Balzac y las cartas

En esta época de reclusiones y confinamientos intermitentes, ¿por qué no leer a Balzac? Consideren ustedes el gran proyecto de la vida de este autor: la serie narrativa titulada La Comedia Humana, escrita entre 1830 y 1850, compuesta por casi 90 novelas, en la que el escritor francés quiso retratar la sociedad que le rodeaba. Lo consiguió, y además sin perder la amenidad y el nervio. Cojan ustedes cualquiera de estas novelas y verán que en ellas hay una corriente de vida práctica y real pasando por el centro mismo del libro. Balzac dedicó la primera mitad de su vida a fracasar en las más diversas empresas y oficios, lo que le preparó para poder dedicar la segunda mitad a escribir sin freno, torrencialmente, desde el conocimiento de la gramática parda de muchísimas profesiones y artesanías, y, así, las novelas de Balzac contienen la verdad de lo vivido y el frenesí del escritor que produce literatura a chorros, sin necesidad de tener que documentarse. Balzac es un autor que acierta en los detalles, pero que no tiene que levantarse a mirar ningún dato porque en su juventud, equivocándose en todas sus aventuras profesionales, lo aprendió todo y lo vio todo en persona. Para Balzac, la preparación de la novela ha tenido lugar décadas atrás, en la calle, y a golpes, sobre la piel del menesteroso y aventado hombre de las mil profesiones que luego se hizo gran escritor. Sospechamos que tener la vida dentro es la única vía para poder escribir de carrerilla noventa novelas imponentes, de una importancia incuestionable en la historia de la literatura.

Además de proporcionarle conocimiento, el fracaso sucesivo en sus distintos oficios le dio a Balzac la preocupación por la subsistencia, por el hecho económico. En cualquiera de las novelas de esta serie hay un fondo real de inquietud crematística, y Balzac se empeña en otorgar un medio de subsistencia inteligible y verosímil a todos sus personajes o, en caso contrario, el autor se preocupa por ponerles en busca de alguno. El dinero en Balzac tiene una importancia suprema, exactamente del mismo modo que en nuestras vidas, pero el escritor no nos habla necesariamente de la abundancia de dinero, ni de la preocupación por acumularlo con mayor o menor avidez, sino de resolver el problema alimenticio, esencial. Muchas de las novelas de La Comedia Humana tienen como argumento la subsistencia económica, y muchas otras nos hablan del dinero como aglutinante social, como cemento que lo arma todo, incluyendo, desde luego, a la sagrada institución del matrimonio. Porque, para Balzac, el amor puede ser gozoso o fatal, y puede llevarnos al abismo o a la cumbre, pero es algo que tiene poco que ver con el matrimonio; y en estas novelas queda establecida la realidad de la unión entre hombres y mujeres, una realidad en la que la dote, las divisas, la inversión en deuda del Estado, las fincas rústicas y urbanas, los destinos en un ministerio, las hectáreas de cultivos o de ganadería, las herencias y los legados tienen muchísima más importancia que el amor a la hora de poner en marcha un matrimonio.  

Así que ustedes se darán cuenta de que este escritor del siglo XIX es un zorro y un observador finísimo, de una modernidad y una penetración formidables. Balzac hace un retrato ajustado y sincero de una sociedad que conoció y en la que trató de sobrevivir. Es un escritor que no quiere colarnos una tesis, ni darnos gato por liebre, ni atarlo todo con moralejas fastidiosas, ni aleccionarnos con sermones morales. Balzac no moraliza ni juzga.

Balzac abre la puerta a Flaubert y luego a Proust, que forman con él la santísima trinidad de la narrativa francesa, pero como narrador es mucho más vivo y frenético que sus sucesores. Balzac puede ser profuso y extenso, pero siempre es accesible y nunca es aburrido. Sus libros van a toda vela.

La lectura de La Comedia Humana, en mitad de los desquiciantes confinamientos perimetrales y cuarentenas a quemarropa de hoy, es todavía más interesante cuando contemplamos las cosas que pasan en estas novelas de Balzac, que son pura y simplemente la realidad desmigada de la Francia de la primera mitad del siglo XIX, y las colocamos en el contexto de nuestras vidas interrumpidas por la pandemia. Muchas personas hoy se sienten estafadas, pensando que determinadas fuerzas oscuras les han robado el tiempo y la capacidad; creen que les han secuestrado, que quieren jugar con ellos, que les han quitado la libertad. Algunos sospechan que alguien ha intervenido sus comunicaciones y que la cadena de suministros se ha bloqueado a propósito para que los bienes y servicios no circulen con normalidad y, por tanto, no lleguen a su destino para que así alguien pueda manipular y hacer el mal.

En el momento en que se sienten todas estas cosas, es conveniente coger una de las novelas de Balzac. Ahí veremos a personajes desaparecidos durante décadas, incomunicados, desahuciados, en la miseria completa y definitiva, víctimas de complots auténticos; personajes que huyen y que tardan meses en llegar a un destino incierto y complicado; y vemos, por ejemplo, que la vida entera de dos personajes depende de las cartas —amorosas, crematísticas o ambas cosas— que se cruzan entre ellos, cartas que tardan un mes y medio en llegar a su destino y que, a veces, no llegan, o que a veces llegan al destino equivocado y las leen los que no deberían. La espera durante estos abracadabrantes procedimientos postales dura semanas e incluso meses, y los personajes palidecen, se desnutren, sufren anemias fatales, se mortifican y no duermen. En Balzac hay gente con su vida dedicada a una idea, idea que durante años apenas avanza.  

El mundo de Balzac es el de todas las generaciones hasta hace muy poco tiempo: el mundo del abuso, de la opresión, de las personas que se levantan contra todo pronóstico y van tirando milagrosamente, a pesar de saber que la enfermedad, la guerra y la muerte pueden estar a la vuelta de la esquina. Los personajes de Balzac se buscan la vida y, por primera vez en la historia de la literatura, suben y bajan en el ascensor social, pero todo lo hacen en precario, por los pelos y a la buena de Dios.

Ante estas circunstancias están las nuestras, las de la pandemia. Por el lado más grave, se nos ha muerto gente cercana o tenemos problemas de salud derivados del Covid, o hemos sufrido la pérdida de nuestro empleo. Por el lado más leve, somos víctimas de aplazamientos de celebraciones que de entrada ya eran aburridísimas, o somos víctimas de cancelaciones de vuelos que podrán retomarse enseguida. Nos dirigimos a una realidad en la que posiblemente habrá que pasar un mes de cada cuatro o cinco en alerta, o quizá confinados.

Pero en el resto de meses recuperaremos la hiperactividad estéril que teníamos antes de la pandemia. Podremos seguir comprando cosas inútiles sin movernos del sofá y seguiremos resolviendo todos los trámites con un click. No tendremos que esperar seis angustiosas semanas a que alguien conteste a nuestras cartas, cartas que en épocas balzaquianas circularían por el mundo sin que supiéramos nada de su itinerario. Figúrense ustedes qué alivio.

Aunque al final seguiremos sin saber qué hacer con la gran cantidad de tiempo que habremos ahorrado. ¿Por qué no emplearlo en leer a Balzac?

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