El orgullo patriótico

Estamos en un país que, desde el punto de vista de su organización general, es un desbarajuste. Personas de cualquier ideología estarán de acuerdo conmigo: la gente de izquierdas, la de derechas, la de centro, los nacionalistas, los unionistas, y todo el conjunto de grupúsculos sin etiqueta conocida; todos ellos se encuentran inquietos y/o insatisfechos con la situación administrativa actual. España es, para cualquier observador mediano, un Estado más bien desbarajustado, mal rematado, por concretar, en el que cada cual tiene su proyecto territorial y en el que buena parte de la llamada clase política considera que la organización legal en vigor es, como mínimo, revisable.

La discusión de todas estas cosas tiene en España una importancia descomunal. Dedicamos muchísimo tiempo a ver cómo resolvemos este problema. No creo yo que exista otro país occidental en el que la discusión de la esencia organizativa ocupe el espacio que aquí tiene. Me gustaría saber cuáles son los temas de debate en países como Alemania, Francia o Estados Unidos durante todas las horas que nosotros dedicamos a dilucidar cuál es la organización jurídica más adecuada a nuestro galimatías político. Es de esperar que en estos países se ocupen de temas más prosaicos y banales, como el funcionamiento de las cosas de la vida real, y que tal vez por eso los asuntos corrientes allí marchen con una cierta regularidad.

Es curiosísimo que nuestras discusiones territoriales se produzcan además en una época en la que se ha llegado a una serie de consensos generalizados sobre casi todos los asuntos; hoy en día, no hay nada más parecido a un político de centro derecha que uno de centro izquierda. Las diferencias que existen entre ellos en lo que concierne a asuntos cotidianos son mínimas. Don Pío Baroja escribió hace cien años lo siguiente: “Yo entiendo los conceptos de derecha, izquierda y centro en los descansillos de las escaleras, pero en política ya no lo tengo tan claro”.

Dentro de la ensalada de ideologías identitarias, regionales o nacionales, es evidente que en España hay gente que es separatista y también hay gente que es contraria a cualquier separación, sea cual sea y pase lo que pase. Por encima de una determinada trayectoria histórica, o de los hechos económicos comprobables, hay personas que quieren modificar una realidad administrativa que no les gusta y quieren convertirla en algo nuevo y desconocido, pese a que ello pueda desembocar en un tinglado que podría ser mucho peor de lo que ya tenemos. En este sentido, cada uno tiene su percepción, y, si esta percepción se manifiesta con cierta calma y evitando dentro de lo posible el uso de armas de fuego, de tan delicado manejo, entonces que Dios mantenga esa percepción a cada uno por muchos años, y discútase todo en buena hora. Pero desde aquí nos gustaría manifestar nuestro asombro ante lo que se conoce como orgullo patriótico. El orgullo de pertenencia a un lugar físico es una sensación que casi todo el mundo tiene y que no por eso deja de ser una completa mixtificación. Parece claro que uno ha nacido donde le ha tocado, y evidentemente a cualquiera pueden gustarle mucho sus circunstancias personales, igual que pueden no gustarle nada; pero sentir orgullo por un logro en el que uno no ha tenido nada que ver es algo que se encuentra dentro del catálogo de sensaciones puramente infantiles, dicho sea desde el mayor de los respetos. Que uno sea de un sitio o de otro, o que sea blanco, negro, hombre o mujer puede ser mejor o peor en el ámbito de la practicidad (parece claro que, por desgracia, en el mundo moderno ser algunas cosas es más cómodo y seguro que ser otras), pero es una circunstancia que pertenece al ámbito de la casualidad accidental. Uno podría agradecer a la Providencia haber nacido en un hogar rico, o tener ojos verdes, o disfrutar de un cierto oído musical; incluso uno podría estar orgulloso de haber conseguido un logro personal, sea lo que sea (incluso estar orgulloso de algo tan demencial como correr un ironman), pero no tiene ninguna lógica sentirse orgulloso de haber nacido en, por ejemplo, Tomelloso (magnífica localidad manchega, por otra parte). Nacer en Tomelloso o en cualquier otro punto del mapa es un hecho arbitrario que se ha producido sin contar con nuestra colaboración. Todo esto debería entenderse con cierta facilidad, y lo verdaderamente asombroso es que todavía haya que explicarlo.

Sin embargo, aún nos encontramos con muchísimas personas que se sienten superiores a otras por motivos derivados del azar. Personalmente. yo soy de donde soy, y ese lugar en donde nací y hoy vivo está, a mi entender, bastante bien, con lo cual creo que debo permanecer relativamente contento y en buena disposición. Pero no voy a sentirme orgulloso de ello, ni voy a pavonearme delante de nadie por este motivo. Incluso creo que debería tratar especialmente bien a aquellos con peor suerte, e incluso pedirles disculpas de forma discretísima.

Una vez hecha esta reflexión inútil, podemos volver a nuestra discusión sin fin, y tal vez un día consigamos llegar a un punto idílico en el que alcancemos la felicidad total y en el que paralelamente no haya nada que funcione.

Anuncios

Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s