La política con mayúsculas

Ya está aquí la crisis del Gobierno de Sánchez y esta modificación del gabinete ha provocado un gran impacto. Ocho ministerios cambian de manos y siete ministros se van a su casa. Los que abandonan el cargo se subdividen en tres grupos: por un lado están esos ministros de los que usted no ha oído hablar nunca hasta hoy, día del cese, como Arancha González Laya, Juan Carlos Campo, y José Manuel Rodríguez Uribes; estos ministros de personalidad borrosa se van sin dejar huella de su labor y sin que nadie sea capaz de identificar sus caras en una eventual rueda de reconocimiento policial. Después hay otro grupo formado por un solo ministro, concretamente el astronauta señor Duque, quien, como hombre de ciencia, habrá tenido que sufrir muchísimo en su ministerio, viendo cómo su empecinamiento cartesiano chocaba una y otra vez contra las veleidades ilógicas de la política. Y por último, entre los expulsados están varios pesos pesados socialistas de la guardia pretoriana del presidente, como Carmen Calvo, José Luis Ábalos o Isabel Celaá. En términos generales, la salida de estas personas es una sorpresa de padre y muy señor mío, y está siendo fuente de inspiración para las elucubraciones más fantásticas por parte de los analistas.

Estos tres dirigentes (Calvo, Ábalos y Celaá) tienen el mérito indiscutible de haber apoyado a Sánchez desde que se presentó por primera vez al puesto de secretario general del PSOE y de haber seguido a su lado tras su primer cese y luego durante las tortuosas vicisitudes que acabaron llevándole a la presidencia del Gobierno. Se podría pensar que esta travesía acredita de forma vitalicia a estos héroes y les hace acreedores a las mayores recompensas por parte del jefe, pero parece ser que el Odiseo del PSOE no tiene la misma opinión.

Así, en vista de las encuestas, Sánchez se ha visto en la obligación de dar un volantazo a la legislatura y ha optado por meter la tijera en la única parte que puede retocar, que es la de su partido, el PSOE, dado que no le conviene contrariar a las fuerzas que le apoyan, entre las que están las formaciones nacionalistas o Podemos. He aquí la más alta manifestación de la política parlamentaria.

En vista de lo cual, Sánchez ha preferido mantener a ministros tan chamuscados como Alberto Garzón, a quien acaba de desautorizar con el asunto de los chuletones. Recordemos que el pobre señor Garzón presentó un vídeo hace unos días sobre el consumo de carne, defendiendo una tesis nutricio-ecologista que las izquierdas abanderan desde hace tiempo, y que se encuentra recogida oficialmente con gran profusión de términos rimbombantes en el Plan 2050 de Sánchez; y resulta que su mensaje escandalizó a ganaderos, hosteleros, comerciantes y otros cientos de miles de masticadores de carne que han convertido la cría de ganado en uno de los negocios más lustrosos de la economía española; ante este ambiente tan cargado, Sánchez optó heroicamente por defender el chuletón y dejar en ridículo a su ministro.  

Ésta debe de ser la magia de la estrategia política: mantener al ministro más irrisorio de un partido que te apoya pero echar al hombre de confianza que te ha defendido en tus horas más oscuras. El caso del señor Ábalos es el más significativo: según relata el diario El Español, Sánchez acudió hace pocos días a su gran consigliere Ábalos para debatir con él los cambios en el Gobierno, pero sin hacerle saber que uno de los relevados era él mismo. Esta maniobra es tan refinada en su perversidad que, una vez recuperado del revolcón, y después de tentarse la ropa y sacudirse el albero de la chaqueta, el señor Ábalos habrá sabido valorarla positivamente, e incluso habrá podido envidiarla. Al fin y al cabo, la admiración entre grandes estrategas siempre ha existido en la historia militar, a pesar de servir en bandos contrarios.

En esta línea, cabe destacar que el más importante relevo del Gobierno es precisamente el de un no ministro: se trata de Iván Redondo, jefe de gabinete de Presidencia, asesor supremo y plenipotenciario, presunto genio de la demoscopia, colaborador con varios partidos antes de convertirse en el inventor de facto de la figura mediática de Pedro Sánchez. Redondo ha pagado por las desafortunadas tácticas en las últimas elecciones, especialmente por la disparatada iniciativa propagandística en Madrid, y finalmente ha acabado su viaje con Sánchez como acabó el viaje del doctor Frankenstein: destruido por su criatura entre los hielos del Ártico.

El presidente Sánchez necesitaba una crisis y aquí la tiene. Por lo que se ve, era imprescindible cambiar el rumbo de la política gubernamental. Ahora todo irá mejor. Los ministros que salen —y en concreto aquellos que conocemos de vista o que nos suenan de algo, porque de los otros no sabemos nada— no habían tenido fortuna en sus correspondientes carteras; no habían conseguido transmitir el mensaje gubernamental.

Y, en este momento, entran unas personas de perfil bajo, con responsabilidades hasta ahora más bien oscuras, de una municipalidad insípida, salvo los señores Oscar López y Félix Bolaños, jefe de gabinete y ministro de la Presidencia respectivamente, que vienen a representar eso que en el PSOE se conoce como el aparato, y que, como tal, no se denomina así en ningún otro partido. Así, las calderas del Partido Socialista, ninguneadas hasta ahora por el asesor Redondo, entran en la pomada y se colocan en la foto.

Los ministros nuevos han sido alcaldes, delegados del Gobierno o consejeros de alguna junta autonómica. El conocimiento especializado que acreditan sobre las carteras ministeriales que asumirán está aún por descubrirse. Especialmente interesante es el traslado del señor Iceta, que pasa de ministro de Administraciones Territoriales —o algo por el estilo— a ministro de Cultura y Deporte, dos departamentos para los que este buen señor se ve que está perfectamente dotado. En realidad, este nuevo gobierno parece que quiere ser la demostración empírica del igualitarismo más puro que defendía con gran desenvoltura el presidente Rodríguez Zapatero (“cualquiera con muchas ganas y una idea básica de país puede llegar a presidente del Gobierno”). Por tanto, podríamos decir que con este gabinete se intenta demostrar que para ministro vale casi cualquier ciudadano provisto de buena voluntad, en vista de otra realidad ya demostrada tantas veces: que los ciudadanos con mala voluntad pueden perfectamente ser ministros.

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