El franquismo de las cosas

El Ayuntamiento de Palma de Mallorca ha decidido cambiar algunos nombres de calles de la ciudad balear por considerarlos franquistas. Esto no es una práctica nueva, sino que se lleva a cabo de manera recurrente en muchas localidades de España cuando el equipo que las gobierna entiende que hace falta una limpieza de la memorabilia más trasnochada. Lo novedoso de lo que ha pasado esta semana en Mallorca es que, entre los nombres de las calles que se han cambiado, estaban los de Federico Gravina, Cosme Damián Churruca y Pascual Cervera y Topete, que son unos marinos que murieron muchas décadas antes de que Franco ostentase la Jefatura del Estado. En este listado de nombres a cambiar estaban también los de lugares antiquísimos y manifiestamente prefranquistas como la ciudad de Toledo, cuyo primer asentamiento es prerromano, o como el del castillo de Olite, construcción navarra erigida entre los siglos XIII y XIV.

Parece ser que, en pleno proceso de cambio de las placas en las fachadas, alguien llamó la atención del consistorio poniendo de manifiesto lo extravagante de esta clasificación, pero los responsables alegaron entonces que quizá estos nombres no eran estrictamente contemporáneos del régimen franquista pero aludían a cosas de la Guerra Civil —había unos buques de guerra con los nombres de los tres mencionados marinos— o formaban parte de una nomenclatura establecida en las calles mallorquinas durante la dictadura, lo cual convertía en franquistas a todas estas denominaciones, franquistas por contacto o por ósmosis. Sin embargo, lo último que se sabe es que, por culpa del revuelo organizado, se ha paralizado el procedimiento de cambio hasta que una comisión de técnicos especializados haya podido dedicar diez minutos a entrar en Wikipedia y compruebe si los nombres son lo suficientemente franquistas o no lo son.

Hasta ahora, las alusiones al franquismo que se eliminaban del callejero eran inequívocas y solían referirse a figurones de la dictadura como los generales Yagüe, Varela o Queipo de Llano, o a batallas de la Guerra Civil. Pero parece que ahora la clasificación podría extenderse a cosas celebradas de una u otra forma por el régimen, a pesar de no formar parte literal del imaginario bélico.

—Esto de las cosas que son franquistas por contacto da que pensar —me dice un amigo—. ¿Qué pasa si uno, que no se tenía a sí mismo como franquista sino más bien todo lo contrario, resulta que coincide en sus gustos con alguna de las cosas que gustaban a los mandamases del régimen? ¿No será que, sin saberlo, uno es un franquista de tomo y lomo?

—Hombre, no sé yo.

—Por ejemplo: yo me he casado en una parroquia católica y soy partidario de la propiedad privada y del mantenimiento del orden público, tres asuntos en los que mi coincidencia con el antiguo régimen parece evidente.

—Pues igual resulta que sí eres un poco franquista.

—Sin embargo, también soy partidario de la democracia, de la libertad de expresión y del derecho de reunión y asociación.

—En ese caso, tu fulgurante franquismo inicial queda muy rebajado y aguado.

La tasación del franquismo de cada cual es una actividad que puede dar resultados muy interesantes. Por ejemplo: si a alguien le caen mal los ingleses o los norteamericanos, parece que algo de franquista tiene; si no le gustan los judíos, más franquista todavía. Sin embargo, si uno, por los motivos que sean, no tiene una gran afinidad con los árabes, puede estar tranquilo porque en eso no tiene nada de franquista: el antiguo régimen proclamaba frecuentemente las maravillas de la tradicional amistad que España mantenía con el mundo árabe.

No obstante, hay que tener cuidado porque, en algunos terrenos equívocos, uno puede pensar de sí mismo que mantiene un ideario moderno y nada franquista y luego resulta que sus posturas pueden ser, sin saberlo, bastante franquistas, muy a su pesar. Veamos un ejemplo: si uno se cree muy progresista porque considera que el sistema español de la Seguridad Social es un instrumento óptimo de protección social solidaria gracias a su base financiera de reparto, su gestión pública y la participación del Estado en su financiación, lamentamos tener que anunciarle que en esto su postura coincide palabra por palabra con el esquema de protección establecido por la dictadura en el Fuero de los Españoles (1945) y en la Ley de Bases de la Seguridad Social (1963). El chasco está garantizado.

En algunos casos, los rasgos franquistas en el temperamento de algunas personas pueden ser algo más evidentes, como los de aquellos que crean que el garrote vil es un sistema óptimo para resolver justamente muchos de los dilemas doctrinales que se presentan en el derecho penal moderno, o los de quienes consideren que la homosexualidad es una enfermedad que puede ser tratada y curada con medios terapéuticos. Pero determinar la tasa de franquismo de las personas o de las cosas no es siempre una cosa tan sencilla como en estos dos casos; en realidad, es un ejercicio que podría llevarnos a abandonar algunas de nuestras aficiones más arraigadas, como escuchar la música de Raphael, pescar salmones en primavera o ver partidos del Real Madrid, tres actividades que, además de gustar a varios miles de españoles, eran motivo de delectación del mismo Generalísimo, que disfrutaba de ellas siempre dentro de los límites del decoro y de la discreción que han de ser consustanciales a un español de bien.

Tratando de ser constructivos, nuestra sugerencia para el caso mallorquín y para otros casos similares es que se eliminen de nuestras calles todos los nombres de personajes ilustres y que se pongan nombres de plantas y árboles, o de fenómenos de la naturaleza en general: calle del Abedul, calle del Centeno, calle de la Tramontana o avenida del Reflujo Gástrico. Eso siempre que se quiera resolver el asunto y pasar a otra cosa, claro. Porque en realidad vemos que lo importante es que este debate entretiene mucho, y a veces parece una oportunidad que nos brindan los políticos para no tener que pensar en otros asuntos, así que me da que seguiremos con él. Pero tenga usted cuidado en esta discusión, amigo lector. Porque usted, que votó a Felipe González, que ve con buenos ojos el reconocimiento del derecho de autodeterminación de los pueblos del Estado, y que se sabe todas las letras de las canciones de Paco Ibáñez, usted, sí, usted, puede ser un franquista.  

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