Las mascotas absurdas

Según informa el diario El Mundo, un estudio realizado por el Manhattanville College de Nueva York ha demostrado que “los dueños de los canes son más felices que los de los felinos, además de ser menos propensos a la neurosis y capaces de concentrarse mejor. La investigación se realizó con 263 personas en las que se evaluaron cuatro parámetros: felicidad, satisfacción en la vida, emociones positivas y emociones negativas para ahondar en la relación con sus mascotas”. Por lo que hemos podido leer, los dueños de perros están más satisfechos y sienten una mayor felicidad que los de los gatos. Este estudio incluso se atreve a describir psicológicamente a un grupo de personas y al otro, concluyendo que “los amantes de los gatos son más introvertidos y menos amables, pero más abiertos de mente que los dueños de perros”.

Existe la certeza de que los perros requieren de sus dueños un alto número de cuidados y de sacrificios: el perro tiene una crianza complicada porque es un animal hiperactivo y esclavizador que requiere una doma previa porque, si se le da cancha, es capaz de realizar los mayores estragos domésticos, y además exige tener que pasearlo varias veces al día y tener que colaborar activamente en su higiene. Los gatos, en cambio, son unos animales autónomos que van por libre y que solamente piden unos cuidados muy elementales, y, en concreto, exigen solamente una atención mínima en materia alimentaria. El gato es un animal higiénico que está a gusto en casa y que no da la murga. Dicho eso, ¿por qué los perros dan más alegría y satisfacción?

Para una persona que no tenga animales en casa, el gato sería el animal más satisfactorio. Muchas personas desprovistas de mascotas opinarán que la crianza de un perro es un engorro de padre y muy señor mío que acarrea unas satisfacciones insignificantes. Sin embargo, el perro y el gato presentan diferencias enormes de temperamento. El perro es un animal ruidoso, de una sofisticación mínima, que responde con obediencia a estímulos muy primarios y que podría parecer que nos quiere (los especialistas nos dirán qué nivel de afectividad es capaz de sentir un perro). El gato, en cambio, es una criatura silenciosa, oscura, individualista y desconfiada. El gato transmite la sensación de que en cualquier momento es capaz de arañarnos. El gato nos utiliza como suministrador de alimentos, pero en realidad va a su aire. En muchos momentos del día, el gato parece que se ha ido pero está. Una de las peores sensaciones domésticas es la que se siente cuando uno está leyendo un libro en un sofá y el gato pasa sigilosamente junto a nuestros tobillos y nos roza la pierna. El susto es indefectible y morrocotudo. Los gatos surgen de la nada, y parecen disfrutar con el factor sorpresa. En este sentido, el gato es un animal verdaderamente despreciable. Por tanto, y si el Gobierno nos obligase a tener un animal en casa (todo llegará), lo práctico sería tener un gato porque no requiere cuidados, pero probablemente sería mucho más reconfortante tener un perro, pese a la tremenda murga que da. El perro hace que nos sintamos queridos. El perro nos transmite la dependencia que tiene de nosotros, lo cual nos reblandece afectivamente.

También hay otras modalidades de animal doméstico, pero ya caen en las categorías de lo inútil, lo estrafalario o lo tenebroso. El loro, por ejemplo, es un animal que pone literalmente la piel de gallina porque repite sonidos de una manera escalofriante, sonidos entre los que está la voz humana. Yo vi un loro en una casa que imitaba perfectamente las voces de toda la familia, y que incluso replicaba el sonido del timbre del telefonillo, y, cuando alguien iba a abrir, el loro se reía. Los loros son animales fantasmagóricos que almacenan capacidades horribles en un cerebro del tamaño de una aceituna. Luego está el ámbito de los roedores domésticos (ratones, hámsters, conejillos de Indias, etc). Estos animales, metidos en sus jaulas nauseabundas, no tienen ningún sentido. Y mejor ni hablamos de los reptiles, unos bichos cuya contemplación da escalofríos.

Por último están las personas que tienen peces en casa. En general, los peces no aportan nada y nadie pierde un solo minuto en mirar a las peceras en las que nadan. En mi casa había dos peces, que fueron regalados a mi hijo mayor el día de su quinto cumpleaños. Digo había porque uno de ellos ha muerto recientemente. La muerte de ese pez, que se llamaba Miguel, no ha provocado en mis hijos el más mínimo derramamiento de lágrimas. El pez amaneció un día nadando de lado, perfectamente desnivelado y con un pie en el otro mundo. Yo les comuniqué a mis hijos con toda franqueza que este animal iba a morir. Sorprendentemente, a mis hijos el fallecimiento del Miguel les ha importado un comino.

Evidentemente, la muerte de Miguel no les afecta porque Miguel, mirando desde su encierro natatorio, no aporta nada. No hay manera de interactuar con un animal tan absurdo como un pez en una pecera. Desde este punto de vista, tenemos que estar de acuerdo en que el perro es el animal que más alegrías transmite.

Anuncios

Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s