Primeras impresiones del WhatsApp

Llevo ya casi un mes con el famoso WhatsApp y es un buen momento para hacer balance, como suelen decir los cursis más ilustres. Las conclusiones provisionales son las siguientes:

 1)  El WhatsApp es un artilugio de conexión social que no tiene precedentes. Desde que lo uso, lo sé todo de todos y muchos saben mucho de mí. Con este invento, uno está en una posición mucho más conveniente con respecto a sus semejantes; poco a poco, se observa que uno va saliendo de la posición de cuarentena pestífera en la que se encontraba.

2)  El WhatsApp es, en términos generales, una cosa muy divertida. El proceso de recepción y envío de las más variopintas tonterías tiene grandes atractivos para quien empieza a utilizarlo. Es de esperar que ese entretenimiento inicial vaya convirtiéndose en hartazgo y en cansancio, pero yo aún me encuentro en la fase del disfrute. Todas las bobadas que se mandan son nuevas para mí (aunque sean viejísimas), y además el cacharro da muchas posibilidades de diálogo jocoso. Hay que reconocer que este intercambio de bobadas tiene el riesgo de que algunas de las cosas que a uno le lleguen sean verdaderas aberraciones, auténticas barrabasadas que fuera del WhatsApp no serían aceptables. En este sentido, el WhatsApp, como ámbito de actuación, se parece un poco a un estadio de fútbol o al interior de un coche, lugares en los que las personas normales pueden proferir los gritos más abyectos e insultar a sus semejantes de forma completamente energuménica sin ninguna consecuencia. Así como las cosas que se dicen en el fútbol o en un atasco no son reproducibles fuera de esos escenarios, algunos vídeos o fotos que se envían por WhatsApp no pueden salir de ese circuito de mensajería. Por tanto, un espíritu sensible debe prevenirse ante este chisme.

3)  Este entretenimiento del WhatsApp provoca adicción. De esto creo que no hay ninguna duda. Ya no se ve a nadie que se mantenga nunca en una posición de reflexión pasiva, sino que, en cuanto uno se sienta un momento o tiene que esperar más de diez segundos para hacer algo, coge el móvil y mira el WhatsApp. Eso provoca que, de alguna manera, se piense menos. El detenimiento en la vida podría tener muchas consecuencias positivas, pero el hecho es que no se da ese detenimiento y parece que nunca se dará. A partir de ahora, vamos a ser unos seres humanos diferentes, porque lo seremos en función de lo que recibimos o enviamos. Las generaciones venideras van a estar compuestas por gente que actualiza su estado y que vive en el tráfico cibernético. Y eso nos lleva a la ultima conclusión.

4)  El WhatsApp es, al final, un instrumento más para disolver la incomodísima sensación de que, en algún momento, nuestra vida va a terminar. Históricamente no hemos hecho otra cosa que rodearnos de cosas con las que hemos tratado de difuminar el absurdo final de nuestras vidas y la consiguiente incertidumbre sobre lo que nos espera tras el fallecimiento. La actualización de chorradas en el WhatsApp es un utensilio más con el que conseguir no tener un segundo libre para que el paso del tiempo se nos presente en toda su inevitable truculencia. En este aspecto, el WhatsApp se une a los demás inventos lúdicos, con la diferencia enorme de que, en este caso, el WhatsApp va pegado al bolsillo de nuestros pantalones y está a nuestro alcance en todo momento. Hasta ahora, los pasatiempos requerían una cierta parafernalia preparatoria, y unas horas para poder practicarlos, y una compatibilidad con nuestras vidas, cosa que no era siempre fácil; ahora, el WhatsApp está siempre ahí, con nosotros, rellenando los huecos, impidiendo el paso de la melancolía. En consecuencia, el WhatsApp es un invento dispersor logradísimo. Sólo tiene un fallo: que, pese a todo, acabaremos muriéndonos.

Esta es más o menos, una impresión inicial, que puede ir variando. Veremos.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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