Despasito

(Pido disculpas a los sufridos lectores por mi ausencia: estoy metido en unos trabajos literarios que no sé por dónde van a llevarme)

Ya conocen ustedes la dimensión sideral del éxito de Despacito, o Despasito, la canción de Luis Fonsi, que no sabemos si ha hecho ganar dinero a sus autores en este mundo actual de discos que se graban pero no se venden, pero que acaba de llegar a la cota de los dos mil millones de visitas en Youtube. Ríanse ustedes de los Beatles, Elvis Presley o Abba: dos mil millones de reproducciones para el Despasito. La canción es un fenómeno impresionante, y la bailan las abuelas, los nietos y las aves de corral en los vídeos virales tronchantes que nos manda la gente cada cuatro minutos. Es imposible salir a la calle y no escuchar el Despasito en cualquier esquina. Es interesante buscar las claves de este éxito porque, con las herramientas que se han usado a la hora de componer Despasito, parece que hacer un superéxito mundial es facilísimo; naturalmente, no debe de ser una cosa tan sencilla porque reguetones sabrosones hay muchísimos pero Despasitos solo hay uno.

La letra: podemos definir la letra de Despasito como una ensalada de referencias íntimo-sexuales altamente manoseadas que han sido arrojadas en la olla con gran conocimiento de la proporción. Decía Josep Pla que en la cocina “cabe de todo, pero poco”; en Despasito se acumulan referencias al frotamiento copulativo sin que se crucen determinadas líneas que pudieran impedir que la canción sea apta para menores. Es verdad que estas líneas rojas son siempre relativas, y que habrá parte del público que considere que versos como “Quiero, quiero, quiero ver cuánto amor a ti te cabe/Yo no tengo prisa, yo me quiero dar el viaje/Empecemos lento, después salvaje” sobrepasan los niveles alusivos permisibles. Lamentablemente, me temo que estas personas solo pueden ser felices en el mundo de hoy en día si viven en una cueva cerrada a cal y canto, porque la verdad es que nuestros hijos tienen muchas oportunidades de escuchar enormidades de calibre muy superior a las del Despasito.

En cuanto a la lírica, a la forma poética de la letra de Despasito, poca cosa podemos comentar. Una canción que basa una parte fundamental de la rima en unir diminutivos (“suavesito”, “poquito”, “despacito”), formas verbales simétricas (“dándolo”, “intentándolo”, “pensándolo”) o directamente onomatopeyas idénticas (rimando “bom, bom” con “bom, bom”, por ejemplo) es una canción que está tan lejos de las Soledades de Góngora como otras tantas canciones que escuchamos cada día en la radio. Los autores de la letra han resuelto la problemática estilística tirando por la calle de en medio y bien hecho está, porque no hay nadie que busque tener una epifanía literaria leyendo la letra del Despasito. Más bien se busca una epifanía termodinámica de carácter inguinal, y no al leer la canción sino al bailarla.

La música: es probable que la clave del éxito torrencial del Despasito esté en el apartado estrictamente musical. Para empezar, el ritmo de esta canción está planteado con esa síncopa, el reguetón, que Wikipedia define como “ritmo básico acentuado por una combinación de tresillo 3-3-2 complementado por bombos en tiempo 4/4 con estilos de dancehall y raggamuffin, así como una serie de elementos que se encuentran en el hip hop”. Si traducimos esta jerga, lo definiríamos como ese ritmo tumbaíto que alterna golpes de caja un poco retrasados y un poco adelantados. El famoso “bum / pa-bum-pa-bum / pa-bum-pa-bum”. No hace falta extenderse más en esto: pongan ustedes cualquier emisora de radio autodenominada como “latina” y allí encontrarán la clave. Este ritmo provoca el movimiento automático del cúcu y la sedación cerebral correspondiente.  En cuanto a la estructura melódica, los acordes del Despasito son literalmente los acordes del éxito, que son los que forman la secuencia “sol/re/si menor/do” o, en otra clave, “do/sol/la menor/fa”, o, moviéndonos arriba y abajo, cualquier otra secuencia equivalente en cualquiera de los trastes de una guitarra. El truco está en intentar engañar a los oyentes empezando a veces por el acorde menor, pero la secuencia entera es de una infalibilidad acorazada y suele usarse cuando alguien necesita un estribillo a prueba de bombas. Su uso se remonta a la Edad de Piedra y ha sido utilizada por casi cualquier grupo de música popular en algún momento de eclosión y fama. Me niego a citar ejemplos porque la lista nacional e internacional es interminable, pero, por ceñirme al reguetón calenturiento, los últimos grandes éxitos de Enrique Iglesias (Bailando y Duele El Corazón) se han construido sobre la base infalible de esta secuencia.

Una vez hecha esta recensión, podría parecer que construir música de éxito es una cosa facilísima. Da la sensación que un programa de ordenador sería capaz de cocinar un exitazo en cualquier momento. Los que tocamos la guitarra chapuceramente tenemos la impresión de que este Despasito ha sido compuesto en seis minutos y que lo único que nos impide a nosotros componer un exitazo como éste es, simplemente, la vergüenza.

Pero, señores lectores, la verdad es que alguna dificultad tendrá esto porque, si no, somos todos más idiotas de lo que parecemos, y eso es ser muy idiota.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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