Benidorm

He tenido la suerte de pasar una semana con mi familia en el Levante español. Hemos estado en un lugar en el que aún se conserva una cierta sensación de aislamiento, cosa que hoy en día tiene, a mi entender, un valor importantísimo. En este sentido, es pertinente señalar las enormes diferencias que existen entre ciudadanos que comparten una misma civilización: mientras algunos queremos encontrar una sensación de espacio abierto o aislado, hay otros que indefectiblemente tienden a apelotonarse alrededor de algo. Hasta hace poco, yo no podía entender la opción de la aglomeración humana, pero hoy creo que ambas posturas son defendibles, y la ciudad que me ha hecho suavizar mis opiniones es Benidorm.

Como sabe todo el mundo, Benidorm es la quintaesencia del desarrollismo turístico y la apoteosis del urbanismo vertical invasivo. Por lo que parece, hasta 1950 Benidorm debía ser un pueblo de pescadores de gran colorido, enclavado en un paisaje magnífico; los sucesivos alcaldes franquistas decidieron sustituir la decadente actividad pesquera por una nueva ciudad, una ciudad premeditada, completamente organizada para su florecimiento a lo alto. Las calles de Benidorm son, en realidad, un ejemplo de premeditación y son la plasmación de un revolucionario concepto escenográfico: así como hemos visto que casi todas las ciudades crecen a la buena de Dios y de cualquier manera, creando pastiches híbridos de resultado horripilante y formando unas aglomeraciones caóticas y multiformes, en Benidorm tenemos, en cambio, una urbe apabullante pero perfectamente milimetrada, un conjunto unitario, una idea estética concretísima.

Esto se ve muy pocas veces; lo hemos visto en las nuevas ciudades del petróleo, como Dubai, y lo vemos en Benidorm, y en este caso con el mérito añadido de la falta inicial de recursos económicos, puesto que cuando se creó la idea loca de erigir este bosque alicantino de rascacielos se apostó por unos ingresos que solamente después fueron llegando. Por tanto, Benidorm es físicamente una ciudad inaudita, insólita y que a uno le deja boquiabierto. Incluso podemos decir que algunos de sus más recientes rascacielos son maravillas arquitectónicas, siempre que a uno le gusten estas cosas, evidentemente. No sabemos cómo era Benidorm en 1950 ni podemos afirmar que lo de hoy sea mejor o peor, pero está claro que lo de hoy es una cosa monumental, un lugar impresionante. Benidorm es un conjunto armónico de edificios que parecen sacados de otro planeta, y visitarlo es una experiencia urbana singular.

Luego está el hecho demográfico, el fenómeno de la población de Benidorm. En Benidorm viven de manera estable unas 100.000 personas todo el año y parece que esa cifra asciende a 400.000 durante los meses de verano. Estos números son escandalosos, y nos llevan al meollo de la cuestión: ¿por qué ir a Benidorm? Hasta hace cierto tiempo, la formulación de esta pregunta me provocaba de forma espontánea un encogimiento de hombros. ¿Qué decisión lleva a una persona corriente a juntarse en verano con otros 399.999 ciudadanos en un lugar, sea Benidorm o cualquier otro? Estas preguntas eran para mí un dilema irresoluble. Sin embargo, poco a poco he ido conociendo a veraneantes de Benidorm, y tengo que decir que estos señores veraneantes de Benidorm no sólo encuentran entre estos rascacielos unos niveles moderadamente altos de bienestar, sino que en algunos casos llegan al fanatismo defensivo y a considerar que Benidorm es, lisa y llanamente, el mejor lugar sobre la Tierra. Para esta gente, que es gente inteligente, Benidorm lo tiene todo y proporciona al visitante de cualquier edad lo que este visitante anda buscando, generalmente relacionado con el entretenimiento. En Benidorm, por lo que dicen, se puede comer, beber, hacer deporte, bailar y yacer con personas de indudable atractivo, y en Benidorm hay una oferta de entretenimiento continua, sistemática y sin horarios, con lo que Benidorm sólo es comparable con dos o tres lugares del mundo, y uno de ellos es Las Vegas. Benidorm es hoy por hoy una especie de Las Vegas para toda la familia, con la ventaja insoslayable de que además Benidorm tiene mar y tiene un clima más o menos suave dentro del calor tremebundo que cualquier veraneante está dispuesto a soportar. Por tanto, lo más importante de Benidorm es que esta ciudad es un éxito porque es un lugar en el que sus responsables han asumido que hay casi medio millón de españoles que quieren estar cerca de otros españoles y que no quieren estar en silencio o aburrirse, sirva lo uno por lo otro. En Benidorm se puede hacer de todo, a cualquier hora y con unos niveles de confortabilidad organizativa altísimos.

Cuando uno por fin se da cuenta de que muchas personas quieren entretenerse en vacaciones, uno empieza a comprender lo de Benidorm. Con estos parámetros de comportamiento humano, y con esta necesidad de pasarlo pipa, Benidorm es todo lo que uno puede desear. Benidorm, en este sentido, que es por cierto un sentido importantísimo, es una ciudad que está muy bien. Ojo porque de momento yo voy inclinándome hacia los sitios completamente opuestos a Benidorm como concepto vacacional, pero, si antes no entendía nada de lo de Benidorm, hoy ya lo entiendo. Y además tengo la impresión de que en un momento concreto de mi vida iré a Benidorm con mi familia y todos disfrutaremos allí de lo lindo, y nos preguntaremos por qué no habíamos ido antes. Y creo que tarde o temprano defenderé con mucho acaloramiento la idiosincrasia de Benidorm ante quien se me ponga delante.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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