El sablista indirecto

Todos ustedes se han encontrado alguna vez con la figura del sablista, esa persona que de forma puntual o recurrente nos pega lo que se conoce como un sablazo. La RAE define el sablazo como “el acto de sacar dinero a alguien pidiéndoselo, por lo general, con habilidad o insistencia y sin intención de devolverlo”. La definición es ajustadísima. Incluso alguno de ustedes puede ser uno de esos famosos sablistas, en cuyo caso podrá disfrutar de esta entrada con la delectación de reconocerse en el texto, sobre todo si es usted un sablista irredento y ufano.

La primera distinción que debe hacerse es entre el sablista y el necesitado. Hay personas que piden dinero por necesidad y con intención de emplearlo en cubrir las necesidades básicas. Esto todavía existe y es un problema morrocotudo que la Administración trata de mitigar con todas las herramientas que tiene a mano. Pero entre los sablistas propiamente dichos podemos establecer dos categorías: la primera está formada por el sablista oculto, que pega los sablazos porque vive en una ficción económica que debe mantener a toda costa. Este sablista suele ser una persona con unos niveles de gasto completamente desproporcionados en relación con los ingresos; se trata de gente que en algún momento de su vida pudo sufragarse estos gastos pero que, por motivos dispares, ahora no puede, y, en lugar de coger el toro por los cuernos y plantear a pecho descubierto su problema ante los que le rodean, decide ir tirando a base de sablazos confidenciales, amparándose en los lazos de amistad que mantiene con los sableados y acompañando cada sablazo con un explícito propósito de afrontar de una vez por todas la tragedia en la que vive. Estos propósitos duran un suspiro y el sablista se dedica a esperar un golpe de suerte mientras continúa con su política pedigüeña. Este tipo de sablistas vive en una angustia continua y trata de plantear los sablazos de forma selectiva, no consecutiva, borrando sus huellas y dando muchos rodeos. Lo normal es que esta dinámica acabe de muy mala manera y que todo explote el día menos pensado con la deshonra familiar y la humillación que cualquiera puede imaginar.

El segundo tipo de sablista es el sablista indirecto. Este sablista no suele pedir dinero de forma explícita, sino que destina sus esfuerzos a no pagar nada jamás. Esta persona suele ser alguien que encuentra una satisfacción íntima en conseguir que los demás paguen y él se escaquee. El sablista indirecto se caracteriza por no tener ningún tipo de dificultad económica y por considerarse un listo, listo en cursiva: un hombre más listo que los demás. El sablista indirecto puede presentarse en distintos grados e intensidades, pero en todas sus versiones hay un denominador común: a este sablista le importa un carajo el prójimo. Ojo porque el sablista ufano tiene aparentemente muchos amigos y conocidos, y suele ser una persona muy agradable y educada con los demás, pero, a la hora de pagar, este ciudadano se evapora, se evade y no paga. Uno de los mejores lugares para detectar a un sablista es en la barra de un bar y rodeado de sus amigos. El sablista de raza siempre está a favor de hacer un bote para ir tomando las copas, bote que él se empeña en administrar personalmente para así conseguir dos objetivos: no aportar ni un solo duro al fondo común y apropiarse de los restos que puedan quedar después de una noche de peregrinación por las tabernas, momento en el que las circunstancias juegan a su favor puesto que a esas horas nadie es capaz de realizar un escrutinio fiscalizador de los gastos. En un restaurante, el sablista aboga por dividir la cuenta a partes iguales después de haberse pedido esas almejas a la marinera que costaban cincuenta y cuatro euros, y, si la mesa es lo suficientemente grande, se irá al cuarto de baño cuando toque poner el dinero y permanecerá allí el tiempo que sea necesario hasta conseguir que las cuentas no cuadren y que todo se solucione con una derrama alícuota entre los comensales para evitar el bochorno ante el camarero.

Este sablista es capaz de robar en las tiendas de chuches, gorronear el wifi del vecino, realizar cualquier cambalache que le beneficie a la hora de devolver algún artículo en los comercios y, en definitiva, cometer todo tipo de pequeñas estafas con el fin de demostrar que él es listísimo y los demás somos idiotas.

Para desempeñar estos trabajos, el sablista indirecto debe ser simpatiquísimo y no debe generar ninguna polémica con nadie, fuera del ámbito económico, claro está, ámbito en el que el sablista no ve a los semejantes como amigos sino como primos. En consecuencia, el sablista indirecto es una persona de lo más agradable y que despierta en sus semejantes una tendencia natural al convite. Un sablista indirecto encuentra su cénit cuando entabla amistad con alguien generoso y con dinero, momento en el que el sablista procede a dejarse invitar a todo durante el tiempo que sea preciso, un tiempo que pueden ser meses, años o décadas. El sablista indirecto puede irse de vacaciones con su benefactor y conseguir no sacar la cartera ni para pagar un café.

La única forma de desenmascarar a un buen sablista indirecto es la observación fría y zoológica de su comportamiento, cosa difícil porque el ámbito de funcionamiento del sablazo indirecto es un ámbito de camaradería descomprimida y de alegría de vivir, y, con los trabajos que uno ya tiene en su quehacer diario, cuesta mucho mantener una actitud de espionaje metódico en un entorno fraternal. Por tanto, el sablista indirecto puede perfectamente vivir una vida larga, satisfactoria y de gran éxito social sin que nadie le levante la voz.

Esto es un logro de mucho mérito, y, llegados a la vejez y al ocaso de nuestra existencia, quizá llegue el momento de brindar con el propio sablista por tan destacada trayectoria de escaqueos, sabiendo que esta ronda tampoco la paga él.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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