La semana pasada murió Sergio Blanco, que es el Sergio del dúo musical Sergio y Estíbaliz. Según todos los testimonios que existen, este señor era un buen cantante y una persona cariñosa y amable que permaneció toda su vida incrustado en un microcosmos especialísimo que ha sido el clan de los Uranga. Los Uranga eran nueve hermanos de Bilbao de los que al menos siete (Amaya, Roberto, Izaskun, Idoia, Edurne, Estíbaliz e Iñaki) han sido cantantes profesionales, fundamentalmente como miembros de tres grupos: Voces y Guitarras, Mocedades y El Consorcio. Estar ante una acumulación de talento familiar masivo es una experiencia fabulosa; la familia de mi suegro, por ejemplo, es una familia de tenores y pianistas de una categoría impresionante cuya contemplación le deja a uno admirado. Lo que pasa es que el asunto de los Uranga tiene seguramente muy pocos precedentes, porque ha habido muchas familias ilustres de músicos pero no creo que con este cariz tan multitudinario. Y pocas, desde luego, con este éxito popular.
De entre todos estos Urangas hay dos voces que han destacado especialmente, y son las voces de Estíbaliz y de Amaya. Estíbaliz, conocidísima en todo el mundo gracias a la pareja artística y sentimental que formaba con el recién fallecido Sergio, es una soprano con un timbre de voz cristalino y unas facultades muy por encima de los estándares de la música pop. Estíbaliz es una de las dos o tres cantantes verdaderamente importantes que ha habido en la música popular española de los últimos cuarenta años, pese a que no estamos ante una cantante pirotécnica ni desgarrada, sino ante una cantante simplemente formidable que se limitaba a no exhibirse y a interpretar una canción sin exageraciones. El único problema de Estíbaliz no es un problema específico de Estíbaliz como cantante maravillosa (que lo es) sino que más bien es un problema externo y sobrevenido. El problema de Estíbaliz era su hermana Amaya.
Porque hemos dicho que Estíbaliz ha sido una de las grandes voces, pero no hemos hablado de Amaya. Amaya fue la solista principal de Mocedades en sus años de mayor éxito. Doy por hecho que cualquier lector que entienda nuestro idioma conoce y ha escuchado alguna vez las canciones clásicas de Mocedades y que en consecuencia este lector conoce y ha escuchado alguna vez la voz de Amaya Uranga (y, si no lo ha hecho, tiene Youtube a su alcance para ilustrarse). Quien haya escuchado la voz de Amaya en los años setenta sabe perfectamente que Amaya no ha sido una cantante convencional. Amaya ha sido otra cosa. En principio, Amaya era una especie de mezzosoprano y tenía facultades, registro y timbre como para impresionar a cualquiera, pero es que Amaya, además de tener todo esto, tenía duende, magia, pellizco y eso que solamente tienen los que no están en ninguna categoría convencional. La voz de Amaya va por unos carriles determinados que llegan sin obstáculo alguno al centro de la sensibilidad personal del espectador, siempre que este espectador no sea un destripaterrones completo o un insensible de cerebro rapado. Cualquiera que tenga cierta capacidad para sentir un poco de emoción acústica ha experimentado más de un momento de intimidad emocionante con la voz de Amaya Uranga. La voz de Amaya Uranga es idónea para ser escuchada en soledad porque en cualquier momento a uno pueden saltársele las lágrimas, cosa que, si pasa en público, puede generar una situación por lo menos incómoda.
Y además Amaya era un intérprete. Las letras de amores y desamores que escribían compositores como Juan Carlos Calderón para Mocedades andaban muchas veces bordeando los límites de la cursilería mas abrasiva, dicho sea esto con todo el respeto para Juan Carlos Calderón, que era un genio de la música pop. Pero estas letras trascendían su propia cursilería cuando Amaya las cantaba, porque Amaya habría podido emocionarnos cantando el listín de teléfonos. Amaya cantaba dando misterio a la letra de la canción por muy poco misteriosa que pareciera la letra. Ese misterio venía también por la propia vida personal de Amaya, que por lo que parece ha sido una vida con un componente importantísimo de nocturnidad. Amaya, en eso, se parece, salvando las distancias, a Billie Holiday, otra mujer portentosa de vida revuelta que cantando transmitía misterio y turbulencia.
Esta nocturnidad dolida de la voz de Amaya le alejaba del resto de sus hermanos. Ya hemos dicho que Estíbaliz es seguramente la Uranga con más facultades y de mayor categoría tímbrica, dentro de una línea familiar impresionante. Y los Uranga como conjunto vocal formaban un equipo inconfundible, un conjunto de una limpieza coral que no ha tenido rival. Pero por encima de todos, y por encima de cualquiera, estaba Amaya. Amaya es el fenómeno inaudito que rompe el coro angelical de los Uranga, la voz que se sale del molde lírico celestial de todos estos coros. Amaya estaba siempre por encima de las melodías y de las letras que ha cantado. En mi opinión, Amaya forma parte de una división que es la de los cantantes populares que pellizcan, en la que, en España, están muy poquitos, como por ejemplo Camarón de la Isla. Fuera de España están Sinatra, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Aretha Franklin, Van Morrison o Ray Charles; Amaya Uranga, con sus peculiaridades y sus limitaciones humanas, por ahí anda.
Se me dirá que todo esto es una exageración sin sentido y una locura comparativa que no se sostiene por ningún sitio. Es evidente que en esto, como en tantas otras cosas, las opiniones de uno valen lo mismo que las de cualquier otro. Bien. Aquellos que han sentido el pellizco de las voces de los Uranga con Amaya al frente saben de lo que estoy hablando, y aquellos que han oído a Amaya y no se han emocionado presentan, a mi entender, un déficit sensitivo de grandes proporciones. Lo siento por ellos.
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