Las series infantiles (IV): Caillou

Caillou es una serie canadiense de dibujos animados que trata sobre las cosas del día a día de un niño calvo de cuatro años (cuyo nombre es precisamente Caillou). El niño tiene una hermana pequeña, unos padres muy eficientes y un gato. Las aventuras de Caillou son muy poco aventureras, si se me permite la expresión: consisten en el desarrollo de actividades perfectamente normales (ir al zoo, a la nieve, a merendar, a volar una cometa, etc.), unas actividades que cualquier niño encara con la candidez y la sorpresa propias de su edad; en el caso de Caillou, la candidez es tan exagerada que da paso a la indefensión.

Porque debemos decir que Caillou es un niño con poco nervio que se ve superado por los acontecimientos y que se lleva casi siempre unos chascos morrocotudos. No hay capítulo de la serie en el que este chaval no quede absolutamente decepcionado o deprimido por las cosas que le pasan o por los impedimentos que sus padres le ponen para llevar a cabo cualquier actividad medianamente habitual en un niño de cuatro años, que como todos sabemos es una edad en la que los niños son unos terroristas incorregibles. En este sentido, la serie es muy útil de cara a que el espectador infantil se dé cuenta de que el mundo es un lugar tenebroso en el que a todas horas se producen fenómenos devastadores o se dan prohibiciones dictatoriales; habría que discutir si los niños tienen que enterarse de estas enormidades en una fase tan temprana de sus vidas o si es mejor que lo vayan descubriendo poco a poco, a base de pequeños sinsabores, como se ha hecho durante muchos años.

El formato de la serie es también razonablemente tétrico. No hay muchas bromas, ni grandes momentos de esparcimiento despreocupado: durante la mayor parte del tiempo, Caillou vive en la sistemática de su hogar, que es aparentemente idílico pero que esconde el tenebrismo de la lógica calvinista. Los padres de Caillou no dudan a la hora de comunicarle a su hijo las peores noticias sin excesivos matices, a lo vivo, con el consiguiente impacto en el espíritu infantil del protagonista.

Estéticamente, la serie no tiene gran atractivo. Los personajes son poco agradables y bastante inexpresivos, y la animación es, en mi opinión, deficiente. En concreto, los rasgos faciales de todos los personajes son tan reducidos que es difícil adivinar qué les pasa; el gato, por ejemplo, tiene un aspecto muy confuso, más parecido a alguna alimaña austral que a un felino convencional.

Por resumir el tono general de Caillou, diremos que este programa es uno de los más lóbregos que cualquier niño pequeño puede echarse a los ojos.

Ahora bien: esta serie es, como todas las que estamos analizando aquí, un éxito indiscutible que se ve por todo el mundo. Y, en el caso de Caillou, mi teoría es que esta serie triunfa pese a sus connotaciones lúgubres por una razón muy concreta: su sintonía musical. La entradilla de esta serie tiene una música muy bien pensada y perfectamente orquestada y arreglada, dentro de un minimalismo adecuadísimo. De hecho, podemos arriesgarnos a decir que esta canción que oímos en los títulos de crédito de Caillou es la mejor y más pegadiza sintonía de la parrilla infantil actual, y afirmamos con rotundidad que esta melodía se incrusta decisivamente en nuestro cerebro hasta el punto de que niños y padres la tararean de manera obsesiva, y a menudo contra su voluntad. La canción de Caillou le persigue a uno durante buena parte de su vida, y a veces uno cree que se ha librado de esa maldición y la melodía vuelve de pronto, en los lugares menos apropiados y delante del interlocutor equivocado. Puede ocurrir que, en mitad de una vista oral de un juicio por tráfico de armas y, ante las preguntas del fiscal, el acusado llegue a responder cantando la canción de Caillou.

La prueba de que esta canción es esencial para el éxito de la serie puede llevarse a cabo muy sencillamente: ponga usted a un niño pequeño delante de la televisión y enchúfele al chaval un episodio de Caillou; durante la sintonía, el niño se revolverá de excitación y alegría, dominado por el influjo mágico de la música . En cuanto la canción termine y las decepciones y las desgracias de Caillou comiencen, el joven espectador empezará a mirar a las musarañas y se mostrará dispuesto a emprender cualquier otra actividad lúdica, generalmente de índole destructivo, y ajena a la emisión de Caillou. Puede que exista algún niño que quiera seguir viendo tan desgraciada serie televisiva, pero sería conveniente que, una vez termine Caillou, alguien se preocupe de jugar con el niño a algún juego positivamente alegre, de cara a que nuestros hijos vayan viendo que, después de todo, el mundo no es un lugar tan sombrío.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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