividad practicada por una parte muy importante de la población española. Existe un consenso amplio sobre las bondades del esquí como actividad deportiva y lúdica en comunión con la naturaleza. Esquiar tiene unos costes respetables y, en función de los ingresos de cada cual, hay personas que van a esquiar todos los fines de semana, y hay otras que acuden ocasionalmente, pero todos coinciden en que esquiar es divertidísimo.

Yo esquiaba con alguna frecuencia hasta que cumplí veinte años y descubrí que esquiar no me gustaba. Alguno pensará que tanto la tardanza en darme cuenta como el hecho de descubrirlo de golpe son dos fenómenos que demuestran poco tino y mucha inmadurez, y posiblemente tengan razón; pero el caso es que yo estaba sentando en uno de esos telesillas, en medio de una ventisca glacial, durante un día de invisibilidad completa, y al principio me di cuenta de que estar allí era una experiencia desagradable, pero casi inmediatamente descubrí que la cosa no iba a mejorar al llegar arriba, sino que más bien empeoraría al bajar esquiando. El hecho físico de la bajada, el fenómeno puro del esquí, era algo que no merecía la pena.

Porque esquiar es bajar una cuesta subido en unas tablas y ayudado por unos bastones. Se me dirá que señalar esto es innecesario pero creo que hay que hacerlo porque la bajada de la cuesta es el esquí. Bajar a determinada velocidad y disfrutar de este descenso. El hecho de la bajada es un acontecimiento con todas las características de las actividades infantiles. El fenómeno es el mismo que descender por una calle en patinete o que tirarse por un tobogán. Es indudable que hay millones de españoles que, a unas edades completamente decrépitas, están desarrollando una actividad infantil a un coste elevado y asumiendo con ello un riesgo para sus cuerpos. No hay una competición, no hay un juego con una normativa deportiva, ni un marcador: solo bajar la cuesta.

Se tiran por las cuestas, sienten el gustirrinín de la velocidad y todo ello les cuesta una pasta gansa. La combinación de factores es inequívoca y no admite discusión posible. Sin embargo, parece ser que los que no esquiamos tenemos que buscar motivos para saber por qué no nos gusta, mientras vemos cómo los esquiadores nos miran con extrañeza, atónitos. Está visto que los que preferimos no esquiar somos personas siniestras, amargadas y tenemos algo tenebroso que ocultar. Sin embargo, los que tienen cuarenta años y siguen disfrutando de las cuestas, los saltos y el descenso veloz no tienen que justificar nada porque esquiar es divertidísimo, y punto.

Yo no tengo nada contra este proceso mediante el cual hay millones de personas que salen en tropel cada fin de semana desafiando las inclemencias atmosféricas para gastarse millonadas en una actividad infantil que puede dejarles parapléjicos. No tengo nada en contra porque es una actividad que forma parte de la buena marcha del comercio y que además nos deja muchos espacios libres en otros lugares durante el fin de semana. Yo entiendo lo maravilloso del contacto con la alta montaña, contacto que por otra parte puede producirse sin la necesidad de tirarse por la cuesta disfrazado de astronauta. Es probable que en un momento determinado lleve a mis hijos a la nieve para que esquíen, pero porque estos niños tienen siete y cinco años y porque también les llevo de vez en cuando a que disfruten de otras actividades infantiles, como el tío vivo o los columpios. Pero no se me ocurre subir al tobogán.

En realidad, los que no queremos esquiar solo pedimos que nos dejen en paz. ¿Que por qué no esquiamos? Pues por el mismo motivo por el que no nos subimos en una cama elástica ni vemos Peppa Pig: porque tenemos más de ocho años de edad.

Arrimadas

Señalábamos a Trapero como el personaje más oscuro del procès, con su aire de jefe policial que sabe muchas cosas y que nos retrotrae a épocas poco edificantes como las de Amedo, Sancristóbal o Planchuelo, etapas en las que, cuando alguien llamaba a la puerta a las seis de la mañana, no tenía por qué ser el lechero sino que podría ser la última persona que uno fuese a ver en su vida. Pero resulta que ha pasado una semana de procès y la oscuridad lo ha envuelto todo. Por comparación con los personajes del proceso y su comportamiento reciente, Trapero tiene ahora un aspecto de integridad profesional irreprochable. Lo que ha ocurrido a su alrededor ha convertido al exjefe de los Mossos en la quintaesencia de la fiabilidad y el rigor.

Las cosas han degenerado y todo el mundo sale de esta aventura peor que como ha entrado, salvo Inés Arrimadas, que es la personalidad del momento. En mitad de la fiesta de las medias verdades, las cartas con trampa, la retórica de la cuquería y la apología de la imagen sobre la realidad, esta señora de Ciudadanos ha personificado un estilo muy otro, enlazando frases inteligibles a un ritmo de locomotora y con la cadencia y la inercia de la lógica, que, al ubicarse en medio de un mundo musical, de vivos y cucos, sorprende por contraste. Arrimadas sale a hablar en el Parlament y sus razonamientos impactan contra el grumo informe de la oratoria indiscernible, y destruye el grumo como una bola de demolición. Arrimadas va a La Sexta y se encuentra allí con la presentadora Ana Pastor armada hasta los dientes con las réplicas malintencionadas y los silogismos a prueba de bombas, lista para masticar a la invitada, y, contra todo pronóstico, Arrimadas da la vuelta a las preguntas incisivas y derriba a la presentadora. Arrimadas puede con todos los huesos y afronta todos los desafíos televisivos que le pongan delante.

No estoy hablando de razones, ni de teorías políticas. No entro en eso. Nadie se preocupa hoy de razonar en política, y no seré yo quien empiece a hacerlo. Las opiniones políticas de Inés Arrimadas con respecto a la economía, la organización administrativa, el gasto público, el aborto, la eutanasia, la educación o la política penitenciaria son asuntos que desconocemos pero que en este momento nadie considera importantes. Lo único que importa es el procès. Y en la dialéctica del procès, en la escenografía de la revolución sentimental y territorial más acalorada que uno recuerda, Arrimadas aparece como un refrigerante auditivo, un colirio para los ojos de los espectadores menos politizados. Arrimadas dice cosas que pueden entenderse y las enlaza con discreción y firmeza. Arrimadas hila un discurso que va desde el punto A hasta el punto B con una fluidez que esconde la fuerza hidráulica más arrasadora. En este sentido, es de lamentar la posición del líder catalán del Partido Popular, señor Albiol, que tiene un papelón tremendo cada vez que debe salir en el Parlament a hablar con su tosquedad corriente después de que hable Arrimadas. Salir a hablar después de Arrimadas es como interpretar al violín La Trucha de Schubert inmediatamente después de que la toque Itzhak Perlman.

Arrimadas ha aparecido en las vidas del público español y algunas personas, agotadas del chamarileo político, se han quedado patidifusas. Otros españoles se han enfadado porque, al no vivir en Cataluña, no pueden votar a Inés Arrimadas para ningún cargo. Evidentemente dentro de Cataluña la figura de Inés Arrimadas no tiene un éxito mayoritario, aunque electoralmente ha llegado a cotas que hasta hace poco se consideraban inauditas. Sin embargo, la densidad sentimental de la política catalana es casi indestructible, y ni siquiera un disolvente tan rotundo como la oratoria de la señora Arrimadas podrá con ella. La amalgama sebácea de los sentimientos lacrimógenos tiene unas cualidades corrosivas impresionantes. Ni veinte Arrimadas pueden con un solo suspiro del señor Junqueras.

Nosotros no nos posicionamos a favor o en contra de ninguna opción política porque la política actual se desenvuelve dentro de los decorados del teatro de Polichinela. Nosotros siempre hemos pensado que una política que no se base en la practicidad, el sentido común, el instinto de conservación plausible y el conocimiento profundo del temperamento general de los gobernados es una política que acarrea desbarajustes trágicos. La cosa está demostrada. El desastre está garantizado. Ante la política actual, observamos el guiñol con vocación de zoólogos. Y en este escenario se nos presenta Arrimadas, que pretende tomar parte en el teatrillo pero con un libreto diferente.

El libreto de Arrimadas se basa en la retórica de los hechos más o menos fríos. Es una retórica que genera malestar en los sectores partidarios de la prestidigitación oratoria y de los sentimientos a flor de piel. Es la retórica que tanto molesta, que genera tantos anticuerpos, que levanta tantas ampollas; es la retórica que utilizaba, salvando las distancias que haya que salvar, el concejal donostiarra Gregorio Ordóñez, del que muy probablemente ya nadie se acuerda.

Los protagonistas

El asunto catalán ha conquistado la parrilla informativa en todos los terrenos y es un asunto tan complejo y enrevesado que uno no tiene mucho que añadir, salvo señalar la preponderancia de la estrategia y de la planificación propagandística sobre los hechos y la realidad. Asistimos a una partida de cartas llena de faroles por ambos bandos y con columpiadas y derrapes que podrían ser divertidos si no fuera por la relevancia del asunto. Lo que sí que podemos hacer desde aquí es una descripción de los tipos y caracteres que esta situación está dejándonos: los protagonistas del enredo van perfilándose según pasan los días y alguno ha tomado ya unas proporciones considerables.

Ya hemos hablado en este blog del señor Rajoy, político al que todo el mundo menosprecia pero cuya resistencia granítica le convierte en un adversario de padre y muy señor mío. Rajoy se ha tomado este asunto tan peliagudo para su gobierno con la flema y la oleaginosidad propias de su carácter y está dándose tiempo y esperando hasta el último momento para aplicar las famosas medidas de corte excepcional. Como decimos, debajo de su aparente despiste se esconde un competidor formidable que flota casi siempre, aunque Rajoy siempre tendrá una contestación fortísima de parte de su parroquia, esa parte que considera que el presidente del Gobierno es un blando y un cachazas.

En este mismo bando digamos gubernamental está Albert Rivera, aunque de una manera mucho más beligerante que Rajoy, debido a que a) considera que hay que aplicar mano dura; b) quizás está considerando de forma desinteresada que esta dureza puede darle rendimiento electoral en determinadas zonas de España; y c) tiene la ventaja de no tener responsabilidades directas de gobierno, lo que le da una soltura y una locuacidad muy significativas.

Como tercer vértice está don Pedro Sánchez, líder socialista, que, tal vez por necesidad, está tomando una posición mucho más templada que muy probablemente le beneficie a nivel electoral en Cataluña, aunque no sabemos si le vendrá bien en otras zonas geográficas del electorado digamos español. En todo caso, el trabajo de este señor sigue siendo tratar de dar una configuración coherente a su partido, que es un cafarnaún deshilachado y mutable.

Por el lado nacionalista catalán han ido apareciendo una serie de personalidades más o menos nuevas, empezando por los señores Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, recién encarcelados, que no forman parte de ningún partido político pero que, al parecer, tienen una influencia extensísima. Estos líderes se envuelven con silogismos de gran fuerza, muy positivos, y sin necesidad de presentarse a ningunas elecciones están capitalizando toda la corriente multitudinaria de la movida o movimiento nacional, dicho sea esto con todo el respeto y sin ánimo de señalar. El encarcelamiento cautelar de estos dos señores, que en teoría se debe a un asunto más bien de orden público, se ha considerado desde algunos sectores como una maniobra sin fundamento, inoportuna e injusta y será aprovechado por algunas personas para realizar las manifestaciones propagandísticas que cualquiera puede adivinar.

También tenemos, un poco al fondo, al señor Romeva, conseller de recorrido internacional que acude a las televisiones más importantes del mundo para que los entrevistadores extranjeros le pregunten por las empresas que se marchan de Cataluña, por la inseguridad jurídica y, en definitiva, para que le pongan en un compromiso de muy difícil salida. Este señor tiene una templanza mayúscula y aguanta todos los bochornos que haya que aguantar en nombre del procès.

Sin embargo, los dos grandes coordinadores de todo este asunto son el señor Puigdemont y el señor Junqueras. Carles Puigdemont es el antiguo alcalde de Gerona que hoy es president sin haber sido cabeza de ninguna lista electoral autonómica. Este hecho, que puede no tener importancia, también podría haber sido el acicate para que este señor se haya puesto a la vanguardia del acaloramiento y de la ruptura, respondiendo así a la proverbial vehemencia de los que tienen que demostrar algo. Hay personas muy ponderadas y de buen juicio que consideran que Puigdemont es un hombre ecuánime, con gran sentido de la responsabilidad, y lleno de prudencia e intuición. Todas estas afirmaciones son perfectamente fiables y provienen de fuentes de toda solvencia: ahora hay que ver cómo casan con los actos e iniciativas del señor Puigdemont en el ejercicio de sus funciones como presidente autonómico. La cosa es que, con su política de los últimos días, Puigdemont está decepcionando a la CUP, a la oposición, a los manifestantes y a todo el mundo, y este señor puede acabar muy chamuscado y sumido en el ostracismo electoral completo y definitivo.

Como estrella del nuevo firmamento tenemos a don Oriol Junqueras, representante de Esquerra Republicana, que aparece detrás de Puigdemont por motivos de seguridad ignífuga. Este señor tiene un tono de voz suave y melifluo, y su oratoria es una maravilla de musicalidad. El señor Junqueras es un profesor muy reputado y habla con la lágrima puesta y el corazón en la mano. La oratoria del señor Junqueras está compuesta por proposiciones irrechazables y por una pedagogía emotiva de una fuerza expresiva máxima. Junqueras solo propone ideas razonables y parece verdaderamente sorprendido de que se arme tanto escándalo, y de que las empresas se vayan de Cataluña, y de que los países de Europa no reconozcan la independencia de Cataluña. Junqueras está muy triste por todo ello y solamente quiere el bien para todos y la concordia entre las personas que pueblan el mundo. Frente a tanto sinsabor, el consuelo que le queda al señor Junqueras es que en las próximas elecciones, constituyentes o no, el señor Junqueras va a sacar un enorme número de votos, votos que va a capturar a derecha y a izquierda, y probablemente deje para el arrastre y hecha unos zorros a la antigua Convergencia. Es un consuelo menor para Junqueras, sin duda, pero es un consuelo.

Porque resulta que, aunque no lo parezca, hay probabilidades altas de que todos los dirigentes a ambos lados del ring estén solamente pensando en el rendimiento electoral. Como lo oye, amigo lector.

(No me he olvidado del señor Trapero, jefe de los Mossos y elemento policial notoriamente oscuro que, por encima de su nacionalidad, pertenece a la estirpe de los policías que consiguen que las cosas se hagan y que resuelve cualquier entuerto con el sigilo de la autoridad. Trapero es un personaje literario de primera categoría y merece capítulo aparte).