¿De qué va Dylan?

Hoy es el cumpleaños de Bob Dylan. El músico de Minnesota cumple 75 años. Pensamos que las diferencias entre cumplir 74 años o cumplir 75 son inapreciables a nivel físico: en ambos casos, uno está ya en el tramo final de la vida y, si uno además ha llevado una vida más o menos disoluta, el rendimiento del cuerpo deja mucho que desear. Sin embargo, los 75 años constituyen tres cuartos de siglo y, como múltiplo más o menos redondo, parece que tienen una importancia mayor y nos dan pie para que hablemos un rato de este músico importantísimo. Porque Bob Dylan es uno de los tres o cuatro tótems de la música que hoy conocemos como rock and roll o rocanrol.

El rocanrol es ese cóctel de blues, country, folk y cualquier otra música popular anglosajona que empezó a tomar forma en los años cincuenta del pasado siglo y que se decantó y consolidó de manera rotunda en la segunda mitad de la década de los sesenta. En este proceso biológico, Dylan tuvo una importancia que nadie discute. Dylan empezó como cantante/protesta y como emblema del folk tradicional, cantando solo, con guitarra acústica y armónica. Su voz nasal y su musicalidad abrupta han provocado tradicionalmente grandes reacciones alérgicas en buena parte de los melómanos de todo el mundo, aunque la originalidad de sus canciones y su genialidad absoluta como poeta lírico le ponen en un plano objetivamente superior. A mitad de los años sesenta, Dylan decide tocar acompañado de una banda eléctrica a un volumen atronador y pone patas arriba a la comunidad beatnik y folk, que le acusa de traidor, superficial y verbenero. Con sus discos Bringing it all back home (1965), Highway 61 revisited (1965) y Blonde on blonde (1966), Dylan se une a los Beatles, los Beach Boys y los Rolling Stones para fraguar la gran revolución de la música moderna. En el caso de Dylan, su aportación es triple: Dylan aporta literatura en el mundo frívolo de la poesía pop, con letras de una categoría expresiva y conceptual que no se habían conocido antes y que no se conocerían después; además, introduce su inmediatez más o menos chapucera y libre en un mundo de rigidez estilística; y crea nuevas estructuras de canciones, impredecibles, que se salen de la norma. Dylan conoce todo el folk, todo el rock, todo el blues, y le da la vuelta a todo utilizando unos recursos estilísticos limitados pero muy expresivos.

A partir de ahí, Dylan ha sido un personaje que ha alternado discos de altura con otros más o menos circunstanciales, y desde 1999 se ha dedicado a tocar en directo una media de 100 veces al año sin fallar nunca, cosa inaudita y sorprendente para una persona de su edad. Pero lo más importante de Dylan, a mi entender, es la voluntad inquebrantable por tocar las narices. Dylan es un gran creador de canciones, un cantante muy particular y un guitarrista y pianista más bien del montón, pero es, sobre todo y desde siempre, un tocahuevos. Dylan se ha dedicado durante cincuenta años a fastidiar en mayor o menor medida a su público. Cuando tuvo éxito como cantante folk, y era venerado por los beatniks, decide montar una banda roquera y meter más ruido que nadie, cosa que deja desconcertados y enfadados a sus seguidores; cuando se consolida como roquero violento, decide irse al campo, a Woodstock, y se pone a hacer música acústica y sigilosa con The Band; cuando eso también es aceptado por el público, se pasa al country y se pone a cantar con una voz absurda de tenor engolado (escuchen su disco Nashville Skyline); cuando ha conseguido la admiración de los fans del country, abandona el engolamiento y se pasa de nuevo al rock más o menos psicodélico; cuando triunfa también con eso, lo abandona todo, incluido el judaísmo más o menos agnóstico, y se hace un new born christian, escribiendo letras de redención cristiana, y así sucesivamente. Su última mutación se ha producido hace cuatro o cinco años, cuando ha dejado de cantar con normalidad y ha empezado a ladrar literalmente en el escenario. Les recomiendo a ustedes que vean algún vídeo en Youtube de Dylan en estos últimos años y verán que no miento: Dylan, a sus 75 años, está ahora mismo ladrando como un perro por los escenarios de medio mundo, y ladra para molestar, para sorprender, y vaya usted a saber por qué.

Dylan es, en consecuencia, un hombre que ha hecho todo lo posible por fastidiar a su público. Los fanáticos de Dylan han tragado carros y carretas y le han seguido en todas sus mutaciones, desplantes y demarrajes estilísticos. En directo, Dylan cambia salvajemente los arreglos, las estructuras y hasta las melodías de sus canciones para que el público no las reconozca. Un concierto de Dylan es una experiencia frustrante para el no fanático o para aquel espectador que espere musitar algún estribillo o al menos reconocerlo. En cambio, un aficionado a la música bien hecha disfruta porque los músicos que van con Dylan son de un nivel impresionante (por otra parte, parece que a estos músicos Dylan también les hace la vida imposible, porque no les da ningún parámetro o instrucción y les lleva por caminos completamente caóticos e impredecibles).

Por tanto, podemos decir que Dylan es un artista que ha llevado sus exploraciones musicales y su curiosidad hasta los límites más intolerables. Podría parecer que Dylan ha buscado cargarse a su público, pero curiosamente ha tenido éxito en casi cualquiera de sus mutaciones.

Hay otros artistas en la historia que han tenido inquietudes y que han pasado por muchas fases creativas. Picasso también mutó, cambió y exploró con mucho éxito, pasándose del realismo al impresionismo y luego al cubismo, al indigenismo, a la abstracción y al infantilismo. Pero sospechamos que en Picasso había un fondo de cuquería y de afán por estar a la última. En el caso de Dylan, su ánimo exclusivo parece ser el de molestar.

Felicidades al genio tocahuevos.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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