Cristiano Ronaldo, tóxico

Estamos ya en el año 2015 y tenemos sobre la mesa diversos accidentes, naufragios y avalanchas humanas que están llenando las páginas de los periódicos a escala mundial. Sin embargo, hoy algún telediario ha abierto con una noticia de impacto: solamente quedan diez días para saber qué futbolista va a convertirse en el nuevo Balón de Oro. Reconozco que yo no había prestado a esta elección del Balón de Oro toda la atención que el asunto merece, y en concreto creo que no hemos glosado suficientemente la figura de quien suena como candidato con más posibilidades de ganar este premio, que es Cristiano Ronaldo, jugador portugués del Real Madrid. Cristiano Ronaldo es un deportista al que apenas se le presta atención, y es un hombre que pese a ello trabaja con discreción y sin meter ruido. Cristiano Ronaldo es una persona que pasa desapercibida en cualquier reunión social y que jugando a fútbol permanece siempre en un oscuro segundo plano, sin ningún afán de notoriedad.

Además de esta mesura y de este comedimiento profesional, en Cristiano observamos otra cualidad esencial para cualquier persona que quiera participar en un deporte de equipo: la generosidad. Cristiano Ronaldo está siempre pendiente de conseguir que sus compañeros destaquen y para ello es capaz de transigir ante cualquier conflicto de intereses, de tal forma que a veces Cristiano, como individuo, no brilla todo lo que podría. Cristiano siempre está dispuesto a ceder la autoría de un gol o a irse al banquillo cuando otro compañero quiere jugar un rato; a Cristiano no se le ha visto nunca abroncando a ningún miembro de su equipo. Cristiano comprende que lo importante es el propio deporte como esfuerzo colectivo y por ello tiende a renunciar a cualquier meta individual en aras de la prosperidad de su equipo. A Cristiano no le preocupan en modo alguno los logros individuales.

Además de todo lo dicho, es importante recalcar el poco apego que Cristiano Ronaldo tiene a las cosas mundanas y exteriores. Cristiano Ronaldo se maneja por el mundo con una frugalidad económica verdaderamente impresionante. No se le conocen episodios de ostentación excesiva. Nunca va vestido de manera estrambótica. Su reino no es de este mundo.

Podríamos seguir con esta glosa irónica del futbolista portugués pero creo que hay que detenerse ya y cambiar de registro. Gracias a décadas de educación deficiente, muchos de nosotros tenemos graves problemas para detectar la ironía escrita, así que es mejor pasar a la literalidad y abandonar el sarcasmo. De todas las cualidades que adornan al Pichichi de nuestra Liga, hay una que está comúnmente considerada como una de las más positivas, y es el carácter ganador y el afán por conseguir ser el mejor. Cristiano quiere ser el que mete más goles, el que juega todos los partidos, etc., y todo ello de forma permanente y por encima de todas las cosas. Cualquier partido es bueno para que Cristiano marque dos o tres goles y acumule datos para sus récords, y por tanto Cristiano quiere jugar incluso las pachangas sin sentido y conseguir su Hat Trick contra la Ponferradina. Esta aspiración personal que Cristiano encarna en grado superlativo es para la mayoría de la gente un rasgo muy interesante y hasta imprescindible en el mundo de hoy, y estamos viendo con horror que en las escuelas y en las familias esta idea ha encontrado un medio ambiente muy favorable y que la idea, en definitiva, está calando. Los padres y profesores estamos intentando que nuestros hijos sean los mejores en algo y somos capaces de someter a este pobre crío a determinados procedimientos de carácter demencial que van a marcar de forma fatal la forma de ser de nuestros hijos. Desde pequeños, nuestros niños están siendo analizados detalladamente y aparecen ya en varios rankings que despiertan en el niño el miedo a ser el peor, o el apetito por el triunfo por encima de todo, o el puro afán de ganarle al vecino. Un niño en un ranking es una desgracia a plazo. Un niño bajo esos niveles de exigencia tiene muchas posibilidades de descarrilar en su crecimiento.

Cristiano Ronaldo, en este aspecto concreto del carácter ganador, es una influencia horripilante y altamente nociva para los niños, que quieren ser como él, y podemos decir que este afán de supremacía es muy probablemente el peor de los rasgos que definen a este astro del balón, o por lo menos es el rasgo que mayores efectos negativos tiene entre la población general. Los niños que adoran a este fabuloso delantero pueden imitar su estética absurda y eso no supondrá ningún problema de cara al futuro, pero la aspiración de ser el mejor sí puede ser un problema, fundamentalmente por dos motivos: en primer lugar, porque el mejor es solamente uno. No hay sitio para varios en la cima. Y, como consecuencia de esto, los demás, los que no son el mejor, y que han llevado una vida de competición recalcitrante, se convierten en unos fracasados.

Miren ustedes a su hijo durante un rato y verán que el pobre chaval es un crío desorientado, absurdo y bastante indefenso. Es conveniente que le dejen ustedes en paz y que el niño deambule por ahí a su aire un rato, sin pertenecer a ningún ranking. Feliz año nuevo.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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