Georgie Dann, el duende

No sabemos si Georgie Dann ha muerto a consecuencia de una subida del asúcar o de la bilirrubina (que no lo quita la aspirina); al parecer, su muerte ha sido hospitalaria, prosaica y desafortunada. Un fallecimiento poco épico que podía haberse producido en cualquier momento porque Georgie Dann tenía 81 años, a pesar de que el cantante permanecía en un plano espacio/temporal completamente ajeno a la realidad palpable de la vida. Georgie no era ni joven ni viejo; su aspecto de cretona era el de un hombre que vive fuera de las exigencias cósmicas. Siempre con una sonrisa, siempre listo para la parranda, tenía una mata de pelo impecablemente teñida de betún que utilizaba fenomenalmente en sus coreografías con esas dos bailarinas que le acompañaban desde hacía cuatro décadas. Georgie agitaba el peluche capilar mientras oscilaba de derecha a izquierda por las tablas, cambiando de dirección bruscamente, rebrincando. Parecía que a Georgie Dann le daban una descarga eléctrica en cada esquina del escenario.

En la década de los setenta, Georgie descubrió una fórmula del éxito y se pegó a ella como una lapa: sacaba una canción en verano y la paseaba en riguroso playback por los estudios televisivos. Todas sus canciones respondían a un patrón de cemento armado: rítmicamente inspiradas en la salsa, la conga, el merengue y los ritmos africanos, son composiciones de una simpleza estructural y melódica altamente desvergonzadas, con repeticiones in aeternum y autoplagios constantes.

En el plano lírico, las letras de Georgie Dann se dividían en dos categorías: a) las de algunas canciones puramente parranderas, letras que no tenían otro propósito que el amontonamiento de palabras para acompañar la música (El Bimbó, Carnaval, Vamos a la Pista); y b) el resto de sus canciones, la gran mayoría de su repertorio, que tenían unas letras que se fundamentaban en algún doble sentido más o menos calentorro y enormemente burdo (El Africano, El Negro No Puede, El Chiringuito, La Barbacoa, Cachete, Pechito y Ombligo, etc). Dann trató de adherirse a esta táctica siempre que se lo permitió la inspiración, y, según pasaban los años, las alusiones, los dobles sentidos y las metáforas de carácter sexual se acumularon; desgraciadamente, al perderse el factor sorpresa, los símiles de cada año sobre determinadas funciones hidráulicas del cuerpo humano iban haciéndose más pobres y menos ocurrentes.

En cualquier caso, cada verano había una canción nueva de Georgie que era tan mala como la anterior y que repetía la fórmula. Todos los veranos veíamos a Georgie con sus dos bailarinas poniendo patas arriba los platós de los programas más refrescantes de los canales televisivos, y cada verano veíamos al presentador de esas galas felicitando al final de la canción a un exultante Georgie por su nuevo éxito. La figura del presentador mutaba con los años —Joaquín Prat se convertiría en José María Iñigo, y éste en Agustín Bravo, y luego pasaría a ser Andoni Ferreño, y después Jesús Vázquez, y Carlos Lozano— pero al lado del presentador metamorfoseado siempre estaba la figura de Georgie, que permanecía invariable, fresca, con esa frescura paradójicamente polvorienta de una colchoneta playera que se ha pasado todo el invierno guardada en el trastero. Parecía que a George lo inflaban en junio y lo desinflaban en septiembre.

Pero, en verano, Georgie Dann era un elemento de permanencia y sujeción, un ancla, y, así como no tenía lazos temporales con nuestro mundo, tampoco tenía relación espacial o territorial con nosotros. Georgie había nacido en Francia, pero podía haber sido lituano, ucraniano, griego, turco o búlgaro. En realidad, su nacionalidad no era otra que la propia del país de las parrandas y las congas, sea cual sea y esté donde esté semejante Arcadia. El acento hablado de Georgie, propio de una película de espías, podía confundirnos, pero en el fondo siempre escuchábamos su voz confortados y tranquilos porque sabíamos que esa voz nos guiaría hacia el Barrio de la Jarana, que era el vecindario de Georgie Dann, donde todos los días son carnaval y donde a la mínima oportunidad se forman los alborotos y las cadenetas.

Este cantante representaba el lado más instintivo y lúdico del esparcimiento musical, el aspecto puramente bailable de la música veraniega. Los antropólogos han establecido que el baile es un fenómeno espontáneo que experimenta cualquier ser vivo dotado de articulaciones, oído y capacidad para reconocer determinadas cadencias y frecuencias sonoras. Así, se ha demostrado que los loros y los seres humanos tienden a moverse al oír ciertos ritmos. Esto ha sido estudiado por los científicos, pero ya lo sabía Georgie Dann, que ha basado toda una carrera en el hecho antropológicamente indiscutible de la canción del verano. Georgie ha funcionado como una mecha de la dinamita que cada uno de nosotros tenía guardada en algún lugar de su sistema nervioso central, y las canciones del barrenero Dann ponían en marcha la pirotecnia.

Según parece, la influencia de Georgie durante la última década fue apagándose, coincidiendo con su desgaste físico y con un periodo de notoria polarización política. Se diría que Georgie quedó desubicado porque pertenecía a un tiempo distinto, de concordia y despreocupación. En realidad, Georgie Dann es uno de los artistas más despolitizados y conciliadores que han existido en la música española de todos los tiempos: sus canciones se han bailado en mitines de izquierdas, de derechas, en bautizos venidos a más, en bar mitzvahs subidos de tono, en fiestas de la UGT, del Partido Comunista y en romerías de los nacionalismos periféricos o de la Chunta Aragonesista. Alrededor de la figura marciana y atemporal de Georgie Dann, la unanimidad es absoluta: sus golpes de flequillo abetunado son considerados como parte de la mejor herencia vital de cualquier ciudadano de buena voluntad, tenga el credo político que tenga. Los españoles más enfrentados entre sí se han unido sudorosamente en las bodas de sus primos al escuchar las melodías repetitivas de Georgie, y todos han bailado de manera infantil con esas canciones hechas en serie, confeccionadas en la fábrica de embutidos musicales de Georgie Dann; y la mayoría de los españoles se ha reído con las letras de Georgie, llenas de símiles desafortunados relativos al apareamiento humano.

No sabemos si sigue existiendo esa transpiración comunitaria en la pista de baile. Por la edad que tenemos, o por la vocación de sedentarismo que nos caracteriza, no sabemos si hoy se baila en pareja, o aisladamente, o si se prefiere reflexionar sobre la crudeza de las letras de esos reggaetones robotizados y terroríficos que se fabrican tan mecánicamente como las canciones de Georgie Dann. No sabemos si, en las pistas de baile donde antes se montaban congas, hoy se opta por montar peleas a navaja.

En todo caso, la huella de Georgie permanece. En la vida española, Georgie fue una presencia espectral, sobrenatural, un duende que nos miraba sonriendo con la satisfacción de conocer el secreto de la activación infantil y candorosa de los cuerpos humanos. Como los payasos o los ilusionistas, Georgie Dann nos volvía niños. Nos daba cuatro minutos de fraternidad despreocupada y beoda. Poco más se puede pedir.

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