El tiempo de calidad

Si uno tiene hijos pequeños, las vacaciones son un periodo de grandes trabajos, dicho sea sin ánimo de retruécanos y con todo el cariño que merecen estos jóvenes dictadores. Esos trabajos deben afrontarse con una sonrisa y sin remedio, salvo que uno cuente con los recursos suficientes para tener a su disposición a determinados profesionales encargados de llevarse por allí lejos y de sobrellevar en la lejanía a esos hijos que nunca vemos durante el año y que se han convertido en un engorro que nos perturba. En ese caso, si uno logra facturar a sus hijos, las vacaciones de los adultos son una maravilla de relajación y de descanso, y no debemos dejar que la conciencia nos fastidie el asueto: los niños están mucho más entretenidos con un profesional que con su padre, que no tiene ni idea de como tratarle. El asunto fundamental es que los diez minutos y medio que dediquemos diariamente a nuestros hijos sean diez minutos de calidad. Seguro que habrán oído ustedes esta expresión indescriptible: el tiempo dedicado a la familia no tiene por qué ser extenso, pero debe ser de calidad. Es muy difícil llevar a cabo una explicación satisfactoria de lo que significa esta expresión, ni sabemos quién es el árbitro que podría determinar la calidad del tiempo que pasamos con los hijos. ¿En qué consiste esta calidad? ¿Se nota al tacto, como el buen paño?

Las personas que dicen estas cosas no ven a sus hijos ni en foto pero han encontrado la manera mágica de insuflar más calidad a su tiempo, mucha más que la que ofrece el resto de los padres, que debemos ser unos inútiles redomados y que encima maltratamos a nuestros hijos dándoles no pocas sino muchísimas horas cochambrosas, de bajo nivel. Como sigamos dando a nuestros hijos tantas horas defectuosas, los servicios sociales acabarán llevándose a los niños, con lo que conseguiremos que estás criaturas gocen de una calidad máxima con sus educadores sociales y, además, que dejen de darnos la brasa para siempre. Todo el mundo gana.

En cualquier caso, siempre habrá algún rato de privacidad y tranquilidad que puede emplearse en ver Sálvame, subirse en una gran salchicha neumática sobre las olas o, que Dios me perdone, leer un poco. Por desgracia, la lectura es un pasatiempo que requiere un esfuerzo y un movimiento cerebral sin recompensa económica; hay mucha gente que piensa que cualquier esfuerzo intelectual debe circunscribirse al trabajo remunerado, y que, fuera del trabajo, que piense Rita.
Yo me permito hoy recomendar la literatura de humor como anticongelante, desengrasante y lubricante cerebral, que convierte el esfuerzo de leer en un flujo de bienestar plausible. Y nosotros queremos recomendar el humor en general, como manera de mirar, sin prejuicios ni tabúes. Y, para elegir, la recomendación debe ser leer lo mejor, aunque haya que retroceder cien años o más.

Y lo mejor, estimados lectores, es Dickens. Ya hemos hablado aquí de Charles Dickens y de sus cualidades benéficas. Es un autor que, como todos los verdaderos genios, hace las cosas con una sencillez y una falta de pomposidad que le dejan a uno atónito. Este verano hemos leído Vida y Aventuras de Martin Chuzzlewit, uno de sus novelones de humor puro, publicado originalmente como folletín por entregas. Este libro es una maravilla incomparable, sin gota de gravedad severa ni de oscuridad gótica. Dickens se ríe con cariño de ricos, poderosos, funcionarios, compañías de seguros, conseguidores, chupópteros, advenedizos, pícaros y dueñas, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, país al que dedica formidables adjetivos. La novela es un mamotreto de 900 páginas que pasan volando. Es demasiado corta.

Y aparte de Dickens, podemos recomendar alguna novela humorística española de la misma cuerda, y una de las mejores novelas dickensianas en castellano es el Silvestre Paradox, de Pío Baroja, que, además del humor que contiene, es el retrato de un escenario histórico (la bohemia desvencijada del Madrid de principios de siglo XX) que es de lo más sugestivo que uno puede encontrar. Baroja es un escritor aparentemente chapucero pero también es un retratista de primera, y da siempre el tono y el ambiente de una época que conoció a pie de buhardilla. Uno tiene la impresión de que Baroja empleó muchas horas conviviendo con la colección de sablistas, fanfarrones, gorrones profesionales, vivos de diferente pelaje y obsesos monográficos y especializados que aparecen en el Silvestre Paradox.

En la vida de las personas se dedica mucho tiempo a actividades irritantes y se pierden horas que nunca volverán. Muchas de estas actividades no pueden evitarse, pero otras sí. Nosotros recomendamos que estén ustedes con sus hijos más tiempo del que ya están (aunque sea un tiempo de muy mala calidad, qué le vamos a hacer) y que, cuando haya un momento de silencio y soledad, repriman las ganas de poner la tele y lean algún libro, preferiblemente de humor. De humor de calidad.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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