El fantasma de Robert Redford

Robert Redford acaba de visitar España presentando alguna película. Como corresponde a esa misión de propaganda, el actor y director estadounidense ha aparecido en determinado photocall y ha saludado al público. Las imágenes del acontecimiento se encuentran al alcance de cualquiera: a la vista está que el señor Redford se ha operado la cara, se tiñe el pelo de color butano y presenta, en definitiva, un aspecto monstruoso. Estamos hablando de un hombre de setenta y seis años de edad, multimillonario, que además ha pasado siempre por ser una de las personas más reflexivas, ponderadas e inteligentes de lo que llamamos Hollywood; pues bien, mírenle ustedes y díganme qué opinan. En virtud de las grapas o cualesquiera otras aplicaciones fijativas que se le han colocado en los costados del rostro, este señor sonríe irremediablemente y abre los ojos con asombro perpetuo, con el aspecto de permanecer subido en alguna moto y circulando a gran velocidad. Redford constituye hoy una presencia fantasmagórica, e incluso se diría que no parece Redford; este señor se ha encargado de eliminar su parecido con sí mismo, lo cual tiene que ser una desgracia, viendo que durante cuarenta años la presencia de Robert Redford era un agente infalible de licuefacción de los espíritus femeninos. El mantenimiento de una cara más de acuerdo con su edad y con su anterior rostro probablemente habría sido un modesto acierto, dicho sea desde el respeto máximo.

En este sentido, Robert Redford está demostrando que la fama y el dinero no son impedimentos suficientes para que lleguemos a la edad madura y generalmente comencemos a hacer el ridículo con total desfachatez y con una insistencia pavorosa. Redford está comunicándonos mediante su nueva cara de sorpresa que la vejez nos iguala a todos y que al parecer hay una cuota obligatoria de insensateces que deben llevarse a cabo a determinadas edades más o menos avanzadas: algunos se enamoran de jovencitas, otros empiezan a salir a bailar bachatas y merengues y muchos deciden dejar de lado la urbanidad y la sociabilidad y convertirse en seres de trato imposible.

Ahora bien: hay incontables pruebas de que también los jóvenes que son ricos y famosos cometen imprudencias sin sentido: recientemente he podido ver una foto de la cara que desde hace algún tiempo le han colocado a la actriz australiana Nicole Kidman. Hace unos años, esta mujer estaba entrando en la cuarentena con su aspecto de siempre, que en mi modesta forma de ver las cosas era un aspecto majestuoso y glacial, una estampa femenina de lo más interesante, y súbitamente alguna persona equivocada le aconseja que embalsame su cara y que se coloque determinados productos cárnicos en los labios. La actriz lo hace y el error es gigantesco e irreversible. Nicole Kidman,  que es una mujer joven, ha acabado con su carrera: al parecer, desde que la señora Kidman parece su propia versión del Madame Tussaud’s, esta actriz sólo recibe encargos para realizar papeles absurdos en producciones fracasadas. Recuerdo haberle visto con su nueva rigidez facial en una película sobre pioneros australianos del siglo XIX, película en la que su rostro sintético era un factor de perturbación anacrónica insuperable.

He aquí, por tanto, dos ejemplos asombrosos de conductas que prueban la vulnerabilidad de la confianza humana y los problemas inabarcables de percepción que todos tenemos. Dos personas con posibilidades de mantenerse en una cómoda normalidad estética que, sin embargo, han optado por la locura. Si ellos, teniéndolo todo, han actuado así, no quiero pensar en la enorme cantidad de locuras humillantes que acabaremos cometiendo los demás.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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