La película mala

Ante el jaleo que tenemos encima de la mesa, hay que destacar una cosa que todo el mundo sabe pero que de vez en cuando conviene recordar: la importancia de la practicidad y, en concreto, el peso que el dinero tiene en nuestras vidas. Los sectores más románticos de la sociedad tienden a desdeñar la relevancia del asunto crematístico, y consideran que existen otras cosas más importantes que lo que se conoce como el vil metal. Nosotros podemos reconocer que hay cosas más importantes que el dinero, pero debemos insistir en que el asunto del dinero es el primero que una persona debe resolver. Si alguno no es capaz de encarar esta problemática, no hay por qué pensar en otras cosas, dado que el dinero es aquello que, transformado en bienes y servicios, nos permite comer, lavarnos, vestirnos y dormir bajo techo.

Por tanto, hay que pensar cómo resolvemos la situación crematística. Hay que ver de qué forma podemos conseguir los garbanzos. Naturalmente, esto es importante a una escala extrafina y más bien básica: una vez se tienen cubiertas estas necesidades, el dinero ya no tiene gran importancia, y uno puede entregarse al romanticismo más denso y ahumado. Pero es esencial recordar la primera parte: la parte de la supervivencia.

Se diría que este razonamiento está al alcance incluso de cerebros rudimentarios, pero durante nuestra vida estamos encontrándonos casi a diario con personas altamente cualificadas que aparentemente se apuntan al bombardeo de turno sin tener en cuenta lo que puede perderse en el bombardeo concreto. En este sentido, el pasado siglo XX constituye la época histórica del delirio total y es el siglo en el que mejor se vio que el progreso material es compatible con la preponderancia de la mixtificación demagógica y suicida.

Y nosotros podemos entender que alguien se lance a por todas cuando ese alguien no tiene nada que perder. A ras de suelo, y sin nada en el bolsillo, el instinto de supervivencia actúa indefectiblemente. Pero cuando alguien tiene algo que perder, el instinto que prima debería ser el de conservación. Y el asombro del espectador aparece cuando ve que el instinto de conservación queda sustituido por la demagogia y la fantasía. Durante los últimos cien años hemos podido ver este fenómeno, en el que determinadas personas ofrecen a su público soluciones irrealizables a problemas leves o inexistentes en un procedimiento que, debido a sucesivos errores de cálculo, acaba como el rosario de la aurora, y con la mayor parte de los intervinientes aniquilados y en la quiebra. Los ejemplos de este mecanismo de destrucción humana son tan numerosos que nos negamos a citarlos. Esta dinámica es agotadora y tristísima, además de ser muy peligrosa, evidentemente. O no tan evidentemente, puesto que es una situación a la que se acaba volviendo tarde o temprano.

Sin embargo, tenemos la impresión de que el fenómeno vuelve un poco más tamizado y de que va pesando cada vez más la importancia del dinero y la sensibilidad a lo que cada uno puede perder. El bienestar existe y no conviene soslayarlo. La prosperidad cesante es un elemento de gran peso específico y puede proporcionar el sedimento necesario para que la condensación térmica encuentre alguna válvula por la que despresurizar.

Pero hace falta que alguien lo vea y lo comprenda. El gran crítico cinematográfico Roger Ebert decía que hay un tipo muy concreto de películas malas en el que todos los personajes son idiotas y que, si en la película hubiera un solo personaje inteligente, la trama se resolvería de manera inmediata y la película se acabaría. Pero ningún personaje razona y así la película puede seguir adelante con sus enredos.

Anuncios

El tiempo de calidad

Si uno tiene hijos pequeños, las vacaciones son un periodo de grandes trabajos, dicho sea sin ánimo de retruécanos y con todo el cariño que merecen estos jóvenes dictadores. Esos trabajos deben afrontarse con una sonrisa y sin remedio, salvo que uno cuente con los recursos suficientes para tener a su disposición a determinados profesionales encargados de llevarse por allí lejos y de sobrellevar en la lejanía a esos hijos que nunca vemos durante el año y que se han convertido en un engorro que nos perturba. En ese caso, si uno logra facturar a sus hijos, las vacaciones de los adultos son una maravilla de relajación y de descanso, y no debemos dejar que la conciencia nos fastidie el asueto: los niños están mucho más entretenidos con un profesional que con su padre, que no tiene ni idea de como tratarle. El asunto fundamental es que los diez minutos y medio que dediquemos diariamente a nuestros hijos sean diez minutos de calidad. Seguro que habrán oído ustedes esta expresión indescriptible: el tiempo dedicado a la familia no tiene por qué ser extenso, pero debe ser de calidad. Es muy difícil llevar a cabo una explicación satisfactoria de lo que significa esta expresión, ni sabemos quién es el árbitro que podría determinar la calidad del tiempo que pasamos con los hijos. ¿En qué consiste esta calidad? ¿Se nota al tacto, como el buen paño?

Las personas que dicen estas cosas no ven a sus hijos ni en foto pero han encontrado la manera mágica de insuflar más calidad a su tiempo, mucha más que la que ofrece el resto de los padres, que debemos ser unos inútiles redomados y que encima maltratamos a nuestros hijos dándoles no pocas sino muchísimas horas cochambrosas, de bajo nivel. Como sigamos dando a nuestros hijos tantas horas defectuosas, los servicios sociales acabarán llevándose a los niños, con lo que conseguiremos que estás criaturas gocen de una calidad máxima con sus educadores sociales y, además, que dejen de darnos la brasa para siempre. Todo el mundo gana.

En cualquier caso, siempre habrá algún rato de privacidad y tranquilidad que puede emplearse en ver Sálvame, subirse en una gran salchicha neumática sobre las olas o, que Dios me perdone, leer un poco. Por desgracia, la lectura es un pasatiempo que requiere un esfuerzo y un movimiento cerebral sin recompensa económica; hay mucha gente que piensa que cualquier esfuerzo intelectual debe circunscribirse al trabajo remunerado, y que, fuera del trabajo, que piense Rita.
Yo me permito hoy recomendar la literatura de humor como anticongelante, desengrasante y lubricante cerebral, que convierte el esfuerzo de leer en un flujo de bienestar plausible. Y nosotros queremos recomendar el humor en general, como manera de mirar, sin prejuicios ni tabúes. Y, para elegir, la recomendación debe ser leer lo mejor, aunque haya que retroceder cien años o más.

Y lo mejor, estimados lectores, es Dickens. Ya hemos hablado aquí de Charles Dickens y de sus cualidades benéficas. Es un autor que, como todos los verdaderos genios, hace las cosas con una sencillez y una falta de pomposidad que le dejan a uno atónito. Este verano hemos leído Vida y Aventuras de Martin Chuzzlewit, uno de sus novelones de humor puro, publicado originalmente como folletín por entregas. Este libro es una maravilla incomparable, sin gota de gravedad severa ni de oscuridad gótica. Dickens se ríe con cariño de ricos, poderosos, funcionarios, compañías de seguros, conseguidores, chupópteros, advenedizos, pícaros y dueñas, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, país al que dedica formidables adjetivos. La novela es un mamotreto de 900 páginas que pasan volando. Es demasiado corta.

Y aparte de Dickens, podemos recomendar alguna novela humorística española de la misma cuerda, y una de las mejores novelas dickensianas en castellano es el Silvestre Paradox, de Pío Baroja, que, además del humor que contiene, es el retrato de un escenario histórico (la bohemia desvencijada del Madrid de principios de siglo XX) que es de lo más sugestivo que uno puede encontrar. Baroja es un escritor aparentemente chapucero pero también es un retratista de primera, y da siempre el tono y el ambiente de una época que conoció a pie de buhardilla. Uno tiene la impresión de que Baroja empleó muchas horas conviviendo con la colección de sablistas, fanfarrones, gorrones profesionales, vivos de diferente pelaje y obsesos monográficos y especializados que aparecen en el Silvestre Paradox.

En la vida de las personas se dedica mucho tiempo a actividades irritantes y se pierden horas que nunca volverán. Muchas de estas actividades no pueden evitarse, pero otras sí. Nosotros recomendamos que estén ustedes con sus hijos más tiempo del que ya están (aunque sea un tiempo de muy mala calidad, qué le vamos a hacer) y que, cuando haya un momento de silencio y soledad, repriman las ganas de poner la tele y lean algún libro, preferiblemente de humor. De humor de calidad.

El sablista indirecto

Todos ustedes se han encontrado alguna vez con la figura del sablista, esa persona que de forma puntual o recurrente nos pega lo que se conoce como un sablazo. La RAE define el sablazo como “el acto de sacar dinero a alguien pidiéndoselo, por lo general, con habilidad o insistencia y sin intención de devolverlo”. La definición es ajustadísima. Incluso alguno de ustedes puede ser uno de esos famosos sablistas, en cuyo caso podrá disfrutar de esta entrada con la delectación de reconocerse en el texto, sobre todo si es usted un sablista irredento y ufano.

La primera distinción que debe hacerse es entre el sablista y el necesitado. Hay personas que piden dinero por necesidad y con intención de emplearlo en cubrir las necesidades básicas. Esto todavía existe y es un problema morrocotudo que la Administración trata de mitigar con todas las herramientas que tiene a mano. Pero entre los sablistas propiamente dichos podemos establecer dos categorías: la primera está formada por el sablista oculto, que pega los sablazos porque vive en una ficción económica que debe mantener a toda costa. Este sablista suele ser una persona con unos niveles de gasto completamente desproporcionados en relación con los ingresos; se trata de gente que en algún momento de su vida pudo sufragarse estos gastos pero que, por motivos dispares, ahora no puede, y, en lugar de coger el toro por los cuernos y plantear a pecho descubierto su problema ante los que le rodean, decide ir tirando a base de sablazos confidenciales, amparándose en los lazos de amistad que mantiene con los sableados y acompañando cada sablazo con un explícito propósito de afrontar de una vez por todas la tragedia en la que vive. Estos propósitos duran un suspiro y el sablista se dedica a esperar un golpe de suerte mientras continúa con su política pedigüeña. Este tipo de sablistas vive en una angustia continua y trata de plantear los sablazos de forma selectiva, no consecutiva, borrando sus huellas y dando muchos rodeos. Lo normal es que esta dinámica acabe de muy mala manera y que todo explote el día menos pensado con la deshonra familiar y la humillación que cualquiera puede imaginar.

El segundo tipo de sablista es el sablista indirecto. Este sablista no suele pedir dinero de forma explícita, sino que destina sus esfuerzos a no pagar nada jamás. Esta persona suele ser alguien que encuentra una satisfacción íntima en conseguir que los demás paguen y él se escaquee. El sablista indirecto se caracteriza por no tener ningún tipo de dificultad económica y por considerarse un listo, listo en cursiva: un hombre más listo que los demás. El sablista indirecto puede presentarse en distintos grados e intensidades, pero en todas sus versiones hay un denominador común: a este sablista le importa un carajo el prójimo. Ojo porque el sablista ufano tiene aparentemente muchos amigos y conocidos, y suele ser una persona muy agradable y educada con los demás, pero, a la hora de pagar, este ciudadano se evapora, se evade y no paga. Uno de los mejores lugares para detectar a un sablista es en la barra de un bar y rodeado de sus amigos. El sablista de raza siempre está a favor de hacer un bote para ir tomando las copas, bote que él se empeña en administrar personalmente para así conseguir dos objetivos: no aportar ni un solo duro al fondo común y apropiarse de los restos que puedan quedar después de una noche de peregrinación por las tabernas, momento en el que las circunstancias juegan a su favor puesto que a esas horas nadie es capaz de realizar un escrutinio fiscalizador de los gastos. En un restaurante, el sablista aboga por dividir la cuenta a partes iguales después de haberse pedido esas almejas a la marinera que costaban cincuenta y cuatro euros, y, si la mesa es lo suficientemente grande, se irá al cuarto de baño cuando toque poner el dinero y permanecerá allí el tiempo que sea necesario hasta conseguir que las cuentas no cuadren y que todo se solucione con una derrama alícuota entre los comensales para evitar el bochorno ante el camarero.

Este sablista es capaz de robar en las tiendas de chuches, gorronear el wifi del vecino, realizar cualquier cambalache que le beneficie a la hora de devolver algún artículo en los comercios y, en definitiva, cometer todo tipo de pequeñas estafas con el fin de demostrar que él es listísimo y los demás somos idiotas.

Para desempeñar estos trabajos, el sablista indirecto debe ser simpatiquísimo y no debe generar ninguna polémica con nadie, fuera del ámbito económico, claro está, ámbito en el que el sablista no ve a los semejantes como amigos sino como primos. En consecuencia, el sablista indirecto es una persona de lo más agradable y que despierta en sus semejantes una tendencia natural al convite. Un sablista indirecto encuentra su cénit cuando entabla amistad con alguien generoso y con dinero, momento en el que el sablista procede a dejarse invitar a todo durante el tiempo que sea preciso, un tiempo que pueden ser meses, años o décadas. El sablista indirecto puede irse de vacaciones con su benefactor y conseguir no sacar la cartera ni para pagar un café.

La única forma de desenmascarar a un buen sablista indirecto es la observación fría y zoológica de su comportamiento, cosa difícil porque el ámbito de funcionamiento del sablazo indirecto es un ámbito de camaradería descomprimida y de alegría de vivir, y, con los trabajos que uno ya tiene en su quehacer diario, cuesta mucho mantener una actitud de espionaje metódico en un entorno fraternal. Por tanto, el sablista indirecto puede perfectamente vivir una vida larga, satisfactoria y de gran éxito social sin que nadie le levante la voz.

Esto es un logro de mucho mérito, y, llegados a la vejez y al ocaso de nuestra existencia, quizá llegue el momento de brindar con el propio sablista por tan destacada trayectoria de escaqueos, sabiendo que esta ronda tampoco la paga él.

Despasito

(Pido disculpas a los sufridos lectores por mi ausencia: estoy metido en unos trabajos literarios que no sé por dónde van a llevarme)

Ya conocen ustedes la dimensión sideral del éxito de Despacito, o Despasito, la canción de Luis Fonsi, que no sabemos si ha hecho ganar dinero a sus autores en este mundo actual de discos que se graban pero no se venden, pero que acaba de llegar a la cota de los dos mil millones de visitas en Youtube. Ríanse ustedes de los Beatles, Elvis Presley o Abba: dos mil millones de reproducciones para el Despasito. La canción es un fenómeno impresionante, y la bailan las abuelas, los nietos y las aves de corral en los vídeos virales tronchantes que nos manda la gente cada cuatro minutos. Es imposible salir a la calle y no escuchar el Despasito en cualquier esquina. Es interesante buscar las claves de este éxito porque, con las herramientas que se han usado a la hora de componer Despasito, parece que hacer un superéxito mundial es facilísimo; naturalmente, no debe de ser una cosa tan sencilla porque reguetones sabrosones hay muchísimos pero Despasitos solo hay uno.

La letra: podemos definir la letra de Despasito como una ensalada de referencias íntimo-sexuales altamente manoseadas que han sido arrojadas en la olla con gran conocimiento de la proporción. Decía Josep Pla que en la cocina “cabe de todo, pero poco”; en Despasito se acumulan referencias al frotamiento copulativo sin que se crucen determinadas líneas que pudieran impedir que la canción sea apta para menores. Es verdad que estas líneas rojas son siempre relativas, y que habrá parte del público que considere que versos como “Quiero, quiero, quiero ver cuánto amor a ti te cabe/Yo no tengo prisa, yo me quiero dar el viaje/Empecemos lento, después salvaje” sobrepasan los niveles alusivos permisibles. Lamentablemente, me temo que estas personas solo pueden ser felices en el mundo de hoy en día si viven en una cueva cerrada a cal y canto, porque la verdad es que nuestros hijos tienen muchas oportunidades de escuchar enormidades de calibre muy superior a las del Despasito.

En cuanto a la lírica, a la forma poética de la letra de Despasito, poca cosa podemos comentar. Una canción que basa una parte fundamental de la rima en unir diminutivos (“suavesito”, “poquito”, “despacito”), formas verbales simétricas (“dándolo”, “intentándolo”, “pensándolo”) o directamente onomatopeyas idénticas (rimando “bom, bom” con “bom, bom”, por ejemplo) es una canción que está tan lejos de las Soledades de Góngora como otras tantas canciones que escuchamos cada día en la radio. Los autores de la letra han resuelto la problemática estilística tirando por la calle de en medio y bien hecho está, porque no hay nadie que busque tener una epifanía literaria leyendo la letra del Despasito. Más bien se busca una epifanía termodinámica de carácter inguinal, y no al leer la canción sino al bailarla.

La música: es probable que la clave del éxito torrencial del Despasito esté en el apartado estrictamente musical. Para empezar, el ritmo de esta canción está planteado con esa síncopa, el reguetón, que Wikipedia define como “ritmo básico acentuado por una combinación de tresillo 3-3-2 complementado por bombos en tiempo 4/4 con estilos de dancehall y raggamuffin, así como una serie de elementos que se encuentran en el hip hop”. Si traducimos esta jerga, lo definiríamos como ese ritmo tumbaíto que alterna golpes de caja un poco retrasados y un poco adelantados. El famoso “bum / pa-bum-pa-bum / pa-bum-pa-bum”. No hace falta extenderse más en esto: pongan ustedes cualquier emisora de radio autodenominada como “latina” y allí encontrarán la clave. Este ritmo provoca el movimiento automático del cúcu y la sedación cerebral correspondiente.  En cuanto a la estructura melódica, los acordes del Despasito son literalmente los acordes del éxito, que son los que forman la secuencia “sol/re/si menor/do” o, en otra clave, “do/sol/la menor/fa”, o, moviéndonos arriba y abajo, cualquier otra secuencia equivalente en cualquiera de los trastes de una guitarra. El truco está en intentar engañar a los oyentes empezando a veces por el acorde menor, pero la secuencia entera es de una infalibilidad acorazada y suele usarse cuando alguien necesita un estribillo a prueba de bombas. Su uso se remonta a la Edad de Piedra y ha sido utilizada por casi cualquier grupo de música popular en algún momento de eclosión y fama. Me niego a citar ejemplos porque la lista nacional e internacional es interminable, pero, por ceñirme al reguetón calenturiento, los últimos grandes éxitos de Enrique Iglesias (Bailando y Duele El Corazón) se han construido sobre la base infalible de esta secuencia.

Una vez hecha esta recensión, podría parecer que construir música de éxito es una cosa facilísima. Da la sensación que un programa de ordenador sería capaz de cocinar un exitazo en cualquier momento. Los que tocamos la guitarra chapuceramente tenemos la impresión de que este Despasito ha sido compuesto en seis minutos y que lo único que nos impide a nosotros componer un exitazo como éste es, simplemente, la vergüenza.

Pero, señores lectores, la verdad es que alguna dificultad tendrá esto porque, si no, somos todos más idiotas de lo que parecemos, y eso es ser muy idiota.

La violencia en el fútbol

Estamos viendo todos los días algún episodio de agresividad en los campos de fútbol de cualquier lugar y condición. En Portugal, país de una urbanidad completamente apacible, un árbitro ha recibido un rodillazo en la frente y se ha convertido en el cuadragésimo sexto colegiado que sufre una agresión esta temporada en el país vecino. En España, vemos continuamente imágenes de insultos, peleas entre el público, agresiones en partidos infantiles y demás aberraciones tremendas.

El bochorno que sufre cualquier espectador decente es completo, pero, ¿cuántos espectadores decentes quedan en el fútbol? La mayor parte del público forma un protoplasma informe de movimientos viscosos que carece de raciocinio. Es de suponer que estos señores se comportan en sus casas de otra manera, ya que cerca del campo de fútbol no paran de insultar, gritar y pedir justicia a la manera del circo romano. Ir al fútbol con un niño es una experiencia altamente deprimente, ya que dentro de un campo de fútbol se escuchan cosas que no son concebibles en cualquier otro contexto social. En las gradas o en el campo se profieren amenazas, se insulta a un conciudadano en su misma cara, y se abandona durante hora y media el equilibrio social y jurídico.

Yo he sido muy crítico con los runners absurdos y despendolados que están completamente fuera de sus casillas pero tengo que reconocer que todo es relativo y que, al lado de un hooligan futbolero, el maratoniano es un ser de una beldad angelical y que resulta inocuo para sus semejantes. Muéstrenme un corredor de carreras larguísimas y me estarán mostrando a alguien que no hace daño a nadie (salvo a sí mismo). De todos los especímenes humanos que uno puede encontrarse en el mundo del deporte, el hincha futbolístico es quien presenta características más comunes a todos los homínidos poco desarrollados.

Es difícil saber por qué en el fútbol hoy uno puede funcionar como un mamífero inferior sin que pase nada. Pero sí que podríamos empezar a tomar medidas porque, si no, nuestros hijos seguirán la línea del energumenismo, crecerán como verdaderos animales y alguien resultará herido. La primera medida podría ser prohibir el fútbol en los colegios, como se hace en algunos centros educativos británicos. El fútbol es una fuente de calor de tal calibre que todo queda condicionado por la fiebre y por la oclusión cerebral. Los niños de ocho años imitan ya las conductas antideportivas de los futbolistas y el talante enajenado del público, y uno se deprime cuando ve a un escolar celebrando los goles como Cristiano Ronaldo o fingiendo lesiones con intención de engañar al árbitro. Hemos dicho alguna vez que el fútbol es, de entre los deportes mayoritarios, el que más posibilidades ofrece para los tramposos. Todos los expertos coinciden en señalar la conveniencia de que un jugador de fútbol conozca eso que se llama el juego subterráneo, que consiste en manejar situaciones con el marcador a favor o en entorpecer el juego. Por tanto, los entrenadores de niños empiezan rápidamente a enseñar estás destrezas oscuras, y estamos viendo ya a niños que son catedráticos en el filibusterismo deportivo y en la obstrucción marrullera. Prohibamos el fútbol federado hasta los dieciocho años, que es cuando una persona puede realizar prácticas tan dañinas como el balompié, como beber alcohol o ir a un casino.

Y eso me lleva a una segunda iniciativa que desde aquí planteamos y que puede ser una idea interesantísima como cortafuegos de toda esta agresividad: la idea consiste, simplemente, en jugar a fútbol parando el reloj. El fútbol es uno de los pocos deportes con balón en el que todavía se juega a tiempo corrido y en el que nunca se para el cronómetro cuando hay una falta, una sustitución o un córner. Esta situación ha quedado obsoleta y además es la principal fuente de problemas. Si se parase el tiempo cuando hay una falta o cuando el balón sale fuera, no tendría ningún sentido dedicarse a perder tiempo. Si hay una sustitución y se parase el tiempo, el jugador sustituido que va ganando no tendría motivos para salir del campo andando a una velocidad inusitadamente lenta, y si cada vez que un portero saca desde su portería se parase el tiempo, un portero que quiere aguantar el resultado no tendría ningún argumento para desatarse y atarse los cordones de los zapatos diez veces o para limpiar muy despacio y con gran minuciosidad las hojas de castaño que se han posado sobre el punto de penalti. Las lesiones fingidas dejarían de existir porque no ofrecerían ningún rendimiento práctico para quien las finge. La mayor parte de la crispación que estas conductas tramposas generan en el público se eliminaría de forma automática.

Los partidos durarían lo mismo pero se jugarían a cuarenta minutos de tiempo cronometrado y efectivo. No habría prolongación del partido, que como sabemos es un momento cumbre de la trampa y del cretinismo más crispado. Es verdad que siempre quedará la posibilidad de engañar al árbitro, pero también es verdad que la temperatura en los campos de fútbol bajaría notablemente y que muchos de los jugadores más sucios se quedarían sin su principal área de trabajo, que es la relativa a detener el juego. Se quedarían solos frente a su capacidad para jugar al fútbol, y posiblemente deberían buscarse otro empleo como estibadores portuarios.

Proponemos desde aquí a la FIFA esta renovación futbolística que evitaría muchos disgustos y que no quitaría ningún atractivo al fútbol, salvo para aquellos aficionados que disfrutan enfadándose en un estadio y que encuentran gozo en el insulto y en la agresividad. Estos señores aficionados de cerebro rapado son personas que no van a dejar ningún buen recuerdo y que pueden irse con viento fresco a ver peleas de gallos.

Los alimentos para deportistas

El diario El País publica en su versión digital un artículo sobre las verdaderas propiedades de los alimentos para deportistas. Muchos de ustedes sabrán que existe una gama de productos alimentarios y bebibles que se fabrican para que sean consumidos por personas que hacen deporte de una manera mas o menos desorbitada. Estos productos se presentan como agentes que acompañan al organismo del atleta en esos ajustes derivados de la actividad deportiva: cubren los déficits que se generan cuando uno hace deporte.

El artículo de El País entra en el asunto con un nivel de detalle que es digno de aplauso, y trata de concretar (y, en su caso, desmentir) la palabrería ingrávida que suele acompañar a estos alimentos. Porque cualquiera que se haya acercado a este mundo tremendo de la alimentación deportiva sabrá que los fabricantes tratan de abrumar al consumidor con una jerga ininteligible y solemne, gracias a la cual uno acaba viendo que no le queda otra que comprarse el gel o la bebida isotónica de turno si es que no se quiere morir ahí mismo de una hipovitaminosis fulminante o de cualquier otro estado carencial peliagudo. El fabricante utiliza una terminología técnica rematadamente oscura y que a la mayoría del público le suena a chino, aunque consigue que a uno le entre el canguelo. “Más me vale equilibrar mi organismo”, se dice el deportista de turno mientras se dirige a la caja del Decathlon para pagar el tarro de cinco kilos de polvos antioxidantes o el tubo de gel desoxirribonucleico con sabor a frutas del bosque. Nuestro deportista se ha gastado ciento cuarenta euros pero tiene la tranquilidad de haber asegurado su equilibrio corporal.

Pues bien: el artículo de El País consigue descifrar todo este galimatías conceptual y llega a tres conclusiones: 1) que estos productos artificiales no aportan gran cosa, o al menos no aportan más que los suculentos alimentos tradicionales; 2) que, por tanto, la alimentación de un deportista podría basarse exclusivamente en productos de toda la vida bien aderezados y de una frescura irresistible, y 3) que todo el tinglado que rodea a estos artefactos comestibles segrega un rendimiento comercial de primera división, que tiene una base en la inseguridad, el gregarismo ovino y la superstición. Como cuarta conclusión, yo añadiría que estos alimentos sofisticadísimos son una aberración desde el punto de vista gastronómico, pero no puedo añadir eso porque nunca he probado una de estas papillas absurdas o un gel isotónico metido en un tubo, y solo lo haré si algún organismo administrativo de carácter siniestro o dictatorial me obligara a hacerlo y si mi vida o la de mis hijos dependiera de ello.

Algún lector más o menos habitual de este inconsistente blog sabrá que nunca perdemos la oportunidad de poner de relieve la fiebre del deporte intensivo y la propagación del fenómeno de los runners o maratonianos fanáticos, movimiento que se extiende y que está llegando a todos los rincones. Los maratonianos fundamentalistas han descubierto que la respuesta a las grandes preguntas metafísicas de esta vida es correr. Correr permite ponerse unos objetivos, unos retos que hay que superar, y genera autoestima y seguridad. Estas personas se gastan un dineral en ir a una tienda de zapatillas deportivas y exigir que un vendedor también maratoniano les haga un análisis de la planta del pie y les recomiende un zapato acorde con la pronación y la curvatura de los pies; estas personas, estos runners, son los grandes consumidores de productos alimenticios isotónicos y mineralizados de alto coste.

Esta actividad física exagerada (y, por extensión, toda actividad que conlleve la superación de los límites físicos y sociales más o menos razonables) favorece el consumo de productos de sanación garantizada que apuntalan químicamente el desarrollo de la musculatura y que además tienen otros efectos psicológicos de gran calado. El artículo del diario El País insiste en la demolición de la jerga indiscernible que alude a laboratorios sofisticados y que, en muchos casos, no significa nada. Este artículo sostiene la tesis de la alimentación completa y convencional. La búsqueda de la concreción y la claridad es siempre digna de elogio.

Ahora bien: como nadie es perfecto, en este artículo hay una participación muy vaga y leve en el fondo de la filosofía runner, filosofía que, como hemos dicho, se propaga velozmente y se adhiere a las personas con una untuosidad altamente pringosa. El articulista afirma lo siguiente (y cito textualmente): “Las personas inactivas tienen entre un 20 y un 30% más de probabilidades de morir de forma prematura frente a aquellos que realizan al menos 150 minutos a la semana de actividad física moderada”. El artículo también dice que la inactividad física es causa de un 6% de las enfermedades coronarias que se dan en el mundo, del 7% de diabetes tipo 2, del 10% de cánceres de mama y del 10% de los cánceres de colon. Estos datos irrefutables no nos explican a qué se debe la aparición del otro 90% de cánceres de colon que se producen en el mundo, y habría que aclararlo porque igual hay gente que se mete a runner para evitar el cáncer de colon. Y en el artículo no se nos dice qué porcentaje de los problemas coronarios mundiales es generado por dedicarse a correr como un loco: sospecho que es un porcentaje muy alto. Tampoco se nos habla de cuántos runners acaban con las rodillas descuartizadas o cuántos tienen la espalda hecha migas.

Hay que ser un verdadero imbécil para no darse cuenta de que el hecho de estar quieto lleva a la atrofia y al despanzurramiento. Pero hay que tener muy claro que el deporte extremo nos lleva a los límites del engranaje corporal. Y hay que explicar una paradoja que no se quiere explicar: que el deporte exagerado puede proporcionarnos de forma simultánea el dinamismo físico y la atrofia cerebral. Gastamos nuestras articulaciones por el exceso de uso y anulamos nuestro cerebro por falta de uso.

Como escribió Bob Dylan en su última gran canción, Not Dark Yet, “I know it looks like I’m moving, but I’m standing still”.

Juan José Padilla

Según informa el diario El País, el torero Juan José Padilla ha sufrido dos cornadas tremebundas durante la segunda corrida de la Feria de Fallas “de las que ha tenido que ser intervenido en la enfermería de la plaza de toros de Valencia. Ambas son de pronóstico grave, una en el muslo derecho y otra en la región pectoral”. A pesar de las cornadas, Padilla “remató la faena y cortó una oreja al toro”.

Es importante recordar que en 2011 un toro atravesó la cara de este hombre de una cornada, provocándole la perdida de un ojo y el menoscabo de buena parte del rostro. Por lo que parece, el estilo de Padilla a la hora de torear, bullicioso y aguerrido, es una fuente casi inagotable de cogidas, tornillazos, cornadas de varias trayectorias y percances de diferentes intensidades. Por si eso fuera poco, uno diría que debe de ser complicado torear con un solo ojo, dado que, además de la dimensión incontestable del campo de visión, una de las ventajas de tener dos ojos está en la posibilidad física de percibir la profundidad espacial, pero ahí hablo por pura intuición y me limito a hacer suposiciones.

El asunto es que el maestro Padilla no solamente no tiene la intención de abandonar los ruedos sino que tiene el propósito firme de triunfar de nuevo en las plazas más importantes de España. En declaraciones a La Sexta, Padilla ha dicho que se siente “feliz y contento porque mi profesión se digna [sic] de mucha verdad, se siente de verdad, se sufre de verdad y se muere de verdad”, signifique lo que signifique todo esto, y además ha asegurado que lo más importante en la vida y en el toreo es el triunfo.

He aquí un hombre que se gana la vida jugándosela y que desarrolla su trabajo con las herramientas del entusiasmo y del arrojo, dos elementos muy beneficiosos a la hora de triunfar en los ruedos aunque, por si solos, son además garantía de cornadas y de trepanaciones. Si el entusiasmo y el arrojo van en solitario, sin que nada más los acompañe, la desgracia está prácticamente garantizada. En cambio, parece ser que, cuando hay una técnica más o menos reflexiva y un cierto respeto por la peligrosidad del toro, el torero se asegura una labor fluida y limpia. Vean ustedes el ejemplo de Enrique Ponce, torero que lleva veinticinco años triunfando como matador y que lidia suavemente a los toros sin que estos animales le hayan tocado una sola borla de la taleguilla.

Padilla es, en consecuencia, un matador tremendista, gótico y provisto de una valentía que se encuentra en los aledaños de la temeridad suicida. Yo he visto torear a Padilla en vivo y el espectáculo se parece al del domador de leones, con la salvedad de que, en el caso de Padilla, el domador da la impresión de no tener más armas que las ganas de comerse al león. Ver una corrida de Padilla es una experiencia circense que apela al lado infantil que todos tenemos. Viendo a Padilla nos tapamos la cara para no mirar.

Padilla es un matador que gusta a los antitaurinos porque podría morir despanzurrado en cualquier momento, cosa que algún antitaurino beligerante recibiría con delectación. Padilla no llena las plazas por su hondura en la suerte natural (que a veces puede tenerla) ni por su enciclopédico conocimiento del toreo con capa (conocimiento que probablemente tenga): Padilla llena las plazas porque cualquier día puede ser víctima de una escabechina personal de gran consideración. Muchos aficionados van a ver a Padilla por la posibilidad fehaciente de que el toro le coja.
En esto, Padilla se parece a José Tomás, aunque hay que reconocer que el caso de Tomás es único y específico, y está envuelto en una mística arrebatadora que provoca desmayos y adhesiones inquebrantables. Padilla no tiene una feligresía tan potente pero llena las plazas y transmite el peligro de un hombre que no está en su sano juicio.

Porque de las declaraciones de Padilla, y de sus propósitos reincidentes, solamente podemos deducir que este señor es un fanático del toreo, entendido como una lucha grecorromana entre hombre y animal. Padilla se dirige de manera inequívoca al punto exacto en el que un astado le descosa el cuerpo a navajazos. No sabemos si Juan José Padilla tiene familia, si tiene hijos o si hay por ahí algunas personas que le quieren y que le necesitan, pero todo esto parece importarle muy poco al señor Padilla, en función de la retórica kamikaze y de las ansias desorbitadas en las que se mueve este torero, dicho sea con todo el respeto para él y para su consternados amigos y familiares.

Por algún motivo, el asunto que estamos comentando es perfectamente legal y no oímos a nadie que se queje por una dinámica tan extravagante como ésta. Como nosotros no sabemos interpretar está realidad, llegó la hora de que el lector reflexione.

La democracia y las élites

La Cámara de los Lores británica ha introducido una enmienda dentro del proceso de separación de Gran Bretaña de la Unión Europea. La enmienda exige al Ejecutivo británico que garantice los derechos de los ciudadanos de la Unión Europea que actualmente residen en el Reino Unido, cuyo estatus futuro está más o menos en el limbo. Esta iniciativa deberá ser refrendada por la Cámara de los Comunes pero constituye un elemento más de posible parálisis en este camino ignoto que se inició el año pasado.

La noticia parece una bobada pero no lo es. En primer lugar, nos pone sobre la mesa la realidad anacrónica de un país que mantiene una Cámara legislativa compuesta por representantes de una élite que es elegida a dedo por Su Majestad la Reina y que además disfruta de un mandato vitalicio e inamovible. Poco a poco se ha ido suprimiendo el carácter hereditario de los escaños y se ha repoblado la Cámara con profesores universitarios, eminencias científicas y demás miembros de lo que se conoce como la intelectualidad, pero la cosa es que esto sigue siendo una cofradía de personas que funciona en un universo paralelo a las convenciones democráticas.

Y lo más chocante de estos señores es que, en vez de dedicarse a sestear o incluso a promulgar normas que restrinjan las libertades ciudadanas, o que beneficien a los grupos humanos preponderantes, resulta que elaboran enmiendas que buscan preservar los derechos civiles de los ciudadanos de a pie; para ir aún más lejos, solicitan que se protejan los derechos de los ciudadanos no británicos. Cualquiera podría pensar que la Cámara de los Lores vive de espaldas a la sociedad y que maneja un argumentario altamente aislacionista en el asunto del Brexit; sin embargo, estos señores son los primeros mandatarios británicos que ponen en marcha una iniciativa responsable, lógica y dirigida al cerebro de las personas adultas, dentro de un tono de solidaridad internacional completamente indiscutible y con la vista puesta en la paz social entre ciudadanos ingleses y los del resto de la Unión Europea. Porque ya hemos visto durante el último año cómo hay una parte sustancial de la clase política inglesa que se ha envuelto en el aldeanismo indómito y que no ha calibrado las consecuencias de la demagogia emitida a la atmósfera a caño libre y sin freno.

Por lo tanto, la parte supuestamente arcaica y apolillada del entramado constitucional británico es la que mantiene la cabeza fría y la que dicta una normativa con vocación de servicio a los ciudadanos. Los lores parecen mirar a largo plazo y bajo el prisma de la practicidad y del mal menor, mientras que los políticos elegidos por los ciudadanos se dedican al alarido grotesco y a buscar el voto sin mirar al mañana. Reflexionar sobre esto podría llevarnos a conclusiones completamente tenebrosas: ¿acaso una élite sin hipotecas electorales puede funcionar con sentido común? ¿Podría ser que la maquinaria electoral sea una picadora del raciocinio? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para tocar los corazones de los ciudadanos? ¿Es conveniente un sistema en el que las decisiones se toman por motivos publicitarios y en el que la mercadotecnia ha sustituido a la sensatez? ¿Cuál es el horizonte temporal que maneja un político democrático?

Naturalmente, todas estas preguntas tienen respuestas de difícil digestión y que pueden dar pie a la instauración de regímenes de sufragio censitario o de artefactos mucho más dolorosos en los que el abuso de autoridad sea el pan nuestro de cada día. Por ello, es interesante ver que la cohabitación entre democracia y una especie de contrapoder elitista solamente es posible en países como Gran Bretaña, llenos de contradicciones y de tradiciones fosilizadas que, sin embargo, se mantienen en un equilibrio que proviene de la urbanidad y el decoro. Los británicos han sido unas personas eminentemente civilizadas y prácticas que, por desgracia, empiezan a contagiarse de la insustancialidad que impera en el resto del mundo. La cosa se torció con la aparición de los hooligans desdentados y violentos del fútbol y con la proliferación de los turistas borrachos que llevan chancletas con calcetines, que rompen mobiliario urbano y que hacen balconing en Magaluf. Algunos expertos dicen que estos ingleses que devienen en australopitecos aparecen por la presión de la educación inglesa, que es un agente que funciona como una olla exprés sobre el espíritu de las personas; esto es interesantísimo y da para otra discusión en la que entraremos en los próximos días.

La inflación y el morro

El aeropuerto es un laboratorio en el que se puede observar la verdadera esencia del ser humano, y es donde una persona ofrece su verdadero carácter. Las autoridades aeroportuarias, con sus retrasos, cambios de puerta de embarque, y con el tratamiento de pasajeros como si fueran ganado vacuno arrinconan la psicología del viajero y la decantan hasta dar con la concentración pura de la personalidad de cada uno. El impaciente es mucho más impaciente en un aeropuerto, igual que el resignado o el nervioso nunca lo son tanto ni tan puramente como cuando están en el aeropuerto.
Además, el aeropuerto es un lugar cerrado a cal y canto en el que la vida se rige por parámetros diferentes a los que se manejan justo antes de entrar allí. Uno pasa esos controles de seguridad masificados y en los que al turista le obligan a desnudarse, abrir la maleta y, en definitiva, convertirse en un becerro, y entramos en esa zona cerrada, la zona del embarque, en la que la realidad cambia. La zona de embarque es un lugar sin salida y en el que el consumo es la única actividad que puede ponerse en práctica (dejando de lado otras ocupaciones absurdas como leer o pensar). La importancia que el consumo tiene en nuestras vidas y en la buena marcha de la economía moderna puede calibrarse con gran precisión en los interiores del área de Salidas de un aeropuerto. La emboscada comercial es perfecta. El viajero no puede salir de allí y tiene todo tipo de bienes sumamente atractivos a tiro de tarjeta de crédito. Y además, si uno hila un poco fino y es observador, verá que uno de los fenómenos más asombrosos que uno experimenta allí es la hiperinflación.

Alguno de ustedes estará familiarizado con las tasas de crecimiento de precios que publican las agencias estadísticas, e incluso varios de nuestros lectores podrían explicarnos la diferencia entre la inflación general y la inflación subyacente. Pero casi todos los lectores tienen una idea perfectamente concreta del precio de las cosas, de cuánto cuestan en el mercado. Pues bien: la zona de embarque de un aeropuerto es un lugar en el que los precios de los productos de consumo físico experimentan una subida absolutamente descabellada y que no responde a otra lógica económica que a la cuquería.

Expliquémoslo con más detalle: en un aeropuerto, uno podría resistir la tentación de comprarse ropa, libros o revistas, y por eso, por esa posibilidad de resistirse, los precios de estos artículos están en rangos más o menos lógicos: si estos productos fuesen carísimos, nadie los compraría porque no hay ninguna necesidad de hacerlo. Sin embargo, uno a veces se pasa muchas horas en estas zonas de embarque y el cuerpo humano tiene unas necesidades elementales que hay que cubrir, entre las que está la alimentación. En la zona de Salidas del aeropuerto hay muchas posibilidades de que tengamos que comprar algo para comer. Y en este segmento comercial de la venta de alimentos es en el que de pronto nos enfrentamos con la hiperinflación desorejada y loca. Uno pide un sándwich vegetal incomestible, un refresco carbonatado de extractos (por pura comodidad lo llamaremos Coca-Cola, arriesgándonos a hacer publicidad gratuita) y un café asqueroso, y lo pide en cualquiera de los comercios habilitados para ello en el aeropuerto, y el dependiente nos comunica que el coste de tales mercancías es de 12,35 euros, cosa que, a puro ojo, supone aproximadamente el doble de la cantidad que habríamos pagado a unos doscientos metros de distancia, fuera de la zona de embarque.

En la economía normal, los precios de los bienes de consumo van sufriendo unos ajustes de acuerdo con la oferta y demanda. Si un precio es mucho mayor que lo que la clientela está dispuesta a pagar, ese precio tendrá que bajar. En algunos lugares exclusivos, únicos, el precio es altísimo porque hay una demanda suficiente para que eso se sostenga. Todo esto forma parte de la normalidad comercial y lo mejor que uno puede hacer es asumirlo, dado que cualquier intento por manejar estas variables suele acabar como el rosario de la aurora y desemboca en situaciones más o menos dictatoriales. Sin embargo, en la zona de embarque de un aeropuerto las leyes económicas valen un verdadero pimiento, y el factor imperante es el secuestro del consumidor. El consumidor está secuestrado en una zona acordonada y es la víctima idónea del experimento económico al que nos estamos refiriendo. Apliquémosle sin ninguna vergüenza una escala de precios más propia del Hotel du Palais de Biarritz, aunque no disfrute de ninguna vista maravillosa del Cantábrico, y aunque el café se lo sirvan no en una taza de porcelana de Transilvania sino en un vaso de cartón, y aunque el café no se lo sirva un camarero profesional con vocación de servicio sino un adolescente detrás de una caja registradora, adolescente que, por otra parte, no quiere hacer ese trabajo, y se le nota.

Por tanto, pongamos de manifiesto que al entrar en el redil de Salidas del aeropuerto uno ha pasado a otra dimensión galáctica en la que los precios se multiplican por dos. En este fenómeno, las leyes generales del comercio no intervienen bajo ningún concepto y solamente actúan el hipermorro y la dureza de rostro de los responsables de estas zonas aeroportuarias, quienes, basándose en la realidad hermética y carcelaria de estas zonas, aplican unos precios que le transportan a uno a los grandes centros del lujo mundial pero solo por el lado del coste.

Esta situación que estamos describiendo es una realidad indiscutible y que no tiene solución porque no vemos la posibilidad de que alguna cafetería justiciera se introduzca en el muy lucrativo universo de los aeropuertos para instaurar precios normales y quedarse con buena parte de la sufriente clientela. Es más sencillo mantener precios despendolados y ganar el cuádruple vendiendo un sándwich árido e intratable. Los abusos inflacionarios están garantizados. Vayan ustedes al aeropuerto ya merendados o con la cartera llena.

Charo

Como en este blog hablamos de lo que nos da la gana, es un momento tan bueno como cualquier otro para señalar un hecho insólito protagonizado por un cantante y compositor español que se llama Quique González. Este buen señor lleva veinte años haciendo canciones a un ritmo alto y cantando por ahí con un éxito relativo pero muy consistente. Cada vez que saca un disco, hace una promoción más o menos silente y, pese a ello, vende discos, dentro de las paupérrimas cifras que se manejan en esta era de la música gratis. Nos consta que este cantante tiene una escudería de fieles que le siguen como un solo hombre. Este señor González vive buena parte del año en Cantabria, y eso es un síntoma inequívoco de que sabe lo que se trae entre manos y de que conoce un poco los mecanismos del funcionamiento de la vida tranquila, cosa que parece una estupidez banal pero que a nuestro juicio es una de las dos o tres cosas importantes en la vida. La música de Quique González refleja estos conocimientos y es un pop-rock con cierta pausa, con cierta monotonía y con un alto contenido en dylanianismo (si alguien entiende el concepto), y sus letras son a veces algo abstrusas y opacas, aunque siempre muy musicales.
Pues bien: Quique González editó un disco el año pasado bajo el rimbombante título de Me Mata Si Me Necesitas, y en ese disco hay una canción que se llama Charo. Y lo que debemos decir aquí es que esta canción es de las dos o tres mejores canciones que hemos podido escuchar en castellano desde hace tanto tiempo que uno ya no se acuerda.

La canción es un diálogo entre un camionero y una camarera que, como uno va notando cuando se escucha, mantienen una relación más o menos difusa y más o menos intermitente. En la canción intervienen dos personajes: el camionero, interpretado por González, y la camarera, a la que interpreta una joven cantante que se llama Carolina de Juan, que por lo visto tiene un grupo de soul sedativo y elegante llamado Morgan y sobre el cual mi ignorancia es completa y definitiva.

Como ya he dicho, las canciones de González tienen un tono homogéneo y unas letras ligeramente impenetrables, pero esta canción, Charo, es única. La música tiene un aire a la de otras treinta o cuarenta canciones de González y se parece también a cosas de Pereza y de algún otro grupo español que anda por esta onda. Ahora bien; la música en esta canción coge un vuelo único porque va ensamblada a la letra, que es un prodigio de sencillez, gracia y elocuencia, y que se funde con la música formando un ungüento de calibre superior. El camionero, que circula habitualmente por la Autovía del Cantábrico, le cuenta varias cosas a la camarera: 1) que piensa en ella aunque se vean de Pascuas a Ramos (“he pensado en llamarte al pasar / la Asturiana de Zinc”); 2) que sabe que ella siente un interés por él, cosa que le alucina (“no sé lo que viste en mí”) y 3), que a pesar de que él está muy interesado en ella, su personalidad presenta una tendencia hacia la confusión y hacia la pasividad que impide el movimiento de aproximación. La camarera le contesta con reproches, pero son reproches que vienen envueltos en un aire de cariño y cercanía tan ostensible que uno sabe que no hay gran cosa que reprochar. Charo es una mujer zumbona pero cálida, y las frases que González pone en su boca nos la presentan con gran economía expresiva (“Claro / te acuerdas de mí por fin / Trabajo en el Shadows, ahuyento a los gallos, escucho a los Kinks”). La camarera tiene un momento breve en el que sube el tono de voz ( y, muy inteligentemente, esa subida coincide con la intensidad de la música), pero nuestro camionero lo contrarresta con más proximidad desvergonzada y dando por hecho que algo muy interesante hay entre ellos, dejando la canción rematada en un punto de intimidad susurrada (“Charo, / no sé lo que viste en mí;/ he pensado en llamarte mil veces, / ya sabes que sí”).

Para los espíritus que no escuchan o que tienen una sensibilidad de cemento armado, está canción es una bobada que no dice gran cosa y que no tiene nada que hacer frente al reguetón o el heavy metal. Sin embargo, algunas personas tienen la suerte de estar dotadas con un mínimo de perspicacia y tienen alguna experiencia sentimental que probablemente les haya proporcionado más tristeza que alegría; estas personas saben que hay momentos espectaculares en las relaciones afectivas en los que se mezclan la complicidad, la vergüenza, el enfado y la sintonía máxima con otro ser humano, y todo ello presidido por la felicidad por sentirse querido de alguna forma y por querer de esa misma manera. A estas personas que entienden de qué va esto yo les digo que resumir con precisión expresiva este mejunje amoroso es dificilísimo. El oyente se acuerda de su pareja actual, de la pareja que ya no tiene y de infinidad de situaciones de las que convierten a la vida en una cosa transitable. Y Quique González lo ha conseguido. Misión cumplida. Y además nos ha descubierto a Carolina de Juan, una cantante de un gusto magnífico y con una voz insólitamente cercana, de una afectividad que le deja a uno paralizado. Ojo con esta chica.

A veces se da algún milagro de conjunción de factores y sale una canción como ésta. Ocurre pocas veces. Escúchenla, y vuelvan a escucharla. Aquí la tienen.