La vuelta a la normalidad

La quinta ola del coronavirus ha llegado inmediatamente después del levantamiento de muchas de las medidas restrictivas de la convivencia, y una vez que se ha completado la vacunación mayoritaria de los que tenemos más de cuarenta años; así, esta quinta ola parece una ola eminentemente juvenil, desaforada, en la que las tasas de contagio entre los menores de treinta años exceden todo lo visto hasta ahora. La juventud no ha querido seguir un segundo más sin esparcimiento y ha optado por juntarse, hacer botellón y tratar de poner en práctica todas las barrabasadas que son consustanciales a su estado y condición. Cualquiera que haya vivido una juventud medianamente parrandera puede entender la tragedia que supone para una persona de veinte años pasar más de un año sin dar rienda suelta a su insustancialidad.

Mientras tanto, los menos jóvenes empezamos a pensar como jóvenes y ofrecemos síntomas de estar perdiendo la paciencia. Poco a poco, el desasosiego está dando paso a la sulfuración. En estos momentos, el año y medio de la epidemia se contempla como un ultraje, una sustracción de una parte importantísima del menguante resto de nuestras vidas. Y todo ello ha venido a desembocar en la situación actual: nos habían vacunado, se nos ofreció la relajación de muchos de los protocolos pandémicos justo cuando estábamos muy cerca de las vacaciones de verano y, en fin, nos dieron alguna esperanza; pero la reciente multiplicación de positivos por coronavirus amenaza con devolvernos a las tinieblas de los confinamientos. Este chasco formidable ha decepcionado a muchas personas y ha provocado el enfado y la psicosis en muchas otras.

En nuestro afán de ver en lo que es, observamos que esta situación tiene tres efectos fundamentales. En primer lugar, reaparecen las perspectivas de volver al fatídico cautiverio. Durante este último año, la privación de libertad de movimientos y la imposibilidad de hacer según qué cosas han supuesto una violenta sacudida en el ánimo de las personas más activas y en el de las personas menos dadas a la reflexión. Esto queda perfectamente sintetizado en la figura de los niños, que necesitan movimiento y expansión y que no encuentran recompensa alguna encerrados en un habitáculo. Pero no sólo se ve en los niños: también en los adultos más infantiles, que son, con todo el respeto, aquellos ciudadanos especialmente proclives al deporte incesante, al baile o al ruido de fondo. Muchas de estas personas no están habituadas a imaginar, ni a contemplar detalladamente su entorno, ni suelen hilar razonamientos expansivos, y, debido a ello, han pasado un año muy malo. Por el contrario, aquellos que están acostumbrados a disfrutar de los trabajos intelectuales han vivido una época formidable, espléndida, libre de las interrupciones de la vida convencional. Estos personajes introspectivos, que son quienes sobrevivirían más airosamente a un secuestro, o quienes mejor mantendrían la calma entre las cuatro paredes de un convento o dentro de una cárcel, estos personajes, decimos, han hecho su agosto durante la epidemia, han paladeado cada momento de exploración personal y han agradecido secretamente el hecho de no estar atados a las actividades rutinarias.

Para todos los demás seres humanos —la gran mayoría, seguramente— el cautiverio pandémico ha sido una época negra. Y casi nadie quiere regresar a ella bajo ningún concepto.

En relación con esta primera consecuencia surge un segundo efecto de la quinta ola: la difuminación de los aspectos morales. La irritación generalizada ha activado algunos procedimientos de defensa personal que permanecían dormidos. Así, el incremento de casos a las puertas de las vacaciones —justo cuando muchos ya estamos vacunados— ha puesto en marcha una serie de mecanismos de defraudación de la normativa de rastreo. El razonamiento que han adoptado algunos ciudadanos es el siguiente: en vista de que yo estoy vacunado con la pauta completa, y de que los contagiados jóvenes casi no tienen síntomas, y de que dentro de tres días me voy de vacaciones a Benidorm, voy a hacer todo lo que sea por escurrir el bulto y negaré ante el rastreador mi presencia en cualquier reunión reciente en la que haya habido un positivo por coronavirus, a pesar de haber estado allí sin mascarilla el tiempo suficiente como para contagiarme seis veces. Es decir: que la preponderancia de la buena fe y de la responsabilidad en la lucha contra la difusión de la enfermedad empieza a resquebrajarse y puede acabar hundiéndose bajo el peso de mi cansancio y de mis intereses particulares. Partiendo de las nuevas condiciones de la situación, esta postura de algunas personas no se basa en ninguna recomendación sanitaria sino en el criterio particularísimo de quien está hasta las narices y quiere irse de vacaciones como sea. Por tanto, se crean abundantes conflictos éticos, todos aptos para ser debatidos desde un punto de vista moral.

Y se crean también conflictos sociales, que son la tercera consecuencia de esta ola. Pongamos un ejemplo, hoy muy habitual: un contagiado habla desde su desgraciado confinamiento con el agente rastreador y le proporciona de buena fe la lista de sus contactos recientes; algún miembro de esa lista se enfada al verse citado para hacerse una PCR porque cree que los tiempos han cambiado, que la pandemia está bajo control y que, en definitiva, sus circunstancias prevacacionales son más importantes que la dinámica de prevención del contagio que lleva aplicándose en España y en tantísimos países. Imagínate que doy positivo dos días antes de las vacaciones y me tengo que confinar. Ni de broma.

Además de sus connotaciones morales, esta situación puede convertirse en una bomba de relojería dentro de las relaciones entre el contagiado y su contacto, que hasta ahora eran amigos íntimos —tan amigos que incluso habían estado cenado juntos anteayer en un sitio cerrado y sin mascarilla—. Pero la falta de sensibilidad del portador del virus, mencionando el nombre de su amigo al rastreador sin pensar en sus vacaciones, ni en su bienestar, ha introducido un borrón en el historial de una amistad hasta ahora impecable. La relación fraternal queda menoscabada, maltrecha, y es difícil saber si volverá a ser lo que era. Observarán ustedes que, en este ejemplo, el propósito último de estas medidas, que es el de impedir la transmisión del virus, no existe: ha sido borrado por nuestras minutísimas apetencias personales.

La pandemia ha llegado en un momento especialmente malo, si es que existe algún momento óptimo para una desgracia de semejantes dimensiones. Pero el momento es especialmente malo porque nos encontrábamos en el punto más alto de nuestro potencial de actividad. En la historia de la humanidad, nunca como ahora había sido tan sencillo hacerlo todo; nunca las cosas habían estado tan a mano. Estábamos acostumbrados a que nada ni nadie nos impidiera hacer alguna cosa, y el virus nos ha quitado a tenazón esta capacidad. Desde un punto de vista de las experiencias físicas, un año en la vida de una persona en 2021 es como diecisiete años en la de una persona de 1920.

Sin embargo, una vez terminado el terrorífico encierro a cal y canto de marzo y abril de 2020, hemos vivido un año largo de confinamientos perimetrales, toques de queda y limitaciones en el que, por culpa de todo ello, hemos vuelto a dar paseos, a leer un rato; hemos vuelto a una vida sin viajes, sin atascos, sin aviones; hemos cenado muy pocas veces en un restaurante. Y esa experiencia, que algunos excéntricos consideran enriquecedora y que podría habernos vuelto menos dependientes de muchas cosas francamente bobas, está alargándose lo suficiente como para desbordar la capacidad de aguante de casi todo el mundo.

Estamos volviendo a nuestro particularismo consustancial, a nuestras exigencias insignificantes.  

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