Las series infantiles (III): La Casa de Mickey Mouse

Hablemos hoy de La Casa de Mickey Mouse. Esta serie se emite, como se puede adivinar, en el Disney Channel. Se trata de un programa moderno en el que comparecen personajes absolutamente clásicos de la compañía, como son Mickey Mouse, Pluto, Goofy, el pato Donald y demás. La serie está hecha íntegramente por ordenador, dentro de la dinámica actual de aprovechamiento de las tecnologías punteras. Este programa se desarrolla en la famosa casa de Mickey, una casa con grandes orejas en el tejado de la que parten los personajes para completar una serie de desafíos menores; de cara a conseguir completarlos, Mickey y sus amigos disponen de un ordenador potentísimo que les proporciona objetos útiles y disfrutan además de la ayuda de un aparato volador absurdo de poderes sobrenaturales llamado Doodles, a quien invocan cuando la cosa se pone fea.  En realidad, el esquema argumental de esta serie es el mismo que el de Dora la Exploradora (aquí la mochila y el mapa son sustituidos por los dos artefactos ya mencionados), y ambos programas comparten la pedagogía mostrenca y el ritmo somnífero. En ambos programas se formulan diferentes preguntas a la audiencia, preguntas que los niños van contestando.

Al ver La Casa de Mickey Mouse, los adultos con cierto sentido de la realidad nos enfrentamos con el problema de la memoria afectiva. Todos hemos visto los viejos cortos de Disney protagonizados por estos personajes y realizados entre los años 1928 y 1955. En aquellas películas, el estudio norteamericano llevaba a cabo un despliegue de talento artístico e imaginación difícilmente imitables. Los animadores clásicos de Disney eran una escuadrilla de genios absolutos con una gracia y un conocimiento del espíritu humano que, lamentablemente, no aparecen por ningún sitio de La Casa de Mickey Mouse. La animación de esta nueva serie es, en términos abstractos, muy pobre, y si la comparamos con la de los dibujos clásicos de Disney es directamente una fuente de vergüenza ajena y de lamentación. Disney ha abandonado la animación manual (por un problema de costes económicos) y ha optado por la subcontratación de este trabajo a un regimiento de programadores informáticos coreanos que han puesto el piloto automático, con los resultados de estatismo y robotización que todos podemos contemplar.

Y esa robotización ha llegado también al guión. En esta serie, los personajes han perdido sus rasgos distintivos y se han convertido en androides sin personalidad, perfectamente intercambiables entre sí: Goofy no es ya un gandul despistado; Donald ya no tiene mal genio ni sufre arrebatos de actividad furibunda; Pluto es una réplica petrificada de su antiguo ser. Todos comparten una lobotomización general que les hace recitar por riguroso turno diálogos aburridísimos, glaciales, dirigidos exclusivamente a hacer avanzar una acción espesa que conduce hacia la consecución del reto planteado al principio. La música tampoco acompaña: es curioso comprobar cómo los ajustes financieros en este ámbito son comunes a casi todas las series, en las que en términos generales estamos escuchando canciones literalmente intolerables.

Una vez constatada la decepción completa que a un adulto normal le genera esta serie, hay que ver si gusta o no a los niños, y por lo visto los niños la siguen con atención. El aspecto estético de estos personajes, que es muy parecido al que tenían cuando fueron creados hace noventa años, es de un atractivo tal que cualquier niño se queda prendado mirándolos, aunque estos personajes estén animados con la falta de recursos y la pobreza con la que aparecen en La Casa de Mickey Mouse. Esto nos lleva a darnos cuenta con mucha pena de que, desde un punto de vista empresarial, la corporación Disney acierta cuando ha decidido reflotarlos en un formato tan cutre como éste: los personajes tienen todavía un magnetismo visual indudable, y Disney utiliza este magnetismo para atrapar a los niños ante el televisor, gastándose además en esta labor cantidades ínfimas de dinero, que es lo que le cuesta mantener a su infantería de animadores coreanos y a su equipo de guionistas rígidos.

Romanticismo aparte, a los niños les gusta La Casa de Mickey Mouse. Ante esta realidad insoslayable, poco más podemos decir.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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