Se me ve el cartón

De acuerdo con la situación atmosférica y a consecuencia de la llegada de los calores del verano, me he cortado el pelo, y me lo he cortado bastante. En general, y por no ir continuamente a la peluquería, suelo cortarme el pelo pocas veces al año, y me lo dejan muy corto, pero esta vez la rapada ha sido intensa, y este corte ha dejado a la intemperie la creciente calva extendida en mi superficie craneal a lo largo de los años por culpa de la genética, el estrés, la mala alimentación o cualesquiera otros motivos.

La calvicie masculina tiene el inconveniente de que es dominante e imparable, pero tiene la ventaja de que es perfectamente tolerada en la sociedad actual (en este sentido, la calvicie femenina está mucho peor vista). La calvicie masculina, llevada con dignidad, es mucho más interesante que los desesperados intentos de ocultarla: cortinillas a lo Anasagasti, peluquines, esprays de polvos negros, injertos, etc. Todo ello resulta grotesco, y cualquier medida en ese sentido “canta” una barbaridad y explica mejor que cualquier otra cosa qué tipo de vanidad insegura caracteriza al hombre que ha decidido tomarla. Pocas cosas hay tan patéticas como aquellos hombres con cortinilla o bisoñé que, en virtud de la sugestión autoinducida, se creen que no son calvos. ¿Por qué?

En fin, que, con el reciente corte de pelo, mi calva, que ahí estaba, agazapada pero viva, sale hoy al sol y se despliega ante el mundo sin simulaciones y sin ninguna protección -lo que ha provocado que se me queme, por cierto-. Y resulta que hay determinada gente que se sorprende de verle a uno de repente tan calvo, cuando repito que ahí ha estado siempre la calva, quizá no tan evidente ni tan in your face como está ahora, pero en todo caso a disposición ocular de cualquier observador mediano. Al final, esto tal vez sea un ejemplo de que la gente no es especialmente aguda a la hora de fijarse en lo que le rodea, y he ahí la razón por la que todavía prosperan artificios tan burdos como el tinte abetunado, el trasplante capilar bochornoso y los liftings en la cara.

Frente a esta preocupación delirante por el aspecto externo (preocupación que le lleva a uno a tener un aspecto mucho peor que el que tenía al principio), estamos aquellos que creemos en la palabra y en el gesto como instrumentos de seducción, y que pensamos que el atractivo está en la naturalidad y en la ironía. Hay que decir que, como es lógico, quienes pensamos esto somos personas calvas, miopes o gordas.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

One thought on “Se me ve el cartón”

  1. Me has hecho reir bastante. Es un caso calcao al mio y me he sentido identificadISIMO. Es así, tal como hablas, jajaja, “in your face” si señor.

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