El ambientazo

Aquel observador que visite hoy las oficinas españolas de cualquier empresa de gran tamaño se encontrará con un paisaje de contornos bien definidos; este panorama oficinesco se caracteriza por el miedo. Es conocido que las grandes compañías fueron creciendo con exuberancia y poderío durante los años del desmelene, pero parece ser que de repente alguno de los responsables de esa política inflacionaria ha pensado que el tamaño de las estructuras burocráticas es excesivo, y en consecuencia ha decidido reducirlo todo. Normalmente esta decisión se toma dentro de las más oscuras dependencias de la pirámide, y a partir de ahí se va filtrando despacio un aroma a gas ciudad por los quicios de las puertas: generalmente, en estas grandes empresas no hay explicaciones iniciales, y en cambio empiezan a escucharse rumores de reducción muy poco a poco, y eso trae consigo los efectos secundarios que pueden adivinarse: inquietud, suspicacia, competencia interna y agrupamientos en camarillas alrededor de determinadas personas que parecen intocables (por si esa proximidad consigue que se salve la camarilla entera). Todo esto paraliza aún más a la estructura, que ya venía parándose poco a poco.

Por desgracia, las empresas pequeñas no son víctimas de tales situaciones, ya que en una empresa pequeña todo el mundo está medianamente enterado de lo que se factura, y, cuando llega la defunción, los empleados rodeaban al enfermo en el lecho de muerte y conocían al detalle el cuadro médico fatal. En una empresa grande, por el contrario, la aglomeración de cubículos aislados impide que cada empleado obtenga una foto global, y además estas grandes corporaciones tienen una inercia de funcionamiento que da un barniz de normalidad a lo que tal vez ya no sea normal. Por tanto, estamos en un momento en el que al deterioro de la actividad y de los resultados se une el miedo cerval al porvenir particular, que transforma al individuo en un ser desconfiado y capaz de cualquier cosa. El individuo deja de tener amigos dentro de la compañía y pasa a un estado paranoico en el que la manía persecutoria y el terror obturan los conductos cerebrales, provocando que el rendimiento laboral se atrofie irremediablemente y que, en consecuencia, este empleado pase a la categoría de prescindible con razón, ya que empieza a no funcionar.

Paralelamente, se da la circunstancia especialísima de que los grandes rectores de todo este tráfico toman ahora las decisiones en este sentido adelgazador con el sigilo que ya hemos comentado, mientras que en su día tomaron unas decisiones expansivas en sentido contrario con gran aparato de trompetería. Esta dinámica es evidentemente heroica y tiene su mérito, porque además vemos que se pueden tomar decisiones opuestas con total coherencia y sin gran riesgo para quien las toma. Hay determinados elementos de la pirámide que flotan en cualquier marejada pase lo que pase. Algunos de ellos se preocupan por los demás y verdaderamente se sienten responsables; otros muchos permanecen en su papel de boyas flotantes sin el menor remordimiento.

Unos y otros resistirán y, en un futuro cercano, podrán contemplar el curioso panorama de ser dirigentes sin tener a nadie a quien dirigir.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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