El italiano errante

Según diferentes medios de comunicación, un habitante de la ciudad italiana de Como tuvo una sonora discusión con su mujer y decidió salir a la calle para, según sus palabras, “calmar los nervios y aclarar la mente”, y se echó a andar. La inercia del paseo le llevó por los caminos hasta que fue detenido en la localidad de Gimarra, cerca de Pésaro, a 450 kilómetros de su casa, tras conseguir una respetable media de 65 kilómetros diarios. La policía lo interceptó al ver que se saltaba los toques de queda de la pandemia. El andarín ciudadano, de 48 años, declaró que se encontraba bien aunque “algo cansado”, y dijo que había sobrevivido gracias a la colaboración de los transeúntes con los que se encontraba, que generosamente habían ido dándole alimento y agua.

Esta situación parece descabellada pero se ve que, tras la llegada del coronavirus a nuestras vidas, todo tiene otra lógica. El confinamiento intermitente pone a prueba el equilibrio personal de cada uno de nosotros y nos lleva a unos extremos insólitos. Sabíamos que la convivencia tiene efectos corrosivos en las relaciones personales, y hoy también sabemos que la convivencia ininterrumpida y cerrada segrega una especie de ácido clorhídrico para la interacción humana; la persona cercana empieza a ser insoportable, e incluso empezamos a no poder soportarnos a nosotros mismos, y, si se tiene un poco de ecuanimidad y una mediana capacidad de observación, uno se da cuenta de que su propio carácter y temperamento son mejorables. En este sentido, las personas analíticas y mínimamente honradas se han quedado espantadas con lo que están viendo en su propio interior; por el contrario, aquellos que están a la defensiva y que no son capaces de ser francos ni en la intimidad de su cabeza seguirán inscritos en el energumenismo más decantado y no dejarán de pensar que la culpa de todo la tiene siempre otro.

Salvo esos cretinos puros y duros, todos los demás nos hemos enfadado con nosotros mismos muchas veces durante este año, y nos hemos caído fatal, y se ha agudizado la necesidad de evasión, de salir; además, el hecho de salir ha adquirido unas proporciones épicas porque estaba prohibido por el gobierno, por cualquier gobierno.

Y, en cierto sentido, la sensación que hemos tenido se parece a la que experimenta cualquier fumador cuando no tiene tabaco en casa: ese fumador no tenía hasta ese momento ganas de fumar, pero en cuanto descubre que no tiene tabaco siente de pronto la necesidad angustiosa de salir a comprar. Durante la prohibición de salir, hasta las personas más sedentarias y apoltronadas han querido moverse y explorar el mundo.  

Suponemos que nuestro amigo italiano descubrió que necesitaba despresurización y se echó a los caminos; es posible que la discusión con su mujer le llevara además a buscar la expiación del peregrinaje, la purga de los pecados. No sabemos las enormidades dialécticas que marido y mujer se intercambiaron en aquella bronca italiana, pero posiblemente se gritó más de la cuenta y se dijo lo que no se debía decir. Los italianos se expresan tan brusca y ruidosamente como los españoles, si no más, y además existe la creencia de que todas las mujeres italianas llevan dentro una mamma de armas tomar, que funciona a impulsos torrenciales. Nunca conviene generalizar, pero muchas personas han tenido experiencias particulares directas que corroboran este fenómeno volcánico de la mujer italiana en ebullición. No obstante, algunos hemos observado que la brusquedad de ciertas señoras italianas viene matizada por su formidable capacidad para introducir un chiste en mitad de una bronca, cosa que en otros lugares no se ve nunca. En España, durante una bronca, el canal de suministro del humor permanece generalmente cerrado.

En todo caso, no sabemos si esta mujer italiana concreta fue protagonista de un ciclón temperamental, pero el caso es que nuestro héroe salió y se puso a andar, formando parte así de los errabundos, de los que van hacia adelante porque sí, de la gente en marcha. Los paisanos que se encontraba en cada encrucijada le ayudaron con generosidad, siguiendo esa tradición secular europea de dar alimento al peregrino y dar de beber al sediento. Al ver que el hombre no regresaba, su mujer puso una denuncia, pero parece ser que lo hizo de una manera rutinaria, como quien sufre el robo de un paraguas, y en ese sentido es posible que la fuga del marido fuese considerada por ambos cónyuges como una iniciativa conveniente y necesaria. El marido ha regresado a casa con una multa policial bajo el brazo, y la vida normal ha quedado restablecida.

Nosotros también volveremos a la normalidad. Pero la pandemia, que ha cambiado tantas cosas, ha dejado a algunas personas un gusto amargo en el paladar, porque esas personas sinceras y conscientes se han conocido a sí mismas y no se han gustado mucho. Convivir con ese descubrimiento va a ser lo más difícil.

Adquiere aquí la novela de Pedro Gumuzio ‘La herramienta comercial’, reeditada en formato digital por Taormina

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