La toxicidad de Gandía Shore

Ayer tuve la extraordinaria fortuna de disponer de un rato nocturno para ver un programa de la MTV española que se llama Gandía Shore. A estas alturas se entiende que los televidentes conocen este programa porque, entre otras cosas, la emisión está obteniendo unas audiencias elevadísimas. Este show es una réplica literal del norteamericano Jersey Shore, programa en el que unos jóvenes de Nueva Jersey se juntaban en una casa durante varios veranos y en el que se nos hacía una descripción completa de su convivencia. Las novedades fundamentales que aportó Jersey Shore al panorama televisivo son dos: que ha tenido varias temporadas con los mismos participantes (con lo cual se consigue un vínculo indiscutible con la audiencia), y que además es un reality en el que no hay ganadores ni perdedores (no es un concurso), con lo que los participantes están más sueltos y en teoría se comportan sin la presión de hacer pactos, sin tener que buscar la salvación de la audiencia, y, en definitiva, dejando entrever su esencia más pura como personalidades televisivas. Jersey Shore ha sido un fenómeno impresionante que ha salido del microcosmos italoamericano descrito en el programa y que se ha impuesto en todo el mundo.

Gandía Shore es eso, pero llevado a la decantación máxima. En Gandía Shore la vulgaridad desborda la pantalla y le envuelve a uno. Los concursantes son verdaderos especímenes concentrados de lo choni; sus modales son indescriptibles, y su lenguaje es perfectamente descriptible (aunque irreproducible). Mantienen conflictos que en general provienen del problema de la cópula, el problema del yacer, que en el caso de estos jóvenes es un problema más bien poco problemático, dada la frecuencia con la que lo llevan a cabo. El programa da a estos jóvenes una ocupación diaria, que es la gestión de un chiringuito playero, y dentro de esta labor hay algunos concursantes que se escaquean y hay algún otro que tiene presente la necesidad de trabajar y la conveniencia de hacerlo bien; todo esto, por desgracia, es un asunto menor en el programa, porque ya digo que la miga del show es la pelea diaria sobre quién se lía con quién y quién se trae a casa a quién; una casa, por otra parte, en la que el desorden y la suciedad son de tal magnitud que hay un olor sugerido que se transporta por las ondas y que llega a nuestros hogares, en lo que podemos definir como el siguiente paso audiovisual tras el 3D, una especie de Odorama sensorial de una sugestión tremenda. El impacto que este programa puede tener sobre la juventud de hoy no es fácil de determinar, pero habría que ver cuántos lo ven con distancia e ironía, riéndose, y quiénes lo siguen, en cambio, como una religión, sin ningún sarcasmo, y aspirando a ser un habitante más de la casa. Cuantificar los porcentajes de una y otra sección de la audiencia podría describirnos hacia dónde nos lleva la sociedad de hoy.

Pero hay una cosa que sí quiero señalar, y que de verdad me produjo un impacto considerable; como ya he dicho, las barbaridades se suceden sin freno en Gandía Shore, y se nos presentan sin ninguna cortapisa, en toda la cara. Sin embargo, hay una excepción: cuando los protagonistas fuman, la dirección del programa les pixela el cigarrillo, lo censura, lo borra de la imagen. Por lo que se ve, el consumo de tabaco no puede emitirse en televisión. A mí eso puede parecerme mal o bien, pero a mi entender el consumo de cigarrillos puede que sea la actividad menos nociva de todas las que se desarrollan en Gandía Shore, y pese a ello es la actividad censurada. Hemos visto insultos gravísimos, amenazas, desquiciamiento absoluto, actitudes insalubres variadas, y lo único que se censura de todo ello es el pitillo. Eso me recuerda a cuando en los programas del corazón se pixela la cara de un niño para protegerle mientras se habla de él durante horas, relatando auténticas barbaridades.

Son dos ejemplos de la distorsión a la que estamos sometidos: todo vale para conseguir el beneficio económico televisivo, siempre que respetemos la corrección política mínima. El pixelado es el salvoconducto para la desmesura.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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