La Hispanidad lingüística

Aprovechando la celebración del Día de la Hispanidad, mi admirado profesor Lílemus ha escrito en su blog una oda a la lengua castellana. En esta exaltación, el profesor explica con su erudición proverbial el devenir del idioma mediante sus hitos literarios y reivindica el derecho de los hispanohablantes a celebrar el fenómeno lingüístico del castellano, un “milagro” que ha pervivido mil años y que es canal de comunicación de 500 millones de personas en todo el mundo.

El insigne profesor dice que el reconocimiento del español es un hecho que no está de moda en una época como la actual, en la que más bien hay un ambiente de exaltación de los particularismos excluyentes y de enaltecimiento de la estupidez humana más decantada. Esto es así y puede ser causa de bochorno en las personas más razonables. Desde este punto de vista, la entrada del blog de Lílemus llega en un momento adecuado, y es una entrada pertinente y digna de aplauso.

Sin embargo, y conociendo el ánimo de discutir de Lílemus, debo hacerle a mi querido profesor dos reproches. El primero es un pequeño reproche estilístico: Lílemus nos cuenta la vida del idioma otorgando al castellano cualidades humanas y utilizando las herramientas de la prosopopeya para describir la juventud de la lengua, su madurez, etc, como si el idioma fuera una muchacha que crece, se desarrolla, “se mira en el espejo” y “se viste de fiesta” (textualmente). A mi entender, esta elección estética distrae (en el mal sentido) y el lirismo metafórico quita fuerza al argumento central de la entrada del blog, y que Dios me perdone por decir semejantes cosas a una eminencia como Lílemus.

El segundo reproche es conceptual y se basa en la idoneidad de celebrar el idioma como construcción colectiva y como estructura de la nación cultural. El profesor desarrolla un memorándum con los hitos de la construcción, como si la lengua española fuera un proyecto diseñado bajo determinados parámetros. Nosotros creemos, contra lo que insinúa nuestro autor, que un idioma es el resultado más o menos amorfo de un proceso histórico igualmente amorfo; la difusión de la lengua no se debe a un plan lingüístico, pese a que pueda formar parte natural de la dinámica expansiva del imperio, y su mantenimiento y conservación se produce espontáneamente pero bajo criterios de utilidad y de economía. En términos generales, el darwinismo y la selección natural funcionan en el ámbito lingüístico con la precisión de un reloj suizo, y los idiomas que no sirven para la comunicación se extinguen, salvo que alguien quiera mantenerlos con respiración asistida por motivos estéticos o políticos.

Y esto nos lleva al otro punto conflictivo de lo que dice nuestro maestro: la idea más o menos perfilada de la nación lingüística. Yo no soy la persona idónea para describir o ponderar estos conceptos porque no siento los efluvios nacionales ni se me pone la piel de gallina con los himnos o las banderas. Es probable que esto me convierta automáticamente en un hombre sin corazón, un sinvergüenza o un relativista tenebroso; incluso puede haber quien me acuse de ser partidario de Rodríguez Zapatero. Pero los logros históricos de una comunidad nacional a la que yo pertenezco no me enorgullecen excesivamente porque, si bien yo entendería el orgullo ante un logro personal, no se entiende tan bien el mérito de la pertenencia a un grupo humano o a otro. Esta pertenencia es accidental y no tiene nada que ver con los méritos de ninguno de nosotros. La pertenencia existe y el afán de negarla es grotesco, pero es casi igual de grotesco llevarla con pomposidad y suficiencia. En este sentido, creo que es muy conveniente no convertir al idioma en un elemento central de la pertenencia o no a un determinado colectivo y mezclarlo así en las trifulcas adyacentes que eso lleva acarreado, dado que tenemos ejemplos en este preciso instante de lo truculenta que puede ser esta asociación. En asuntos idiomáticos, el afán de destrucción de un idioma y el endiñamiento obligatorio de una lengua en detrimento de otra contra la lógica del uso y de la realidad son estrategias grotescas y surrealistas mediante las que solamente se consigue hacer el ridículo, porque pensamos que el idioma útil, el que sirve para comunicarse, subsistirá, por encima de coacciones mafiosas.

En realidad el idioma es solamente un instrumento de expresión. Hay idiomas más expresivos que otros, y hay idiomas con una mayor musicalidad que otros, y más o menos aptos para ser utilizados en distintos ámbitos. Pero el idioma no es parte de una unidad de destino, ni puede concebirse como una obra colectiva más que accidentalmente, ni responde a ninguna planificación de unos comisarios políticos. La lengua no es por sí sola un instrumento digno de elogio; se puede admirar una obra literaria creada en un idioma en concreto, y también podemos maravillarnos ante la permanencia del idioma o contemplar un conjunto creativo tan rico como el que conforma la literatura en castellano y tomarnos una cerveza en honor a tanta excelencia. Podemos incluso comer un chuletón conmemorativo durante el día del Pilar o dedicar cualquier otro día del calendario a ese chuletón.

Sin embargo, creo que el idioma es una realidad aséptica, un hecho físico. No sé si hay que atribuir a alguien en concreto el mérito de su perpetuación o de su uso masivo, pero desde luego el mérito no es mío ni de usted, señora. El castellano ha sido un idioma de ilustración y de cultura, pero es difícil saber cómo se llega a eso, más allá del hecho innegable del movimiento migratorio y del dinero. El dinero, a la larga, genera educación y cultura. Y el Imperio Español fue un ente de retroalimentación financiera cuyo alcance no se entiende sin dinero.

Por otra parte, uno tiene la sospecha de que un escritor de raza sería capaz de acabar escribiendo bien en cualquier idioma.

 

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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