El hartazgo global

El gran magnate de la tecnología, Elon Musk, ha declarado en un programa de radio que existen muchas posibilidades de que estemos viviendo en un universo múltiple, con varios planos paralelos. El empresario ya había comentado anteriormente que “la ausencia de cualquier percepción de vida puede ser un argumento a favor de que estemos dentro de una simulación […]. Si no es una simulación, entonces quizás estemos dentro de un laboratorio y hay alguna civilización extraterrestre que por curiosidad nos está observando cómo nos desarrollamos, como el moho en una placa de Petri […]. Podría ser que hubiera muchas civilizaciones muertas dentro de un planeta, o en varios planetas”. En otras ocasiones ha sugerido la posibilidad de que el nuestro sea un universo virtual, una especie de videojuego jugado por seres que viven en un universo paralelo.

Es conveniente recordar que este señor es cofundador de empresas tan imponentes como PayPal, SpaceX, Hyperloop, SolarCity, The Boring Company, Neuralink, OpenAI y Tesla, compañía que es ahora mismo la niña de sus ojos; gracias a todo ello, Musk dispone de una fortuna personal estimada en unos 187.000 millones de dólares, ocupando el primer puesto entre los más ricos del planeta.

Estas consideraciones esotéricas que proclama Musk adquieren cierto cuerpo y se separan del mero disparate precisamente porque es Musk quien las dice, un genio empresarial, un as de la tecnología. Así, cualquier despropósito puede convertirse en una genialidad siempre que aparezca en la cuenta de Twitter de Musk, y la idea económica más demencial se convierte gracias a Musk en la inversión más buscada por parte de los financieros del mundo.  

Por otro lado, la idea del universo paralelo es antiquísima y se ha manejado en todas las civilizaciones, llegando durante los dos últimos milenios a cotas de popularidad impresionantes gracias a las diferentes religiones organizadas, que no propugnan otra cosa que una vida invisible y ultraterrena en la que se amontonan nuestros muertos viviendo cómodamente —o sufriendo, si es que les toca el infierno—, una vida futura hacia la que nosotros mismos nos dirigimos con paso firme, según detallan la mayoría de los credos religiosos que históricamente se han ido estableciendo en el mundo. La creencia en la vida eterna como continuación a la realidad contante y sonante que nos rodea es una idea tan disparatada o racional como la de Musk, y creer en ello requiere la misma dosis de fe que la que demuestra tener el millonario sudafricano con sus universos paralelos.

En consecuencia, y desde un punto de vista lógico, Musk no dice cosas muy distintas que las que hemos escuchado a los sacerdotes, rabinos, lamas, imanes, chamanes, teólogos y profetas que, a lo largo de la historia, nos han ofrecido su perspectiva mágica y no verificable sobre el Más Allá. Así que estas excentricidades de Musk podrían dar pie a poner en marcha cualquier nuevo culto religioso que tendría el mismo fundamento racional que las religiones de toda la vida y, por tanto, el mismo derecho a existir y a poder dar una respuesta más o menos mágica a las necesidades anímicas de la población.

Además de entretenernos, las excentricidades de Musk sirven fundamentalmente para alimentar las teorías nuevas que llevan varios años invadiéndolo todo y que aluden a la conspiración de las élites globalistas para imponer su agenda e implantar el Nuevo Orden Mundial, que no es otra cosa que su manera centralizada de gobernar el planeta. Cada vez hay más voces que nos alertan del peligro que tienen estos siniestros personajes multimillonarios y sus propósitos controladores. Los que alzan la voz contra este proceso afirman que personas como Musk y agrupaciones como el club Bilderberg, el foro de Davos, las Naciones Unidas, el Banco Central Europeo o casi cualquier organización internacional trabajan en sintonía con el objeto de dominar el mundo. El propósito oculto de tan descomunal iniciativa es, según los denunciantes, anular los gobiernos nacionales y la autonomía del individuo para fijar así un gobierno mundial dirigido por esas élites bajo las premisas capitalistas más desalmadas y con las reglas de la economía planificada. Curiosamente, estos propósitos ocultos de globalizar no son nada ocultos, sino que se proclaman de manera notoria, formal y abierta en cada reunión de estos foros perversos, aunque allí se publicitan como un ideal que proporcionaría más justicia y eficiencia para el mundo. La cosa es que los que denuncian a las élites nos piden que estemos alerta, que vivamos prevenidos ante este enemigo maligno que quiere manejar los hilos de nuestras vidas.

Estas cosas se oyen ya casi a diario y han salido definitivamente de las mazmorras más alucinadas y surrealistas del imaginario de unos pocos para tomar asiento en el discurso habitual de muchísimas personas corrientes que cargan con una enorme preocupación. En cualquier reunión social puede haber alguien que desconfía de las élites globalistas y que está dispuesta a remangarse para contárnoslo todo con pelos y señales. Estas personas pueden estar a la derecha o a la izquierda del espectro político, porque el antiglobalismo suspicaz es enormemente inclusivo y acoge a cualquier ideología, siempre que sea una ideología de carácter antiglobalista.

Uno de los rasgos más importantes del ciudadano antiglobalista es que, si se encuentra con alguien que no quiere ocuparse de estos asuntos, que no le hace caso o que prefiere quitar hierro a esta amenaza negra que se cierne sobre el mundo, nuestro antiglobalista se enciende, se cabrea, se revuelve y se va a su casa con un disgusto aún mayor que el inmenso disgusto que traía inicialmente, si es que eso era posible. El antiglobalista que va de buena fe lo pasa francamente mal y se lleva unos malos ratos tremendos porque encuentra increíble estar rodeado de tanto incauto que no comparte sus horripilantes presagios. El antiglobalista de ley, el sincero, no duerme bien por las noches y dedica mucho tiempo a buscar informaciones que corroboren sus tesis, a pesar de que a veces sean informaciones contrarias al sentido común o al funcionamiento normal de las cosas de la vida, y a pesar de proceder, muchas veces, de fuentes chocarreras.

Por otra parte, es imprescindible diferenciar al antiglobalista sincero del antiglobalista oportunista, el caradura, que en realidad no se siente amenazado por ninguna corporación elitista y malévola pero que mantiene su discurso agorero por pura conveniencia política o porque esa línea argumental le permite ocupar un lugar en el ecosistema ideológico y vivir de ello. El antiglobalista caradura apela cínicamente al miedo de su público para mantener una posición de ventaja.

Todo esto está en pleno apogeo y ha inundado el escenario político del mundo occidental. Hay un número creciente de personas que consideran que Musk y sus secuaces quieren controlarlo todo, aunque no estén completamente aclarados los motivos de tan viscoso afán. En este sentido, recordemos que Musk es dueño de 187.000 millones de dólares de su propiedad particular, y que sus partenaires en estas sociedades terribles también andan muy bien de tela, y que, en consecuencia, es difícil imaginar cuáles pueden ser las metas adicionales que estos señores necesitan alcanzar para saciar su sed megalómana. ¿Y qué hará Musk cuando llegue al universo paralelo? ¿Tendrá que dominar también esa dimensión? ¿Podrá llevarse todos esos millones consigo? La mera conjetura nos agota.

Sí. Aquellos que no están en estas teorías empiezan a cansarse. Los días de nuestra vida se escapan, no volverán y no sabemos si hay algo después de la muerte, aunque a simple vista el panorama ultraterreno no es halagüeño y requiere mucha fe, casi tanta fe como la que tiene Musk en su universo paralelo de videojuego, o como la que muestran los antiglobalistas en sus negros augurios. Hagamos algo divertido con el tiempo que nos queda. Tratemos de sufrir sólo lo justo. Si las élites globalistas quieren controlar nuestra vida, y nos espían, saludémosles desde donde estemos y abracemos a estos amigos nuestros, antiglobalistas de buena fe, que tan malos ratos están pasando.

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