El alcoholismo funcional

De vez en cuando nos encontramos con personas que están completamente alcoholizadas. No estoy hablando de un cierto tipo de borracho clásico y marginal, farolero, que duerme en la calle, que grita como un loco y que está en el extrarradio del establishment, sino de personas que están alcoholizadas dentro de una situación de una normalidad aparente y más o menos estable. Son ciudadanos que van cumpliendo con sus obligaciones y compromisos de una manera u otra, pero que consumen alcohol constantemente. Se dirá que eso es normal puesto que en nuestra sociedad el alcohol es un elemento altamente positivo y consolidado, pero la verdad es que el ciudadano alcoholizado parece que funciona pero tiene un fondo escondido de sordidez y de desconexión. El ciudadano alcohólico mantiene una compostura casi perfecta, y a primera vista es una persona corriente, pero según hablamos con él se nos van desvelando sus anomalías. Este ciudadano es incapaz de mantenerse en la concreción de un diálogo y no puede centrarse en ningún asunto. Tiende a la sordera. Los músculos de su cara hacen pequeños movimientos autónomos; estas personas guiñan los ojos sin motivo, o pestañean excesivamente, o son víctimas de temblores en los carrillos. También suelen presentar una mutación de los colores de la cara, mutación que consiste en un enrojecimiento provocado por la dilatación de los capilares del rostro, y concretamente los de las aletas de la nariz y los de los pómulos. Todos sabemos que el alcohol es un agente vasodilatador, y, en consecuencia, la estimulación que este agente provoca en el cerebro humano viene acompañada por una estimulación equivalente de los vasos sanguíneos. Como último síntoma tenemos el olor. Una persona alcoholizada puede tratar de mantener una higiene irreprochable y unos hábitos de salubridad personal muy superiores a los de la media de la población, pero en el ambiente de sus aledaños siempre huele un poco a alcohol (a veces ese olor es potentísimo).

Como en cualquier ámbito social, en esto del alcoholismo todos tenemos nuestros prejuicios sexistas. Me refiero a la discriminación de la mujer, que oficialmente no existe pero que en la realidad pura y dura todavía se da. En concreto estoy hablando de la diferencia que hay entre la opinión que nos inspira un señor alcohólico y la que nos inspira una señora alcohólica. Cuando hablamos con un alcohólico presentable, bien vestido, pensamos que es un hombre acomodado, posiblemente un cabeza de familia, al que la holgura de su posición le permite tirarse determinadas horas al día en un bar; podemos reprocharle estas aficiones pero sin duda este hombre parece inscrito en la normalidad funcional. En cambio, cuando vemos a una mujer alcoholizada, la impresión que esta mujer nos ofrece es peor. Una mujer alcoholizada nos parece secretamente una outsider, una persona con problemas graves, un ser que está solo y que lleva una vida presuntamente nocturna y desordenada. Los señores lectores de este blog pueden negar esto que estoy describiendo, pero esa negación es una muestra de idealismo sociológico bastante alejado de la realidad. En términos generales, y teniendo en cuenta todas las excepciones posibles, la realidad es que una borracha nos da lástima y un borracho puede hacernos hasta gracia. Las causas de esta diferencia tan grave e injusta están probablemente en que hasta hace poco las mujeres han tenido una autonomía socioeconómica nula y han sido víctimas de todo tipo de abusos y vejaciones. Hemos vivido en una sociedad que ha estabulado moralmente a la mujer, impidiéndole cualquier esparcimiento personal. Esto nos ha llevado a un escenario en el que las mujeres, por prudencia, todavía tienden a un cierto autocontrol social, cada vez menor y menos definido, y, en este contexto de falta de movilidad, la aparición de una alcohólica es todavía la aparición de una persona medianamente desbarajustada. Este panorama requeriría un estudio mucho más minucioso, pero me parece que las conclusiones serían las mismas.

Lo ideal sería que todos valorásemos a los alcohólicos en un plano de igualdad, sin prejuicios derivados del sexo o de cualquier otra segregación. Pero naturalmente esa valoración debería ser, creo yo, negativa. Sabemos que un alcohólico ruidoso, zarzuelero y sin recursos está fuera de juego, y de forma automática le hemos descartado para la vida relacional, pero en cambio el alcohólico regularizado e inscrito en el mundo está funcionando aparentemente, aunque en realidad no es una persona que funcione correctamente, sino que está sobreviviendo y tirando de cualquier manera. Un alcohólico civilizado ha perdido la precisión y suele provocar turbulencias a su alrededor. Sin embargo, y debido a la tolerancia que existe con el alcohol como pasatiempo, esta persona puede tirarse narcotizada hasta el día de su muerte. Si en vez de ginebra consumiera heroína, estaría en un centro de asistencia sanitaria. Pero consume alcohol y puede circular libremente por ahí, pese a que bajo el chasis esconde una estructura personal completamente descacharrada. Están ustedes avisados.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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