Gym Tony

Cualquier persona que ponga la tele a la hora de la cena se encuentra indefectiblemente con un programa de Cuatro que se llama Gym Tony. Esta serie de gran éxito está adscrita al género norteamericano de las comedias de situación, y narra las peripecias de un grupo de socios de un gimnasio. La serie tiene una difusión diaria y lleva dos años en antena, así que se han emitido hasta la fecha casi trescientos episodios. Ante tanta facundia, cualquier espectador comprensivo tiende a hacerse cargo de las circunstancias y a ponerse poco exigente, dado que parece imposible que una serie diaria mantenga altos niveles de calidad televisiva (cosa que no es necesariamente cierta porque todos recordamos aquel Camera Café, comedia de gran nivel que se emitía todos los días). Una vez formalizada nuestra paciencia y nuestra predisposición indulgente, es el momento de señalar que Gym Tony es una serie horripilante, y no solamente de acuerdo a los estándares normales de un programa diario, en el que las ideas se desgastan por puro agotamiento, sino que no llega a ningún estándar. Gym Tony es un producto televisivo literalmente invisible e inaudible. No es posible poder ver Gym Tony durante más de medio minuto seguido salvo que uno haya sufrido un procedimiento previo de lobotomización como aquellos que practicaba el famoso médico López Ibor. Y si uno no estaba previamente lobotomizado, es posible que la propia serie le reduzca la capacidad cognitiva.

En Gym Tony hay una larga serie de personajes idiotas que gritan de manera garantizada. Los chistes de Gym Tony convierten a Mariano Ozores (a quien ya homenajeamos desde aquí hace algunas semanas) en un creador cómico elegante y sofisticado, a la altura de Preston Sturges, Ernst Lubitsch o Billy Wilder. Los chistes de Gym Tony son burdos desde un punto de vista de la evaluación humorística y ofensivos desde cualquier otro punto de vista, incluido, claro está, el punto de vista más políticamente correcto. En términos generales, una comedia puede ser inteligente o tonta, y puede ser sofisticada o simple, y puede ser ofensiva o inofensiva: los Hermanos Marx eran alternativamente tontos e inteligentes, y también ofensivos, pero ofensivos siempre con el poder establecido; y, ay, eran muy graciosos. Lo importante es que una comedia tenga gracia. Y una comedia que no tiene gracia no mejora nada si además es tonta, burda y ofensiva. Gym Tony no tiene ningún hilo argumental mínimo y tampoco recoge situaciones de una comicidad apreciable. Su presunto humor no se basa en un trabajo estructural o en una peripecia más o menos desarrollada, en un conflicto o en una situación graciosa, sino que se reduce a la caricatura. Los personajes de Gym Tony podrían salir en pantalla solos, por orden alfabético y sin interactuar entre ellos, y la serie no perdería su gracia inexistente.

Además, desde un prisma exclusivamente sensorial, Gym Tony molesta. Alguna vez, cambiando de canal mecánicamente, me he encontrado con Gym Tony mientras echaba un vistazo al periódico y he dejado puesta la emisión sin darme cuenta; reconozco que a los diez segundos he tenido que apagar la televisión. Gym Tony es una serie muy ruidosa. Los personajes de Gym Tony hablan a un volumen que triplica el del resto de seres humanos, incluido el de la media española, que como sabemos es muy alto. Este nivel de decibelios obliga además a que escuchemos los polvorientos diálogos de la serie, y esta experiencia no es recomendable. Por otra parte, los actores de Gym Tony personifican la quintaesencia de la sobreactuación y el no va más de la exageración grotesca. Al histrión francés Louis de Funes le echarían de un casting de Gym Tony por inexpresivo.

En consecuencia, podemos decir con todo el respeto y con todas las cautelas que corresponden al caso que Gym Tony es una de las peores cosas que se han visto en televisión en los siglos pasados y que se verán en los venideros.

Una vez señalados todos estos aspectos, tenemos que volver a nuestra indulgencia preliminar. No podemos exigir mucho a una serie diaria de comedia de consumo. Debemos reconocer las dificultades que se presentan a la hora de la facturación de una comedia de emisión diaria. La repetición induce al agotamiento de las ideas y de los recursos expresivos. No obstante, yo invito a hacer una reflexión: observemos que Gym Tony se ha emitido en prime time y que, por tanto, ha debido tener una audiencia millonaria (porque en caso contrario habría sido suprimida de la programación sin ninguna cortapisa). Esto supone que el programa tiene éxito y genera ingresos publicitarios: sólo hay que ver la lista de actores que intervienen en esta serie, que son la flor y nata de la comedia escénica española de hoy. No hay ningún actor cómico en España que se hay negado a aparecer en Gym Tony, bien sea como fijo o como personaje episódico, y eso que los diálogos son objetivamente ilegibles, irreproducibles e inenarrables. Eso solamente nos lleva a pensar que a) los actores españoles no tienen criterio artístico, o b) que los productores de Gym Tony pagan bien; inclinémonos por la segunda hipótesis, más concordante con la dinámica económica del mundo moderno.

Aquí no hay trucos: si una serie permanece en antena a lo largo de las semanas y además paga bien a sus trabajadores es porque la audiencia la sigue. Y en este momento llegamos al punto en el que nos encontramos, que es el punto de la incomprensión absoluta. Resulta que Gym Tony, programa que induce al bochorno y que hasta resulta molesto al ojo y al oído humanos, tiene un público masivo. Provoca la risa del telespectador. Madre mía.

Ante fenómenos como éste, que sobrepasan nuestras entendederas, uno puede caer en la depresión derivada de sentirse solo en el mundo. Y esa depresión podría agravarse si uno pone la tele con intención de distraerse y de repente se encuentra con Gym Tony.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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