Tulsa o las ideas

Tulsa, o sea Miren Iza. En general, todos los creadores musicales se dividen entre aquellos que se mimetizan con alguna fórmula tradicional, propia o ajena, y la defienden con uñas y dientes, y los que, por el contrario, no tienen prejuicios ni ideas preconcebidas. Para estos últimos, la forma musical es un medio y no un fin. Antiguamente alguno podía pensar que Tulsa quería quedarse en la forma trágica del country rock de la desolación, pero no. Nada de eso. Tulsa en 2022 es un espectáculo musical de muchos colores, sin ataduras.

Tulsa estuvo en Bilbao enfrentándose a la contraprogramación fatídica de Fito y Fitipaldis en San Mamés y de Joan Manuel Serrat en el Palacio Euskalduna, nada menos, dos artistas tal vez en vías de oxidación pero que indudablemente quitan público a cualquiera. Sin embargo, la idea buena y fresca, viva, era el concierto de Tulsa. Y los que estábamos con Tulsa nos dimos cuenta enseguida de que habíamos ganado. El concierto estaba pensado con precisión de cirujano y tuvo tensión, estructura y remate. Tres músicos portentosos rodeaban a Miren: el teclista/bajista/programador/jack of all trades hizo diversas cosas mágicas con las manos, manteniendo la espina dorsal de la música con la izquierda (en el bajo sintético) y además creando el espectro sonoro con la mano derecha; la guitarrista/vocalista era la quintaesencia del buen gusto; y el baterista lo mantuvo todo en tensión pero con finura y toque: era un metrónomo profundamente humano, con intuición.

Y Miren Iza, que antes emocionaba a sus feligreses parapetada en su voz íntima, especialísima, como abrigándose, y ahora ya se ha quitado el abrigo y no sólo canta, sino que también interpreta, dando otra dimensión a las letras, sacando la tragedia pero también la ironía y el humor que sabemos que lleva dentro. Ahora domina la escena, pasea la canción y la empuja hacia el público. Su capacidad interpretativa se ha engrandecido a la vista de todos.

Hubo, en fin, tal cantidad de ideas musicales, tanta precisión en las transiciones, y tanta riqueza en los arreglos y en los silencios que, cuando terminó el concierto, nos dimos cuenta de que no habíamos escuchado ningún solo de guitarra o de ningún otro instrumento, salvo un par de giros o cruces del teclado, fogonazos brevísimos en todo caso. Los que somos un poco músicos y además hacemos algún solo o punteo de vez en cuando sabemos que, en música pop-rock, un solo es, en muchísimas ocasiones, y con todas las excepciones que haya que hacer, un relleno, un parche sobre un agujero de creatividad, y que, cuanto más largo es el solo, más pobres son las ideas y los conceptos (estoy generalizando mucho, pero el lector más perspicaz sabe de lo que estoy hablando). Pues bien: Tulsa en 2022 es un grupo con una confianza y un aplomo tan rotundos que no necesita rellenar nada ni tapar ninguna gotera musical. Todo en Tulsa es sustancia productiva. Toda su música sugiere algo, y toda ella abre la mente de cualquier público medianamente imaginativo.

Tendrán ustedes que ir a ver y a escuchar a Tulsa.

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