El presidente de Corea del Norte

Hablemos del presidente norcoreano. Este joven dirigente, de nombre impronunciable, está poniendo patas arriba el equilibrio diplomático de los países de la zona y va lanzando amenazas muy concretas a los Estados Unidos, merced a una determinada cantidad de misiles nucleares que al parecer Corea del Norte tiene listos para el lanzamiento, dirigidos a una serie de islas del Pacífico que son territorio nacional estadounidense. Por mucho que uno busque, no es fácil descubrir cuáles son las demandas específicas que Corea del Norte exige a cambio de renunciar a sus afanes destructivos, lo cual hace que el problema sea todavía más gordo.

Para los que no tenemos ni idea de nada, el conflicto que existe entre las dos Coreas desde finales de los años cuarenta parece incomprensible. Sólo sabemos que el resultado de este conflicto es muy concreto: vemos por la televisión a coreanos de uno y otro lado y, siendo como son todos miembros de una misma cultura, el aspecto que tienen y la manera en la que se expresan no pueden ser más diferentes. Sale el ministro correspondiente de Corea del Sur y vemos a una persona trajeada al estilo occidental que se dirige a la cámara con un tono sosegado; en cambio, cualquier imagen que vemos de Corea del Norte tiende a lo bufo. Vemos desfiles impresionantes de multitudes disfrazadas de militar que rodean a un misil y lo llevan como si fuera un paso de la Semana Santa sevillana; aparecen presentadoras de televisión que leen a gritos comunicados amenazantes dictados por las altas esferas. Y luego está el señor presidente del país.

Este líder máximo es un muchacho de carrillos llenos y de pelo electrificado que aparece siempre rodeado de un gabinete de adoradores que, por lo visto, no le chistan. Presidente y comitiva van a los lugares más remotos a inaugurar estatuas gigantescas que representan al propio líder en versión estilizada e ideal. A veces el caudillo aparece presidiendo sesiones de coros y danzas o maniobras militares playeras que, con todo respeto, parecen realizadas por soldados aficionados o reservistas. Porque hay que decir que Corea del Norte tiene más de un millón de soldados profesionales y más de cuatro millones de reservistas rurales, todos dispuestos, por lo visto, a entrar en combate contra los Estados Unidos. En consecuencia, y aunque las imágenes nos dan una impresión de país de opereta chapucera, estamos ante un problema morrocotudo, porque es un país que no tiene un afán primordial por conseguir nada negociando, sino que, por lo visto, lanza sus amenazas por determinadas inclinaciones megalomaníacas del rechoncho líder, y además no parece que haya ningún norcoreano con ánimo de llevarle la contraria a este señor, no sea que la discusión acabe de mala manera.

Pese a las peculiaridades rocambolescas de Corea del Norte y a pesar del especialísimo cardado capilar de su líder, me temo que esta película ya la hemos visto y que estamos ante el clásico caso en el que el país absurdo y dictatorial puede despacharse con las mayores enormidades y, en cambio, Estados Unidos ha de mantenerse en la formalidad legal y democrática más escrupulosa, sin caer en la provocación. Es curioso cómo desde Occidente tendemos a respetar a cualquier país absurdo de costumbres retrógradas y, en cambio, a Estados Unidos no le pasamos ni una. También es sorprendente que, cuando eventualmente cae el líder disparatado de alguno de estos países, la población local siente un moderado alivio y, si se lo permiten, tiende a abandonar las costumbres ancestrales y respetabilísimas y adopta en cuestión de minutos unos hábitos absolutamente occidentales, de un imperialismo yanqui completamente retrógrado. 

Si eso ocurre en Corea del Norte (cosa que está por ver), volveremos a sorprendernos. Con lo felices que parecían desfilando alrededor de un misil.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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