Juan José Padilla

Según informa el diario El País, el torero Juan José Padilla ha sufrido dos cornadas tremebundas durante la segunda corrida de la Feria de Fallas “de las que ha tenido que ser intervenido en la enfermería de la plaza de toros de Valencia. Ambas son de pronóstico grave, una en el muslo derecho y otra en la región pectoral”. A pesar de las cornadas, Padilla “remató la faena y cortó una oreja al toro”.

Es importante recordar que en 2011 un toro atravesó la cara de este hombre de una cornada, provocándole la perdida de un ojo y el menoscabo de buena parte del rostro. Por lo que parece, el estilo de Padilla a la hora de torear, bullicioso y aguerrido, es una fuente casi inagotable de cogidas, tornillazos, cornadas de varias trayectorias y percances de diferentes intensidades. Por si eso fuera poco, uno diría que debe de ser complicado torear con un solo ojo, dado que, además de la dimensión incontestable del campo de visión, una de las ventajas de tener dos ojos está en la posibilidad física de percibir la profundidad espacial, pero ahí hablo por pura intuición y me limito a hacer suposiciones.

El asunto es que el maestro Padilla no solamente no tiene la intención de abandonar los ruedos sino que tiene el propósito firme de triunfar de nuevo en las plazas más importantes de España. En declaraciones a La Sexta, Padilla ha dicho que se siente “feliz y contento porque mi profesión se digna [sic] de mucha verdad, se siente de verdad, se sufre de verdad y se muere de verdad”, signifique lo que signifique todo esto, y además ha asegurado que lo más importante en la vida y en el toreo es el triunfo.

He aquí un hombre que se gana la vida jugándosela y que desarrolla su trabajo con las herramientas del entusiasmo y del arrojo, dos elementos muy beneficiosos a la hora de triunfar en los ruedos aunque, por si solos, son además garantía de cornadas y de trepanaciones. Si el entusiasmo y el arrojo van en solitario, sin que nada más los acompañe, la desgracia está prácticamente garantizada. En cambio, parece ser que, cuando hay una técnica más o menos reflexiva y un cierto respeto por la peligrosidad del toro, el torero se asegura una labor fluida y limpia. Vean ustedes el ejemplo de Enrique Ponce, torero que lleva veinticinco años triunfando como matador y que lidia suavemente a los toros sin que estos animales le hayan tocado una sola borla de la taleguilla.

Padilla es, en consecuencia, un matador tremendista, gótico y provisto de una valentía que se encuentra en los aledaños de la temeridad suicida. Yo he visto torear a Padilla en vivo y el espectáculo se parece al del domador de leones, con la salvedad de que, en el caso de Padilla, el domador da la impresión de no tener más armas que las ganas de comerse al león. Ver una corrida de Padilla es una experiencia circense que apela al lado infantil que todos tenemos. Viendo a Padilla nos tapamos la cara para no mirar.

Padilla es un matador que gusta a los antitaurinos porque podría morir despanzurrado en cualquier momento, cosa que algún antitaurino beligerante recibiría con delectación. Padilla no llena las plazas por su hondura en la suerte natural (que a veces puede tenerla) ni por su enciclopédico conocimiento del toreo con capa (conocimiento que probablemente tenga): Padilla llena las plazas porque cualquier día puede ser víctima de una escabechina personal de gran consideración. Muchos aficionados van a ver a Padilla por la posibilidad fehaciente de que el toro le coja.
En esto, Padilla se parece a José Tomás, aunque hay que reconocer que el caso de Tomás es único y específico, y está envuelto en una mística arrebatadora que provoca desmayos y adhesiones inquebrantables. Padilla no tiene una feligresía tan potente pero llena las plazas y transmite el peligro de un hombre que no está en su sano juicio.

Porque de las declaraciones de Padilla, y de sus propósitos reincidentes, solamente podemos deducir que este señor es un fanático del toreo, entendido como una lucha grecorromana entre hombre y animal. Padilla se dirige de manera inequívoca al punto exacto en el que un astado le descosa el cuerpo a navajazos. No sabemos si Juan José Padilla tiene familia, si tiene hijos o si hay por ahí algunas personas que le quieren y que le necesitan, pero todo esto parece importarle muy poco al señor Padilla, en función de la retórica kamikaze y de las ansias desorbitadas en las que se mueve este torero, dicho sea con todo el respeto para él y para su consternados amigos y familiares.

Por algún motivo, el asunto que estamos comentando es perfectamente legal y no oímos a nadie que se queje por una dinámica tan extravagante como ésta. Como nosotros no sabemos interpretar está realidad, llegó la hora de que el lector reflexione.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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