Así se hace

Se emiten por la tele varios programas como Así Se Hace, en la cadena Discovery, unos reportajes en los que se nos explican detalladamente los procesos de fabricación de diferentes productos de consumo, bien sean cachivaches complicadísimos, utensilios sencillos o alimentos de primera necesidad. Cuando nos muestran la confección de un componente industrial, estos programas tienen la virtud de provocar la hipnosis de aquellas personas con una cierta mentalidad ingenieril, personas que, sean padres, hijos o sobrinos, existen en buena parte de las familias de cualquier sitio. Estos ingenieros/peritos/técnicos/mecánicos, profesionales o aficionados, se quedan patidifusos ante la pantalla cuando se televisa el proceso de fabricación de una bujía (por ejemplo), y mandan callar a toda la familia para poder asimilar bien el procedimiento que se nos ofrece; en esos momentos, el resto de la familia se queda en silencio forzoso viendo el programa y, o bien tiende a entrar en un sopor insufrible, o bien comienza a mandar mensajes por WhatsApp a sus amistades hablando de cualquier chorrada; normalmente, uno acaba viendo en su móvil vídeos de gatos tocando el piano.

Para el común del público, este programa resulta mucho más interesante cuando nos muestra cómo se fabrica un alimento de consumo habitual. En estos casos, la mayor parte de la audiencia empieza a ver el proceso fabril con la intriga de comprobar si lo que cada día nos comemos se elabora o no bajo unos parámetros de salubridad mínima. Hay que decir que en algunos casos puede invadirnos una sensación de horror, de asco o, si hay suerte, de ambas cosas simultáneamente. Hace pocos días estaba yo con mi mujer viendo por la tele cómo se fabrican de forma masiva las tortillas de maíz conocidas como nachos, un alimento de origen mejicano que hace una década era más bien desconocido y que en los últimos años va ganando adeptos no solamente entre la población menos exigente, sino entre todos, y se consume de manera generalizada y compulsiva. Hay personas preparadas, cultas y perfectamente estables en su vida espiritual que, sin embargo, se ponen ciegas a nachos.

La cosa es que empezó el programa y, como primer paso para fabricar los nachos, se creaba a partir del maíz una pasta de textura inenarrable con la que poder moldear y después freír las susodichas tortillas, y en un momento dado a la pasta se le añadía cal. El propósito de esta mezcla no quedó claro. Uno, que tiene sus prejuicios, siempre ha pensado que la cal era un elemento químico con aplicaciones variadas, empezando por su uso como conglomerante en la construcción, o como embellecedor o protector de fachadas, e incluso en España tenemos noticias de que se ha usado en determinadas ocasiones como corrosivo potentísimo para hacer desaparecer cadáveres. Por tanto, en nuestra ignorancia pensábamos que la cal era en principio una sustancia nociva para los organismos vivos pluricelulares, y de hecho sabemos que hay detergentes para lavavajillas que se encargan de la eliminación de la cal que se acumula en las máquinas de lavado; es decir, que si la cal es un compuesto que es conveniente eliminar, no parece que pueda tener muchas cualidades positivas para nuestro cuerpo, y mucho menos por vía oral.

Sin embargo, algunos responsables de la fabricación industrial de aperitivos fritos deben considerar que la cal es un ingrediente positivo para el consumidor o que la cal permite que los nachos mantengan durante más tiempo sus cualidades crujientes; incluso cabe la posibilidad de que la cal sea pura y simplemente un elemento que permite incrementar el volumen de facturación de nachos sin aumentar el coste.

No obstante, hay que confiar en que las autoridades sanitarias conozcan el papel que la cal tiene estos procesos y que hayan evaluado el peligro que la ingesta de esta sustancia supone para el masticador de nachos. Por tanto, hay que entender que la cal que se usa en los nachos es inocua para el organismo. Pero debemos reconocer que cuando uno ve que los nachos que se consumen habitualmente tienen cal, y que además no es una cal que se genera accidentalmente o por putrefacción sino que, más bien al contrario, se añade de forma deliberada y en serie a los aperitivos, uno siente un ligero malestar.

Volvemos a insistir en que nosotros no estamos preparados para analizar las cualidades nutricionales de la cal. Por ello, me gustaría dejar claro que desde este blog mantenemos una confianza absoluta en los procesos industriales de elaboración masificada de los alimentos, y por tanto confiamos en que las multinacionales que fabrican estos productos van a tener la amabilidad de no interponer contra nosotros ninguna demanda millonaria que pueda destruir nuestras vidas y nuestras exiguas haciendas. Pero reconozcamos que esta confianza en el fabricante colisiona en cierto modo con nuestras aprensiones personales.

Mi mujer y yo, al ver en aquel momento cómo se añadía cal a la masa de los nachos, nos miramos con aire de estupefacción y nos pusimos en lo peor, y eso es algo que no conviene hacer nunca. Si se abre la puerta a la ensoñación alimentaria, uno tiende a asustarse y puede tomar decisiones tan descabelladas como comenzar una alimentación basada exclusivamente en el consumo de berros y borrajas, que deben de ser sanísimos pero que, tal y como está la cosa, puede que lleguen a la frutería maravillosamente barnizados con una manita de ácido clorhídrico, también conocido como salfumán, elemento gastronómico delicioso que hasta ahora se usaba para el tratamiento y galvanizado de metales y para el curtido de cueros.

Ustedes se ríen, pero todo puede ser.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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