Conrad y el mar

¿Es Joseph Conrad uno de los mayores novelistas de la modernidad? ¿Debería formar parte del club de los gigantes de la narrativa de finales del siglo XIX y principios del XX? Yo creo que no tiene la fama que hoy tienen aquellos rusos (Dostoievski, Tolstoi), o los franceses (Flaubert, Stendhal), ni tiene el reconocimiento popular de Dickens, y tampoco es un destructor del formato, como Joyce, ni un alucinado como Kafka; ni es Marcel Proust, porque, no nos engañemos: nadie es Marcel Proust, salvo Proust. Además, Conrad es demasiado particular como para haber quedado como uno de los novelistas nacionales más o menos gloriosos que han dado carácter a la literatura de un país, como Cervantes en España, Balzac o Víctor Hugo en Francia, o Manzoni en Italia.

Sin embargo, ahí está Joseph Conrad. Mírenlo. Las novelas de Conrad dan la impresión de no estar especialmente bien rematadas, ni hay en este autor una preocupación por seguir las estructuras mínimas que son las que, según todos los teóricos, hacen que un lector normal se enganche a una narración. En Conrad hay finales bruscos, nudos argumentales poco explicados, lagunas en el hilo de la historia y hay, además, un fondo de oscuridad, de reserva. Algunas de las más famosas novelas de Conrad, como El Corazón de las Tinieblas (1899), Bajo la Mirada de Occidente (1911) o El Agente Secreto (1907), están llenas de cruces raros y túneles sin visibilidad.

Todo esto está perfectamente compensado con dos cualidades de Conrad que, en mi opinión, son mucho más importantes que la tediosa mecánica novelística:  en primer lugar, el autor polaco es un conocedor excelso de la naturaleza humana y tiene un ojo maravilloso para recoger, deshacer y recomponer los elementos que convierten a un personaje en algo vivo y nutrido. Y, en segundo lugar, Conrad es un escritor que maneja el lenguaje con una precisión de relojero, y eso teniendo en cuenta que, como Nabokov, escribió la mayor parte de su obra en inglés, un idioma que no era su lengua materna. A pesar de ello, Conrad acierta siempre con la palabra elegida, y siempre nos ofrece solamente lo imprescindible para hacerse entender.

Estas cosas convierten a Conrad en un escritor que provoca asombro, inquietud y emoción. Pero todo esto se ve mejor en la que, a mi entender, es su mejor literatura: la literatura marítima de Joseph Conrad. Porque Conrad es el gran escritor del mar, por encima de tótems indiscutibles como Homero (en la antigüedad) o Melville (en los últimos siglos). Ante la problemática literaria del mar, ante esa inmensidad inabarcable de agua salada, que requiere ser tan selectivo y poner la lente en algún sitio, Conrad opta por abarcar el mar entero, el mar como personaje unitario, violento, desmesurado. Las novelas náuticas de Conrad, como El Negro del Narcissus (1897), son tajadas magras de literatura de la buena, de ésa que no tiene ningún desperdicio. En ellas, los personajes son hombres complejos, rellenos de vida, y el mar es la barbaridad escalofriante, profunda, con esas amenazas en el fondo y en la superficie que conocen los que han vivido en el mar.

Este señor Conrad, como retratista del mar, consigue llegar a tales cotas de excelencia porque, además de ser un escritor dotado, finísimo y pleno de sagacidad, fue también marino mercante durante veinte años antes de ser escritor, en una época (entre 1870 y 1890) en la que, viajando por los siete mares, se encontró con hombres colosales, vio los cielos prodigiosos del océano y se le apareció la muerte muchas veces. Todas las páginas marítimas de Conrad tienen mucha verdad, y en todas hay ese aire inequívoco de lo que se conoce de primera mano.

Esto llega a su más estilizada expresión en el fenomenal volumen titulado El Espejo del Mar (1906), colección de ensayos breves, riquísimos, repletos de detalles narrativos, centrados en el cosmos marino. Este libro, que anda escondido por ahí y que seguramente no ha sido leído más que por cuatro afortunados gatos, es una obra maestra pura y simple. En El Espejo del Mar, la atmósfera de lo marítimo es tan densa y expansiva que se sale de los límites del libro y le envuelve a uno. Los objetos específicos del mundo de la navegación tienen aquí vida propia, y los conceptos de la supervivencia en el mar quedan aclarados y fijados definitivamente.

El libro es además un elogio entusiasta de la navegación a vela frente a las novedades, fabriles y avasalladoras, de la tracción mecánica. Conrad vivió desde el interior de la profesión marinera esa transición de la vela al vapor, y siempre pensó que el inevitable barco de vapor era un mecanismo ruidoso que el hombre hacía circular por los carriles de la eficiencia funcional, mientras que la navegación a vela era, para Conrad, una representación de la intimidad con la naturaleza, la labor artesana de seducción sobre tres temperamentos: el temperamento del barco, el del viento y el del mar.

El barco de vapor es, para Conrad, un paso lógico del hombre en la conquista tecnológica, que funciona con un “palpitante tremor de su armazón”, y que se basa en “la infalible precisión del acero impulsado por el vapor y al que el fuego da vida y alimenta el negro carbón”; en cambio, el barco de vela “realiza su trabajo en completo silencio y con una gracia sin movimiento, que parece esconder un poder caprichoso y no siempre gobernable sin tomar ni quitarles nada a los recursos materiales de la tierra”. Conrad dice que la navegación a vela “extrae su fuerza del alma misma del mundo, su formidable aliada, sujeta a obediencia por los más frágiles vínculos”.

“En medio de un temporal, la silenciosa maquinaria de un velero no solo capta la fuerza, sino la voz salvaje y exultante del alma del mundo”, escribe Joseph Conrad en El Espejo del Mar. El escritor, en estos ensayos vivísimos, se sitúa bajo la bóveda del cielo oceánico -que es su sitio-, se muestra pletórico y nos agarra de las solapas para invitarnos a navegar.

Pero, ay, ¿quién puede navegar? Dichosos los navegantes a vela. Si usted no tiene posibilidades de hacerse a la mar, amigo lector, intente al menos leer El Espejo del Mar. Hágase a sí mismo el favor de apagar la tele y lea a Joseph Conrad.

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