La Esquerra exultante

Después de varios meses de discreción y perfil bajo, Esquerra Republicana vuelve a ser el partido político protagonista de la actualidad, y esta ascensión hasta la cima se ha rematado con el indulto a Junqueras y con la desafiante intervención de Gabriel Rufián en el debate parlamentario sobre la naturaleza y justificación de la medida de gracia decretada por el Gobierno.

Se da la circunstancia de que los partidos principales en este asunto, el PSOE y la Esquerra, son las dos únicas formaciones políticas principales que mantienen sus siglas desde los días de la Segunda República, donde estos mismos partidos protagonizaron determinados acontecimientos que tienen un inquietante parecido con lo que estamos viendo hoy. Recordemos que, durante el muy revolucionario mes de octubre de 1934, mientras gobernaba en España el centro derecha de Lerroux, el presidente de la Generalitat, Lluis Companys, proclamó ruidosamente “el Estado catalán dentro de la República federal española”, pero tal Estado catalán no duró más que diez horas porque el Ejército intervino sin que las masas quisieran defender en las calles de Barcelona al molt honorable, que fue detenido. Companys y su govern estuvieron en prisión hasta principios de 1936, cuando, al volver al poder las izquierdas, el nuevo primer ministro, Manuel Azaña —que no era socialista pero sí encabezaba el Frente Popular— decretó para los nacionalistas catalanes una amnistía y les devolvió sus cargos.

Como pueden ustedes ver, la similitud que existe entre estos sucesos y los que estamos viendo ahora es indiscutible, y eso solamente puede analizarse con sustancial preocupación, en vista de que el régimen republicano terminó con el baño de sangre que todo el mundo recuerda. Sin embargo, hay algunos matices que diferencian las dos épocas. La primera diferencia está en la temperatura del ambiente; la exaltación actual de los ánimos puede preocuparnos, pero la violencia ambiental que se palpaba en las calles durante 1936 tenía unas dimensiones tan desbocadas que, por contraste, convierte a lo de ahora en el no va más de la urbanidad. Comparándola con la España de 1936, la España de 2021 parece el Baile de la Rosa de Mónaco.

En segundo lugar, se observan diferencias entre las características personales de quienes encabezan los diferentes sectores políticos entonces y ahora.

Veámoslo primero por el lado de la Esquerra. A pesar de la imagen de exaltado que puede extraerse al ver su famosa intervención en el balcón de la Generalitat, el señor Companys era un hombre tirando a frío, más republicano que separatista, y se movía con gran destreza entre las catacumbas del régimen —recordemos que en 1933, antes de ser president, había sido durante tres meses ministro de Marina de uno de los gobiernos de Azaña—. Companys era un intrigante, un hombre muy bien informado del que Azaña no acababa de fiarse, según se desprende de los propios diarios de don Manuel.

Como contrafigura prisionera de Companys, hoy tenemos en la Esquerra a Oriol Junqueras. Este señor, recientemente excarcelado, lleva muchos años encarnando la sensibilidad más lacrimógena del separatismo, y se ha presentado en todos los foros como un embajador de las reivindicaciones pacíficas y democráticas. Frente al aire chulesco y faltón de algunos de sus contemporáneos —como el señor Rufián—, y comparándolo con el toque folclórico y guiñolesco de alguno de sus predecesores —recordemos, cómo no, a Josep Lluis Carod Rovira—, el profesor Junqueras habla siempre con un tono de voz que invita a la conciliación del sueño, y enuncia sus reivindicaciones desde una teórica empatía, con el corazón en la mano, lamentándose por no conseguir que le entiendan sus detractores más exaltados.

Así, la figura más parecida a Junqueras en la Esquerra de los años treinta tal vez no sea Companys sino que es Francesc Macià, primer president de la Generalitat, quien, cuando llegó al cargo con el advenimiento de la República, en abril de 1931, era ya un venerable anciano, un tótem histórico y susurrante del separatismo, a pesar de haber sido años antes un joven airado y a pesar de haber liderado buena parte de las excursiones banderizas y subversivas en pro del separatismo planeadas más o menos fallidamente durante las primeras décadas del siglo.

Por tanto, Macià y Junqueras son los que parecen representar el sentimiento popular y han sido encumbrados por su parroquia como dos símbolos trágicos del sufrimiento del pueblo.

En el otro lado, en el lado de las izquierdas madrileñas, hoy tenemos a Sánchez, y ayer tuvimos a Azaña. Es mejor obviar las diferencias intelectuales o doctrinales entre uno y otro, aunque sí podemos decir que Manuel Azaña era un centralista afrancesado, jacobino, que sin embargo contemplaba el problema separatista catalán como algo irresoluble, algo que no podía arreglarse satisfactoriamente sino que sólo se podía sobrellevar; y, en cambio, de Pedro Sánchez es difícil averiguar cuáles son sus líneas programáticas fundamentales, ya que la impresión que se tiene al verle es que su propósito no es tanto la resolución o la llevanza del asunto nacionalista como el hecho de preservarse a sí mismo, el ir tirando de cualquier manera con el fin de no perder el poder.

Lo que sí une a Sánchez y a Azaña, a nuestro entender, es la lectura más bien fría e indiferente del problema del separatismo. Ambos señores dan la impresión de no tener ningún afán por defender de manera aguerrida los puntos básicos de la tradición mítica española, y uno incluso diría que, a pesar de las nueve décadas transcurridas entre un político y otro, a estos dos presidentes de Gobierno les importa un pimiento la demarcación territorial del Estado, el peso histórico de las instituciones o el mantenimiento de la configuración jurídico-administrativa de España. Las decisiones que ambos líderes han respaldado —la amnistía en caso de Azaña, el indulto en el caso de Sánchez— solamente se entienden si se analizan como recetas que combinan oportunismo, laxitud, desapego sentimental, confianza en la elasticidad de las instituciones y afán de poder.

Ya hemos dicho que Azaña veía este problema con frialdad máxima, como si fuese un observador noruego, y Sánchez no sabemos si tiene otras consideraciones más allá de lograr ir echando la tarde en su puesto. Pero ambos están enfocando la situación de una manera que ha ayudado a transformar el asunto catalán en un hierro candente aplicado sobre la piel de los electores más escandalizados por los movimientos separatistas, y de todo ello se beneficiarán los que representan a los escandalizados. Veremos en las urnas el rendimiento electoral de todo esto.

Mientras tanto, insistimos en que Esquerra Republicana ha vuelto al centro de la pista de baile y empieza a recibir de nuevo las atenciones que cualquier partido siempre busca; esta misma entrada del blog es un buen ejemplo de todo ello. Así, el señor diputado Rufián no tuvo ninguna dificultad en pasearse retóricamente por el hemiciclo durante el poco atractivo debate de los indultos, repartiendo bofetadas sarcásticas a diestro y siniestro, con una comodidad y una holgura pocas veces vista; esto sorprende un poco porque el señor Rufián siempre ha sido hiperbólico y grotesco pero nunca se ha mostrado como un orador perspicaz. No obstante, Rufián se vino arriba. Así como hay futbolistas a los que les motiva que la afición contraria les abuchee, algunas personas más o menos narcisistas se ven fortalecidas al encontrarse en el centro de la bronca y, así, toman otra dimensión. Se crecen.

Y, por extensión, Esquerra está crecida. Es trending topic.

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