La violencia en el fútbol

Estamos viendo todos los días algún episodio de agresividad en los campos de fútbol de cualquier lugar y condición. En Portugal, país de una urbanidad completamente apacible, un árbitro ha recibido un rodillazo en la frente y se ha convertido en el cuadragésimo sexto colegiado que sufre una agresión esta temporada en el país vecino. En España, vemos continuamente imágenes de insultos, peleas entre el público, agresiones en partidos infantiles y demás aberraciones tremendas.

El bochorno que sufre cualquier espectador decente es completo, pero, ¿cuántos espectadores decentes quedan en el fútbol? La mayor parte del público forma un protoplasma informe de movimientos viscosos que carece de raciocinio. Es de suponer que estos señores se comportan en sus casas de otra manera, ya que cerca del campo de fútbol no paran de insultar, gritar y pedir justicia a la manera del circo romano. Ir al fútbol con un niño es una experiencia altamente deprimente, ya que dentro de un campo de fútbol se escuchan cosas que no son concebibles en cualquier otro contexto social. En las gradas o en el campo se profieren amenazas, se insulta a un conciudadano en su misma cara, y se abandona durante hora y media el equilibrio social y jurídico.

Yo he sido muy crítico con los runners absurdos y despendolados que están completamente fuera de sus casillas pero tengo que reconocer que todo es relativo y que, al lado de un hooligan futbolero, el maratoniano es un ser de una beldad angelical y que resulta inocuo para sus semejantes. Muéstrenme un corredor de carreras larguísimas y me estarán mostrando a alguien que no hace daño a nadie (salvo a sí mismo). De todos los especímenes humanos que uno puede encontrarse en el mundo del deporte, el hincha futbolístico es quien presenta características más comunes a todos los homínidos poco desarrollados.

Es difícil saber por qué en el fútbol hoy uno puede funcionar como un mamífero inferior sin que pase nada. Pero sí que podríamos empezar a tomar medidas porque, si no, nuestros hijos seguirán la línea del energumenismo, crecerán como verdaderos animales y alguien resultará herido. La primera medida podría ser prohibir el fútbol en los colegios, como se hace en algunos centros educativos británicos. El fútbol es una fuente de calor de tal calibre que todo queda condicionado por la fiebre y por la oclusión cerebral. Los niños de ocho años imitan ya las conductas antideportivas de los futbolistas y el talante enajenado del público, y uno se deprime cuando ve a un escolar celebrando los goles como Cristiano Ronaldo o fingiendo lesiones con intención de engañar al árbitro. Hemos dicho alguna vez que el fútbol es, de entre los deportes mayoritarios, el que más posibilidades ofrece para los tramposos. Todos los expertos coinciden en señalar la conveniencia de que un jugador de fútbol conozca eso que se llama el juego subterráneo, que consiste en manejar situaciones con el marcador a favor o en entorpecer el juego. Por tanto, los entrenadores de niños empiezan rápidamente a enseñar estás destrezas oscuras, y estamos viendo ya a niños que son catedráticos en el filibusterismo deportivo y en la obstrucción marrullera. Prohibamos el fútbol federado hasta los dieciocho años, que es cuando una persona puede realizar prácticas tan dañinas como el balompié, como beber alcohol o ir a un casino.

Y eso me lleva a una segunda iniciativa que desde aquí planteamos y que puede ser una idea interesantísima como cortafuegos de toda esta agresividad: la idea consiste, simplemente, en jugar a fútbol parando el reloj. El fútbol es uno de los pocos deportes con balón en el que todavía se juega a tiempo corrido y en el que nunca se para el cronómetro cuando hay una falta, una sustitución o un córner. Esta situación ha quedado obsoleta y además es la principal fuente de problemas. Si se parase el tiempo cuando hay una falta o cuando el balón sale fuera, no tendría ningún sentido dedicarse a perder tiempo. Si hay una sustitución y se parase el tiempo, el jugador sustituido que va ganando no tendría motivos para salir del campo andando a una velocidad inusitadamente lenta, y si cada vez que un portero saca desde su portería se parase el tiempo, un portero que quiere aguantar el resultado no tendría ningún argumento para desatarse y atarse los cordones de los zapatos diez veces o para limpiar muy despacio y con gran minuciosidad las hojas de castaño que se han posado sobre el punto de penalti. Las lesiones fingidas dejarían de existir porque no ofrecerían ningún rendimiento práctico para quien las finge. La mayor parte de la crispación que estas conductas tramposas generan en el público se eliminaría de forma automática.

Los partidos durarían lo mismo pero se jugarían a cuarenta minutos de tiempo cronometrado y efectivo. No habría prolongación del partido, que como sabemos es un momento cumbre de la trampa y del cretinismo más crispado. Es verdad que siempre quedará la posibilidad de engañar al árbitro, pero también es verdad que la temperatura en los campos de fútbol bajaría notablemente y que muchos de los jugadores más sucios se quedarían sin su principal área de trabajo, que es la relativa a detener el juego. Se quedarían solos frente a su capacidad para jugar al fútbol, y posiblemente deberían buscarse otro empleo como estibadores portuarios.

Proponemos desde aquí a la FIFA esta renovación futbolística que evitaría muchos disgustos y que no quitaría ningún atractivo al fútbol, salvo para aquellos aficionados que disfrutan enfadándose en un estadio y que encuentran gozo en el insulto y en la agresividad. Estos señores aficionados de cerebro rapado son personas que no van a dejar ningún buen recuerdo y que pueden irse con viento fresco a ver peleas de gallos.

Los alimentos para deportistas

El diario El País publica en su versión digital un artículo sobre las verdaderas propiedades de los alimentos para deportistas. Muchos de ustedes sabrán que existe una gama de productos alimentarios y bebibles que se fabrican para que sean consumidos por personas que hacen deporte de una manera mas o menos desorbitada. Estos productos se presentan como agentes que acompañan al organismo del atleta en esos ajustes derivados de la actividad deportiva: cubren los déficits que se generan cuando uno hace deporte.

El artículo de El País entra en el asunto con un nivel de detalle que es digno de aplauso, y trata de concretar (y, en su caso, desmentir) la palabrería ingrávida que suele acompañar a estos alimentos. Porque cualquiera que se haya acercado a este mundo tremendo de la alimentación deportiva sabrá que los fabricantes tratan de abrumar al consumidor con una jerga ininteligible y solemne, gracias a la cual uno acaba viendo que no le queda otra que comprarse el gel o la bebida isotónica de turno si es que no se quiere morir ahí mismo de una hipovitaminosis fulminante o de cualquier otro estado carencial peliagudo. El fabricante utiliza una terminología técnica rematadamente oscura y que a la mayoría del público le suena a chino, aunque consigue que a uno le entre el canguelo. “Más me vale equilibrar mi organismo”, se dice el deportista de turno mientras se dirige a la caja del Decathlon para pagar el tarro de cinco kilos de polvos antioxidantes o el tubo de gel desoxirribonucleico con sabor a frutas del bosque. Nuestro deportista se ha gastado ciento cuarenta euros pero tiene la tranquilidad de haber asegurado su equilibrio corporal.

Pues bien: el artículo de El País consigue descifrar todo este galimatías conceptual y llega a tres conclusiones: 1) que estos productos artificiales no aportan gran cosa, o al menos no aportan más que los suculentos alimentos tradicionales; 2) que, por tanto, la alimentación de un deportista podría basarse exclusivamente en productos de toda la vida bien aderezados y de una frescura irresistible, y 3) que todo el tinglado que rodea a estos artefactos comestibles segrega un rendimiento comercial de primera división, que tiene una base en la inseguridad, el gregarismo ovino y la superstición. Como cuarta conclusión, yo añadiría que estos alimentos sofisticadísimos son una aberración desde el punto de vista gastronómico, pero no puedo añadir eso porque nunca he probado una de estas papillas absurdas o un gel isotónico metido en un tubo, y solo lo haré si algún organismo administrativo de carácter siniestro o dictatorial me obligara a hacerlo y si mi vida o la de mis hijos dependiera de ello.

Algún lector más o menos habitual de este inconsistente blog sabrá que nunca perdemos la oportunidad de poner de relieve la fiebre del deporte intensivo y la propagación del fenómeno de los runners o maratonianos fanáticos, movimiento que se extiende y que está llegando a todos los rincones. Los maratonianos fundamentalistas han descubierto que la respuesta a las grandes preguntas metafísicas de esta vida es correr. Correr permite ponerse unos objetivos, unos retos que hay que superar, y genera autoestima y seguridad. Estas personas se gastan un dineral en ir a una tienda de zapatillas deportivas y exigir que un vendedor también maratoniano les haga un análisis de la planta del pie y les recomiende un zapato acorde con la pronación y la curvatura de los pies; estas personas, estos runners, son los grandes consumidores de productos alimenticios isotónicos y mineralizados de alto coste.

Esta actividad física exagerada (y, por extensión, toda actividad que conlleve la superación de los límites físicos y sociales más o menos razonables) favorece el consumo de productos de sanación garantizada que apuntalan químicamente el desarrollo de la musculatura y que además tienen otros efectos psicológicos de gran calado. El artículo del diario El País insiste en la demolición de la jerga indiscernible que alude a laboratorios sofisticados y que, en muchos casos, no significa nada. Este artículo sostiene la tesis de la alimentación completa y convencional. La búsqueda de la concreción y la claridad es siempre digna de elogio.

Ahora bien: como nadie es perfecto, en este artículo hay una participación muy vaga y leve en el fondo de la filosofía runner, filosofía que, como hemos dicho, se propaga velozmente y se adhiere a las personas con una untuosidad altamente pringosa. El articulista afirma lo siguiente (y cito textualmente): “Las personas inactivas tienen entre un 20 y un 30% más de probabilidades de morir de forma prematura frente a aquellos que realizan al menos 150 minutos a la semana de actividad física moderada”. El artículo también dice que la inactividad física es causa de un 6% de las enfermedades coronarias que se dan en el mundo, del 7% de diabetes tipo 2, del 10% de cánceres de mama y del 10% de los cánceres de colon. Estos datos irrefutables no nos explican a qué se debe la aparición del otro 90% de cánceres de colon que se producen en el mundo, y habría que aclararlo porque igual hay gente que se mete a runner para evitar el cáncer de colon. Y en el artículo no se nos dice qué porcentaje de los problemas coronarios mundiales es generado por dedicarse a correr como un loco: sospecho que es un porcentaje muy alto. Tampoco se nos habla de cuántos runners acaban con las rodillas descuartizadas o cuántos tienen la espalda hecha migas.

Hay que ser un verdadero imbécil para no darse cuenta de que el hecho de estar quieto lleva a la atrofia y al despanzurramiento. Pero hay que tener muy claro que el deporte extremo nos lleva a los límites del engranaje corporal. Y hay que explicar una paradoja que no se quiere explicar: que el deporte exagerado puede proporcionarnos de forma simultánea el dinamismo físico y la atrofia cerebral. Gastamos nuestras articulaciones por el exceso de uso y anulamos nuestro cerebro por falta de uso.

Como escribió Bob Dylan en su última gran canción, Not Dark Yet, “I know it looks like I’m moving, but I’m standing still”.

Juan José Padilla

Según informa el diario El País, el torero Juan José Padilla ha sufrido dos cornadas tremebundas durante la segunda corrida de la Feria de Fallas “de las que ha tenido que ser intervenido en la enfermería de la plaza de toros de Valencia. Ambas son de pronóstico grave, una en el muslo derecho y otra en la región pectoral”. A pesar de las cornadas, Padilla “remató la faena y cortó una oreja al toro”.

Es importante recordar que en 2011 un toro atravesó la cara de este hombre de una cornada, provocándole la perdida de un ojo y el menoscabo de buena parte del rostro. Por lo que parece, el estilo de Padilla a la hora de torear, bullicioso y aguerrido, es una fuente casi inagotable de cogidas, tornillazos, cornadas de varias trayectorias y percances de diferentes intensidades. Por si eso fuera poco, uno diría que debe de ser complicado torear con un solo ojo, dado que, además de la dimensión incontestable del campo de visión, una de las ventajas de tener dos ojos está en la posibilidad física de percibir la profundidad espacial, pero ahí hablo por pura intuición y me limito a hacer suposiciones.

El asunto es que el maestro Padilla no solamente no tiene la intención de abandonar los ruedos sino que tiene el propósito firme de triunfar de nuevo en las plazas más importantes de España. En declaraciones a La Sexta, Padilla ha dicho que se siente “feliz y contento porque mi profesión se digna [sic] de mucha verdad, se siente de verdad, se sufre de verdad y se muere de verdad”, signifique lo que signifique todo esto, y además ha asegurado que lo más importante en la vida y en el toreo es el triunfo.

He aquí un hombre que se gana la vida jugándosela y que desarrolla su trabajo con las herramientas del entusiasmo y del arrojo, dos elementos muy beneficiosos a la hora de triunfar en los ruedos aunque, por si solos, son además garantía de cornadas y de trepanaciones. Si el entusiasmo y el arrojo van en solitario, sin que nada más los acompañe, la desgracia está prácticamente garantizada. En cambio, parece ser que, cuando hay una técnica más o menos reflexiva y un cierto respeto por la peligrosidad del toro, el torero se asegura una labor fluida y limpia. Vean ustedes el ejemplo de Enrique Ponce, torero que lleva veinticinco años triunfando como matador y que lidia suavemente a los toros sin que estos animales le hayan tocado una sola borla de la taleguilla.

Padilla es, en consecuencia, un matador tremendista, gótico y provisto de una valentía que se encuentra en los aledaños de la temeridad suicida. Yo he visto torear a Padilla en vivo y el espectáculo se parece al del domador de leones, con la salvedad de que, en el caso de Padilla, el domador da la impresión de no tener más armas que las ganas de comerse al león. Ver una corrida de Padilla es una experiencia circense que apela al lado infantil que todos tenemos. Viendo a Padilla nos tapamos la cara para no mirar.

Padilla es un matador que gusta a los antitaurinos porque podría morir despanzurrado en cualquier momento, cosa que algún antitaurino beligerante recibiría con delectación. Padilla no llena las plazas por su hondura en la suerte natural (que a veces puede tenerla) ni por su enciclopédico conocimiento del toreo con capa (conocimiento que probablemente tenga): Padilla llena las plazas porque cualquier día puede ser víctima de una escabechina personal de gran consideración. Muchos aficionados van a ver a Padilla por la posibilidad fehaciente de que el toro le coja.
En esto, Padilla se parece a José Tomás, aunque hay que reconocer que el caso de Tomás es único y específico, y está envuelto en una mística arrebatadora que provoca desmayos y adhesiones inquebrantables. Padilla no tiene una feligresía tan potente pero llena las plazas y transmite el peligro de un hombre que no está en su sano juicio.

Porque de las declaraciones de Padilla, y de sus propósitos reincidentes, solamente podemos deducir que este señor es un fanático del toreo, entendido como una lucha grecorromana entre hombre y animal. Padilla se dirige de manera inequívoca al punto exacto en el que un astado le descosa el cuerpo a navajazos. No sabemos si Juan José Padilla tiene familia, si tiene hijos o si hay por ahí algunas personas que le quieren y que le necesitan, pero todo esto parece importarle muy poco al señor Padilla, en función de la retórica kamikaze y de las ansias desorbitadas en las que se mueve este torero, dicho sea con todo el respeto para él y para su consternados amigos y familiares.

Por algún motivo, el asunto que estamos comentando es perfectamente legal y no oímos a nadie que se queje por una dinámica tan extravagante como ésta. Como nosotros no sabemos interpretar está realidad, llegó la hora de que el lector reflexione.

La democracia y las élites

La Cámara de los Lores británica ha introducido una enmienda dentro del proceso de separación de Gran Bretaña de la Unión Europea. La enmienda exige al Ejecutivo británico que garantice los derechos de los ciudadanos de la Unión Europea que actualmente residen en el Reino Unido, cuyo estatus futuro está más o menos en el limbo. Esta iniciativa deberá ser refrendada por la Cámara de los Comunes pero constituye un elemento más de posible parálisis en este camino ignoto que se inició el año pasado.

La noticia parece una bobada pero no lo es. En primer lugar, nos pone sobre la mesa la realidad anacrónica de un país que mantiene una Cámara legislativa compuesta por representantes de una élite que es elegida a dedo por Su Majestad la Reina y que además disfruta de un mandato vitalicio e inamovible. Poco a poco se ha ido suprimiendo el carácter hereditario de los escaños y se ha repoblado la Cámara con profesores universitarios, eminencias científicas y demás miembros de lo que se conoce como la intelectualidad, pero la cosa es que esto sigue siendo una cofradía de personas que funciona en un universo paralelo a las convenciones democráticas.

Y lo más chocante de estos señores es que, en vez de dedicarse a sestear o incluso a promulgar normas que restrinjan las libertades ciudadanas, o que beneficien a los grupos humanos preponderantes, resulta que elaboran enmiendas que buscan preservar los derechos civiles de los ciudadanos de a pie; para ir aún más lejos, solicitan que se protejan los derechos de los ciudadanos no británicos. Cualquiera podría pensar que la Cámara de los Lores vive de espaldas a la sociedad y que maneja un argumentario altamente aislacionista en el asunto del Brexit; sin embargo, estos señores son los primeros mandatarios británicos que ponen en marcha una iniciativa responsable, lógica y dirigida al cerebro de las personas adultas, dentro de un tono de solidaridad internacional completamente indiscutible y con la vista puesta en la paz social entre ciudadanos ingleses y los del resto de la Unión Europea. Porque ya hemos visto durante el último año cómo hay una parte sustancial de la clase política inglesa que se ha envuelto en el aldeanismo indómito y que no ha calibrado las consecuencias de la demagogia emitida a la atmósfera a caño libre y sin freno.

Por lo tanto, la parte supuestamente arcaica y apolillada del entramado constitucional británico es la que mantiene la cabeza fría y la que dicta una normativa con vocación de servicio a los ciudadanos. Los lores parecen mirar a largo plazo y bajo el prisma de la practicidad y del mal menor, mientras que los políticos elegidos por los ciudadanos se dedican al alarido grotesco y a buscar el voto sin mirar al mañana. Reflexionar sobre esto podría llevarnos a conclusiones completamente tenebrosas: ¿acaso una élite sin hipotecas electorales puede funcionar con sentido común? ¿Podría ser que la maquinaria electoral sea una picadora del raciocinio? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para tocar los corazones de los ciudadanos? ¿Es conveniente un sistema en el que las decisiones se toman por motivos publicitarios y en el que la mercadotecnia ha sustituido a la sensatez? ¿Cuál es el horizonte temporal que maneja un político democrático?

Naturalmente, todas estas preguntas tienen respuestas de difícil digestión y que pueden dar pie a la instauración de regímenes de sufragio censitario o de artefactos mucho más dolorosos en los que el abuso de autoridad sea el pan nuestro de cada día. Por ello, es interesante ver que la cohabitación entre democracia y una especie de contrapoder elitista solamente es posible en países como Gran Bretaña, llenos de contradicciones y de tradiciones fosilizadas que, sin embargo, se mantienen en un equilibrio que proviene de la urbanidad y el decoro. Los británicos han sido unas personas eminentemente civilizadas y prácticas que, por desgracia, empiezan a contagiarse de la insustancialidad que impera en el resto del mundo. La cosa se torció con la aparición de los hooligans desdentados y violentos del fútbol y con la proliferación de los turistas borrachos que llevan chancletas con calcetines, que rompen mobiliario urbano y que hacen balconing en Magaluf. Algunos expertos dicen que estos ingleses que devienen en australopitecos aparecen por la presión de la educación inglesa, que es un agente que funciona como una olla exprés sobre el espíritu de las personas; esto es interesantísimo y da para otra discusión en la que entraremos en los próximos días.

La inflación y el morro

El aeropuerto es un laboratorio en el que se puede observar la verdadera esencia del ser humano, y es donde una persona ofrece su verdadero carácter. Las autoridades aeroportuarias, con sus retrasos, cambios de puerta de embarque, y con el tratamiento de pasajeros como si fueran ganado vacuno arrinconan la psicología del viajero y la decantan hasta dar con la concentración pura de la personalidad de cada uno. El impaciente es mucho más impaciente en un aeropuerto, igual que el resignado o el nervioso nunca lo son tanto ni tan puramente como cuando están en el aeropuerto.
Además, el aeropuerto es un lugar cerrado a cal y canto en el que la vida se rige por parámetros diferentes a los que se manejan justo antes de entrar allí. Uno pasa esos controles de seguridad masificados y en los que al turista le obligan a desnudarse, abrir la maleta y, en definitiva, convertirse en un becerro, y entramos en esa zona cerrada, la zona del embarque, en la que la realidad cambia. La zona de embarque es un lugar sin salida y en el que el consumo es la única actividad que puede ponerse en práctica (dejando de lado otras ocupaciones absurdas como leer o pensar). La importancia que el consumo tiene en nuestras vidas y en la buena marcha de la economía moderna puede calibrarse con gran precisión en los interiores del área de Salidas de un aeropuerto. La emboscada comercial es perfecta. El viajero no puede salir de allí y tiene todo tipo de bienes sumamente atractivos a tiro de tarjeta de crédito. Y además, si uno hila un poco fino y es observador, verá que uno de los fenómenos más asombrosos que uno experimenta allí es la hiperinflación.

Alguno de ustedes estará familiarizado con las tasas de crecimiento de precios que publican las agencias estadísticas, e incluso varios de nuestros lectores podrían explicarnos la diferencia entre la inflación general y la inflación subyacente. Pero casi todos los lectores tienen una idea perfectamente concreta del precio de las cosas, de cuánto cuestan en el mercado. Pues bien: la zona de embarque de un aeropuerto es un lugar en el que los precios de los productos de consumo físico experimentan una subida absolutamente descabellada y que no responde a otra lógica económica que a la cuquería.

Expliquémoslo con más detalle: en un aeropuerto, uno podría resistir la tentación de comprarse ropa, libros o revistas, y por eso, por esa posibilidad de resistirse, los precios de estos artículos están en rangos más o menos lógicos: si estos productos fuesen carísimos, nadie los compraría porque no hay ninguna necesidad de hacerlo. Sin embargo, uno a veces se pasa muchas horas en estas zonas de embarque y el cuerpo humano tiene unas necesidades elementales que hay que cubrir, entre las que está la alimentación. En la zona de Salidas del aeropuerto hay muchas posibilidades de que tengamos que comprar algo para comer. Y en este segmento comercial de la venta de alimentos es en el que de pronto nos enfrentamos con la hiperinflación desorejada y loca. Uno pide un sándwich vegetal incomestible, un refresco carbonatado de extractos (por pura comodidad lo llamaremos Coca-Cola, arriesgándonos a hacer publicidad gratuita) y un café asqueroso, y lo pide en cualquiera de los comercios habilitados para ello en el aeropuerto, y el dependiente nos comunica que el coste de tales mercancías es de 12,35 euros, cosa que, a puro ojo, supone aproximadamente el doble de la cantidad que habríamos pagado a unos doscientos metros de distancia, fuera de la zona de embarque.

En la economía normal, los precios de los bienes de consumo van sufriendo unos ajustes de acuerdo con la oferta y demanda. Si un precio es mucho mayor que lo que la clientela está dispuesta a pagar, ese precio tendrá que bajar. En algunos lugares exclusivos, únicos, el precio es altísimo porque hay una demanda suficiente para que eso se sostenga. Todo esto forma parte de la normalidad comercial y lo mejor que uno puede hacer es asumirlo, dado que cualquier intento por manejar estas variables suele acabar como el rosario de la aurora y desemboca en situaciones más o menos dictatoriales. Sin embargo, en la zona de embarque de un aeropuerto las leyes económicas valen un verdadero pimiento, y el factor imperante es el secuestro del consumidor. El consumidor está secuestrado en una zona acordonada y es la víctima idónea del experimento económico al que nos estamos refiriendo. Apliquémosle sin ninguna vergüenza una escala de precios más propia del Hotel du Palais de Biarritz, aunque no disfrute de ninguna vista maravillosa del Cantábrico, y aunque el café se lo sirvan no en una taza de porcelana de Transilvania sino en un vaso de cartón, y aunque el café no se lo sirva un camarero profesional con vocación de servicio sino un adolescente detrás de una caja registradora, adolescente que, por otra parte, no quiere hacer ese trabajo, y se le nota.

Por tanto, pongamos de manifiesto que al entrar en el redil de Salidas del aeropuerto uno ha pasado a otra dimensión galáctica en la que los precios se multiplican por dos. En este fenómeno, las leyes generales del comercio no intervienen bajo ningún concepto y solamente actúan el hipermorro y la dureza de rostro de los responsables de estas zonas aeroportuarias, quienes, basándose en la realidad hermética y carcelaria de estas zonas, aplican unos precios que le transportan a uno a los grandes centros del lujo mundial pero solo por el lado del coste.

Esta situación que estamos describiendo es una realidad indiscutible y que no tiene solución porque no vemos la posibilidad de que alguna cafetería justiciera se introduzca en el muy lucrativo universo de los aeropuertos para instaurar precios normales y quedarse con buena parte de la sufriente clientela. Es más sencillo mantener precios despendolados y ganar el cuádruple vendiendo un sándwich árido e intratable. Los abusos inflacionarios están garantizados. Vayan ustedes al aeropuerto ya merendados o con la cartera llena.

Charo

Como en este blog hablamos de lo que nos da la gana, es un momento tan bueno como cualquier otro para señalar un hecho insólito protagonizado por un cantante y compositor español que se llama Quique González. Este buen señor lleva veinte años haciendo canciones a un ritmo alto y cantando por ahí con un éxito relativo pero muy consistente. Cada vez que saca un disco, hace una promoción más o menos silente y, pese a ello, vende discos, dentro de las paupérrimas cifras que se manejan en esta era de la música gratis. Nos consta que este cantante tiene una escudería de fieles que le siguen como un solo hombre. Este señor González vive buena parte del año en Cantabria, y eso es un síntoma inequívoco de que sabe lo que se trae entre manos y de que conoce un poco los mecanismos del funcionamiento de la vida tranquila, cosa que parece una estupidez banal pero que a nuestro juicio es una de las dos o tres cosas importantes en la vida. La música de Quique González refleja estos conocimientos y es un pop-rock con cierta pausa, con cierta monotonía y con un alto contenido en dylanianismo (si alguien entiende el concepto), y sus letras son a veces algo abstrusas y opacas, aunque siempre muy musicales.
Pues bien: Quique González editó un disco el año pasado bajo el rimbombante título de Me Mata Si Me Necesitas, y en ese disco hay una canción que se llama Charo. Y lo que debemos decir aquí es que esta canción es de las dos o tres mejores canciones que hemos podido escuchar en castellano desde hace tanto tiempo que uno ya no se acuerda.

La canción es un diálogo entre un camionero y una camarera que, como uno va notando cuando se escucha, mantienen una relación más o menos difusa y más o menos intermitente. En la canción intervienen dos personajes: el camionero, interpretado por González, y la camarera, a la que interpreta una joven cantante que se llama Carolina de Juan, que por lo visto tiene un grupo de soul sedativo y elegante llamado Morgan y sobre el cual mi ignorancia es completa y definitiva.

Como ya he dicho, las canciones de González tienen un tono homogéneo y unas letras ligeramente impenetrables, pero esta canción, Charo, es única. La música tiene un aire a la de otras treinta o cuarenta canciones de González y se parece también a cosas de Pereza y de algún otro grupo español que anda por esta onda. Ahora bien; la música en esta canción coge un vuelo único porque va ensamblada a la letra, que es un prodigio de sencillez, gracia y elocuencia, y que se funde con la música formando un ungüento de calibre superior. El camionero, que circula habitualmente por la Autovía del Cantábrico, le cuenta varias cosas a la camarera: 1) que piensa en ella aunque se vean de Pascuas a Ramos (“he pensado en llamarte al pasar / la Asturiana de Zinc”); 2) que sabe que ella siente un interés por él, cosa que le alucina (“no sé lo que viste en mí”) y 3), que a pesar de que él está muy interesado en ella, su personalidad presenta una tendencia hacia la confusión y hacia la pasividad que impide el movimiento de aproximación. La camarera le contesta con reproches, pero son reproches que vienen envueltos en un aire de cariño y cercanía tan ostensible que uno sabe que no hay gran cosa que reprochar. Charo es una mujer zumbona pero cálida, y las frases que González pone en su boca nos la presentan con gran economía expresiva (“Claro / te acuerdas de mí por fin / Trabajo en el Shadows, ahuyento a los gallos, escucho a los Kinks”). La camarera tiene un momento breve en el que sube el tono de voz ( y, muy inteligentemente, esa subida coincide con la intensidad de la música), pero nuestro camionero lo contrarresta con más proximidad desvergonzada y dando por hecho que algo muy interesante hay entre ellos, dejando la canción rematada en un punto de intimidad susurrada (“Charo, / no sé lo que viste en mí;/ he pensado en llamarte mil veces, / ya sabes que sí”).

Para los espíritus que no escuchan o que tienen una sensibilidad de cemento armado, está canción es una bobada que no dice gran cosa y que no tiene nada que hacer frente al reguetón o el heavy metal. Sin embargo, algunas personas tienen la suerte de estar dotadas con un mínimo de perspicacia y tienen alguna experiencia sentimental que probablemente les haya proporcionado más tristeza que alegría; estas personas saben que hay momentos espectaculares en las relaciones afectivas en los que se mezclan la complicidad, la vergüenza, el enfado y la sintonía máxima con otro ser humano, y todo ello presidido por la felicidad por sentirse querido de alguna forma y por querer de esa misma manera. A estas personas que entienden de qué va esto yo les digo que resumir con precisión expresiva este mejunje amoroso es dificilísimo. El oyente se acuerda de su pareja actual, de la pareja que ya no tiene y de infinidad de situaciones de las que convierten a la vida en una cosa transitable. Y Quique González lo ha conseguido. Misión cumplida. Y además nos ha descubierto a Carolina de Juan, una cantante de un gusto magnífico y con una voz insólitamente cercana, de una afectividad que le deja a uno paralizado. Ojo con esta chica.

A veces se da algún milagro de conjunción de factores y sale una canción como ésta. Ocurre pocas veces. Escúchenla, y vuelvan a escucharla. Aquí la tienen.

La sociedad imbécil (y III): la desinformación

Contra lo que puede parecer a primera vista, la tercera consecuencia de la revolución digital es la desinformación. Se dirá que estamos en una época en la que nos llega información continuamente y que en nuestros dispositivos tenemos una lluvia de noticias, chascarrillos y actualizaciones, lluvia que no cesa a ninguna hora del día o de la noche. Eso es así y no puede ser discutido, pero esta acumulación de noticias ha tenido dos consecuencias muy importantes: la primera es una crisis descomunal en el sector periodístico, sector inmerso en una agonía tenebrosa y que se encamina hacia su deceso. La gente se siente perfectamente informada a través de sus dispositivos y ha dejado de lado a los medios de información tradicionales, y no estamos hablando solamente de los periódicos de papel (válgame Dios) sino que también hablamos de los informativos de televisión, de radio e incluso de los periódicos digitales. Fuentes directas de los periódicos de información general nos confiesan su preocupación porque A) existe muy poca gente dispuesta a pagar por leer el periódico en cualquier formato, y B) las noticias que más se leen en los periódicos digitales son las más ridículas que uno pueda imaginar, esas que no requieren la presencia de ningún redactor cualificado (por ejemplo, las noticias relacionadas con los famosos o las que consisten en un vídeo de una inundación arrastrando coches por un terraplén, un toro que pilla a algún viejo las fiestas de un pueblo o un gato que toca el piano). Los periódicos solamente necesitan en plantilla a alguien capaz de recolocar todos estos vídeos absurdos o esos tuits de gente famosa en la página del periódico, y, en consecuencia, no hace ninguna falta tener redactores, reporteros o investigadores, porque estos profesionales cuestan un buen dinero y porque las noticias que todas estas personas elaboran con mucho esfuerzo sintáctico y pateándose la calle no son leídas por nadie (la ventaja del mundo digital es que hay un recuento actualizado de cuántos usuarios leen cada noticia).

Este panorama nos lleva al abandono y a la paulatina clausura de los medios de comunicación tradicionales. Además, y como el mundo moderno requiere actualizaciones inmediatas, se ha abandonado la idea del periódico como una estructura jerarquizada de noticias que encajan y que se presentan como un todo, rematado y compensado. Las personas que todavía leen periódicos de papel saben que una de las funciones de la prensa escrita era la presentación diaria de un panorama informativo completo, un orden, un mapa que elaboran unos señores que potencian algunas noticias, discriminan otras y que, en definitiva, confeccionan el periódico. Los periódicos nos traían el resumen decantado del día y el lector sabía interpretar la importancia de cada cosa según la ubicación de las noticias y el tamaño de las mismas; al terminar de leer un periódico, el lector tenía una idea más o menos completa de lo que había pasado el día anterior, y si el periódico en cuestión era muy tendencioso, la solución era leer dos periódicos más o menos opuestos.

Y la ausencia de ese periódico rematado y organizado como un compendio perfecto de noticias en jerarquía es lo que nos lleva a la segunda consecuencia de la revolución digital: no tenemos un orden. Tenemos noticias, opiniones, tuits sueltos, actualizaciones, scoops, chascarrillos afirmados categóricamente, desmentidos de esos mismos chascarrillos y rumores puramente fantásticos, y los tenemos en franco aluvión y sin freno, pero no tenemos muy claro qué es lo que está pasando en el mundo, o al menos no somos capaces de hacernos una idea concreta de cuáles son las cosas importantes que están teniendo lugar a nuestro alrededor. Cuando uno se va a la cama, no es capaz de decirse a sí mismo qué asuntos tienen importancia. Hay un vago recuerdo de muchas cosas completamente chorras, relacionadas normalmente con lo audiovisual (los vídeos de vaquillas o de gatos tocando el piano), pero no tenemos la capacidad de organizar todo lo que hemos visto u oído.

En definitiva, tengo la impresión de que no sabemos exactamente qué es lo que es una noticia y qué importancia tiene; incluso no sabemos si una noticia puede tener consecuencias para nosotros, dado que el método fragmentario y chapucero mediante el cual nos llegan las cosas no aclara nada de nada. La mayor parte de lo que vamos sabiendo nos es entregado en formato breve, mal redactado y escondido entre la maraña de banalidades endebles que nos llega. Hay que desbrozar esa maraña y, en el caso en que uno sea un loco absurdo y quiera investigar un poco sobre la noticia que podría parecer importante, uno debe empezar a dar pasos por internet, pasos que quedarán interrumpidos por nuevos vídeos de gatos o por declaraciones espectaculares de algún concursante de Gran Hermano.

Y el flujo de noticias (o como queramos llamarlas) tiene una continuidad tan irrompible que contribuye a esa creciente desinformación. Las noticias de hace diez minutos ya son viejas. Las noticias graves e importantes se volatilizan al cabo de media hora y son sustituidas por otras noticias igualmente graves e importantes o por un chiste o un vídeo de dos personas obesas bailando el vals en una boda y cayendo sobre la tarta.

Se me dirá que estoy exagerando, pero a mí me gustaría que se viera lo que ha pasado hace dos meses en Estados Unidos: Trump ha ganado las elecciones presidenciales por varios motivos, y uno de ellos es la dinámica informativa que tenemos en nuestro mundo. Trump ha entendido perfectamente que la acumulación de tuits medianamente chistosos tapa cualquier noticia de calado que pueda perjudicar a uno mismo en el largo plazo. Trump ha descubierto que nada deja poso y que nadie tiene en cuenta ninguna noticia que tenga una antigüedad superior a una semana (y cuando digo una semana estoy pasándome por lo alto).

Todo esto suena a exageración, pero no lo es. Y si ustedes creen que lo que acaban de leer es un disparate que no tiene ni pies ni cabeza, no se preocupen porque dentro de veinte minutos lo habrán olvidado. Que disfruten del gato que toca el piano.

La sociedad imbécil (II): la incomunicación

Sigamos con nuestro cochambroso análisis de la situación creada a raíz de la revolución digital. Un día tendremos que explicar a nuestros hijos que hubo un tiempo en el que circulábamos por ahí sin dispositivos electrónicos portátiles y no pasaba nada. Es más: llegará el día en el que tendremos que explicárnoslo a nosotros mismos porque, en estos momentos, no puede contemplarse la posibilidad de no llevar en el bolsillo un cacharro con conexión a internet. La supervivencia sin internet no existe. La época en la que salíamos a la calle sin dispositivos, a pelo, ya no es ni un recuerdo: no nos cabe en la cabeza. Parece ser que quedábamos con gente a una hora en algún sitio y, si había un retraso, no había manera de poder comunicárselo a quien nos esperaba.  Estas situaciones son ya inconcebibles. Ahora mandamos unos cuantos mensajes antes de llegar, incluso en las ocasiones en las que llegamos con puntualidad. En el año 2017, estar desprovisto del móvil o de la tablet es una situación intolerable que hay que remediar de manera inmediata.

Y no solamente debemos llevar encima un cacharro, sino que tendemos a mirarlo, a consultarlo. El mundo moderno es una maravilla porque hemos conseguido mirar la pantalla del móvil cada diecinueve segundos, y muchos lo hacemos mientras hablamos con alguien en persona, cosa que es altamente grosera. Me detengo un momento para analizar el gesto. Ese gesto, el de consultar la pantalla, parece un acto reflejo que ya forma parte de nuestra gama de movimientos automáticos, pero ese carácter automático no puede ser una justificación, porque mirar el teléfono mientras tenemos a alguien delante es una falta de educación de tomo y lomo. Bajamos la mirada a la pantallita mientras hablamos con alguien en persona. Y lo hago yo, sí, y también lo hace usted, señora. Todos lo hacemos. Y cada vez es más frecuente entrar en una reunión familiar y encontrarse con todos los miembros de una familia enfrascados en sus respectivos teléfonos y chateando sin prestar ninguna atención a nadie. El silencio es total. Es verdad que así se evitan las discusiones, pero entre la incomunicación completa y la discusión a bofetadas existe un arco enorme de términos grises, intermedios y correctos.

Está muy mal que los adultos no prestemos atención a lo que nos rodea, pero eso tiene una consecuencia todavía peor, que es el ejemplo que damos a nuestros hijos. Ya sé que mencionar que todo lo que hacemos es un ejemplo para nuestros hijos suena a tópico relamido y sobradamente periclitado (y ya el uso del término periclitado es caer en la cursilería), pero lo que digo es cierto y además me he ahorrado mencionar cursiladas más chirriantes como que nuestros hijos son “auténticas esponjas” y que todo lo asimilan con una velocidad asombrosa. Nuestros hijos han nacido en un mundo táctil, extrafino y actualizado, y solamente conocen este mundo. La facilidad que tienen para acceder a cualquier lugar cibernético es algo que van a darlo por hecho. La consecuencia de todo ello se ve cuando el móvil se atasca y nuestros hijos pierden muy rápidamente la paciencia. Evidentemente, lo hacen porque han visto que también lo hacemos nosotros. Y la industria tecnológica afina cada vez más y quiere que el esfuerzo sea cada vez menor. Los smartwatches, que son unos relojes enormes y grotescos, de una estética absurda y que parecen pensados para ser vistos desde el espacio sideral, son unos cacharros que funcionan como una extensión del móvil, con lo cual ya no hay que hacer ni el esfuerzo de sacar el teléfono del bolsillo. Esto puede parecer un avance pero es un paso más en la atrofia muscular de los habitantes de la Tierra. Somos cada vez más fofos y esponjosos, y nuestros hijos pueden empezar a rezar para que nunca se caiga la red ni se acabe la batería porque el mundo que les espera es el de la confortabilidad inerte, y cualquier interrupción del sistema puede provocar su muerte por inanición. Nosotros ya éramos unos inútiles completos y nuestros hijos serán unos seres invertebrados, unos moluscos de secano.

Por último debemos señalar que la palabra hablada está en extinción. Nadie habla ya por teléfono. Todo se dice por el WhatsApp o por similares plataformas de mensajería, puesto que a través de estos medios uno está más suelto y dice cosas que no se atrevería a decirle a nadie a la cara. Eso provoca el enrarecimiento del ambiente y la proliferación del malentendido, porque todo el mundo sabe que el manejo de la ironía y del sarcasmo por WhatsApp es dificilísimo y solo está al alcance de unos pocos. La mayoría de las personas necesita ver la cara del interlocutor, o escuchar las inflexiones de su voz, para captar la ironía. Si no vemos una cara o escuchamos el tono de una voz, no cogemos el chiste y deducimos inmediatamente que el mensaje no tiene ninguna gracia y que el emisor de ese mensaje merece una buena tunda. Las broncas que se generan a diario por haber reducido la conversación a caracteres tipográficos son colosales y acaban en enemistades eternas.

Yo no sé si todo esto es bueno o malo pero es un hecho. Seguiremos hablando del asunto.

La sociedad imbécil (I): el exhibicionismo

Iniciamos hoy una serie dedicada a contemplar las consecuencias negativas de la revolución tecnológica que hemos experimentado durante las primeras décadas del siglo XXI, siglo que, desde muchos otros puntos de vista, está siendo muy positivo, sobre todo si lo comparamos con el siglo inmediatamente anterior. El siglo XX tiene sus cosas buenas pero es el siglo de la instauración del asesinato global, sistemático y burocratizado. Las barbaridades mecanizadas que se llevaron a cabo durante las dictaduras y las guerras mundiales no tienen comparación histórica posible y nos pusieron ante la desagradable visión de la maldad humana organizada, que es inconmensurable.

En este sentido, el siglo XXI que llevamos es una balsa de aceite. Sin embargo, en este siglo se ha producido la llamada revolución de la conectividad, que es un avance tecnológico formidable con unas consecuencias muy peligrosas. La primera de esas consecuencias es el exhibicionismo. Todos los ciudadanos tienen voz inmediata y todos emiten no solamente una opinión sino también cualquier cosa que se les ocurra emitir, como, por ejemplo, vídeos caseros bobos y fotos sin interés. Incluso un ciudadano tan indocumentado como yo puede publicar exabruptos como éstos en la red, y algunos cibernautas con muy mala suerte pueden acceder aquí por casualidad y leerle a uno. Esto se produce sin filtro previo y sin costes de publicación, dos factores que garantizan la baja calidad del material. El material que se lanza a la red es generalmente infumable porque no existe un control de calidad, una edición. Los idiotas más rematados podemos ser leídos y/o contemplados aún cuando no tenemos nada que ofrecer. Que Dios nos perdone por ello.

Este exhibicionismo lleva a que algunas personas publiciten y documenten sus deplorables vidas con un grado de detalle totalmente demencial. Hay gente que tiene cuentas en Instagram y pública fotos cada diez minutos. Hay internautas que funcionan en Twitter con un frenesí loco y que comentan cualquier asunto de actualidad con esa desfachatez que da el no saber nada de nada. Cuando la ignorancia y el exhibicionismo se confunden en una misma persona aparece el bochorno ajeno y el tierra, trágame.

Y hay personas que van más allá y se apuntan a salir por la tele en programas como Mujeres y Hombres y Viceversa o First Dates, que más que programas son plantas transformadoras de residuos orgánicos y que convierten el material humano más degradado en dinero contante y sonante. Estos programas son entretenidísimos y existen en una relación de simbiosis perfecta con las redes sociales, y sus contenidos saltan de la tele a la red y de la red a la tele. La red da una continuidad imparable al tráfico exhibicionista de personas absurdas. Hay incluso gente que llega a vivir muy bien siendo creador de tendencias, bloguero influyente y experto en cosas que lo petan. Estos expertos pertenecen a un mundo íntegramente audiovisual y, en consecuencia, no han leído un libro jamás.

El mayor problema de este circuito es la propia velocidad de reposición que tiene la red: la red es voraz en la exigencia de nuevas insustancialidades. Los indocumentados deben actualizar su estado todo el rato o serán sustituidos por nuevos cretinos. El perfil debe estar constantemente alerta por si hay que retuitear alguna chorrada o enviar una foto de las deposiciones que uno acaba de evacuar.

Es lógico pensar que todo esto podría hacer mella en la salud mental de cualquiera, aunque parece que esta dinámica ha creado su propia clase de seres humanos, invulnerables, imbatibles, que afrontan este movimiento con ánimos acorazados. ¿Y el público? ¿No se cansa? Pues parece que no, quizá porque el público es también emisor. Por decirlo en un lenguaje de experto petulante, el magma comunicacional es multidireccional y se expande sin control. Los que reciben las actualizaciones no pueden resistirse a actualizarlo todo inmediatamente.

La sociedad conectada se dedica a publicar bobadas, y el primero que lo hace soy yo mismo. Si el distinguido lector ha llegado hasta aquí, eso significa que le he pegado el palo. He demostrado empíricamente que es posible emitir un mensaje sobre cualquier asunto sin más respaldo profesional que la observación, y que es posible conseguir que ese mensaje llegue a personas desprevenidas. Seguiremos hablando de los efectos nocivos de la tecnologia digital; ahora pueden ustedes refrendar esta realidad retuiteando todas las necedades que acabo de escribir.

El caso Nadia

Tengo un problema con las noticias que se catalogan como de interés humano, que generalmente son las que tratan sobre barbaridades tremendas y que se perpetúan en el tiempo a la manera folletinesca. Cuando se publican noticias de aberraciones domésticas, asesinatos múltiples y crímenes pasionales, mi sistema cognitivo tiende a ponerse en modo de bajo consumo (como se dice en el lenguaje de la informática) y no escucho ni retengo. Pero parece que soy de los pocos a los que les ocurre esto. El tratamiento periodístico de estos sucesos ha tenido una gran relevancia desde el origen de la prensa, y está visto que a la gente le gusta paladear cualquier historia que conlleve una cierta concentración de escabrosidad social.

La cosa es que, cuando surge una de estas noticias, el tratamiento informativo se prolonga durante mucho tiempo y, si uno se pierde el principio, no se entera de nada. Se le pone un nombre al suceso (generalmente, el nombre de la víctima) y se da por hecho que el público ha seguido todos los detalles. Tuvimos el caso Asunta, y ahora tenemos sobre la mesa el caso Nadia, en el que por lo que se ve hay una niña enferma de tricotiodistrofia (enfermedad rarísima) y hay unos padres que piden públicamente ayuda económica para poder combatir este mal. Según van pasando los días, empieza a notarse que hay gato encerrado y que los padres de la criatura han utilizado para uso particular 600.000 euros de los recaudados para el tratamiento de la niña. Y ahora parece que estos señores tenían fotos de carácter pornográfico de la niña en un pendrive.

Como pueden ver todos ustedes, el caso tiene unas connotaciones atroces y que provocan el reflujo gástrico de cualquier persona convencional. Estoy convencido de que en todas las tertulias televisivas matutinas se han analizado estos detalles con la minuciosidad que podemos intuir. Sin embargo, lo que yo quiero señalar es el hecho periodístico inicial, que es la publicación en la prensa de las mentiras del padre, que sale a finales de noviembre en todos los medios pidiendo ayuda y al que los medios le ofrecen todas las plataformas de las que disponen. En concreto, es digno de mención el caso del diario El Mundo, que envía a hablar con el padre a su periodista Pedro Simón, un hombre especializado en estas crónicas. El señor Simón es el responsable para este periódico de la decantación licuada de la escabrosidad, y acude allí donde hay alguna barbaridad tremebunda. Este señor Simón ve enseguida que el caso tiene miga sentimental y elabora una crónica de altos vuelos literarios en la que se tocan todas las teclas para que el lector eche sus buenas lagrimillas. El periodista alterna en su reportaje la reivindicación social, el diálogo trascendental y la crudeza desgarradora, y utiliza para ello todos los instrumentos estilísticos que tiene a su alcance (que no son pocos). El reportaje tiene tanta potencia que provoca un incremento inmediato en el número y la cuantía de las donaciones que reciben los padres de la niña.

Varios días después, empieza a desvelarse que el padre de esta pobre niña es un pájaro de cuidado y entonces el periódico El Mundo publica un editorial en el que pide disculpas por haber dado veracidad a este señor, aunque también añade que son gajes del oficio y que el periódico sigue dando muestras de independencia, rigor, etc. Simultáneamente, el periodista Simón publica un artículo pidiendo perdón aunque justificando que mucho de lo publicado es cierto y que quizá la propia pasión con la que escribe le ha jugado una mala pasada (Simón nos dice que tiene un hijo de la misma edad que Nadia y que eso le ha hecho ver el caso de forma muy apasionada). Todo lo que yo he leído del señor Simón me ha parecido apasionado, desgarrador y muy literario, cualidades muy convenientes para la novela pero no tanto para la descripción informativa de acontecimientos aberrantes. O quizá sí.

Porque nosotros pensamos que este suceso periodístico es más importante que el propio suceso tremebundo del fraude los padres de Nadia, y creemos que este suceso periodístico no es un gaje del oficio. Esta presunta metedura de pata parece una consecuencia de la dinámica que se fundamenta en el manejo reporteril de la escabrosidad como mercancía informativa. Insisto en que el fenómeno es más viejo que la pana y que el público compra este tipo de historias con una avidez tremenda desde los tiempos de Jack el Destripador, cosa que provoca que los medios se orienten hacia el suceso como girasoles y, una vez en el ajo, amasen y embadurnen la historia con la literatura más impactante, y todo ello sin ser excesivamente escrupulosos con la veracidad de las fuentes, siempre que la información que proporcionen tenga un contenido embadurnable y amasable, apto para la delectación humana. Porque seguimos llamando a estas informaciones noticias de interés humano.