Los fieles contrariados

A Bertín Osborne le han preguntado en Telemadrid si invitaría a su programa al papa Francisco, y el showman ha contestado que no le parece una buena idea. “[Al papa Francisco] no lo puedo ni ver. Es que no lo puedo ni ver porque es un bocazas y no hace más que largar estupideces. Me parece que es una catástrofe de papa”, ha dicho Bertín. “Ya la empezó liando en Venezuela y ahora la termina liando en España. No puedo ni verle”.

Al parecer, las acaloradas palabras de Bertín no son un fenómeno aislado, sino que forman parte de toda una corriente más bien disconforme con lo que hace o dice el papa, corriente que se encuentra dentro de la feligresía de la Iglesia. Así, hay un grupo de fieles (no sabemos cuántos son) que, más bien reservadamente, manifiestan su contrariedad cada vez que escuchan al papa opinar sobre asuntos de la más variada índole.

Cuando Francisco salió elegido papa, ya comentamos en este blog que se trataba de un personaje muy diferente a su antecesor: Ratzinger era una eminencia teológica de considerable peso específico, pero parecía tener un carácter más bien frío y distante; sin embargo, Bergoglio era un peso pluma desde un punto de vista doctrinal, pero en lo personal era una especie de párroco carismático y larger than life, dotado de indudable majeza y don de gentes. Esta impresión inicial del nuevo papa fue consolidándose y ha desembocado en una inequívoca querencia hacia ciertas posiciones en el ámbito de las costumbres que, de alguna manera, rompen con algunas de las realidades que parecían haber fondeado desde hace décadas en el argumentario de determinadas instancias de la curia.  

Así, durante estos años el papa ha hablado de las parejas homosexuales (“son hijos de Dios y tienen derecho a una familia. Lo que tenemos que hacer es crear una ley de uniones civiles”, dijo en 2020 en un documental sobre su persona, titulado Francesco); ha criticado algunos aspectos del capitalismo (“el principal problema ético del capitalismo es la creación de descartados a los que después quiere esconder”, dijo en 2017); se ha pronunciado sobre el lugar de los divorciados en la Iglesia (“hay que dar una acogida fraternal y atenta de los bautizados que han establecido una nueva convivencia después del fracaso de un matrimonio sacramental. Estas personas no están excomulgadas, ¡no están excomulgadas!”, dijo en 2015); ha hablado en favor del uso de anticonceptivos en situaciones especiales, y, en definitiva, no ha perdido ocasión de manifestar su opinión sobre asuntos que sus antecesores evitaban con gran persistencia.

Además, el papa ha reflexionado de manera abierta sobre temas muy espinosos en el ámbito sociopolítico internacional, y normalmente tomando posturas más cercanas a la tradición de izquierdas que a la de derechas. Así, ha comentado la realidad política venezolana, ha dado sus recomendaciones más o menos informadas sobre el asunto catalán, ha pedido perdón por el comportamiento de la Iglesia durante la colonización americana, ha levantado diversas alfombras sobre el peliagudo asunto de los abusos en la Iglesia, se ha manifestado en línea con las tesis predominantes en lo que ya se conoce como la lucha contra el cambio climático, y ha discutido expresamente el concepto de “guerra justa”. Todo esto lo ha hecho con una locuacidad desbordante y sin perder una sola oportunidad de llamar la atención.

Pues bien: cada vez que Francisco ha entrado en uno de estos charcos, cierta parte de su feligresía sufría en silencio, hasta llegar a un punto en el que la sección disconforme ha empezado a quejarse. Porque, al parecer, poco a poco estos católicos inquietos se han dado cuenta con enorme pesar de que, fuera del ámbito teológico más estricto, resulta que están en desacuerdo con todas y cada una de las cosas que dice el sumo pontífice. Todas. Algunos han llegado al punto de saber positivamente que van a soliviantarse con cada declaración que el papa haga.

Naturalmente, todo esto supone una fuente de dolor sincero y un conflicto interior de enormes proporciones para estas personas, cuyo alineamiento con la Iglesia en todos los asuntos había sido completo hasta la llegada del actual papa. Pero muchos fieles recuerdan que, en el año 2013, Benedicto XVI abdicó, hubo fumata blanca y los cardenales eligieron a Bergoglio: se produjo, por tanto, el proceso normal. Algunos de estos fieles llamémosles quemados son además conocedores de que, desde el Concilio Vaticano I, la infalibilidad del papa es uno de los dogmas de fe; en realidad, la infalibilidad se refiere a asuntos relativos a la doctrina de la fe o la moral, en los que se supone que el papa no se equivoca porque habla ex cathedra y actúa bajo la inspiración divina. Pero los fieles quemados temen que, si un papa se equivoca tanto en tantos y tantos asuntos, podrá equivocarse en todos los demás.

¿Por qué se ha llegado a esta situación? Llevándolo todo a un plano más prosaico y terrenal, uno sospecha que Bergoglio, antes de ser papa, tenía las mismas opiniones que tiene ahora y se pronunciaba con la misma cercanía dicharachera sobre cualquier asunto que se le pusiera a tiro. Por tanto, es posible que los señores cardenales eligiesen a Bergoglio sabiendo que su línea de pensamiento iba por los mismos caminos que hoy recorre el papa con sus animosas declaraciones. Es decir, que tal vez la elección se hiciese consciente y deliberadamente, y puede ser que respondiera a la necesidad de presentar a la Iglesia con un envoltorio más de acuerdo con los tiempos que corren. Incluso existe la posibilidad de que se tomase la decisión a la luz de una eventual pérdida de fieles en algunas zonas geográficas.  

O sea: que el nombramiento pudo ser un tema de puro marketing.

¿Puede influir tantísimo la demoscopia en una elección papal? Es difícil de decir. Casi todos los católicos se resisten a admitir que el nombramiento del vicario de Dios y sucesor de San Pedro esté basado en ciertos niveles de aceptación popular y no en la fidelidad a una doctrina establecida por el mismo Cristo.  

Pero, en el caso de que así fuese, ¿sería un acierto? Desde un punto de vista mercadotécnico, ¿es una apuesta arriesgada? En un partido político, por ejemplo, escorarse hacia un lado puede darte unos votos nuevos, pero podrá quitarte muchos otros, que son los de los ciudadanos que se identificaban con tus antiguos postulados y que ahora se sienten huérfanos y votarán a otro partido. En cambio, dentro de la Iglesia, los fieles llamémosles quemados, que no están de acuerdo con ninguna de las cosas que dice el papa, refunfuñan y protestan, pero parece que no piensan en cambiar de culto. Soportarán las opiniones políticas más o menos rojas del sumo pontífice con cristiana resignación y seguirán formando parte de la única organización mundial que ha durado dos milenios y que, por tanto, tiene muchísimas posibilidades de sobrevivir a los pronunciamientos de corte izquierdista de su máximo representante.

Y, simultáneamente, la retórica del papa podría estar atrayendo a otra feligresía, que hace diez años quizá no se identificaba con el mundo católico. En consecuencia, se suman fieles nuevos por un lado y no se pierde a casi nadie por el otro. Negocio redondo, si me permiten la expresión.

Todo esto es una suposición sin datos y, reconozcámoslo, un poco descreída, pero quizá sea la proyección que alguien ha hecho sobre este asunto. Si es que alguien se dedica a hacer proyecciones prosaicas sobre cosas tan trascendentales.

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