El indeciso

Termina la campaña electoral en Madrid y, según algunos expertos, la cosa puede estar muy apretada, mientras que otros dicen que está más clara de lo que parece y que la distancia entre los bloques es mayor de lo que dicen las encuestas. En lo que todos los analistas están de acuerdo es en la calidad de la campaña, que ha sido bajísima. La cosa empezó mal, continuó peor y hemos acabado con un festival de cartas anónimas dirigidas a los candidatos en las que, además de declaraciones de amor, se han encontrado balas, cartuchos y otros elementos balísticos. Pocas veces se ha visto tal avance de la degeneración pública en tan poco tiempo.

Este final es profundamente desalentador pero no parece una casualidad. La fermentación de la enemistad entre bloques, alentada por los políticos, es un proceso que lleva desarrollándose desde que los partidos tradicionales se derrumbaron y surgieron los nuevos. Al parecer, la nueva política, ya consolidada, se fundamenta en la exaltación de los sentimientos del electorado, a pesar de que es una práctica peligrosísima que debería de avergonzarnos a todos. Se busca meter miedo, se ha perdido el contacto con la verdad, y durante esta campaña hemos visto memes falsos, vídeos de entrevistas electorales que han sido editados a propósito para que parezca que ha pasado algo que no ha pasado, sobreactuaciones histriónicas en debates y, por el contrario, no se han escuchado conversaciones sobre los problemas contantes y sonantes que preocupan en la comunidad autónoma madrileña.

Algún responsable demoscópico ha dicho que todo está en manos de los indecisos, aunque mucha gente afirma que, con lo que estamos viendo, es difícil formar parte de este grupo electoral de los que no lo tienen claro. La cosa, según muchos, está clara: por la derecha se nos dice que hay que decidir entre libertad y comunismo; por la izquierda, la cuestión se plantea en términos de optar entre democracia o fascismo. Así que, tanto unos como otros han coincidido al simplificar el problema, cosa que es muy de agradecer.

Así, desde los dos lados se afirma que los indecisos no tienen excusa, que está muy claro lo que está pasando, que el indeciso es un cobarde y que debe ubicarse en un lado o en otro.

—Hay que impedir la llegada del comunismo —me dice un amigo que anda entusiasmado con la idea de conseguir ese objetivo.

—Los fascistas tiene que ser parados en las urnas —asegura otro que, desde el lado contrario, secretamente no puede creer lo que dicen las encuestas.

La única coincidencia entre ambos es que, para ellos, los indecisos son imbéciles que no tienen dos dedos de frente y que son, en realidad, el verdadero y único problema. Si los indecisos dejaran de marear y eligiesen lo correcto, asunto resuelto. Evidentemente, uno de mis dos amigos quedaría planchado porque el indeciso todavía no ha decidido, pero decidirá contra uno de los dos.

En este contexto demencial, los indecisos son ciudadanos que a mí me dan esperanzas. La indecisión puede ser un síntoma de falta de valentía, pero también puede ser un indicador de inteligencia, de ponderación, de buen juicio y de una cierta empatía. El indeciso es una persona que tal vez no consiga hacer muchas cosas de mérito en su vida, pero que tampoco hará muchas cosas malas. No tiene intención de causar grandes estragos a sus semejantes.  El indeciso, en sus dudas, contribuye al entendimiento. El indeciso, con su indecisión, va por ahí mirando las distintas opciones, habla con unos y con otros, y trata de entender las motivaciones en cada disparate que dicen los representantes de los partidos.

Por el contrario, el que lo tiene todo decidido es alguien que no escucha, que no quiere poner en discusión las cosas, que tiene perfectamente claro qué está ocurriendo y lo articula en función de quién se lo cuente. El decidido es capaz de hacer cualquier barbaridad en nombre de su verdad. En esto, se parece mucho al motivado, que es un espécimen parecido. Decididos y motivados son los autores materiales de todas las matanzas, persecuciones y aniquilaciones sistemáticas que se han producido en la historia conocida del mundo. La decisión irrevocable, cuando se mezcla con la motivación, constituye la fórmula química idónea para pasar a fumigar a determinada parte de la población; en concreto, a la parte que discurre y que razona de manera opuesta a la de los motivados decididos.

Algún otro amigo me dice que los indecisos, con su indecisión, han contribuido históricamente a dejar el camino libre para que los exaltados tomen el poder e instauren regímenes criminales y escalofriantes. No digo yo que no, pero el exaltado y las multitudes embrutecidas que le apoyan explícita y activamente tendrán un grado de responsabilidad algo mayor, desde mi punto de vista.

Yo creo en la indecisión, en la falta de voluntad y en las dudas. Yo respeto y admiro a quien pasa vergüenza al preguntar la dirección de una calle, si es que eso sigue haciéndolo alguien, ahora que se puede mirar en Google. Yo tengo cariño por los ciudadanos inseguros de sí mismos y me ilusiono cuando alguien reconoce, bajando la cabeza, que no se ve capaz de acometer determinadas empresas. Los que dudan nunca llegarán a ser nada en la vida, pero los que nunca dudan, los que lo tienen todo siempre claro, llegarán a sitios donde yo no quiero estar, e irán por caminos que yo no quiero transitar. Los que están convencidos son personas cerradas e impermeables.

El indeciso es el que sabe que, pase lo que pase y gane quien gane, después de las elecciones madrileñas no va a llegar el fascismo ni se va a implantar el comunismo. El indeciso sabe que todo eso forma parte de la dialéctica infantil del pequeño teatro de la demagogia. Y, aun así, es una persona que todavía está pensando a quién votar. El indeciso es, en este sentido, un ciudadano con sentido del deber, que irá a votar abochornado y que sabe que, como premio a su conciencia cívica, podrá recibir un sobre con balas remitido por miembros muy decididos de algún partido por el que no ha votado.

El colmo, vamos.

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