Fumar tiene que ser malísimo

Acaba de salir un informe de una institución que se llama Centro de Estudios sobre el Alcohol y las Adicciones, perteneciente a la Brown University en Rhode Island (EEUU); el informe concluye que, muy probablemente, fumar durante una borrachera aumenta la intensidad de los subsiguientes síntomas de resaca. En el documento se explica que “después de observar a bebedores de la más diversa tipología, hemos comprobado que las personas que fuman y beben tienen más posibilidades de tener una resaca o de sufrirla con más virulencia que aquellos que no fuman”. La investigadora Damaris J. Rohsenow, jefa del proyecto, dice que “existe la percepción errónea de que una resaca, aparte de lo mal que te hace sentir durante un tiempo limitado, no tiene más consecuencias, pero no es así: la resaca afecta a la atención y el tiempo de reacción a corto plazo, por lo que conducir o trabajar en determinados puestos con resaca pone en peligro las condiciones de seguridad”.

Correcto. La resaca es una cosa muy desagradable que, como bien avisa la señora Rohsenow, merma de manera dramática las facultades de los resacosos. Por otra parte, cualquier persona que haya fumado mientras bebía más alcohol del recomendable sabe perfectamente que los cigarrillos provocan un aumento exponencial de la intensidad del malestar de la resaca correspondiente. Si uno fumó mucho la noche anterior, hoy le duele más la cabeza, le duele más la garganta, tiene más carraspera y, en general, uno se deprime más y se considera a sí mismo como una piltrafa inútil.

Lo impresionante de este estudio es que, por lo que parece, el documento no aporta explicaciones técnicas sobre este fenómeno que acabamos de describir: se limita a constatarlo, pero no acompaña esa constatación con descubrimientos moleculares fabulosos, ni con el aislamiento químico de ninguna partícula que sea la que provoca el dolor de cabeza tremendo. De ninguna manera: aquí se han limitado a hacer una encuesta y se han publicado las conclusiones; así de simple. Las conclusiones del estudio son leyes que la gramática parda y el alcoholismo ocasional se han encargado de publicitar recurrentemente desde hace siglos. Además, estas conclusiones del estudio están formuladas con una superficialidad pasmosa: a estos señores norteamericanos sólo les ha faltado decir que el tabaco deja un olor infecto en los sitios cerrados, que los licores dulces empalagan o que, para tener una resaca más llevadera, es conveniente comerse un bocadillo de lomo adobado justo antes de volver a casa tras una noche loca en las fiestas del pueblo.

Sabemos que las universidades norteamericanas son proclives a la publicación de algunos estudios que suelen tener una buena dosis de comicidad involutaria; afortunadamente para ellos, en Estados Unidos las universidades son en su mayoría privadas, con lo cual el dinero que se gasta en estas cosas suele ser un dinero que ha sido entregado voluntariamente a la institución por parte de determinadas personas particulares. Este patrocinio privado es el salvoconducto para que las universidades pongan en práctica su independiencia y publiquen así informes tan ridículos como éste que hoy estamos comentando. Lógicamente, ese patrocinio también provoca que paralelamente estas mismas insitituciones faciliten el sustento necesario y el medio ambiente idóneo para que una serie de sabios tremendos lleven allí una vida magnífica, una vida entregada a la ciencia de altura, y realicen descubrimientos fabulosos que suelen ser premiados con el Nobel en sus diferentes categorías. Este sustrato activo de conocimiento y de práctica que tienen las universidades norteamericanas no es comparable con nada por el estilo en ningún otro lugar de la Tierra.

La paradoja está en la convivencia en el mismo campus entre un Nobel de Física y los autores del informe sobre la resaca. Concretamente, la Universidad de Brown en Rhode Island fue fundada en 1764 y, por lo que se ve, compagina la publicación de informes absurdos con la presencia de seis premios Nobel entre sus profesores históricos, y eso se debe seguramente a que Brown tiene un presupuesto superior a los 2.000 millones de dólares y un programa anual de becas de unos 90 millones de dólares. Por tanto, publican chorradas, sí, pero lo hacen con su propio dinero.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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