El gran misterio

La salud es importantísima. Incluso los ciudadanos con las entendederas más obturadas estarán de acuerdo con esta afirmación. Sin embargo, pese a este consenso mayoritario, existe otra mayoría no menos populosa que insiste en menoscabar la propia salud con una pertinacia admirable. Muchos de nosotros llevamos a cabo a diario prácticas insalubres o dañinas: hay una mayoría de personas que se suministra sustancias tóxicas por vía oral o por cualquier otro camino corporal más o menos transitado, o que pone en práctica una meteorización metabólica de compuestos químicos, o hay algunos que fuman todo tipo de materiales siempre que sean combustibles, tanto en puro como mezclados con otros ingredientes. Es evidente que los hábitos van cambiando pero también vemos que las prácticas dañinas que pasan de moda son sustituidas por otras que nos deterioran de otra forma, quizá más sibilina, pero igual de eficaz. Hemos destacado muchas veces en este insignificante blog la sustitución paulatina de las drogas anfetamínicas por la práctica deportiva en grado extremo. Esta sustitución no presenta ninguna característica que podamos definir como positiva porque el cuerpo se degrada a la misma velocidad que antes pero con el agravante de que los adictos creen que están favoreciendo una mejoría de su situación física, cosa que, según nos tememos, no es verdad. Los deportistas extremos sufren erosiones óseas, desmadejamiento muscular, desajustes coronarios, despresurización de las cámaras corporales y muertes súbitas, todo ello a una edad exageradamente temprana. Estas personas piensan que físicamente nunca han estado mejor pero caen como moscas. Y coincidirán ustedes conmigo en que caer de muerte súbita después de dedicar varias horas al día a una cosa tan extenuante y aburrida como correr maratones es una cosa que no tiene ninguna gracia. Ya hemos señalado aquí que, si vamos a acabar destartalados, es más divertido entregarse a algún tipo de alucinación psicotrópica.
Pero el caso es que, en términos generales, las personas presentamos, en lo físico, una tendencia definida a la autodestrucción. En algunos casos es más evidente que en otros, pero raro es ver a alguien que preserve los mecanismos de su cuerpo de forma matemática y global. El ascetismo físico no se ve habitualmente. En lo gastronómico, hay una enorme cantidad de productos alimentarios que suponen un zafarrancho de ataque contra nuestro equilibrio orgánico y que, lamentablemente, están riquísimos. Buena parte de la ciudadanía debe reprimir sus instintos alimenticios, que le arrastran hacia la deglución descontrolada de sustancias hipercalóricas y desestabilizadoras. Nos chiflan los alimentos grasientos, la sal, las frituras churruscadas, el azúcar a porrillo y el colesterol a manos llenas. Incluso controlando nuestros hábitos, a lo largo de una semana hacemos determinadas excursiones por los terrenos que constituyen una puerta abierta a la obesidad mórbida. Y eso sin mencionar a los consumidores profesionales de alcohol, a los trasnochadores de marca mayor o a los que practican conductas aberrantes en público o en privado.
Como estamos viendo, hay un sinnúmero de posibilidades destructivas. La salud humana está a la intemperie, expuesta a un montón de peligros. Hay que decir que son peligros agradabilísimos y que hacen que la vida, aunque más corta, tenga gracia. Pero son peligros evidentes y con una incidencia directa en nuestro organismo.
Una vez identificados los riesgos de nuestra política autodestructiva, estamos en un momento idóneo para señalar a nuestros distinguidos lectores un aspecto del asunto que damos por sentado y que, no obstante, es algo que, si uno dedica dos minutos a reflexionarlo, causa perplejidad y hasta pavor. Se trata del funcionamiento corporal, la marcha pura y simple de la maquinaria. El cuerpo humano es una congregación de células, vísceras, tuberías y engranajes, regida por las leyes de la física y de la química orgánica. Durante buena parte de nuestras vidas, esta congregación funciona; es decir, que, por lo general, uno se despierta por las mañanas y su corazón late, su aparato digestivo asimila sustancias, su aparato circulatorio acoge el movimiento de los fluidos correspondientes, su sistema inmunitario repele un montón de invasiones tenebrosas y su cerebro coordina de manera absolutamente inexplicable todo este tinglado. No hay una máquina creada por el hombre con un funcionamiento tan fiable e inconcebible como el del cuerpo humano. Una persona en España tiene de media una esperanza de vida de 84 años, o, por decirlo de otra forma, de 30.660 días. Inventándonos las estadísticas, y haciendo las excepciones correspondientes, las personas estamos más o menos sanas durante un 80% de esos días, lo que supone que durante más de 24.000 días nuestro cuerpo va solo y no somos conscientes de que lo tenemos y de que funciona de una manera completamente milagrosa. El cuerpo humano presenta una hoja de rendimiento que es de caerse de espaldas. Aguanta embestidas indescriptibles (lo cual es asombroso) pero es que aguanta funcionando sin pararse de repente, cosa que es todavía más asombrosa. Cualquier mecanismo artificial tiene parones frecuentes, desajustes, averías graves y descacharramientos; los coches se detienen, los aviones se caen al mar y los ascensores nos dejan colgados entre el tercer piso y el cuarto: por pura comparación, el cuerpo tiene una fiabilidad única.
Y yo creo que las razones por las que nos dedicamos al consumo de productos tóxicos son dos: porque la toxicidad de lo que consumimos viene acompañada por sensaciones agradables, y porque nuestro cuerpo funciona tan bien que no somos conscientes de su vulnerabilidad. La salud es algo que solo se percibe cuando no está. La salud se nos pone de manifiesto solamente cuando nos duele algo.
Pido al respetable lector que hoy mismo, cuando se meta en la cama y se disponga a dormir a pierna suelta, reflexione en silencio sobre lo facilísimo que podría resultar un colapso total de su propio cuerpo. De hecho, lo que consideramos normal (dormir plácidamente toda la noche y despertarnos con gran energía) no es lo normal. Lo normal sería que tengamos algún pequeño desajuste en nuestro organismo y que, por una reacción en cadena, nuestro organismo se detenga. Ante esta perspectiva tan halagüeña, les deseo a ustedes unas muy buenas noches.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

2 comentarios sobre “El gran misterio”

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