Roger Ebert

Esta mañana han fallecido dos mujeres de padre y muy señor mío: Margaret Thatcher y Sara Montiel. Ambas señoras eran conocidísimas y durante estos días surgirán miles de epitafios laudatorios de sus vidas. Dentro del género funerario, a mí me gustaría hablar, en cambio, de otra muerte menos relevante y que en España ha pasado desapercibida. La semana pasada murió Roger Ebert, que ha sido durante los últimos 46 años el crítico de cine del diario estadounidense Chicago Sun Times. Sus críticas se publicaban semanalmente en ese periódico y en otros 200 periódicos locales de Estados Unidos de forma sindicada. Es el único crítico de cine ganador de un premio Pulitzer. Tuvo durante veinte años un programa de televisión semanal con su colega Gene Siskel (crítico del otro periódico de Chicago, el Tribune) titulado Siskel & Ebert At The Movies, programa que fue líder de audiencia y en el que ambos críticos se enzarzaban en discusiones y broncas sobre películas, siempre dentro de unos parámetros de camaradería amistosa verdaderamente admirable. Hace unos diez años, Ebert se convirtió en el único crítico al que se le ha concedido una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Barack Obama ha remitido una nota a los medios de comunicación lamentando su muerte y ensalzando su figura.

Como se puede adivinar leyendo todo esto, este señor no era un crítico corriente, y no lo era por varias razones. Estaba desprovisto de todos los tics que caracterizan al crítico profesional: sus críticas no tenían nada de engolamiento, rencor, arbitrariedad o pedantería, ingredientes habituales de este género ensayístico. Ebert no era un cineasta frustrado y no tenía que ajustar cuentas con nadie: escribía literalmente sin prejuicios, buscando lo bueno que cualquier película pudiera tener por muy espantosa que fuese.  Sus juicios se basaban no en sus gustos personales sino en la relación entre objetivos propuestos y objetivos alcanzados por el autor de la película en cuestión, lo que hacía que muchas veces Ebert pudiera elogiar una película que a él le había parecido horrorosa; por ejemplo, podía ensalzar cualquier film chapucero de terror siempre que fuera un buen film chapucero de terror, bueno en su género, que cumpliera las chapuceras expectativas de entretenimiento a las que la película aspiraba. En eso, que es un síntoma de inteligencia y de vocación de servicio al lector, Ebert es un crítico pionero.

Además del talante a la hora de escribir, es importante resaltar en la figura de Ebert la búsqueda de la simplificación del estilo. El estilo de Ebert era el de la precisión en el adjetivo, que es siempre lo más difícil.  A Ebert le entendía cualquiera, y, en este sentido, Ebert era un escritor formidable.

Por último, está la manera de ser de Ebert. Ebert era una persona cálida, cercana y que, pese a tener una cultura y un conocimiento inmensos, sabía estar a la bajura de las circunstancias, por así decirlo. Sabía ser accesible. Era un crítico sin enemigos, cosa evidentemente anómala y casi milagrosa, y ha muerto después de sobrellevar con una sonrisa durante diez años la carga de una variedad de cáncer especialmente insoportable (con todo el respeto para todos los cánceres).

El mejor ejemplo de lo que estoy diciendo lo constituye un hecho sin precedentes. El director de cine Terrence Malick, autor de Días del Cielo, Malas Tierras, La Delgada Línea Roja o El Árbol de la Vida, entre otras películas, es un hombre siniestro. Vive desaparecido, no da entrevistas, no se saca fotos y sus películas están impregnadas de la nebulosa que por lo visto es la base de su personalidad misantrópica. Un hombre absurdo con una obsesión demostrada por la reserva y la privacidad. Pues bien: este señor acaba de salir de sus cuarenta años de encierro y ha emitido un comunicado a través de su agente diciendo que se encuentra muy triste por la muerte de Ebert y que le recordará siempre con gratitud: “Ebert era un hombre generoso, de trato cálido, de espíritu animoso; un hombre digno de admiración cuya bondad nunca podrán olvidar todos aquellos a quienes marcó con su enorme talento”, ha dicho, suponemos que con mucho esfuerzo, el señor Malick.

Ahí queda eso.

PD: En la página web http://www.rogerebert.com están almacenadas con libre acceso todas las críticas de Ebert desde 1967. Mi sugerencia es que se pasen ustedes por allí y vean lo que es bueno.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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