Las series infantiles (II): Pocoyó

Pocoyó es una serie española de éxito internacional que todo el mundo conoce. El protagonista es un niño pequeño que va vestido de azul y que tiene varios compañeros: Pato, que es (lógicamente) un pato, más bien taciturno; Elly, que es una elefanta rosa con tendencia al baile y a jugar con muñecas; Pajaroto, que es un pájaro somnoliento y que aporta más bien poco; Loula, un perro que es la mascota de Pocoyó; Pulpo, que es un octópodo de color rojo, y que es un juerguista y un liante; y, por último, unos marcianos esféricos que realizan espectáculos circenses.

La serie tiene buen ritmo y presenta un aspecto estético formidable, pero en ella se observan ciertos problemas de perspectiva relativa y de lógica elemental: el pato es más alto que el niño y casi igual de alto que el elefante; el perro es más pequeño que el pato y actúa como un perro real (a diferencia del pato y el elefante, que son antropomórficos y que realizan actividades humanas). Todos estos disparates conceptuales son tradicionales en el mundo de los dibujos animados desde los inicios de Disney en los años 20 del pasado siglo (en el caso de Disney, tenemos la paradoja extrema de que en el mismo espacio conviven dos perros : uno -Pluto- es un perro en sentido estricto, y se comporta como tal, y resulta que Goofy –que también es un perro- sin embargo va vestido, camina a dos patas y habla).  En consecuencia, no parece que estos disparates de Pocoyó tengan connotaciones negativas; son asumibles por cualquier niño.

De todos los personajes citados, el único que de vez en cuando dice algo es Pocoyó, aunque lo hace de acuerdo con su edad teórica (yo diría que Pocoyó tiene entre año y medio y dos años). El resto de intervinientes en la serie no dice nunca una sola palabra, y las tramas deben sustentarse en una magnífica voz en off que nos informa de lo que va pasando. La voz en off es también necesaria porque esta serie no tiene ningún escenario concreto, sino que se desarrolla en un fondo blanco al que de vez en cuando se le incrusta algún detalle descriptivo del paisaje, y tanta blancura resulta confusa. Debemos decir que la confusión inducida es en realidad el mayor problema de esta serie, que por otra parte es una serie de gran calidad técnica: la animación es fabulosa, y el diseño de personajes es brillante, pero el fondo blanco perpetuo y los constantes cambios de punto de vista generan problemas de seguimiento del hilo argumental. Sospecho que este problema perturba más a los adultos que a los niños; los niños pequeños se sienten atraídos de manera natural por la simplicidad y por el diseño colorista de los personajes, y no se plantean adónde van éstos o qué hacen. Por ello, creo que Pocoyó es una serie que gusta más a los niños de entre uno y dos años que a los que tienen más de tres años de edad, a los que los simples colorines impresionan algo menos y que demandan una mayor claridad narrativa.

Debemos añadir que, de la misma forma que ocurría con Dora la Exploradora, en Pocoyó se ve una gran preocupación por el bilingüismo (hay una parte titulada “Let’s Go, Pocoyo” que es íntegramente en inglés, con la voz del gran actor británico Stephen Fry) y se ve también una preocupación casi nula por la música, dado que las canciones que se escuchan en Pocoyó son prácticamente igual de ratoneras e insufribles que las de la serie de la exploradora (aunque al menos en Pocoyó nadie desafina tanto como el pobre mono Botas). También en Pocoyó hay interpelaciones al público, aunque menos frecuentes y mucho mejor resueltas. Comparado con el ritmo soporífero de Dora, el de Pocoyó es un ritmo frenético y parece el de una película del actor chino Jackie Chan.

En definitiva, los dos rasgos más interesantes de esta serie son, en mi opinión, su apuesta por el entretenimiento poco pedagógico (aunque sí que percibimos determinados mensajes relativos a la amistad, el orden, el sentido del deber, etc, pero sin caer en la tufarra frigorificada que por ejemplo se ve en Dora); y, como segundo rasgo distintivo, hay que admirar la vocación comercial universal de esta serie: no hay ningún rasgo de particularismo regional, ni se ve por ningún sitio que es una serie española. Eso no es necesariamente un acierto o un mérito, pero sí lo es cuando se pretende vender la serie por todo el mundo, cosa que, por lo que se ve, está consiguiéndose.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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