El algoritmo de la bruja

El PSOE ha celebrado un congreso en Valencia que, según fuentes cercanas al propio partido, ha sido un éxito sin precedentes. En este congreso se ha escuchado una considerable cantidad de iniciativas loables y vacuas, pero ninguna tan rimbombante e inofensiva como la intención de abolir la prostitución. Al parecer, se quiere fijar una ley que sancione a los clientes de tan antiguo oficio y que consiga “proteger y atender a las víctimas, sancionar a los prostituidores [sic] y proxenetas, así como castigar todo tipo de proxenetismo».

Todo esto tiene muchísimo interés porque, por primera vez, el Gobierno desea prohibir una actividad que, según este mismo Gobierno y según todos los anteriores, es una actividad económica inexistente en España, dado que no está regulada ni recogida en ninguna parte. La prostitución no existe, o al menos no existe desde un punto de vista legal: ni en lo tributario, ni en lo sanitario, ni en lo laboral. Por tanto, esta actividad invisible, muda e inodora va a ser abolida antes incluso de existir.

Además de imaginaria, esta actividad ha sido tópicamente considerada como el oficio más viejo del mundo, y con esa definición se ha querido describir la tremenda resistencia que, por muy diversas razones, caracteriza a este fenómeno (sospechamos que este Gobierno lo calificaría no como resistencia sino más bien como resiliencia, aunque para ello debería reconocer primero que la prostitución existe).

Así, la observación elemental nos lleva a pronosticar que el hecho prostitucional prevalecerá de una manera o de otra, ya que se encuentra arraigado en determinadas zonas del temperamento social, zonas seguramente no muy presentables pero reales. Por tanto, nos da en la nariz que esta iniciativa encaminada a abolir la prostitución tendrá la misma efectividad que un hipotético decreto-ley contra el granizo o que un reglamento que prohibiese las galernas del Cantábrico. Sin embargo, aplaudimos al señor presidente del Gobierno porque el idealismo no puede ni debe detenerse ante pequeños contratiempos como, por ejemplo, la realidad pura y dura.

Esta iniciativa abolicionista del PSOE, disparatada o no, podría haber abierto la posibilidad de un debate enjundioso sobre la naturaleza humana, las diferencias entre hombres y mujeres, los instintos sexuales de cada uno de nosotros, la cosificación de la mujer, las sombrías condiciones que rodean a buena parte del mundo —imaginario, no lo olvidemos— de la prostitución, etc. Sin embargo, y como era de esperar, la iniciativa del PSOE ha sido recibida con las previsibles y mecánicas manifestaciones de apoyo y rechazo que constituyen el pan nuestro de cada día. Cada medio ha dicho lo que se esperaba de él y no ha dejado pasar la ocasión de meterse con el adversario, y todo acabará en la nada, en el olvido inmediato, y todo quedará sepultado por el peso del siguiente asunto, por la siguiente declaración incendiaria de unos y por la correspondiente respuesta airada de los otros.

 Y aquí es donde me gustaría detenerme, queridos lectores. El asunto de la abolición de la prostitución es en realidad otro asunto efímero e irreal que nos sirve de ejemplo. Porque en este tema vuelve a comprobarse la estructura de consumo de información y opinión que prepondera en el mundo moderno, sobre todo en el último lustro. Veamos: los ciudadanos hemos recibido esta noticia por los conductos electrónicos habituales, siempre afines al receptor, y el algoritmo que supervisa nuestra actividad online ha facilitado a cada uno de nosotros el acceso subsiguiente a opiniones profundamente radicales que están en consonancia con nuestra dinámica de clicks y visitas habituales en internet. Es decir, que nuestro teléfono nos ha llevado a donde aparentemente queremos ir, que es allí donde están las fuentes de opinión afín más extremas y desorejadas, y, una vez allí, siempre hay posibilidades de acceder a otra fuente aún más sulfurada, consiguiendo finalmente que, paso a paso, veamos reforzados nuestros instintos primarios. Al final conseguiremos enfadarnos o pasar miedo. Podríamos llegar incluso a odiar a alguien discrepante.

Se me dirá que en realidad este fenómeno es viejísimo y que las cosas no han cambiado más que en la velocidad, puesto que antiguamente la gente también compraba el periódico afín a su ideología, y por entonces uno también quería leer cosas que estuvieran de acuerdo con sus opiniones, y se enfadaba con el adversario político. Todo esto es cierto, pero la gran diferencia es que ahora nos dejamos llevar: nuestro dispositivo electrónico es el que nos conduce fulgurantemente a lugares donde el emisor de opiniones solamente quiere soliviantar, azuzar, encender mechas, meter miedo, crearnos la necesidad de que alguien nos proteja del enemigo. Nuestro teléfono va al volante. Está al mando, y nos lleva por un carril concreto y determinado.

O sea, que, desde un punto de vista informativo, estamos siempre subidos en una especie de Tren de la Bruja.

Y el asunto sobre el que se habla importa poquísimo. Los mecanismos automáticos de creación de opinión funcionan con una eficiencia maravillosa. Sea cual sea el tema, en cuestión de minutos yo tengo ya a mi disposición ese rosario de opiniones encadenadas que se adhiere a mi ADN sentimental y emotivo; enseguida está listo el via crucis periodístico por cuyas estaciones puedo obtener la satisfacción de ir ratificando mi cabreo.

Así es. La satisfacción del cabreo. El gozo de comprobar que vivimos en un mundo lleno de amenazas y en el que el vecino es mi enemigo. Habrá alguien que no entienda cuál es el deleite que puede haber en el hecho de estar enfadado, o asustado, o pensando que mañana se acabará el mundo por culpa de la gente que no piensa como yo. Probablemente se trata del mismo placer que experimenta cualquier miedoso al ver una película de terror, ya que, como es bien sabido, las películas de terror solamente interesan a los miedosos.

Por el contrario, los que no tienen miedo nunca ven ninguna.

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