Beethoven y el pelagatos

Ludwig van Beethoven fue quedándose sordo y, en 1802, al borde de la treintena, solamente había compuesto dos de sus nueve sinfonías, pero creativamente estaba en un momento álgido; ya era la admiración del mundo musical europeo y sabía el camino que tenía que recorrer. Tras un verano fructífero, pero sin experimentar mejoría alguna en su oído, el genio tuvo uno de sus famosos arrebatos y escribió lo que hoy se conoce como el Testamento de Heiligenstadt, una carta dirigida a sus hermanos en la que describía detalladamente la lesión de oído que estaba acabando con su trayectoria de concertista de piano y que amenazaba a la otra mitad de sus ingresos, fundamentada en componer obras de cámara y venderlas a editores.

Aquella carta no fue enviada a sus destinatarios; Beethoven la guardó entre sus archivos reservados.

En el llamado Testamento, Beethoven describe su vida en soledad, sin familia, sin posibilidad de reunirse con nadie por miedo a desvelar el secreto de su sordera, y explica su entrega rigurosa a la composición musical. Beethoven ya no ocupa ninguna posición social, no tiene amigos, no charla con nadie. Los médicos no son capaces de encontrar un remedio a su dolencia y el camino hacia la sordera completa y definitiva parece irreversible. En la carta, Beethoven pone de manifiesto su predisposición al suicidio. “Solo mi arte me ha detenido”. El genio asume la responsabilidad de cargar con su vida seca y áspera para poder continuar sacando a la luz la inolvidable música que encuentra cada mañana dentro de sí. Mientras pueda, claro.

“Si muero antes de que haya tenido la oportunidad de desarrollar todas mis capacidades artísticas, [la muerte] llegará demasiado pronto, a pesar de mi duro destino, y probablemente desearía que fuese más tarde —pero aun así me sentiré feliz, porque ¿no me liberaría de un estado de interminable sufrimiento?”

¿Cuántos estaríamos dispuestos a vivir de esta manera? Por suerte para nosotros, Beethoven solo ha habido uno, y todos los demás, en mayor o menor grado, con los matices que queramos poner de manifiesto, somos unas personas grises, sin cualidades extraordinarias. En este sentido, podemos ir con la cabeza bien alta a tomar cervezas, charlar con los amigos o hacer crossfit, que parece que es una manera estupenda de abreviar nuestra vida replicando descabelladamente el entrenamiento físico de los boinas verdes. No sentiremos ninguna responsabilidad con respecto al talento que podemos estar desaprovechando porque en todo caso se tratará de un talento estéril y prescindible, que nadie echará de menos.

En este devenir irrelevante también ayuda la parte más importante de nuestras vidas, que es el trabajo profesional y remunerado; a los que tienen la suerte de conservarlo, el trabajo les permite obtener un sustento para sus familias y, en el caso en que uno tenga todavía más suerte, un trabajo confortable otorga la posibilidad de rellenar una buena porción de la jornada de una manera entretenida y rápida. Echar la mañana, que se dice popularmente.

Así, la ausencia de verdadero talento se cubre o llena con un número determinado de quehaceres. Y se va tirando.

De pronto, la irrupción del Covid 19 o la aparición de otros acontecimientos destructivos de carácter personal —el paro, una enfermedad, una ruptura sentimental, la jubilación forzosa, la muerte de alguien próximo— interrumpen este hilo que habíamos formado con nuestras actividades, que, seamos francos, no era otra cosa que una concatenación de pérdidas de tiempo . Teníamos todo bien organizado para poder perder el tiempo de manera fluida gracias a las actividades en sucesión y llegar así al último día de nuestra vida sin habernos percatado del paso del tiempo y sin haber dejado la menor huella en el mundo; y, de repente, cuando todo iba estupendamente, se nos obliga a parar. Nos detenemos. Hay horas en el día. Hay una agenda en blanco.

En este punto desconcertante, sabemos que conviene hacer algo pero no sabemos qué puede ser eso. Y aquí entra el juego nuestra personalidad y nuestro temperamento. Es el momento de ver la clase de persona que somos. En este sentido, hay un grupo humano reducido, el de las personas con verdadero talento para alguna cosa, que puede aprovechar el momento crítico de la interrupción de la vida endeble para sacar su talento a la calle y cuidarlo hasta lograr la obtención de frutos reales; no estamos hablando necesariamente de rendimientos económicos, desde luego, sino de rendimientos personales, de una utilidad digamos espiritual. También podemos encontrarnos con un segundo grupo de personas, algo más numeroso, que de repente descubre una afición por alguna actividad, y con actividad queremos referirnos a algo que conlleve una cantidad mínima de dedicación detallada y laboriosa, y no a cualquier pasatiempo pasivo y lelo que se lleve a cabo sin ninguna aportación mental del sujeto, en este caso del sujeto paciente.

El tercer y último grupo, numerosísimo, fatídico, tendrá que arrear con su falta de vigor personal y con su incapacidad para dotar a su vida de un propósito. Nos creemos en el deber de anunciar al señor lector que este grupo humano puede acabar muy mal. Para estas personas anodinas, la inclusión en su vida de sustancias para alterar la percepción de la realidad —sustancias legales o ilegales, con o sin receta médica— se producirá de modo prácticamente garantizado, y alguno de ellos se encaminará lenta pero seguramente al suicidio.

Fíjense ustedes en que, al final, el hombre genial y único (Beethoven) y el pelagatos más infructuoso que pueda uno imaginarse acaban unidos en las proximidades del suicidio. Es cierto que el camino por el que llegan uno y otro es diferente, pero el hecho es que ambos coinciden al borde del barranco. Beethoven había renunciado al mundo, al amor y a la amistad para cumplir con su glorioso destino, pero se ve interrumpido por la sordera. El pelagatos, por su parte, ha sido reemplazado bruscamente en su puesto dentro de la arquitectura más intrascendente y sombría de la sociedad y ahora, ante el espejo, no encuentra nada que hacer. Beethoven y el pelagatos querían cumplir con sus respectivas misiones (en el caso de Beethoven, la creación de la música más elevada que vieron los siglos pasados y verán los venideros; y en el caso del pelagatos, el ir echando la tarde) y algo ha trastocado fatalmente los planes de los dos.

En realidad, tanto Beethoven como el pelagatos, y tanto usted como yo, estimado lector, todos acabaremos nuestros días de la misma y lóbrega manera: en el puchero. Pero llegaremos por caminos diferentes, y, de hecho, nosotros creemos que hay que intentar que los caminos sean esencial y significativamente diferentes, que cada cual tenga un camino. Sabemos que sólo hay un Beethoven, pero puede que no haya tantos pelagatos como desgraciadamente parece que hay ahora en el mundo.

Sería bueno ver si alguno de nosotros tiene la ocasión de abandonar el ritmillo monocorde de la intrascendencia y tiene la oportunidad de dejar de limitarse a echar la tarde.  

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