La resiliencia escalable

Algunos sectores de la población se dedican a reformar el inventario lingüístico con ánimo de mantener el pulso de la comunicación. Estas personas no suelen preocuparse por buscar un lenguaje inteligible sino más bien por suministrar expresiones que renueven el envoltorio del mensaje, lo cual es muy conveniente porque permite seguir dándole a la carraca sin tener que proporcionar ideas nuevas y sin necesidad de profundizar en las antiguas.

Parece ser que, durante algún rato en el que estábamos distraídos, los suministradores de expresiones dieron con el término resiliencia; en realidad no sabemos con exactitud cuándo se puso semejante expresión sobre la mesa —eso pudo producirse hace dos años, cinco o una década—, pero sabemos que la popularidad extrema de la palabra se ha concretado en los últimos meses; en estos momentos, muchos profesionales que hablan en público y casi todas las cabezas pensantes que elaboran informes, memorandos, dosieres, tesis, presentaciones y folletos están plantando el término en el centro de sus manifestaciones públicas.

Pero ¿qué es la resiliencia? La RAE distingue dos acepciones:  “la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”, y la capacidad de un material, mecanismo o sistema para “recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”. La RAE también recuerda la procedencia anglosajona del término. Según vemos, la resiliencia es una mezcla de resistencia y elasticidad, y diríamos que tiene más de lo segundo que de lo primero; de forma vaga, se puede afirmar que los expertos comunicadores la usan para referirse a la capacidad de algo o alguien para adaptarse a las situaciones adversas. Pero lo importante no es su significado sino su morfología, su aspecto estético, y, sobre todo, su capacidad para sugerir y evocar.

Pongamos un ejemplo. El concepto de la adaptación a los cambios es viejísimo y sigue siendo la piedra angular del discurso de cualquier motivador profesional o coach. Pero la aparición de resiliencia como término nuevo permite que el orador diga lo mismo que dice siempre pero dando la impresión de venir a hablar provisto de material nuevo, de ideas inauditas, recién encontradas. En este sentido, la resiliencia es el factor que favorece la resiliencia de los propios confeccionadores de discursos y, en último término, es lo que garantiza la resiliencia de sus ingresos económicos. El orador público se ha adaptado a los nuevos tiempos usando la palabra resiliencia y consiguiendo con ella volver a cobrar de quien le contrata, pese a que está limitándose a repetir los mismos conceptos. He aquí el ejemplo purísimo de resiliencia. Las ideas no son frescas: el fresco es el orador.

La situación de la palabra resiliencia coincide en el tiempo con otras aportaciones sensacionales. Un término que también acaba de implantarse de forma indiscriminada es la palabra escalable. Este adjetivo ya existía en nuestro idioma, pero aludía a la capacidad de un elemento físico para poder ser escalado o trepado por diversos agentes más o menos atléticos; básicamente, el término se refería a aquellas montañas, riscos, muros y paredes que pueden acoger en sus contornos a esforzados alpinistas que, inexplicablemente, quieren poner su vida en riesgo subiendo por las pendientes.  Esta acepción del término escalable era la única y estaba completamente consolidada y fijada. Sin embargo, los magos de la comunicación han decidido que escalable ya no significa lo que significaba, sino que ahora es “la propiedad de un sistema, una red o un proceso, que indica su habilidad para reaccionar y adaptarse sin perder calidad, o bien manejar el crecimiento continuo de trabajo de manera fluida, o bien para estar preparado para hacerse más grande”. La cita es de Wikipedia porque en el diccionario de la RAE todavía no han recogido estos elevadísimos conceptos fabriles.

Como decimos, el proceso de mutación que estamos describiendo implica que los expertos han anulado el significado tradicional de una palabra de la lengua española y le han otorgado otro sentido más o menos anglosajón sin preguntar a nadie. No sabemos si este robo semántico le importa a alguien, pero nos parece oportuno ponerlo de manifiesto.

Por resumir, diremos que antiguamente un risco o un peñasco eran las únicas cosas escalables, pero ahora todo lo es, y la escalabilidad se une a la resiliencia formando una combinación portentosa que decora o incluso protagoniza cualquier documento que hoy pueda leerse en el ámbito empresarial, económico, social o educativo. Todo debe tener una cierta resiliencia y todo debe ser escalable, y es imprescindible recordarlo a cada paso, a pesar de que hace tres años nadie sabía qué eran esas cosas, y a pesar de que todavía hoy mucha gente las nombra sin haberlo averiguado del todo. Son términos nuevos que describen realidades viejas o vidriosas, y su uso se ciñe a la obligatoriedad de estar a la moda o a la necesidad de ser enormemente confuso. La prudencia más elemental nos invita a pensar que entre los que usan las palabras resiliencia y escalable podría haber alguien con poca seguridad pero con algo nuevo que contar; sin embargo, podemos asegurar que quien no tiene nada que decir usará obligatoriamente las palabras resiliencia y escalable en cada página de su discurso.

Así que ya tenemos dos nuevos términos que entran en la ensaladera donde se han ido amontonando otras expresiones taumatúrgicas como poner el foco, poner en valor, el emprendizaje, la palanca, la misión, la visión, las aceleradoras o el capital semilla. La renovación y ampliación de esta escombrera terminológica es imprescindible de cara a que algunas personas mantengan unos ingresos resilientes.

Pero todo esto no solo tiene beneficios para el usuario de estos términos. Lo mejor de la resiliencia y de lo escalable es que, a pesar de no describir bien el concepto al que presuntamente aluden, son expresiones que describen perfectamente a quien las usa. Cuando las escuchamos en un discurso levantamos las orejas como un perro de caza al ver una liebre, o, en este caso, un pájaro. Un buen pájaro.  

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