La invisibilidad

Estaba yo leyendo el periódico con las gafas dentro del bolsillo de la camisa y vino mi hijo corriendo, se me tiró encima y me dio un abrazo. Fue un momento entrañable que sin embargo provocó la rotura de mis gafas, que se partieron por la mitad. Con lo cual, tuve que ir a mi distribuidor de gafas y comprarme unas nuevas con un diseño que es radicalmente distinto al de las que tenía hasta ahora, debido a que mis anteriores gafas databan del año 2005 y en todos estos años la moda ha ido llevando a que las gafas sean cada vez más grandes y aparatosas. Hay que recalcar que yo soy un gafoso total y que las lentes de contacto son elementos que me dan repelús; por motivos que no soy capaz de describir, la idea de ir por ahí con un trozo de plástico adherido a la capa lagrimal que lubrica la córnea es para mí una idea muy poco atractiva. Esta opinión mía choca con el criterio de miles de especialistas oftalmológicos, que recomiendan el uso indiscriminado de las lentillas, pero mientras no haya una ley que obligue a llevar cuerpos extraños en el ojo creo que seguiré con las gafas.

La cosa es que desde hace unos días estoy funcionando con unas gafas muy distintas a las que llevaba hasta hace poco. Estéticamente, a mí me parece que las diferencias son apreciables: las gafas anteriores eran estrechas y oscuras, y estas son más anchas, más claras y tienen una raya azul muy fina que es para mí el no va más del riesgo en el vestir. Además tenemos que repetir que mi anterior par de gafas estaba conmigo a diario desde el año 2005, con lo que la estética de uno había quedado fraguada y cuajada en alto grado, unida a ese par de gafas. Sin embargo, y salvando a mi círculo más íntimo de personas (mi mujer, mis hijos, mi madre), no hay nadie que se haya dado cuenta del cambio de look, cuando resulta que me he encontrado con muchas personas con las que coincido regularmente, personas para las que este cambio en mi cara ha pasado desapercibido. Esto me lleva a pensar dos cosas: en primer lugar, podría ser que el cambio estético haya sido en realidad menos brusco de lo que a mí me parece, y que la forma o el color de las gafas sean detalles nimios en la apariencia de una persona; y, en segundo lugar, podría ocurrir que yo sin darme cuenta he alcanzado un estado estético de invisibilidad completa para los demás, lo cual sería desde mi punto de vista un triunfo total. Algunas personas tienen la aspiración de conseguir la notoriedad más aparatosa y mantienen una vocación inequívoca de dar que hablar y de dar la nota; otros ciudadanos no desean llamar la atención pero lo consiguen al situarse sistemáticamente (y aunque sea sin querer) en el estrambote estético y en el desafío a las convenciones vigentes, y que Dios les guarde. Yo pertenezco a un tercer grupo de personas que son las que viven gustosamente en el limbo y que desean que su figura se mantenga más o menos invisible. El ideal para estas personas es funcionar normalmente y que su aspecto no signifique nada.

Para que esta sensación de invisibilidad sea satisfactoria es conveniente tener resueltos por el momento determinados problemas, entre los que están el problema laboral y el problema amoroso. Cualquiera que tenga sin resolver alguno de estos problemas tiene una cierta obligación de llamar la atención, puesto que debe conseguir que alguien les contrate para un trabajo o que alguien se fije en ellos como candidatos a compartir afectivamente la difícil vida familiar. Naturalmente, esta necesidad de llamar la atención se puede atenuar a base de talento conversacional o empático, pero un aspecto completamente anodino no es recomendable. En cambio, para los que en estos momentos no estamos en ningún mercado de este tipo, y que por el momento no tenemos la necesidad urgente de formar parte de la oferta en estos mercados, la invisibilidad es una posibilidad formidable. Caminar por ahí sin molestar a nadie o sin cautivar o enamorar a nuestros semejantes es una idea interesantísima que hay que ponderar muy positivamente, porque cualquier cosa en sentido contrario sería altamente conflictiva. Ojo que el desaliño absoluto tampoco es una buena idea porque ese desaliño nos podría llevar a estar en el mercado, tanto laboral como amoroso. Es necesario un cierto buen aspecto para que no nos echen a patadas del trabajo o de nuestras casas. Pero lo ideal es el buen aspecto invisible.

Sin embargo, uno no se hace excesivas ilusiones. Probablemente uno no esté en el punto de invisibilidad que le gustaría, y, lo que es aún peor, uno no está ni de lejos en una situación tan desahogada como para descartar el retorno al mercado. Quizá ahora no estamos en el mercado, pero en cualquier momento podríamos volver de manera forzosa al mercado. Esa vuelta fatídica al mercado puede producirse el día menos pensado y entonces tendremos que tomar medidas. Y en ese momento crítico debemos mantener cierta cordura porque de lo contrario podríamos hacernos un implante capilar, o vestirnos con auténticos disfraces grotescos, o ponernos unas gafas amarillas. O, peor aún: podríamos acabar poniéndonos lentillas.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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