La insensatez es inmune

Una web rusa de venta de artículos de lujo personalizados —customizados, se dice ahora sin que nadie ponga una mínima mueca de desagrado— ha puesto en marcha una oferta comercial navideña en relación con el lanzamiento del último cacharro de Apple, el iPhone 12. Según información recogida por el diario El País, esta web llamada Caviar pide entre 7.000 y 9.600 dólares por una edición única y limitada del iPhone 12 en cuyo logo de la manzana se ha añadido un pequeño fragmento de tela de uno de los jerséis de cuello de tortuga o cuello vuelto con los que el fundador de Apple, Steve Jobs, aparecía en público. Este modelo de jersey, de tan dudoso gusto estético y tan difícil de manejar —con esa prenda, uno pasa casi siempre calor a destiempo, un calor horripilante, inextinguible, sobre todo en interiores—, esta prenda, decíamos, es la que el magnate utilizó para presentar, con laconismo y circunspección, los escalofriantes productos de la compañía. Vestido con esos desatinados jerséis, un hombre cambió el mundo que nos rodea.

He conocido esta noticia el mismo día en el que me he encontrado con una persona anímicamente devastada. Al verle, he pensado que la aflicción se debía a alguna enfermedad en su entorno familiar, tal vez el covid, pero resulta que su disgusto venía provocado, según me ha contado él mismo con gran descaro, por haber tenido que aplazar varias veces un viaje a Turquía para someterse a un trasplante capilar, lo que hoy se conoce simplemente como ponerse pelo; al parecer, por culpa de una epidemia que ha matado a un millón y medio de personas en todo el mundo, este pobre señor lleva desde marzo sin poder viajar a la ciudad otomana con el fin de realizar sus gestiones capilares. Muchas han sido las barreras que se le han presentado a nuestro héroe: no se ha podido volar, ha estado prohibido someterse a operaciones quirúrgicas no esenciales, y se han reforzado las suspicacias sobre las condiciones sanitarias de algunos lugares del mundo. El señor estaba con la mirada nublada, sumido en un desánimo contagioso, tal vez con el ansia de imaginarse llevando ya en la cabeza esa melena que hasta ahora tenía distribuida en las ingles.

La pandemia nos ha traído verdaderas tragedias humanas, la destrucción de muchísimos negocios, y ha provocado la necrosis de sectores económicos completos. Muchos trabajadores autónomos e infinidad de pequeñas empresas no sobrevivirán al corte de la actividad productiva y a la interrupción de la marcha del comercio. Pero reconforta saber que, a pesar de todo, la insensatez más jovial sigue abriéndose paso entre los escombros.

Ahora que llegan las vacunas, y que la devastación parece haber tocado fondo, no duden ustedes de que hay que ir otra vez a más y que tendremos que movernos más rápidamente: habrá que mejorar y seguir superando al de al lado en todo. Es cierto que, durante el último año, algunas personas bulliciosas se han visto forzadas a dar algo de descanso a sus aspiraciones íntimas, pero sepan ustedes que estos líderes volverán a la carga y tratarán de que emprendamos con ellos la marcha e intentemos hacerlo todo, tocarlo todo y tenerlo todo, a ser posible ya mismo y en exclusiva. La exclusividad y la capacidad de hacerlo todo son los dos pilares contrastados que sostienen el triunfo histórico e inapelable de Apple, y esto de poner en los teléfonos la tela de los jerséis es la sublimación de todo ello; cuando tal vez ya había demasiada gente con un iPhone, y el aparato empezaba a ser de una vulgaridad corriente y moliente, ¿por qué no incrustar detalles únicos en el lomo de algunos dispositivos? No un diamante o una perla, porque eso está al alcance de cualquiera: peguemos en el teléfono un trozo de ropa de Steve Jobs. El guardarropa de Jobs, tan funcional, está lleno de jerséis de cuello vuelto, de esos que dan calor cuando no deben hacerlo; pero forzosamente ha de ser un guardarropa con límites, una colección física finita, y, por tanto, perfectamente apta para ser troceada e incrustada en una serie limitadísima de teléfonos cuyo precio con el tiempo irá subiendo, precisamente por ser un bien escaso y numerado, el Stradivarius de la conectividad más veloz e insustancial. Es decir: que pagar 9.000 euros por ello acabará siendo una ganga.

Durante estos meses se ha dicho que estábamos ante una oportunidad para cambiar de vida; que el teletrabajo y la privacidad de los silencios domésticos iban a ser los catalizadores para nuestro viraje hacia un mundo menos urgente; que la pandemia iba a modificar nuestra forma de funcionar y que, por culpa del encarecimiento del coste de la vida, y gracias al trabajo en remoto y a la excepcional red ferroviaria española, muchas personas iban incluso a largarse de las carísimas ciudades y se dispondrían a repoblar las desangeladas zonas rurales del país, con el fin de enfocarlo todo desde un prisma de frugalidad, sosiego y sapiencia agraria.  

Sin embargo, tenemos la sospecha de que, una vez allí, en el silencio de la plaza del pueblo, nos invadirán unas ganas terribles de comprarnos ese iPhone con el trozo de cachemir mágico que, por frotamiento, podría haber ayudado al Genio de la Lámpara a crear los dispositivos inteligentes que, de tan inteligentes, lo son más que sus dueños.

Y, si contra todo pronóstico, hemos conseguido sobreponernos heroicamente al enganchón del teléfono, hemos conseguido apagarlo y estamos sentados en el silencio de la plaza bajo el sensacional cielo estrellado del medio rural, seguro que acaba viniendo algún aguafiestas a expresar con rudeza su indignación por no poder ir de inmediato a ponerse pelo.

Aquí está la reedición en formato digital de la novela de Pedro Gumuzio ‘La herramienta comercial’

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