La hipersexualidad

En los últimos días hemos podido ver en la prensa el caso de una niña, Emma, que tiene doce años y que en realidad era hasta hace poco un niño y se llamaba Jorge. Según nos cuenta el diario El Mundo, Emma es “uno de los siete menores transexuales que han logrado cambiar su nombre en el Registro Civil y obtener un DNI acorde a la identidad que sienten”. El padre de Emma ha declarado que «la transexualidad no es un capricho, ni algo transitorio, ni una enfermedad. Sabemos nuestra identidad pronto. Si yo me amputo los genitales seguiré siendo un hombre. Y mi hija no tiene fobia a su género, sólo es una niña con pene, como hay niños que tienen vagina pero son niños porque así se ven a sí mismos. Emma siempre se sintió una niña, así que eso es lo que es: una niña». Jorge pasó a ser Emma cuando cumplió diez años y estos padres de Jorge/Emma encontraron una organización que se llama Asociación de Familias de Menores Transexuales Chrysallis, y desde entonces luchan por una ley nacional que despatologice la transexualidad infantil. La niña ha declarado que se operará, pero que “cada cosa debe ocurrir a su debido tiempo”.

Todo esto provoca una sensación rara. Por un lado, habría que ver si es una buena idea que la sexualidad de un niño de diez años tenga una importancia mayúscula y que constituya un problema que presida cada minuto de la vida de nuestros hijos. Este estrés de género (por llamarlo de alguna forma) es inducido y probablemente se debe a la hipersexualidad ambiental, que es una realidad que admite poca discusión. Esta hipesexualidad atmosférica hace que los asuntos sexuales adquieran una importancia gigantesca y que se socialicen, se compartan y se hagan presentes de forma continua.

En el caso de Jorge/Emma, podemos ver que la cuestión de la sexualidad confundida tiene muchos recovecos y es complejísima, y en el fondo es una cuestión personal. Se entiende que cada cual haga lo que buenamente quiera con su propio cuerpo, aunque en realidad cualquier intervención física en busca del cambio de género se va a quedar, a nivel físico, en un cambio superficial, porque parece ser que el cambio quirúrgico de sexo se realiza solamente sobre los signos externos: cuando Emma se opere, por ejemplo, van a eliminarle los genitales masculinos pero no van a implantarle un útero. Pero si una persona adulta quiere hacerlo, adelante con ello. La polémica se da cuando se trata de menores de edad.

Y esto nos lleva a una cuestión delicadísima, que es la sexualidad infantil. Cualquier observador templado se habrá dado cuenta de que en estos temas se está produciendo un adelantamiento inequívoco. Es probable que este fenómeno no sea nuevo y que desde hace sesenta años todas las generaciones de padres han ido escandalizándose con el cariz que van tomando los acontecimientos. Nuestros abuelos prohibían a sus hijos cualquier actividad que pudiera inducir a pensar que estos jóvenes podrían tener algún comportamiento sexual, del tipo que fuese. Esto desembocaba en la regulación de la pura apariencia física, y estos mismos abuelos se indignaron con la aparición de los pantalones femeninos, y posteriormente nuestros padres alucinaron viendo a sus hijas menores con bikini o con minifalda. Hoy somos nosotros los que apreciamos una precocidad escandalosa en todo: hoy vemos que nuestras hijas chicolean sin ninguna cortapisa; vemos que escuchan música de cantantes femeninas que son magníficas apologetas de la termodinámica y el frotamiento copulativo; hoy vemos que nuestras hijas van vestidas de una manera tremendamente ventilada; y además vemos que nuestros hijos manifiestan su sexualidad con toda franqueza, llegando incluso a darse casos de niños de diez años que presentan un amaneramiento completo y ruidoso, seguramente inspirado en lo que ven por televisión.

¿Cuál es la edad en la que un niño empieza a vivir su sexualidad de forma consciente y, digamos, adulta? En el Código Penal español , la edad de consentimiento para que un menor tenga relaciones sexuales con un adulto sin que se considere delito es 15 años. ¿Es ésta una edad razonable? No lo sabemos. Lo que está claro es que nosotros hemos crecido en una época en la que la sexualidad infantil existía pero permanecía soterrada (e imagínense ustedes lo que vivieron nuestros abuelos). Nosotros hemos ido afrontando una serie de alteraciones personales y hemos ido lidiando con ello como buenamente hemos podido, teniendo una información deficiente y, en consecuencia, actuando con una desorientación de tomo y lomo. Todo esto ha constituido un proceso árido, confuso y, en algunos casos, altamente traumático. Por tanto, podría decirse que cualquier cosa que mejore lo que nosotros tuvimos que pasar será algo positivo. Pero la realidad es que entre nuestras circunstancias de entonces y las que se dan hoy existe un trecho que parece haberse recorrido de un solo paso, de una forma inmediata y radical. Entre el soterramiento completo de la sexualidad infantil y la omnipresencia de esa misma sexualidad pero acrecentada, dilatada y profundizada, uno no sabría con qué quedarse. La hipersexualidad de hoy en día, tan expositiva y persistente, pone a los niños en unas tesituras sofocantes y puede generar una serie de desbarajustes y traumas que son nuevos y que tal vez sean mucho más graves que los que hemos vivido nosotros.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

2 comentarios en “La hipersexualidad”

    1. Ajajá. Bingo. Alcanzar un extremo nos conduce a la Ley del Péndulo, y, en consecuencia, a llegar al otro extremo a toda velocidad y con la misma fuerza. Muchas gracias, señor, y un saludo

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