La imaginación

Es muy importante darse cuenta de que la sucesión de calamidades que le pueden suceder a uno en la vida es considerable. Cuando se ha aprendido esa verdad incontrovertible, las cosas mejoran, o, al menos, uno se queja menos. Y cuanto antes se dé uno cuenta de esto, antes podrá ponerse en marcha.

Ponerse en marcha, sí, pero ¿hacia dónde? ¿Con qué fin? En general, no lo sabemos. Son muy pocas las personas que van orientadas férreamente a conseguir un objetivo, que siguen imperturbablemente su camino. Estas personas dan siempre una impresión de fuerza y vigor, fundamentalmente por el contraste que ofrecen frente al resto de los seres humanos, que somos gente alicaída, de voluntad más bien fofa y endeble.

Los que van a por todas tienen su idea, de la que nadie les saca, y durante el tiempo que no pueden dedicarse a conseguir su objetivo están pensando en él obsesivamente. Esta gente puede estar cabreada, y seguramente no nos hace ningún caso cuando les hablamos, pero nunca se aburre. En cambio, los demás somos víctimas de un número absolutamente desmesurado de horas de aburrimiento en nuestra vida. Nos aburrimos en muchísimos lugares, y la cosa es tan alarmante que hay personas que, aunque quizá no se den cuenta, están más tiempo aburridas que entretenidas. Es cierto que los teléfonos y demás dispositivos están pensados para minimizar este tedio, pero muchas veces hay un sopor vital invencible y ninguna temporada completa de una serie puede con él.

Y aquí hay que poner sobre la mesa el gran dispositivo que mitiga el aburrimiento: la vida interior. Estoy refiriéndome a este conglomerado compuesto por la cabeza humana, el cerebro, el alma, y añadan ustedes los accidentes espirituales y mentales que quieran. En realidad, y sin ánimo de emular a los filósofos griegos de la época clásica, podríamos agrupar todo esto en tres áreas fundamentales, que son el intelecto, la sensibilidad y la imaginación.

El intelecto es la capacidad de razonar, de resolver problemas; la sensibilidad es la posibilidad de sentir emociones; y la imaginación es, según el diccionario de la RAE, la facultad para representar imágenes de cosas reales o ideales.

Pues bien; cualquier persona está provista de alguna de estas tres grandes capacidades. Sí, usted mismo, señora: seguro que usted es un ser humano de gran sensibilidad y con capacidad de recordar o de imaginar. Algunos tienen más desarrolladas unas capacidades y otros gozan de mejores prestaciones en las demás, pero la mayoría de los seres humanos tiene algo de las tres. Incluso dentro de los hombres más obtusos, mochos y zafios que ustedes pueden conocer hay algo de vida interior; incluso entre las personas más despiadadas con las que uno se cruza hay cierta calidez privada y recóndita.

Entonces, ¿qué es lo que podemos hacer con todo esto? Pues usarlo, sí. Úsenlo ustedes. Dejen que la cabeza coja ritmo, permitan que empiece a moverse. El movimiento interior está siendo desplazado y sustituido por el movimiento exterior, el del cuerpo, y de ahí la obsesión por ir a todos los lugares, tocarlo todo y hacer todas las cosas que vemos hacer al vecino de Instagram. En este momento crítico y agotador, aprovechen ustedes las sucesivas horas de aburrimiento que les proporciona su trabajo alienante y erosivo, y su ruidosa familia, y ese cuñado profesional que suelta conferencias somníferas, y todo ese tiempo malgastado en el metro, o en el autobús, o conduciendo rutinaria y lamentablemente un coche durante buena parte de nuestra vida, o el exasperante transcurrir de los eternos minutos que se apilan mientras se ve un aburridísimo partido de fútbol.

Cojan ustedes toda esta aglomeración de instantes inútiles y úsenla para pensar, para sentir, para imaginar. En concreto, me gustaría dirigirme muy específicamente a aquellos que tienen capacidad para imaginar. Ustedes, sí. La imaginación es el gran remedio contra el sopor, el gran catalizador de una vida plena, y si uno tiene la facultad de imaginar, tiene casi la obligación de imaginar y el deber de apiadarse de todos esos pobres hombres que no pueden imaginar nada. La vida sin imaginación tiene que ser un verdadero suplicio, y supongo que se parecerá mucho a la vida sin sentido del humor, sin capacidad para sonreír ante la enorme estupidez humana, sobre todo la estupidez propia, la de uno mismo.

Es importante: el que imagina debe exprimir esa habilidad suya. No es necesario transformarla en ninguna manifestación artística: simplemente hay que hacer uso de ella, darle curso, abrirle las puertas para que circule dentro de los infinitos límites de la mente humana.

La imaginación es el gran remedio contra el tedio vital y además es la gran defensa contra las dictaduras, guerras y atrocidades de carácter político, social o económico que llevamos viendo en el mundo desde el principio. La opresión no puede traspasar la corteza cerebral de uno mismo; no hay dictadura que valga dentro de mi cabeza. Un presidiario, un enfermo o un secuestrado están salvados si pueden poner en marcha su capacidad para imaginar. En realidad, somos libres siempre, porque el espacio que hay en el interior de una persona es mucho mayor que el que nos rodea en el exterior de nuestro cuerpo.

Cuando uno descubre esta realidad y comprueba que puede utilizar su imaginación, está automáticamente salvado, y entonces deja de preocuparse por las amenazas puramente materiales que tanto interesa agitar como espantajos ante nosotros. Ahora que tanto se habla de los peligros que nos acosan y de esas temibles conspiraciones organizadas oscuramente para vigilarnos y acabar con nosotros, es importante tener presente que hay un mundo descomunal e intocable dentro de nuestras cabezas y que solamente tenemos que dejar que brote y prospere. Es un mundo a prueba de bombas.    

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