Las siestas de Estrasburgo

Dentro de unas semanas se celebrarán unas nuevas elecciones al Parlamento Europeo. Si uno está cansado de la política y de sus personajes actuales, en estos comicios tiene una ocasión magnífica para poder expresar su queja a través del voto, bien votando a partidos minoritarios, a partidos antisistema, a formaciones de hechuras disparatadas o a movimientos abiertamente xenófobos (que son los que muy probablemente suban en estas elecciones). Éstas son las únicas elecciones que se celebran con el método de cómputo de circunscripción única, con lo que cualquier partido medianamente publicitado puede obtener algún escaño sin depender de las maquiavélicas premisas de la Ley D’Hont y de las distribuciones proporcionales de escaños; recordemos que José María Ruiz Mateos, con sus disfraces y su estrambote, salió eurodiputado en los años ochenta. Por tanto, estamos ante unos comicios peligrosísimos para los partidos del establishment, y en concreto para PP y PSOE, ya que, si obtienen un buen resultado, estarán cumpliendo rutinariamente las expectativas mínimas, pero si se hunden (cosa que puede pasar) todos veremos cómo se quedan sin sustento las familias de los actuales eurodiputados y las del conjunto de asesores, secretarios y gremios que los acompañan. Si se produce este hundimiento, veremos además cómo los analistas más acalorados proclaman que estamos ante el principio del fin del sistema actual de partidos y ante la llegada de un cambio de paradigma (cosa que nunca ocurrirá mientras el sistema electoral español siga en vigor, y el sistema seguirá en vigor porque quienes lo tienen que cambiar son los propios partidos del establishment).

Con este panorama, cada uno de los grandes partidos ha tomado sus medidas. El PP ha decidido no hacer nada en absoluto, y ni siquiera tiene todavía un cabeza de lista; al parecer, el candidato podría ser el señor Arias Cañete, un ministro castizo y populachero, muy recordado por desafiar hace una década larga al famoso mal de las Vacas Locas comiéndose con luz y taquígrafos todos los chuletones que pudo. Por lo que se dice, el señor Arias Cañete es de los pocos ministros que no parecen estar chamuscados por las encuestas. Pero el caso es que el señor Rajoy aún no ha decidido por quién se decanta su dedo sobrenatural, dentro de un proceso perfectamente democrático. En el PSOE se ha optado por otro impecable proceso de primarias, consistente en que Rubalcaba en exclusiva ha decidido por unanimidad que la candidata sea Elena Valenciano, una mujer que empezó en el partido con 17 años y que ha ido mimetizándose muy poco a poco con el ecosistema socialista hasta llegar a esta candidatura. El PSOE ha decidido además reforzar sus listas poniendo en el puesto número 10 a don José Blanco, exministro y antiguo superesbirro plenipotenciario del señor Zapatero.

La decisión de poner a Blanco es un buen indicador de la desorientación que presentan los grandes partidos. Si el PSOE ha pensado que Blanco es un nombre atractivo desde un punto de vista propagandístico, debemos pensar que este partido está envuelto en una especie de niebla psicotrópica de una densidad tremenda. El propio señor Blanco ha dicho que aporta experiencia y valía y que va a volcarse en la campaña, cosa esta última que ha tenido que proporcionar a cualquier militante socialista un escalofrío horripilante.  La imagen mental del señor Blanco repartiendo rosas por las calles de Mondoñedo queda solapada por otra imagen, que es la de este mismo señor echándose una cabezadita en su escaño de Estrasburgo. Algunos votantes piensan que hay pocas posibilidades de que Blanco sea capaz de leer hasta el final cualquier documento jurídico más o menos complicado en el idioma que sea, y otros votantes tienen el convencimiento de que hay todavía menos posibilidades de que este mismo señor elabore un memorándum o un proyecto parlamentario. No nos gustaría centrarnos en la figura de don José, puesto que tenemos la seguridad de que en las listas de los dos grandes partidos y en las de algunas otras formaciones hay elementos de ese mismo pelaje incrustados en pos de un salario con dietas.

En todo caso, el lector más inteligente se habrá dado cuenta de que hoy en día es facilísimo criticar a los políticos y que hacerlo puede circunscribirse a lo que se conoce como demagogia barata. Por lo tanto, creemos que hay que ser constructivos, y una buena opción electoral para estos comicios podría ser la abstención pura y simple, el quedarse en casa, el dedicar el domingo de elecciones a leer cualquier libro desengrasante y optimista. Siempre se nos ha dicho que, si uno no vota, luego no tendrá derecho a quejarse de los desaguisados que provocan nuestros dirigentes. En este sentido, yo opino exactamente lo contrario, tal y como proclamaba el magnífico y difunto humorista norteamericano George Carlin: Carlin decía que los que tienen más derecho a quejarse de los políticos son precisamente los que no votan nunca, los que nunca han confiado en ningún candidato indocumentado, demagogo, estrafalario o directamente criminal. Para Carlin, el votante que no vota a ningún sujeto peligroso es quien puede denunciar las fechorías realizadas por ese sujeto. Nosotros, que somos personas sencillas, y salvo que algún día nos encontremos en una situación especialmente totalitaria, intolerable o extrema, nosotros, digo, nos limitaremos a no acudir a las urnas, a pagar penosamente los impuestos y a tratar de no romper nada ni fastidiar a nadie.  Nos parece que no puede haber grandes diferencias entre que Pepiño ronque en su escaño europeo o que, por el contrario, sea Cañete quien eche allí sus siestas. Es probable que ambos acaben allí perfectamente roques y con la conciencia limpísima. Que lo hagan en buena hora y que algún ujier les traiga una mantita.

P.S.: Había algún político distinto, pero van muriéndose.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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